301. El legado

Galway

 

Una triste dama de corazón desolado, tras perder a su único hijo se internó en el campo, donde su lamento comenzó a consumirla. Con el tiempo, su pena se hundió en la tierra y se volvió raíz; su dolor, tronco retorcido y nudoso. Y de su amargura nació un fruto pequeño y huesudo, que los pájaros, al probar, arrojaban con disgusto.

Mas cuál fue su sorpresa cuando, ya sin lágrimas que derramar, vio brotar de la tierra un tallo nacido de aquel fruto rechazado. Y poco a poco, una familia de brotes verdes creció a su alrededor, a quienes velaba en silencio, paciente y eterna.

Fue entonces el hombre quien más la inquietó. Sabio y curioso, exprimió los frutos de su tristeza y halló un líquido dorado, suave como el sol. Sin herir las semillas, las devolvió a la tierra, y la dama contempló, con asombro, cómo renacía su legado.

Y comprendió, mientras el viento mecía sus ramas: de lo más amargo puede brotar lo más extraordinario, y de la pena, la vida más pura.

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