103. Olerte

Ángel Raúl Góngora Garrido

 

Me faltó resucitar allí mismo.

Seis porteadoras me acercaban aquella tarde lluviosa de finales de septiembre a la que serían mis últimas vacaciones pagadas, y bien pagadas mensualmente durante años. Pagar “los muertos” no le gustaba ha nadie y cada vez había menos tontos que lo hacíamos, en fin.

Yo había comentado muchas veces que, si alguna vez me moría, no pensaba hacerlo jamás, jajaja, me haría ilusión que el ataúd lo portaran seis de mis exnovias o amantes, para joderlas una última vez, y así fue.

Estábamos llegando ya a la última curva de la cuesta, justo antes de encontrarnos de frente la gran puerta negra de metal del camposanto, cuando aquel olor intenso a olivos recién mojados, a otoño naciente con sabor a Jaén, me cegó. En medio del ascenso divino por aquella lenta escalera mecánica chillonamente iluminada que acababa en un gran rotulo de neón con las palabras SAN PEDRO (REGISTROS), apareció, como un flotador salvavidas de primer uso tu cara cubriendo mi mente, mis ojos, mi corazón y mi ya único recuerdo en este mundo.

Si. Aquel amargo, arraigado, local e inconfundible olor a las hojas mojadas de nuestros pulmones verdes en forma de arboles jiennenses, me frenó de golpe para retraerme setenta y dos años atrás. Se acercaba nuestra mayoría de edad y las hormonas estaban corriendo distancias cortas al sprint, como locas, tarde si y tarde no que pasaba contigo. Subimos las calles altas del pueblo, decidimos ir a darnos nuestros primeros besos a una de las zonas más tranquilas (si el día, o el de allí arriba no lo requería). Y, cuando ya la lluvia era tan intensa que tu jersey pesaba como una oveja entera y yo ya no podía casi ni arrastrar los pantalones de tanta agua, nos refugiamos en la especie de arco que hacía las hojas y ramas de dos olivos entrados en años con una gran roca caída de las montañas que, como un parche con color chillón, distinguía aquella zona. El caso es que juntamos nuestros cuerpos y nos abrazamos como si esa fusión fuera a hacer de paraguas o de impermeable de cualquier forma, cosas del pensamiento obtuso hormonal. Así permanecimos unos dos o tres minuto respirando fuertemente sin decir palabra y oliéndonos el uno al otro. Oliendo aquella tierra blanda, oliendo aquella manta de hojas que nos estaba protegiendo, o eso queríamos creer, de empaparnos más aún y oliendo nuestras ganas de besarnos. Empezaste tú.

Yo estaba como nadando en algodón dulce recién hecho. Me dejé llevar; creo que tú también. Pasaría una hora o algo más. Hacía rato que había parado de llover, tu no parabas de pasar tus manos por mis espaldas, al igual que yo. Acercándome a asignaturas aún nuevas para ambos, pero sin llegar a estudiarlas a fondo. Fue una de las mejores tardes de mi larga, demasiado, existencia.

Las ramas y hojas enredadas en tus rizos, la mezcla de olor a sudor limpio, a futuros aceites locales y nuestras virginidades dando el toque de calidad, hicieron que ese momento valiese toda una vida.

Nos cogimos las manos por detrás y volvimos en silencio. Ya lo habíamos dicho todo bajo nuestros dos árboles (da igual de quien fuera la finca, esos árboles ya serían nuestros para siempre)

 

Al igual que le dijo Jack Dawson, el sin sitio Jack, a Rose DeWitt Bukater, en sus últimas palabras antes de morir como un polo flash azul en pleno hundimiento del Titanic, — Haz que cuente, Rose. Haz que cuente.

Y vaya si contó. Tuve otros amores, sanos, verdaderos, más o menos intensos, duraderos, pero jamás de los jamases volví a sentir nada tan verdadero como aquel olor a olivos mojados haciendo de velo afrodisiaco de protección figurada, aquellos besos blandos, aquel roce de tus pechos y aquellos ojos cruzados de felicidad instantánea.

 

Así que entiendo tu aquí y tu ahora, entiendo que estés sujetando mi ataúd unos segundos para que volvamos a disfrutar nuestro momento una última vez y me da igual que el barbudo del registro celestial se enfade con nosotros por el colapso que estamos creando en la entrada a la vida eterna, pero ¡DEJAME OLERTE UNA ÚLTIMA VEZ!

 

Creo que, hasta las incómodas porteadoras, notaron el sobrepeso en aquella nuestra curva mojada y aminoraron el paso mirándose las unas a las otras con una extraña sensación de que aquel fiambre no estaba aún en otro lado. El resto de los familiares y acompañantes también levantaron leves susurros ante el afloje de piernas de aquellas resentidillas ante mi última voluntad.

—¿Cambiamos? -les murmulló bajito mi primo Juan, que no perdía bocao ni en estos negros minutos, más salió que el pico de una plancha, le decíamos siempre.

—    ¡No cambiamos nada, cojones! -Le espetó Lourdes, la que tenía motivos para estar más resentida de las seis (esto ya es otra historia que algún día resumiré)

—Seguimos, seguimos, pero esto cada vez pesa más y eso que lleva dos días ya allí arriba. -añadió Elena que era la más cuadriculada y perfeccionista de las seis.

Las demás resoplaron e intentaron forzar el paso, pero si que se les quedó una sensación rara de que ahí había ya más de siete personas en total.

Antes de retomar el paso, una remoliná de viento se asentó unos segundos en aquella curva, junto aquella roca y los dos olivos. El zigzagueo puso el ataúd y a sus porteadoras empapadas en el agua que mantenían aún aquellas hojas, Como si mi primer amor, se hiciera fuerte en aquel rincón y reivindicara su inmortalidad. Ella fue la primera, la que se quedó, la que siempre estuvo y la que nunca se irá. Aquel era su templo, su rincón de tierra; allí mandaba ella.

—De verdad que esto pesa mucho más que antes, a mi no me importaría cambiar, al menos hasta la puerta de entrada. Insistió Claudia, la primera por la derecha del ataúd, esta vez.

—¡De aquí no se mueve nadie o me lio a hostias con todas y dejo al flipado este aquí en mitad de la cuesta, como él me dejó a mí! ¿eh? -gritó Lourdes de nuevo. Esta vez si la oyó hasta el cura de mi parroquia que acompañaba, cerrando el sequito, al resto de familiares más cercanos.

 

En verdad, a los dos que no estábamos ya en vida, pero que más por culo estábamos dando en aquel rincón de amor, nos vino genial aquella especie de parada en boxes del cortejo funerario. Nos recreamos en nuestro recuerdo, nos abrazamos largo y tendido una última vez, nos olimos, nos besamos y disfrutamos de aquel microclima que el agua, las hojas de olivo, las pequeñas flores, ya maduras, de éste y el peso de nuestra pasión habían creado para gusto propio y disgusto de el de arriba y las que tenía debajo transportándome.

 

No ha habido salida al campo, a nuestro campo cercano, que no me haya parado a oler los olivos por los que paso. Sobre todo, en épocas de lluvia, otoños, los de antes, los que llovía de verdad e inicios de primavera. Algunas veces me ha preguntado por aquel gesto algún que otro paseante aburrido y la verdad que nunca he sabido (en verdad no he querido) justificar mi parada; mi búsqueda.

 

¿Puede ser que el sentido de toda una larga vida lo podamos sintetizar, como un perfume caro, en aquella tarde, en aquellos minutos, en ti y en mí?

¿Sentirías tú lo mismo unos años antes cuando pasamos portándote a hombros por esa misma curva camino del mismo lugar definitivo?

¿Es por esto por lo que has entrado en mi en forma de luz de cierre de discoteca un sábado por la noche de diciembre?

A unos pocos metros de entrar, acompañado del barbudo con llaves, a mi morada definitiva, me recreo imaginando que tu esencia ha estado esperándome cinco años entre los olivos de nuestros primeros besos, de nuestro primer sentir con mayúsculas, para hacer ese último tramo juntos; besándonos, sintiéndonos, oliendo el verde del lugar y, sobre todo, que se que te gustaba mucho hacer rabiar a la gente y reírte de ello, para echar algo más de peso encima a las otras.

 

Como dijo Forrest Gump a Jenny intentando explicarle lo que sentía, —yo no sé lo que es el amor, pero…

Pues sé que, en este instante, en esta curva mágica, con muchos años de diferencia, nuestro amor fue como un búmeran que lanzas un día ventoso a la orilla de una playa. Tu vuelcas todas tus fuerzas, el resto lo deciden cientos de aspectos fortuitos e impredecibles que definirán la maravilla de una trayectoria o el batacazo de lleno contra el suelo

De pronto hubo un silencio de escasos diez segundos, las exs se miraron, metieron el hombro con fuerza y apretaron sus manos contra la tapa del ataúd afianzando su paso hasta su última morada.

Sus caras habían cambiado; había color. La expresión de su gesto era como cuando acabas de dar la segunda capa de pintura a tu primer piso de recién casados. —Ahora sí.  -Se alentaron en silencio.

Me queda el consuelo, o la esperanza, de que, en el aquel mágico rincón, en aquella curva de mi gran despertar a lo qué años después entendí que era el amor, también aquellas personas cerraron su círculo. Porteadoras, el muerto en sí y su autoestopista clandestina, descansaron en paz.

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