216. Una cosecha excelente

Jesús Navarro Lahera

 

Era la primera campaña de la aceituna sin mi Vicente, y aunque el trabajo me agotaba, no conseguía pegar ojo. Al hueco de su ausencia, se le unían las dudas de si era correcto haber permitido que los trabajadores durmieran en las habitaciones libres de la casa.

Uno de ellos, en el que más me fijaba, era un temporero llamado Mihail que, por lo que contaban, había partido de su país diez años antes, tras el fallecimiento de su esposa. Sin embargo, por suerte, una mañana sucedió algo que me distrajo la cabeza.

Era un día de vareo como cualquiera de los anteriores, en el que daba indicaciones de cómo recoger la manta y llevarla al remolque. De pronto, entre los olivos, vi aparecer un perro al que se le marcaban las costillas. Me acerqué a él, y el animalito, al que llamé Sombra, no se separó de mí en toda la jornada.

Al día siguiente, me enteré de que era el perro de un vecino, al que, a la muerte de su dueño, los herederos habían decidido abandonar. Él también hizo buenas migas con Mihail. Por eso, cuando acabó la recogida, pensé que los tres juntos organizaríamos la molienda.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad