152. Niña del olivo
Fue en tiempos finales de la vendimia, comenzando Abril en Mendoza, ciudad cordillerana donde vivía mi abuelo; para llegar allí el colectivo recorrió 80 kilómetros desde Tunuyán, pueblo en el que yo vivía junto a mis padres; los caminos para llegar a la casa del “nono”,(como yo solía llamarlo a mi abuelo), no estaban en buenas condiciones y eran de tierra, por lo cual desde la terminal de ómnibus de Mendoza la caminata hasta su casa era agotadora; para el nono nuestra llegada sorpresiva siempre lo alegraba, y enseguida armaba algunos planes para compartir juntos esa la corta estadía de fin de semana; su nombre era Rufino Segovia y vivía solo a sus 76 años; era una casa sencilla, obviamente su construcción hecha de adobe, como solían ser las casas en esa época, en el campo, con dos habitaciones; sobre la mesa tenía encendida la radio y afuera el aljibe que aún estaba en condiciones; al costado de la puerta que daba al frente, colgaban unas riendas, y sobre un baúl grande algunos cueros, montura y apero, ya sin uso, pero limpios y bien cuidados; luego de almorzar, en esos días de torpe juventud, crucé el patio abierto de la casa de mi abuelo hasta llegar al campo de los vecinos Navarro; en ese entonces no había alambrado que separen o dividan las tierras, sembrados o viñedos. Los Navarro tenían un enorme viñedo, donde yo solía entretenerme corriendo, sacando uvas, donde practicaba cantar tonadas fuerte, en voz alta, y me gustaba aquella soledad que era inspiradora, que me hacía soñar con algún futuro entre guerras y amores; aquella tarde de calor sofocante, caminaba por un surco recientemente removido, pisando escobajos tendidos ya en el piso por la cosecha, y con una rama de paraíso que había juntado del piso iba jugando a luchas imaginarias de espadas y héroes; divisé a lo lejos, sobre el mismo surco, a una niña de cabello largo, que intentó esconderse, y al darse cuenta que yo la había visto, simuló estar oliendo unas rosas que estaban plantadas en el extremo de una de las hileras; aquellas rosas suelen ponerse estratégicamente al final o extremos de los viñedos (su color, dulzor y aroma distraen o evitan que las pestes o insectos trepen las uvas); al acercarme a ella saludé quitándome el sombrero, y quedé inerte en su mirada; tenía unos ojos verdes, estirados de sueño largo, húmedos, con la mansedumbre del agua de manantial, frescos y tímidos, que vibraban temblorosos; a su parpadear lo comparé con el aletear de un halcón andino, de esos que baten sus alas en vuelo una sola vez, para luego planear durante largo tiempo y dejar esperando al espectador para repetirlo como haciendo una pincelada con una brocha en el aire. Me dijo su nombre y al rato lo olvidé; me distrajeron las pecas en sus rosadas mejillas, y una ramita de olivo giraba entre sus dedos. Como observando curioso, detrás, se asomaba un árbol de olivo, de altura mediana y con la sombra justa para el momento, atajando un poco los rayos intensos del sol de vendimia; se arqueaba como invitándonos a juntarnos los tres un instante; sus hojitas pubertosas, todas en sana inclinación, y en algunas ramas divisé aceitunas pequeñas. Volvió a repetirme su nombre, Aurora, “la niña del olivo”, la apodé en mis pensamientos; supuse que su boca escondía la sonrisa más bonita que haya visto en mi vida; sus labios eran finos, rojos, y tenían la manía de hundirse luego de hablar. En su mano traía una tijera, y en el piso, junto al olivo, había dejado reposando un frasco de vidrio; calculé que la tijera era para cortar alguna melesca (nombre que se le da en la región, a las uvas que quedan olvidadas por el viñatero), cortar alguna flor, o sacar alguna aceituna sin dañar las ramas del olivo. Como evitando la intensidad de mis deseos por conocerla, le pregunté sobre su edad, su vida, sus preferencias, y noté su sonrisa picaresca que a sus 17 años esbozaba sensualidad y misterio; a la vez me di cuenta que mi confianza avanzaba y aquella intensidad que quise contener se me había escapado.
Aurora me contó que al otro día de su nacimiento, su padre había encontrado aquel olivo, que había crecido solito y en medio de todo el viñedo; también me confesó que casi todos los días ella se llega hasta su sombra y conversa con el árbol como si fueran hermanos; que sus lágrimas caen de a una, cada vez que llega al lugar y a veces sin motivos; pensé en abrazarla, contenerla, oler su pelo, o quizás agarrar su mano o secarle una lágrima que ya rodaba por su mejilla derecha, pero dejé que el destino obrara; de repente, desde la casita que estaba en lo alto y miraba hacia nosotros, cual balcón de algún viejo castillo, dónde las palomas jugueteaban por sobre el techo, se escuchó una voz y supuse que era su madre reclamando su presencia; enseguida Aurora salió corriendo, despidiéndose antes con un beso muy tierno en el centro de mi boca, un beso que noté salado debido al llanto que confluía en sus labios, un beso con sabor a aceituna fresca, dejándome atónito, mudo, con mil incógnitas y deseos en mi cabeza, alma y corazón; ella corría y su vestido largo se alzaba y caía como celebrando la complicidad de nuestra juventud; aquel atuendo era blanco, tenía algunas manchas frutales rojas, con tiras de tela rebotando todo el tiempo; una imagen que se achicaba cada vez que sus pasos avanzaban y el azul del cielo hacía que mi vista quedara lejana. Levanté del suelo el frasco que quedó olvidado, supe que me serviría de excusa para volver a verla; también pensé que quizás no era un olvido y quiso que yo lo recogiera; nuevamente imploré al destino que actúe; levanté la cabeza en dirección al olivo, observé sus dos troncos más gruesos, torcidos como horcos, que al comienzo tenían forma de cruz, y como si estuviera Cristo colgado en esos palos, recé unas plegarias improvisadas con ruegos y deseos milagrosos, de amor y fortuna; como volviéndome más cristiano que nunca, besé las maderas del olivo, lo abracé y cantando una tonada de amor que había aprendido de niño, caminé despacio por el surco, quebrando escobajos con la pisada firme, chocando racimos secos, y como un enamorado, pensando en lo acontecido, pateaba las piedras que encontraba en el camino.
En el frasco había solo aceitunas, algunas violáceas, pequeñas y se veían muy atractivas; al llegar a casa de mi abuelo lo abrí, agregué salmuera y también coloqué dentro una piedra, como la vieja costumbre lo indicaba, guardián de aquellas perlas verdes.
Esa noche no dormí; en mi desvelo soñaba con los ojos abiertos; sentía que todo mi universo giraba en torno a la niña del olivo; sentía que el viento que entraba por la ventana de la habitación traía su voz; Aurora rondaba en mi cabeza, y ya mis planes estaban escritos para el día siguiente, a los pies de aquel hermoso y tierno olivo.
A la mañana, con los lamidos de Duque, el perro de mi abuelo, me di cuenta que había podido pegar mis ojos un par de horas; ese día estaba nublado y ya se percibía el olor y la humedad que emanaban de la tierra, avisando que la lluvia era inminente; en la galería de la casa, toda tapada de enredaderas, y sentado solo en una silla de mimbre hamacándose lentamente, se encontraba mi abuelo leyendo un libro, el clásico “Martin Fierro” de José Hernández; mi abuelo oye los pasos de mi llegada y me recibe con unos versos en voz alta que tenía a mano de aquel libro:
-“…Me alejé sin despedida,
quedé en la soledad,
solo el recuerdo y la verdad,
me acompañan en la vida…”
Luego de tal recibimiento literario, me senté a su lado en otro sillón de mimbre, y entre balanceo y balanceo, mis bostezos se desperezaban con sonidos profundos; -Te voy a contar una historia-. Dijo mi abuelo, quitándose los lentes, poniendo una larga pluma de algún aguilucho dentro del libro como apuntador y cerrándolo firmemente-. Hace muchos años- dijo con voz pausada y entrelazando los dedos de las manos-, apareció una niña en el viñedo de mi padre. Venía caminando entre los surcos y yo apenas era un muchacho como vos; ella parecía haber salido de algún cofre de oro y brillantes, era hermosa, rosada y fresca. La conocí unos días, donde nos enamoramos, compartimos risas y luego, al poco tiempo, falleció un día de tormenta; la encontraron tirada cerca de la casa que está en lo alto; padecía una enfermedad y yo no lo sabía. La noticia cayó sobre mí como una sombra, como algo que iba a marcar mi vida en este lugar; todo fue muy triste en ese tiempo, pero la historia cuenta que su espíritu nunca abandonó estos campos, y algunos lugareños aseguran haberla visto correteando con un vestido blanco como si el tiempo no hubiera pasado; yo nunca les creí a esos viejos mentirosos- dijo con un tono de voz ajado, haciendo muecas con la comisura de sus labios hacia abajo, y desviando su mirada hacia el piso continuó,- pero a veces las historias son mágicas; igualmente, te confieso algo, yo pienso que el olivo, ese que está al final de las hileras, es aquella niña; se mantiene joven y verde; cuando me acerco parece tener un aura que me atrapa como queriendo hablarme; suelo dejarle un frasco enterrado a su lado, porque cada aceituna que cae son sus lágrimas perfectas, y cuando termina el mes de mayo, lo busco lleno de esferas violáceas y ricas-. A mi abuelo se le mojaron los ojos y a mí se me estrujó el corazón; lo abracé y contuve el llanto hasta alejarme un poco de la galería para quebrarme solo y en silencio.
Toda aquella tarde llovió y el día siguiente amaneció un cielo límpido, azul, con una brisa que acariciaba los álamos tendidos al final del callejón, álamos que tapaban aún el sol de la mañana, y el sonido de sus hojas prometían una jornada maravillosa.
Cuando en la siesta mendocina, luego de una sobremesa familiar, donde comienzan a apagarse algunos ojos para descansar, y se encienden las chicharras de la tarde, tomé el frasco de aceitunas y salí corriendo por el patio, saltando el perro, y esquivando las gallinas que merodeaban por ahí; de lejos observé el olivo y mi corazón comenzó a latir a ritmos diferentes; estaba a unos metros de aquel árbol, que entre verde y plateado hacían reflejos en mi vista, cuando el frasco resbala de mis manos, cae sobre una piedra del surco y se rompe, esparciendo aceitunas por todos lados; mi rodilla quedó pelada y mi cara llena de tierra; me levanté avergonzado de lo sucedido, miré para los cuatro horizontes para confirmar que nadie había visto aquella caída, y seguí caminando lento hacia el olivo. Me senté apoyando mi espalda al árbol, sollozando y susurrando algún insulto por mi torpeza; allí me quedé toda la tarde esperando la llegada de Aurora; tenía nervios y la energía que transmitía el ramaje que me cubría era muy fuerte; tenía la sensación de que algo iba a suceder; de repente me sorprende un paisano de la zona, quien, quien por su estampa parecía haber estado trabajando en estas tierras; en su cabeza traía un sombrero ancho, grande y sobre su espalda, una mochila con algunas herramientas que sobresalían; se para frente a mi, su cara daba al sol y en su ropa tenía prendidas algunas espinas y hojas que de a poco caían al suelo; dejando su cargada mochila un instante y con una sonrisa gentil típica de pueblo se sienta a mi lado, bajo la sombra. -Hola, como estas? ¿De dónde vienes?- me preguntó estirando los pies hacia adelante y los hombros hacia arriba, mordiendo alguna hierva. –Soy nieto de Don Rufino.- Le dije muy seguro para que notara que yo era asiduo al lugar; luego frunciendo el ceño para secarse el sudor de la frente con la mano, sigue con su relato –mirabas aquella casa?- me pregunta señalando con su barbilla la casa de Aurora; -está abandonada hace un largo tiempo ya, es una tapera; sólo la usan algunos viñateros como yo, cuando es el tiempo de cosecha y buscamos algún lugar para descansar o refugiarnos de las tormentas. Allí vivió una familia hace muchos años, que al poco tiempo se mudó porque su hija había muerto por esta zona, y que algunas personas dicen haber visto su espíritu rondar estos campos de los Navarro.- De un salto me puse de pie, y como demostrando que la herida en mi rodilla era superficial, que no había ningún dolor, pero con cierto perfil de preocupación en mis posturas, me despedí del hombre; tomé por un camino que estaba muy tapado por malezas, ramas y leñas tiradas, y a unos metros un arcón de madera, la antigua entrada a la vieja casa que hoy era tapera; a un costado una cruz hecha con palos que emergía del suelo y sobre ella apenas legible el nombre de “Aurora”. Me arrodillé y la tarde murió pintando de ocre los surcos, desangrando el horizonte.
Treinta años habían pasado desde aquel encuentro con Aurora. Decidí volver, cruzar el patio y caminar nuevamente entre escobajos y parrales. Para mi asombro, una hilera de olivos jóvenes había brotado, en aquel preciso lugar donde, años atrás, había desparramado las aceitunas por accidente. Sus hojas se movían suavemente, como si conversaran con el viento. Continué por el sendero marcado por algunos carozos caídos hasta llegar al final, donde se alzaba el árbol más viejo; nos miramos, lo abracé y de mi bolsa de tela saqué un frasco para dejarle a sus pies; me senté a recordar detalladamente a mi niña del olivo y con un cuchillo ya sin filo, traté de escribir en la corteza del árbol el nombre de Aurora, dejando para siempre marcado el agradecimiento y amor inmortal de juventud entre un olivo y el hombre.
-“…Me alejé sin despedida,
quedé en la soledad,
solo el recuerdo y la verdad,
me acompañan en la vida…”



