124. ¿Por qué oliva?

Campeche

En recuerdo de mi padre que

me trasmitió el amor por el

mundo del olivar y lo que representa.

Como hace habitualmente, cuando reloj da la campanada de la una de la tarde, Juan Antonio se dirige a su casa después de dar su paseo en la plaza aprovechando la placidez de los rayos solares en un día despejado de primeros de diciembre. Con andar pausado y apoyado en su bastón, permanece un rato dando vueltas a la zona soleada de la plaza, es la forma de hacer el poco ejercicio que su cansado cuerpo le exige y permite En estas salidas, coincide con paisanos con los que conversa y comenta los acontecimientos del pueblo, acontecimientos que en estos días se reducen a temas agrarios y meteorológicos .

Corría la década de los ochenta del siglo pasado y la vida en Bexixar, pequeña localidad de la comarca de la Loma, en la provincia de Jaén, se había activado más de lo que solía ser habitual. Se aproximaba la recolección de la aceituna y el ir y venir de las gentes del campo preparando toda la maquinaria y aperos necesarios era incesante. Los tractores y remolques a punto, las varas, mantones, cepillos y cribas, preparados. Las cuadrillas ajustadas para que todos los puestos estén cubiertos, el número de hombres y mujeres equilibrado para que todo el proceso se cumpla sin complicaciones. Todo a punto para, cuando la cooperativa comunique la fecha de apertura, comenzar la esperada recolección. Ha sido un año de lluvias abundantes y se espera una buena cosecha, hay ganas de ver la aceituna entregada en la fábrica y perder el miedo a que las inclemencias del tiempo paralicen los trabajos y malogren las esperanzas puestas en el campo. Propietarios y aceituneros tienen su vida condicionada a los tres meses que suele durar la recolección y a lo que de ella se obtiene.

Mientras se organiza el inicio de campaña, la conversación suele ser la misma en todas las casas porque la mayoría del pueblo basa su economía en el cultivo del olivar.

En uno de estos hogares, cuando el sol cae, sentados en torno a la mesa camilla y al calorcico del brasero, se reúnen Juan Antonio y su familia

Este año, Juan Antonio, que ya ha pasado la barrera de los ochenta, habla con cierta nostalgia de la proximidad de la campaña. Aunque la conversación gira en torno a todo lo relacionado con el campo, pues toda su vida la ha pasado pendiente de él y de él ha obtenido el sustento para su numerosa familia, hay una circunstancia que influye de una manera especial. El año anterior había tomado la decisión de ceder todo su patrimonio a sus hijos y se encontraba como desposeído de su identidad. Ya no tenía que decidir, preguntar, saber de rendimientos, kilos de aceituna, olivas cogidas o por coger. No tenía que angustiarse por el chapetón inoportuno que devolvía la cuadrilla al pueblo. No debía perder el sueño cuando la lluvia impedía durante varios días salir a cosechar. Pero todo esto si le seguía interesando aunque le hacía sentirse triste, apagado, como apartado de lo que tanto le había importado y de lo que había sido el objeto de su actividad principal durante toda su vida. Para paliar este malestar, sus hijas le trasladan las decisiones a tomar sobre sus parcelas e incluso le dan la alegría de plantar olivas en la tierra de calma que les había correspondido. Todo se lo consultan, esperan sus consejos antes de hablar con los trabajadores, continuamente lo hacen partícipe e incluso dejan en sus manos cualquier decisión. Así, Juan Antonio, no deja de tener relación e intereses comunes con lo que había sido su habitual dedicación. Disfruta enormemente cuando lo llevan a dar un paseo al campo para ver como evolucionan las olivas según transcurren los meses.

Cada visita que hacen al campo llena de vitalidad a Juan Antonio. Su cansancio, su dificultad respiratoria, su fatiga parecen desaparecer tras estos paseos. Vuelve rejuvenecido y pensando que queda alguna parcela por visitar para comprobar si es oportuno o no enviar la cuadrilla completa el día que corresponda la recogida de su aceituna.

Es tanta la pasión que pone en sus comentarios, tanto el cariño con el que habla del olivar que, Tere, su hija menor, que es la que lo lleva en el coche y, en cierto modo, se ha hecho responsable del campo, ha terminado por interesarse por todo el mundo rural, el tema agrario, el cultivo del olivar, el mundo del aceite… Quiere aprender y no ve mejor forma de hacerlo que comentando y preguntando a su padre. Percibe que, al mismo tiempo que ella adquiere conocimientos, que cada vez le interesan más, su padre eleva su tono vital y se vuelve más comunicativo y receptivo. Le parece verlo rejuvenecer.

Son tantos los ratos de conversación con el tema de la recolección como protagonista que los términos oliva, olivo, olivar, cuadrilla, cosecha… se repiten incesantemente. Pero hay algo que Tere viene notando desde hace tiempo, su padre siempre dice oliva, nunca olivo, y aunque es la expresión habitual por esta comarca, no duda en preguntarle:

– Padre, ¿por qué siempre dices oliva y nunca olivo?

Juan Antonio la mira, sonríe y con un brillo en los ojos no habitual, la edad da opacidad a la mirada, le contesta:

-La grandeza y belleza de este árbol no es propia de un ser masculino y por tanto su nombre debe ser el que le corresponde.

Tere hace un gesto como de no entender y su padre continúa:

– Yo siempre he tenido dos pasiones en mi vida: como hombre, la mujer, tu madre, y como agricultor, la oliva. Sabéis que yo siempre he diversificado los cultivos del campo, he cultivado olivar, cereal, garbanzos, maíz, algodón… pero, entre todos los cultivos, para mí, las olivas son otra cosa, tienen vida propia, son como compañeras de viaje, yo acaricio sus ramas, hablo con ellas y hasta pienso que me entienden.

– Eso que me dices, me sorprende y emociona. ¿Tanto te puede trasmitir y aportar un árbol? – contesta la hija.

-Un árbol no me trasmite eso, lo hace la oliva, un ser superior entre su especie, la vegetal. De alguna manera te he comparado mujer y oliva y esto te puede parecer un disparate, un sinsentido. Visto así, puede parecerlo, pero quiero explicarte por qué lo digo -manifestó Juan Antonio. La mujer es fuerza, belleza, elegancia, fertilidad, proyecto de vida, el pilar y la reina de la familia y de la especie humana.

– ¿Y todas esas cualidades las encuentras en la oliva? Yo no sabría distinguirlas – exclama Tere

Juan Antonio, pausado va describiendo: – Si observas la oliva, te llama la atención su tronco, áspero de corteza, rudo, de formas retorcidas, brusco de apariencia pero soporte mimoso y responsable de un inmenso ramaje así como del fruto que produce. Ahí está su fuerza. La riqueza de su fruto, la aceituna, es prueba palpable de su fertilidad. De su belleza y elegancia poco necesito confirmar. Ver las olivas mecidas por el viento es una estampa difícil de igualar y si las vemos preñadas de aceituna, con los tonos verdes, violáceos y azabaches mezclados, es una imagen imposible de describir. Son infinidad las familias que tienen su vida organizada económicamente en torno al cultivo del olivar, a la elaboración del aceite, un proyecto de vida netamente olivarero y oleícola. No dudo en afirmar que, para mí, la oliva es la reina de la especie vegetal.

Dirige la mirada hacia Tere y le pregunta. -¿Me equivoco al establecer esta comparación? ¿Ves exagerado este emparejamiento? No intento igualar, tu madre está muy por encima de todo; solo quiero señalar lo que representa la mujer como soporte de la familia y lo que lo hace la oliva como pilar y soporte de la economía de nuestra tierra. Quiero destacar la importancia de la mujer y de la oliva en sus respectivos mundos sin que ello suponga igualar su dignidad y valor en sus categorías.

Termina su exposición con el convencimiento de que había dicho algo importante porque así lo sentía él.

Tras esta conversación, Tere no supo contestarle, abrazó a su padre y le agradeció su explicación. El interés que estaba tomando por conocer el mundo rural comienza a engrandecerse, el cariño por el olivar se intensifica y se promete que las pocas olivas que posee las mantendría y cuidará como un pequeño homenaje al hombre que tanto las cuidó, valoró y le enseñó.

Ese es el sentir de infinidad de hombres y mujeres que dedican su vida y su esfuerzo a trabajar la tierra cultivando los olivares para extraer ese zumo tan preciado que es el aceite de oliva en todas sus categorías y, especialmente, el AOVE, el exquisito aceite de oliva virgen extra.

Para entender este sentir, esta dedicación, esta pasión por el olivar, hay que vivir de y entre olivas, mirar al frente y verte formando parte del bello e inmenso paisaje del olivar, envolverte con el olor que desprende la molturación de la aceituna, embriagarte de su sabor… Creerte una oliva más inmersa en el infinito verde mar de olivas jienense.

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