117. Esperando la lluvia

Arbequina

Eran ya muchos los meses que duraba la sequía, tantos que habíamos perdido ya la cuenta de ellos. Habíamos tenido la inmensa suerte de ir a nacer en una tierra generosa, una tierra fértil, del mismo color azafranado del cobre. Cada vez que se lo pedíamos, la tierra era buena con nosotros y nunca nos escatimaba el alimento. Pero también tuvimos la desgracia de crecer bajo un cielo cicatero, un cielo de los del puño cerrado, que las pocas veces que decidía compartir su agua con nosotros, lo hacía a regañadientes. Así las cosas, de sequías, por desgracia, sabíamos bastante, las habíamos sufrido en muchas ocasiones, pero no habíamos conocido ninguna tan cruel como aquella.

Lo que más nos espantaba de ella era escuchar a la Abuela decir que era la más larga que recordaba. La Abuela era un árbol al que todos venerábamos por ser el más anciano del olivar. Tenía un tronco tan ancho que dos hombres dados de la mano no eran capaces de abarcar por completo su circunferencia y, aún a su edad, seguía dando más aceitunas que ninguno de nosotros.

—Es lo más terrible que he vivido en los doscientos ochenta y siete años que llevan mis raíces aferrándose a la tierra —nos decía con su voz cascada de madera vieja, que sonaba siempre un poco a hueco porque tenía un agujero en el pecho donde hacía años que anidaba una abubilla—, lo más duro que he tenido que soportar en los casi tres siglos en que he compartido mis frutos con los hombres. Si la cosa sigue así, este año voy a tener bien poco que ofrecerles.

Y no le faltaba razón a la Abuela. Durante todo el día, no alcanzábamos a oír otra cosa que no fuera el lamento del campo quejándose de sed. Como el llanto inconsolable de un niño hambriento, por las grietas de su piel cuarteada brotaba un berrido estridente de chicharras que lo abarcaba todo y nos encogía el alma.

El sol, en el que siempre habíamos tenido un aliado, un amigo fiel, que disfrutaba poniendo pinceladas de verde al plateado de nuestras hojas, que cada temporada nos daba ese último empujoncito que permitía a nuestros frutos alcanzar su sazón, se había convertido en un enemigo despiadado, un martillo al rojo vivo que golpeaba nuestras cabezas sin clemencia. El mismo machaqueo de fragua cada día, cada hora, desde el amanecer hasta el ocaso.

Los pájaros se morían en pleno vuelo, dejaban de mover las alas, se hacían un gurruño y venían a estrellarse en el polvo a nuestros pies. El pico abierto, la lengua fuera, el espanto de lo imposible aún grabado en los ojos. Si la curiosidad llevaba a alguno de los que vivían en pueblo que lindaba con el olivar a recogerlos del suelo, los soltaban de inmediato con un grito de dolor. Sus cuerpos hirviendo, incandescentes como pequeños cometas emplumados, les quemaban las yemas de los dedos.

Por las noches, cuando el batir de los rayos del sol sobre nuestras hojas resecas nos daba alguna tregua, no conseguíamos hablar de otra cosa más que de la sed que teníamos y de lo que echábamos en falta la lluvia. Si nuestros vecinos, las mujeres y los hombres del pueblo, hubieran sido capaces de entender nuestros lamentos en el rumor de hojas que entraba por las ventanas abiertas de sus casas, habrían podido compadecerse de nosotros. Pero los del pueblo no nos comprendían, el sonido de nuestras hojas no era para ellos más inteligible que el que haría un sonajero hecho de finas monedas de plata. Así que no teníamos con quién compartir nuestra aflicción e intentábamos consolarnos los unos a los otros lo mejor que podíamos.

Pero el desánimo cundía entre los nuestros. Hacía semanas que las fuerzas habían comenzado a abandonarnos y sabíamos que no íbamos a poder aguantar mucho más así. Al principio nos habían dado de beber del agua que quedaba en el pantano, cada muchos días y en muy poca cantidad, unos sorbos que nos sabían a gloria, cada gota recibida con la misma gratitud con la que se acepta una perla o un diamante. Luego, el pantano se fue secando, quedaba apenas agua para los del pueblo y casi ni eso. Ya no hubo más agua para nosotros.

Un día, cuando todo parecía perdido, despertamos al amanecer y la vimos despuntar en el horizonte. Surcaba el cielo de este a oeste, enorme e irreal, como un galeón fantasma o una isla flotante hecha de claras a punto de nieve y negras cenizas. Traía la barriga hinchada, preñada de promesas de un agua que nos hacía muchísima falta. Tanto nos moríamos de la sed que, al verla, nuestros cuerpos se estremecieron de goce anticipado. La acompañamos todo el día en su lenta singladura con la vista, nuestras miradas moviéndose al unísono, atraídas por el imán de su presencia.

Nunca habíamos visto una cosa igual. Aunque sabíamos lo que era y lo que para nosotros significaba, sus dimensiones nos infundían respeto. Era una masa de un negro plomizo que se prolongaba hasta donde alcanzaba la vista, parecía que no se acabara nunca. Por el olor a mar que traía aún impregnado en sus volantes, supimos que llegaba desde muy lejos, de una tierra remota donde sobraba el agua, traída por un viento benévolo que había escuchado nuestras súplicas a tiempo. Una marea de brea calafateaba la bóveda del cielo a su paso. Su visión nos sobrecogía como solo sobrecogen las cosas que son demasiado grandes para que el entendimiento sea capaz de abarcarlas, sin embargo, la aguardábamos expectantes. Éramos conscientes de que aquella nube constituía nuestra última esperanza.

Cuando estuvo encima de nosotros, se hizo la noche. Aunque no serían más de las cinco de la tarde, los pájaros y las chicharras enmudecieron. De repente, todo se sumió en un silencio absoluto, como nos había contado la Abuela que ocurrió las escasas veces en que fue testigo de un eclipse total de sol. Los perros salían de las casas y miraban el cielo venteando el aire, notaban que el hocico se les humedecía como una trufa perlada de rocío y se ponían a menear la cola, locos de excitación. La gente también salió. Todo el pueblo estaba en la calle, murmurando y señalando el cielo con el dedo. Como nosotros, esperaban que diera comienzo el milagro que tanto necesitábamos.

De pronto, un latigazo deslumbrante, un único zigzag interminable, rasgó por la mitad la panza de aquella cosa que colgaba sobre nuestras cabezas. Se escuchó una exclamación maravillada a la que siguió un silencio total. Árboles, humanos y bestias contuvimos la respiración por igual. Alguno dijo que era un trueno lo que se oyó después. He oído muchos truenos a lo largo de mi vida, y puedo decir que aquello no lo era. Fue más bien como si una hoz afilada le hubiera rajado el vientre a una bestia tan grande como el mismo mundo, y esta hubiera soltado un gañido de dolor que hizo que nos cimbreáramos como espigas de trigo al viento. Entonces, por primera vez desde que la vimos aparecer, sentimos miedo.

Sabíamos que existen muchas formas de llover y que no todas son buenas. Nos daba auténtico pavor que la lluvia que cayera sobre nosotros fuera una lluvia desaforada, de las que hacen daño fustigándote con la contundencia de sus gotas. Habíamos rezado para que el cielo tuviera misericordia de nosotros y nos regara con su valiosa ayuda, pero ahora temíamos que lo que tanto habíamos deseado, lejos de ser nuestra salvación, se convirtiera en aquello que nos diese el golpe de gracia.

Pronto supimos que nuestros temores eran infundados. Cuando por fin se abrió, lo hizo como lo haría una madre que decide compartir con el mundo aquello que ha estado atesorando en su vientre mucho tiempo, depositando con cuidado sobre nosotros lo que tanto anhelábamos. Parecía mentira que de una nube tan grande y tan negra pudiese estar cayendo una lluvia tan delicada.

¿Cómo expresar con palabras lo que vino a continuación? Intentaré resumirlo en una sola; agua. Agua fresca, agua buena, agua sabia. Cayó sobre las piedras hirviendo, que dejaron escapar un siseo aliviado. Cayó sobre la tierra, que se mezcló con ella, agradecida. Cayó sobre las calles y las casas y las mujeres y los hombres y los niños. Cayó también sobre nosotros y todo fue alegría en todas partes.

A través de la cortina de agua, como un relámpago bermejo que caracoleaba entre nuestros troncos, vimos pasar un zorro a la carrera. Tenía el pelaje rojizo pegado al cuerpo, empapado de lluvia. Sus fauces abiertas dejaban ver una sonrisa blanca de dientes puntiagudos. Era la cosa más bonita que habíamos visto jamás.

¡Daba tanto gusto sentir las gotas estallarnos como besos mojados por todo el cuerpo! Nuestras raíces bebieron y bebieron hasta que quedamos saciados, nuestras hojas respiraron aliviadas, liberadas del peso del polvo acumulado en sus hombros, bailamos en los charcos, reímos como locos. Nos mirábamos los unos a los otros sin poder creer en tanta dicha. Los olivos nunca habíamos sido tan felices.