05. La tormenta de los olivos

D. Ch. Fujishiro.

 

– No, no me lo creo.
Se quedó pensando por un rato, revisando en su mente y procesando cada detalle de lo que había acabado de suceder.
– No, no es posible, ella no puede hacerme eso a mí. No, no a mí, después de todo lo que hemos pasado juntos.
Todo esto lo decía para él, pero en alta voz, de modo que todos los que estaban en los alrededores o en el parque, lo escucharon.
Se llevó las manos al rostro y, como si no quisiera ver alguna cosa o quisiera ocultarse de alguien, se cubrió los ojos, apretándolos con las yemas de sus dedos casi hasta hacerse daño y así permaneció por algunos segundos, tal vez un minuto o más… no podría definirse cuanto tiempo pues, para él, el tiempo se había detenido en ese mismo instante.
Corría el mes de mayo y una ligera llovizna, típica en las tardes de primavera, roseaba sutilmente la tierra, levantando un delicioso olor a tierra mojada. El cielo se cubría, por momentos, con nubes grises muy oscuras que, en ocasiones, dejaban pasar algunos rayitos de sol, vestigios de que aún el día no quería darse por vencido, aunque ya estaba bastante entrada la tarde. Él continuaba sentado en aquel banquito del parque. Había descubierto su rostro y miraba fijamente hacia la pequeña arboleda de olivos que cubría todo el frente del caserío. Realmente no miraba hacia ningún sitio; solo pensaba. La llovizna se había convertido poco a poco en goterones, seguidos de un fuerte aguacero que, en segundos, devino en una gran tormenta, que cubrió, como con un manto blanco cenizo, todo a su alrededor. Casi no se podían ver los olivos y, a sus espaldas, las casas se habían cerrado ante el suculento vendaval. En alguna que otra ventana, de vez en cuando, se asomaba una cabecita para escudriñar hacia el exterior y ver lo que estaba sucediendo afuera; mirando, de soslayo, hacia el parque donde, aquella figura humana, permanecía inerte, a pesar del diluvio. No era nada fuera de lo común: Pueblo chiquito, infierno grande; como decía mi abuela. Las viejecitas del barrio no perdían su oportunidad de indagar vida y milagro, no solo de quienes vivían en el caserío, sino, de quienes llegaban de visita o pasaban casuísticamente por allí. Lo hacían de oficio, les gustaba charlar y rememorar historias de los tiempos de antaño, cuando eran jóvenes y gozaban del ambiente natural y saludable de aquellos campos de olivo y de la frescura y delicioso sabor de sus frutos. Contaban de cómo, sus abuelos y abuelas, recolectaban los frutos maduros cada mes de diciembre y de cómo extraían y envasaban artesanalmente el aceite de olivo extra virgen, rico en polifenoles, antioxidantes y de grasas buenas para la salud, y de cómo curaban y preparaban la aceituna para lograr sus deliciosos platillos.
Cerca del caserío, a unos quinientos metros, se escuchaban las campanadas de la guarnición, anunciando la hora del rancho o, quizás, el cambio de guardia de la tarde, para dar paso a los centinelas de la noche. A lo lejos se dejó escuchar el sonido de la corneta de aire de alguna embarcación, que anunciaba su cercanía a la costa; ese pitazo solo se escuchaba cuando reinaba el silencio en el caserío, porque la costa distaba a unos veinte kilómetros en línea recta.
La tormenta comenzó a ceder, poco a poco, así como había aparecido. Muy pronto el cielo estaba completamente despejado y los pájaros comenzaron a revolotear sobre los árboles de olivo. Se abrieron puertas y ventanas de las casas y los chicos salieron a chapotear en los charcos dejados por el aguacero. Nada de esto parecía llamar la atención y traer de vuelta a la realidad a aquel personaje que, a pesar de todo, permanecía sentado en el banquito del parque; ni siquiera los gritos frenéticos de Yudit, la gritona del barrio, peleando con los muchachos para que no se mojaran y fueran a pescar una gripe, pudieron sacarlo de su abatimiento.
Una muchacha, delgada y hermosa de unos treinta y tantos años, salió de una de las casas y se dirigió al parque. Se detuvo un instante a mirar hacia el banquito, donde permanecía sentado, entripado en agua, casi como una estatua aquel descorazonado personaje. Tal vez, por lástima, quizás, por remordimiento, no podría decirse a ciencia cierta; se acercó y se sentó junto a él, lo abrazó y lo beso en la mejilla, acariciando su rostro y secando las gotas de agua, que corrían por su cara; con su larga falda. Él la miró y sus fracciones fueron cambiando de severas a compasivas; ella acababa de tocarle el corazón con sus manos.
– Perdóname mi vida, no sabía que te iba a causar tanto pesar.
Era esta una pareja bastante dispareja, por así decirlo, él le llevaba unos veinte y tantos años, pero encajaban a la perfección. Nunca se les escuchaba discutir y, por lo general, hacían todo juntos. Trabajaban en la única cafetería del pueblo, él, como cocinero y ella su ayudante. Lograban los más exquisitos platos preparados a base de aceite de oliva extra virgen. Realmente era un placer sentarse a disfrutar de su cocina; hacían magia con cada plato que servían. Tanto así que llegaban gentes de todas partes, incluso, turistas llegados de otras latitudes, buscando saborear el éxtasis delicioso del aceite de los frutos de olivo de aquel mágico lugar.
Todos en el caserío sentían gran aprecio y estima por la pareja y se sentían afortunados por tenerlos, por la vida que le deban al lugar, atrayendo a tanta gente en busca de sus fantásticas golosinas; por su gracia habían convertido aquel sencillo caserío en un destino turístico de preferencia.
Lo que era inusual es que, al parecer, había sucedido algo grave entre ellos. Eso si había llamado la atención de todo el caserío; el verlo sentado a él, solo, en aquel parque, con la tristeza reflejada en su rostro, bajo aquel torrencial aguacero; eso sí que resultaba extraño para quienes los conocían. Todos sabían que eran una pareja unida y que, a pesar de la diferencia de edad entre ellos, eran, sin lugar a dudas, muy compatibles. Todos los días, al caer la tarde, ambos salían de la cafetería, luego de dejarla impecablemente limpia y organizada, y se sentaban en el parque como dos tortolitos, enamorados, a presenciar la caída del sol, detrás de los campos de olivo, más allá, donde el cielo se une con la tierra, donde se besan la tarde y la noche. Luego, abrazados o tomados de las manos, regresaban a su nido de amor y no se les volvía a ver hasta el siguiente día, ya en plena faena, en la cafetería, desde bien temprano en la madrugada.
Todos querían saber que había sucedido aquella tarde, todas las miradas estaban pendiente a los detalles. Las viejecitas cuchucheaban entre ellas y mandaban a callar a la muchedumbre para tratar de escuchar lo que hablaban aquellos dos en el banquito. Las jóvenes, más atrevidas, se paseaban de un lado a otro, esquivando los charcos dejados por la lluvia y pasando muy cerca de la pareja, tratando de escuchar algo, de conseguir alguna pista. Pasaban, una y otra vez, por delante y por detrás del banquito con las orejas atentas sin poder conseguir su objetivo.
Una pareja de militares, de la guarnición cercana, pasó de largo y se detuvo a observar, desde cierta distancia, a la pareja. Ellos también conocían muy bien a los del banquito; eran visitantes habituales a la cafetería y muy buenos clientes, además, por los gastos que se permitían, comprando golosinas para contentar a la familia y a su exigente paladar.
Totón, el perro del barrio, porque su dueño, había muerto hacía algunos años y luego se quedó suelto en el caserío y todos lo atendían y alimentaban, principalmente la pareja del banquito, quienes le daban comida todos los días, en la parte trasera de su cafetería, convirtiéndolo en un cliente habitual y un centinela nocturno del lugar. Totón se acercó al banquito, los miró, gimió como pidiendo su atención, sin lograrlo. Esperó un instante por si acaso existía alguna reacción en la pareja y luego se alejó, moviendo la cola de un lado para otro; levantó la pata en uno de los árboles e hizo lo suyo, volvió a mirar hacia el banquito, por encima del lomo, y se fue a echar cerca de donde los militares habían hecho un alto para fumar un cigarrillo.
La pareja continuaba hablando en voz baja, tan baja que parecía un susurro y, de vez en cuando, ella le acariciaba las manos y lo besaba en la mejilla. Así permanecieron por un tiempo que, para quienes aguardaban conocer los motivos de aquel extraño comportamiento de la pareja y, finalmente, el desenlace, parecieron largas horas de espera. El sol, ya despejado de cualquier nubarrón en el azulado cielo, comenzaba a esconderse en el horizonte, mostrando un curioso arcoíris, al dejar caer sus finos rayos, en alguna llovizna extraviada de la ya extinta tormenta. Se consolidó la tarde; él se puso en pie frente a ella, le extendió sus brazos para ayudarla a incorporarse y, ya de pie, los dos, uno frente a otro, él la besó en los labios y se le escucho decir:
– Mi amor, después de la tormenta, siempre llega la calma.
Y caminaron lentamente hacia su nido de amor, ante los decepcionados ojos de cuantos esperaban descubrir el motivo de aquel extraño suceso.