177. Recuerdos en una tostada

Jaime Torres Moríñigo

Recuerdo que, cuando aún estaba en el colegio, a finales de febrero tenía lugar un día muy especial. Recuerdo que nos dejaban salir al patio de recreo mucho antes de lo que tocaba y nos daban para desayunar a cada uno un bollo con aceite de oliva y azúcar. Resultaba una combinación mágica que me encantaba. Recuerdo que también nos regalaban una pequeña botellita de aceite que me negaba a usar y que me guardaba durante todo el día para jugar a ponerla bajo el sol y hacer que el líquido brille con fuerza.

Lo recuerdo todo con claridad, pero lo que más recuerdo son aquellos cuatro olivos. Estaban en un patio interior, exhibiéndose grandes y bellos. Recuerdo aquellas hojas lanceoladas que poblaban sus ramas con ese verde tan característico que no se podía describir.

Me sigo acordando de esos árboles todos los días, pues aunque ahora me gustaría sustituir el azúcar por jamón y tomate triturado, me impongo este desayuno con un único objetivo: recordar.

Añoro sentirme pequeño al lado de esos olivos, ¿por qué tuve que talarlos?