204. Pan con aceite

Fxjorge

 

-Solamente se ven olivos -dijiste mientras conducías.

-¿Qué esperabas ver Andrea? -te pregunté.

-No sé, cualquier cosa…

-También hay montañas.

Te limitaste a acelerar el vehículo de tal forma que me causó la sensación de volar por aquellas curvas sobre el asfalto ardiente rodeadas de oliveras. En lo alto de la sierra se vislumbraban algunos pinos y alguna rapaz sobrevolaba los matorrales aún no rasurados por la mano del hombre para plantar olivos.

Paramos por fin. Había sido un viaje muy largo, ya que salimos sobre las cinco de la mañana desde nuestra ciudad natal, aunque habíamos parado para comprar Miguelitos de La Roda y ahora nos encontrábamos en las entrañas de Jaén.

Aparcamos el todoterreno en una explanada que el hotel concertado disponía para sus huéspedes y bajamos un par de mochilas y una maleta pequeña. Cuando llegamos al mostrador de recepción un señor mayor, algo somnoliento, nos indicó que nuestra habitación sería la ciento “sais” de la segunda planta. No creo que hubieran allí más de cuarenta, pero la forma de decirlo nos hizo mucha gracia y tuvimos que disimular.

Al señor mayor se le cayeron las llaves al suelo al entregarlas y cuando las recogí me llamó la atención el gran llavero que las sujetaba; representaba la figura de un enorme olivo de marquetería de color marrón y verde, con el nombre del hotel pirograbado y con una gran anilla que lo sujetaba.

– ¿No tienen tarjetas? -le pregunté.

-No. El jefe no quiere -se limitó a decir.

-Bueno, realmente sería difícil sujetar este bonito árbol a un plástico.

-Por eso, además es un olivo.

– Ya -dijiste mientras sonreías.

Nos acercábamos hasta el ascensor cuando el recepcionista gritó:

-Aquí se come a partir de las dos.

-Descansaremos un poco antes de bajar al comedor. ¿Hay menú?

-Sí -contestó él.

– ¿Qué nos recomienda usted? -le consulté.

– La cocina de este hotel es excelente.

-Bueno, pero ¿hay algo destacable?

-Pan con aceite.

Andrea, tú me observabas con una expresión de sorpresa. Para ti, aquello no te parecía que tuviera ninguna particularidad en especial, más bien lo considerabas una vulgaridad.

Cuando accedimos a la habitación ciento seis, extenderse en la cama era la mejor opción, pero colocamos los macutos y después de asearnos un poco, cogimos de nuevo el ascensor para bajar al comedor. El reloj marcaba las tres de la tarde, hambrientos y cansados, lo mejor sería comer y tumbarse después.

Al sentarnos en el restaurante, el camarero nos sirvió unas cervezas bien frescas, aunque preferimos que no fueran Cruzcampo. Observabas la carta del menú detenidamente y comentaste que el pan con aceite no aparecía por ningún sitio. Elegimos paella y calamares a la andaluza, ya que desconocíamos otros platos, que seguramente estarían deliciosos como; “fritao” o lentejas con morcilla blanca de Peñolite, y se lo indiqué a un chico que se acercaba a la mesa con unas aceitunas, una panera pequeña y una jarrita de aceite.

-No hemos pedido esto -le dijiste al camarero.

-No se preocupen. Esto lo pone la casa.

No te atreviste con la vasija, pero el pan estaba muy bueno, recién hecho, y empezaste a comer aceitunas con hueso que desaparecían rápidamente. Yo esperaría la paella, si bien, rocié un trozo de pan con aceite cuyo verdor intenso jamás había visto en mi vida y con un aroma tan especial que no era comparable con los que se comercializaban en la ciudad.

-Las aceitunas no llevan anchoa -señalaste.

-Ya. Me imagino que están rellenas de hueso. Prueba el aceite, te sorprenderá -añadí.

Pero seguiste comiendo aceitunas como si no me hubieses escuchado y cuando trajeron el arroz cortaste con tenedor y cuchillo unos gambones que presidían el plato.

El salón se iba llenando de comensales y aunque era grande y espacioso, la gente bullía, los camareros iban y venían con las viandas, aceiteras de cristal y bebidas.

Te comenté que nunca imaginé que comería una excelente paella en un pueblo de Jaén. Después trajeron los calamares y pedimos un buen postre de chocolate. Mientras tanto, yo seguía rociando aceite en el pan hasta saciarme. Más tarde nos trajeron café y se lo llevaron todo, muy a mi pesar.

-No has probado el aceite.

– ¡Vaya vulgaridad! -exclamaste-. De hecho, llevas las manos pegajosas.

– Bueno, después me las lavaré.

-Sí, será mejor que te asees un poco -y mesabas tu larga cabellera rubia insinuante y colocabas las gafas de sol que habían estado todo el tiempo en lo alto de tu cabeza.

Al pasar de nuevo por recepción, saludé al señor mayor y subimos por el ascensor al segundo piso recordando la anécdota del número de nuestra habitación. Cuya pronunciación nos había hecho gracia y empezamos a reír al unísono hasta llegar a la cama y caer directamente extasiados. No paso nada entre nosotros, realmente estábamos tan cansados por el ajetreado viaje que preferimos abrazarnos para caer profundamente dormidos después.

Cuando se hizo de día emprendimos de nuevo el viaje. Esta vez conduciría yo por las curvas y recovecos del pantano del Tranco. Unos ciervos cruzaron por la carretera y se quedaron paralizados observándonos de tal forma que tuve que frenar y contemplar como atravesaban el camino y subían raudos por la montaña. Después, paramos un momento para contemplar desde el puente de la carretera la magnitud del pantano y sus inmensas aguas estancadas. Nos resultó impresionante cómo se habría realizado esta inmensa obra de ingeniería en aquellas sierras escarpadas y recónditas.

Más tarde, llegamos a un restaurante cercano a la Torre del Vinagre. Allí, desayunamos café con leche y tostadas con mantequilla y mermelada. Nuevamente no probaste el aceite. No muy lejos, dejamos el todoterreno en un aparcamiento cercano a una Piscifactoría, recogiendo solamente las mochilas, los bastones de senderismo y lo estrictamente necesario como algo de comer y unas botellas de agua.

En aquella zona se entrelazaban la Sierra de Segura y la Sierra de Cazorla, separadas por el lecho del río, cuyos márgenes delimitaban dichas sierras. Después de un largo trecho andando por una pista forestal, un camino alternativo nos introducía en la Cerrada de Elías, cuyas pasarelas de madera encajadas en un estrecho cañón, nos parecieron espectaculares. El río Borosa fluía libre y de vez en cuando, se convertía en pozas transparentes de aguas cristalinas o turquesas con pedregales blancos en las orillas. Otros arroyos se unían a la corriente principal para al final de su vida verter todas sus aguas en el río Guadalquivir y algunos puentes servían para cruzar al otro margen o contemplar el espectacular paisaje, como el Puente de los Caracolillos.

Para ti todo aquello resultaba una aventura en plena naturaleza y disfrutabas solamente de ver el agua deslizarse. Más hacia delante, el agua se difuminaba desde lo alto de unas montañas cayendo pulverizada a nuestro paso desde muchos metros de altura y los buitres sobrevolaban el cielo y no dejabas de comentar lo maravilloso de la vivencia.

Paramos un momento para rellenar nuestras botellas en una fuente natural que brotaba de la tierra y charlamos sobre la experiencia.

-Realmente Jaén es una gran desconocida.

-Déjalo. Así es mejor, que somos un desastre y seríamos capaces de destruirlo todo.

Hicimos un descanso en un remanso del río debajo de una pequeña Central Hidroeléctrica, nos repusimos con un plátano y un trago de agua, y más tarde, después de un camino complicado, el agua caía desde varios altos rocosos en saltos fastuosos que hacían las delicias de fotógrafos y excursionistas que se paraban a contemplar en todo su esplendor la naturaleza.

Las cascadas de Las Tres Colas, La Calavera y el Salto de los Órganos son el nombre de las más espectaculares del Parque Natural. Seguimos andando siempre paralelos al río y subimos ronroneantes por una escarpada montaña por un terreno pedregoso e incómodo desde donde partían volando los buitres que llenaban el cielo azul desde los paredones rocosos. Atravesamos un túnel escarbado en la montaña por cuya base corría el agua y con poca visibilidad, excepto algunos ventanucos que dejaban ver desde lo alto el verde paisaje. Cuando salimos de nuevo al aire libre y tras otra larga caminata nos encontramos en el embalse de Aguas Negras y nos desviamos unos dos kilómetros más hasta la Laguna de Valdeazores, una laguna natural con un paisaje cautivador. Volvimos sobre nuestros pasos y nuevamente desde la presa del embalse de Aguas Negras, alcanzamos por fin, el nacimiento de río Borosa, una charca donde fluía el agua cristalina en cuya ribera nos tumbamos junto a otros excursionistas extasiados.

-Me está resultando todo muy bonito -fueron tus palabras-. Pero ahora estoy algo cansada de la caminata.

-No te preocupes, la bajada no será tan complicada, aunque son más o menos otros doce kilómetros. Bueno, te quería regalar una cosa -te dije.

-¡Vaya, por fin te estiras en algo! -exclamaste con reproche.

Saqué de mi mochila una cajita pequeña, te la entregué y poco a poco se te llenaron los ojos de lágrimas. La cajita guardaba una alianza de oro con mi nombre grabado en el interior y la próxima fecha de nuestra boda. ¿Lo recuerdas Andrea?

-No me esperaba esta sorpresa.

-¿Por qué no?

-Llevamos tiempo hablando del tema y no te decides nunca -comentaste.

Recorrimos el camino de vuelta, resultando más llevadero al ir descendiendo por la montaña. Nuevamente pasamos por el túnel oscuro de los ventanucos y al salir, los buitres despegaban de sus nidos rocosos sobrevolando el cielo y contemplando el paisaje o tal vez a la espera de que algún caminante cayera al vacío para apoderarse de su cuerpo. Muchas vallas del camino habían cedido y andar distraído representaba un serio peligro por la tierra seca, arenosa y resbaladiza, tal vez, era el tramo más dificultoso por el riesgo de escurrirse y caer rodando por la ladera.

-No pienses eso de los buitres-me aclaraste-. Tengamos cuidado y bajemos muy, muy despacio.

Antes tenías la costumbre de leerme el pensamiento y te agarraste fuertemente de mi mano para saltar unas rocas que entorpecían parte del sendero.

Dejamos las cascadas atrás, donde las luces del atardecer convertían las aguas en radiantes remansos. Pasamos por la Central Hidroeléctrica donde nuevamente paramos a merendar como muchos otros senderistas que ya rezumaban sudor y cansancio como nosotros. Con alguno de ellos ya nos habíamos cruzado por el sendero, con otros no, ya que la gente fluía como hormigas en busca de su madriguera. El recorrer la Cerrada de Elías a la inversa nos volvió a reconfortar los sentidos ya que tal maravilla de paisaje no era habitual en nuestra cotidianidad diaria, la ciudad absorbe las mentes de tal forma que nos hace creer que es lo principal y lo esencial en esta vida y que no hay nada más en el mundo, cuando no es cierto. Alguien dijo que allí donde pones el corazón, está tu lugar.  Y allí encontramos la paz que tal vez necesitábamos como pareja, nos agarramos un tiempo de la cintura, pero tuvimos que soltarnos para dejar pasar a la gente en fila de a uno. Y en un momento dado, nos dimos un beso, que parecía sellar el bienestar que ambos percibíamos al realizar juntos aquella experiencia.

-¿Lo recuerdas?

Alcanzamos nuevamente la pista forestal paralela al río y pronto aparecimos cerca de la Piscifactoría. El coche nos esperaba ardiente, pero resultó un regalo alcanzarlo ya que las piernas nos pesaban cansadas. Tuvimos que esperar a que otros visitantes deslizaran sus vehículos para poder salir de aquella marabunta de gente y rápidamente accedimos a la carretera donde, de repente, unos jabalíes se cruzaron imponentes y pausados, para después salir de aquella fantástica sierra.

-Andrea ¿Qué te ha gustado más?

-No sé -contestaste-. Es todo tan extraordinario, incluido el anillo de compromiso, que verdaderamente no sabría por dónde empezar…

-Te lo digo yo, seguramente los buitres.

-Calla tonto, los buitres son impresionantes, pero realmente horribles.

Ya había anochecido, pero deseábamos alcanzar el mismo hotel de nuestra llegada y aceleramos un poco. Kilómetros más tarde apareció iluminando la noche y nos dispusimos a aparcar y pedir alojamiento.

El mismo señor mayor nos atendió de nuevo y nos dio las llaves de la habitación ciento “diecisáis”, según dijo él. Nuevamente sonreímos y le pedimos por favor algo de comer puesto que era tan tarde que la cafetería y el restaurante estaban cerrados y nos encontrábamos realmente hambrientos.

-Les puedo ofrecer pan con aceite -nos indicó.

Subimos a la habitación con nuestras mochilas, una gran panera con pan casero cortado en rebanadas y una vasija con ese líquido maravilloso.

-No tendrás más remedio que probarlo -te apunté.

Ya en la estancia organizamos el equipaje y mojamos como críos el pan con aceite hasta hartarnos, el cual, al final te pareció exquisito.

Y nos dimos una refrescante ducha juntos que nos hizo recordar nuestra juventud desinhibida.

Y más tarde, te recuerdo lo que sucedió:

Permanecimos tumbados en la cama, y cómo no, abrazados. Primero estabas frente a mí y mientras con un brazo me rodeabas el cuello, no dejabas de besarme y entonces me dijiste algo así como “me daré la vuelta”. Pero no lo hiciste, te giraste hacia mí y colocaste tu cuerpo sobre el mío. Yo te abracé con fuerza recorriendo tu espalda con mis manos y sintiendo tu cuerpo vibrar.

Oí que me susurrabas algo al oído, algo que no entendí por tus suspiros. Pero te acaricié el pelo y el cuello y te pusiste a gritar. Me producías sudor que compartimos, como el primer día que nos abrazamos y me pediste que te diera el alma, toda para ti.

Al final, tus gemidos se disiparon en el silencio confundidos con los míos. Y te quedaste extasiada, boca arriba, contemplando la nada del techo en la oscuridad.

Por fin, te lamí una oreja y te quité un pendiente a mordiscos que se perdió. Y te pregunté y me preguntaste:

-¿Me deseas en cuerpo y alma?

Y me contestaste y te contesté. Sí, desde el primer día.

 

A la mañana siguiente, al despertar, bajamos al comedor y directamente, sin yo proponerte nada, pediste un café y pan con aceite. Verdaderamente teníamos que aprovechar en nuestra estancia por aquellas tierras esos genuinos sabores que serían difíciles de repetir en cualquier otra parte del universo.

Ya en el coche cogiste el volante pues dijiste que te apetecía conducir y te cedí el asiento del conductor. “Bonita canción” me leíste el pensamiento. Mientras tanto, cogí una pequeña libreta y un bolígrafo y me dispuse a realizar una lista de las cosas más relevantes de nuestro viaje. Empecé a escribir; la paella, la naturaleza, los animales en su ámbito, el río Borosa, los calamares, las cascadas, la propia ruta, el anillo de compromiso, los pantanos, la ducha juntos, el parque natural en general, lo que ocurrió después de la ducha, la Cerrada de Elías, el postre de chocolate…

Entonces me atreví a preguntar:

-¿Ya sabes lo que te ha gustado más de este viaje?

-Claro cariño, a mi no me hace falta ningún listado.

-Pues dime -te propuse.

-Está claro que lo que más me ha sorprendido ha sido….

Dejaste unos segundos de intriga mientras trazabas una curva y añadiste:

-El pan con aceite.

De repente, todos mis argumentos fueron en vano, tal fue mi sorpresa que cogí mi libreta, bajé la ventanilla y la lancé por el aire lo más lejos que pude.

– ¿Lo recuerdas Andrea?

 

Años más tarde, cuando una triste enfermedad mermaba su memoria y capacidad para recordar no sólo lo cotidiano, también otras muchas otras experiencias que habíamos recorrido juntos a lo largo de nuestra vida, me miró y se limitó a preguntar:

-¿Eres el del pan con aceite?

Sí, cariño -le respondía yo.

Y con los ojos llenos de lágrimas, casi sin poder hablar, añadí;

-Tú sí que eres mi pan con aceite.

 

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