173. Cien años de amor bajo un olivo
María estaba frente al armario ropero de su abuela Encarna por última vez, ese lleno de ruidos que siempre la acompañó en vida, pues los ruidos son un pesado lastre que arrastran recuerdos. María tenía los suyos, de ruidos, y atraída por el poderoso imán de algunos de ellos se permitió viajar desde Francia hasta Jaén, para cruzar la frontera del tiempo y visitar la masía y tierra de sus ancestros andaluces, la que consideró siempre su hogar de infancia.
El armario ropero de la abuela Encarna siempre estuvo lleno de ropa manufacturada por su hilvanar de arañita tejedora, donde guardaba -además de coloridos ovillos de lana- hermosos dibujos y acuarelas, cartas de amor, daguerrotipos de los tiempos de Isabel II, estampas de vírgenes laureadas y algún que otro relicario.
Los ruidos intempestivos de marmita hirviendo se activaron de nuevo al regresar a la masía de sus ancestros: el santuario donde María creció bajo la tutela de sus padres y las hermosas vistas de la Sierra de Cazorla, testigo de la transición que la llevó de un mundo a otro muy distinto.
Recuerda María que antes del golpe de estado franquista hubo un tiempo donde la felicidad sí tuvo cabida en su vida, ese tiempo épico y apasionado cuando fue niña. En la masía vivió con sus padres, sus cinco hermanos mayores y una abuela más de centenaria que se pasaba los días haciendo macramé, bufandas, guantes, jerséis y gorros, para paliar el rigor de los inviernos.
La abuela Encarna tenía la costumbre de permanecer en la chimenea durante los meses de invierno, escarcha y nieve, calentando la faltriquera junto a la lumbre y el estómago con unos buenos andrajos, galianos y ajo atao, elaborados con uno de los aceites más sabrosos del mundo, como solía recordarle con una sonrisa excelsa en el rostro, mientras los veranos combatía el rigor del calor con pipirranas hechos con verduras tomadas del huerto y refugiada bajo un olivo centenario de fresca y amplia sombra que crecía junto a la casa, que según le relató su propia madre antes de ser árbol fue hombre enamorado. Recuerda María que el olivo siempre creció hermoso y brindó a la familia sus sabrosos frutos en forma de aceite y oliva, con la belleza de sus hojas lanceoladas que creaban un rico mantillo en tierra.
María nació el mismo año en que se proclamó la Segunda República, cuando los campos jiennenses despertaban a la primavera y su madre había perdido ya toda esperanza de tener una hija, después de concebir a cinco varones, por lo que además de ser la más pequeña de la familia fue siempre la más mimada. Creció envuelta de cariño y amor filial, jugando a perseguir hormigas, pero también duendes y hadas, entre los campos de frondosos olivares.
Junto a la masía creció el huerto familiar, que les brindó sabrosos melones y hortalizas de temporada con los que su madre preparaba gazpachos, ricos postres y ensaladas. La pequeña María colaboraba en las labores del hogar y en las tareas del huerto: a plantar los tiernos brotes de las solanáceas y a regar los caballones y plantas. Claro que lo más le gustó siempre fue la temporada de la oliva, donde toda la familia se implicaba en la recogida y el traslado en mulas y serones de la aceituna hasta la almazara vecina, para transformarla en rico néctar de aceite que servía para aliñar el pan recién hecho en el horno moruno y disfrutar de uno de los mejores sabores del mundo.
Los rigores del invierno -en aquellos tiempos donde las estaciones eran verdaderas estaciones- María los pasaba unida a su familia de titanes, al abrigo del fuego de la chimenea encendida, aprendiendo a trabajar el esparto, macramé y cuero, preparando ricas tartas de membrillo y papajotes, o escuchando las narraciones con sabor a mito y leyenda que su abuela les relataba sobre brujas, duendes y bosques encantados, pero también sobre fenicios, tribus íberas y romanos y le hacía soñar despierta con épocas remotas donde también la aceituna y el arte de hacer aceite fueron protagonistas.
La masía disponía de un viejo aljibe que según le contó su abuela provenía de la época de los musulmanes y una Al-Ándalus de recuerdo vivo, con agua más que fresca fresquísima, además de un corral donde algunas cabras y gallinas les proveía de huevos, carne y leche recién ordeñada con la que elaboraban quesos, postres y ricos platos de la gastronomía jiennense.
El inicio de la última primavera alegre vino marcado por el acostumbrado cambio de sitio de la abuela Encarna, quien dejaba su rincón favorito junto a la chimenea para plantar su mecedora quejumbrosa bajo el olivo centenario que crecía junto a la casa. María observaba a la abuela Encarna ensimismada durante horas bajo el árbol, a veces degustando aceitunas adobadas, otras una rodaja de pan con ajoaceite o releyendo antiguas cartas de amor o entretenida hilvanando prendas multicolor.
Pero sucedió una mañana que la abuela se sumergió en el duermevela de su mecedora y no despertó ya nunca. María sintió su vuelo rumbo al firmamento estrellado con la alegría y el recuerdo (o los ruidos) de los momentos ricamente compartidos con aceite de oliva en la mesa, los relatos narrados junto a la chimenea y los jerséis y bufandas que le dejó como herencia.
En casa todos sabían que el olivo y la abuela estaban unidos por unos lazos de amor que se remontaban a un siglo atrás de historia. Tras la muerte de Encarna, el olivo contrajo la enfermedad de la tristeza que le hizo marchitarse y perder el lustre de sus hojas. Sus flores no cuajaron, sus hojas cayeron y de su antiguo brillo mágico sólo quedó para el recuerdo un sarmiento de ramas secas.
La abuela Encarna fue enterrada a la vera del olivo, pero ni aun así el árbol mejoró de su mal de tristeza. Toda la familia se volcó entonces en su sanación, para recitarle versos de antiguos poetas andaluces, para bailar mágicamente alrededor de su tronco y trasmitirle así la felicidad de la vida y todo el apoyo cuando sobreviene la pérdida de un ser querido. La propia María abrazó su corteja añeja, susurrándole versos y cantos, pero el olivo siguió sin mostrar signos de mejoría. Fue entonces cuando su madre decidió llamar al curandero de árboles: un anciano pastor y eremita que vivía con un puñado de ovejas y un caballo percherón en una cueva cercana, bien conocedor de la medicina ancestral de los tiempos de los gigantes y las quintaesencias de las plantas que sanaban a las gentes rurales mediante infusiones, ungüentos y lo que algunas lenguas atrevidas y ávidas de chismorreo llamaban fieltros de bruja.
-El olivo quiere marchar y nadie puede retenerlo -proclamó el curandero de los árboles después de examinarlo detenidamente-. La tristeza por un amor perdido marca su final de ciclo.
El final de ciclo vino con la muerte de la abuela Encarna, así lo entendimos todos, pues el olivo era protagonista de una hermosa historia de amor de esas que no vienen escritas en ningún libro. Como un tótem bien sagrado se erigió durante cien años junto a la masía, después que Encarna, siendo mujer casada con un extranjero valenciano y ya estando recién embarazada, vivió la pérdida de su marido durante la Primera Guerra Carlista. Su recuerdo y dolor los volcó sobre un retoño olivo al que por aquel entonces la joven Encarna empezó a tomar cariño y la costumbre de recitarle versos, leyendas jiennenses y nanas de cuna. Todos sintieron la pérdida de tan valiosas dos vidas, pues toda la familia entendió que sin Encarna y el olivo terminaba un ciclo de dicha para dejar paso a otro teñido de sombras y claroscuros cuyas noticias escucharon a través de la radio.
En un serio comunicado, la radio nacional les informó que se había proclamado un alzamiento militar contra la Segunda República Española. Un general golpista, recién llegado del archipiélago canario junto a un ejército uniformado con mantos y aljubas, venía a sublevarse en armas contra el gobierno legítimo elegido por el pueblo, para así abrir la Caja de Pandora donde vientos, rayos, truenos y tempestades conmocionaron a toda la nación española.
Todo se precipitó entonces. El padre de María, Antonio, y sus dos hermanos más mayores se marcharon al frente de guerra, contagiados de fiebres de ideales por salvar a la joven República Española, sí, pero descuidando el más valioso y cercano tesoro: ¡la familia y la tierra! Su madre, Emilia, enfermó de pobreza y el huerto familiar quedó abandonado para siempre a los estragos del tiempo, convirtiéndolo en tierra de barbecho. El hambre hizo mella en los tiempos de guerra y llegada la dura posguerra los olivares tuvieron que malvenderse para proveer a la familia huérfana de padre y hermanos de alimentos básicos.
María, su madre Emilia y sus otros tres hermanos se vieron obligados a ceder también la masía a un rico terrateniente y a abandonar su querida tierra jiennense, siguiendo la estela de la pérdida y necesidad más extrema que hizo que Emilia no dejara nunca de vestir luto, sobre todo después que Antonio fue capturado en el monte y señalado como maqui y traidor a la patria. Marcharon, con pena y sin gloria, para cruzar los Pirineos y llegar hasta Francia, para ver así transcurrir los años con la nostalgia de una herida que no cicatriza nunca y sembrar una nueva semilla de esperanza en el país vecino.
María se casó en Montpellier y formó familia, y después de ver crecer a sus hijos y verlos marchar a sus respectivos nidos, regresó siendo persona mayor y ya jubilada a la masía de sus antepasados, acompañada de una de sus hijas mayores. Sólo pisar Jaén intuyó que aquella visita a las raíces del pasado sería la última que realizase. Regresó a la vieja masía, sí, y allí observó con dolor y nostalgia el techo y sus paredes derruidas, el huerto familiar convertido en un secarral, el aljibe roto y un montón de escombros y basura alrededor del terreno, antes poblado de árboles frutales, campos de olivares y una fértil tierra de gente tenaz y trabajadora. Entró en la casona, hecha un artejo de tejas rotas y vigas retorcidas, y allí, en un rincón, se reencontró con el armario ropero de su abuela Encarna, carcomido por la erosión del tiempo, sin puertas ni cajones ya y con sus últimos ruidos volando libres para coronar otros horizontes lejanos, pues los ruidos son siempre un pesado lastre que arrastran recuerdos. Ella, María, arrastraba los suyos y, en ese último reencuentro, quiso transformarlos en canto mágico y alegre de golondrina y hermoso recital de poesía y versos.
Durante su último paseo por los alrededores de la masía en ruinas lo vio, convertido en una sombra fantasmal y enclenque, aquel que en otro tiempo fue uno de los más grandes símbolos de la unión de su familia: ¡el olivo centenario! Apenas quedaba de su antiguo porte un trozo de tronco que un recién incendio lo había reducido a carbón y estragos. La tumba de su abuela permanecía a su vera, junto a los minerales con los que ella misma decoró una vez su lápida de piedra blanca y el tiempo no se atrevió a moverlos del sitio.
Sentía la anciana María el azote telúrico del tiempo junto a sus muchas irremplazables pérdidas, pues en su implacable girar de agujas transformó todo su paraíso querido en un desierto estéril, o al menos así lo creyó toda convencida en un primer instante, pues luego, al caminar por los aledaños de la finca, pudo ser testigo… ¡de todo un milagro!
Antes de cruzar de nuevo la frontera del tiempo y dejar su tierra jiennense, María descubrió que allí donde creció el olivo legendario seguía hilvanándose la más hermosa historia de amor, pues entre sus raíces quemadas distinguió revestidos de un verde fulgente… ¡nuevos rebrotes que saludaban al sol!



