294. Entregar para recolectar
Pertrechado del mismo modo que lo haría su padre, y que hasta hace diez años consideraba casposo y deleznable, cargó con el primer cesto vacio. Las gomosas botas solo las usaba para tal encomienda y al cabo de unas horas renegaría de ellas, por recocerle los pies a pesar de los generosos calcetines. El buzo azul lucía gastado y le quedaba algo más justo que el año anterior. La verdad es que llevaba una vida bastante sedentaria y aquello le había pasado factura en forma de kilos añadidos a la báscula. Los guantes de cuero, con los que completaba su outfit, los metió en el bolsillo, los pobrecitos habían vivido mejores días. La camioneta de su tío le serviría para el transporte. La de su padre no consiguió pasar la ITV en la última revisión. La retiraron sin considerar por un segundo repararla ya que nadie la iba a usar más. Apagó el motor y un prolongado suspiro se le escapó de entre los labios proveniente de lo más profundo de su tocado corazón. Apostado bajo el olivo más alejado del bancal, tal como le aconsejaba siempre su padre que se debía comenzar la labor, se sintió muy solo. Aquel bancal que un requeté abuelo cavó, sembró y cuidó para que los hijos de sus hijos recogieran el fruto de varias vidas de trabajo le pareció esa mañana, carente aún de sol que le calentase los huesos y el espíritu, un lugar perdido en la memoria del mundo. Se sintió solo entre otras cosas porque ninguno de sus hermanos quiso acompañarle, ni su hijo, ni su mujer. Ésta última es a la única que no culpaba por no pasar con él esa jornada, pues aquel lugar nada tenía que ver con ella. Si tenía mucho que ver con él y los suyos y todos aquellos que hubo de los que oyó hablar y de los que no también, pues se perdieron en la memoria del olvido. Quizás era un iluso romanticón, por ser el último de los dueños de esa tierra que valoraba lo que suponía recoger esa aceituna. Sus hermanos tenían, al igual que él, trabajo en la ciudad, uno que no daña las manos ni mancha la ropa. Si quería, le habían indicado, podía recoger la aceituna que ellos no pensaban ir a varear, a cambio, eso sí que tontos no eran, de alguna garrafa de las que le devolvieran de la almazara. Tentado estuvo de decir que si no acudían a recogerla se pudriría en el suelo el fruto, mas temió que su respuesta fuera que les traía sin cuidado. Ese comentario, que probablemente verbalizaría alguno de los dos, le dolería más que tener que devolverles oro cuando nada habían hecho por merecerlo.
No lo hacía, trabajar a destajo durante días que se tiene por costumbre dedicar al descanso, porque obviamente fuera a obtener un producto de una calidad sublime o porque económicamente le resultara rentable pasarse un fin de semana completo deslomándose entre los olivos por unos litros de ese bien valorado líquido con el que abastecerse un año. Sus motivos iban más allá. Por fortuna en lo económico nada le sobraba ni le faltaba, por lo que cualquiera a quien le contara a qué pensaba dedicar esos días supondría que recolectaba por afición, por costumbre o gusto. Claro que había algo de eso y un mucho más.
Una vez los músculos se fueron calentando, con el paso de las horas y la realización de la faena, se le fueron aflojando los pensamientos oscuros que lo habían atormentado al principio. Sintió que conectaba con su padre, con los recuerdos que le traían días en los que enfurruñado le acompañó pensando que mejor estaba en el rio tirando piedras que ayudando a su viejo. Ese viejo ya no estaba y resulta que en la actualidad él sería casi de su misma edad, por lo que entendió que su hijo le viera como un carcamal que nada sabe de la vida. Es lo que viene de la mano de la adolescencia y la consecuente inmadurez. No le culpaba, el atuendo por el que se había visto obligado a decantarse esa mañana no ayudaba en absoluto a que lo viera de otro modo. Centenares de sus azabaches rizos habían palidecido en los últimos dos años, confiriéndole un aspecto de madurez ya establecida escalando hacia la senectud.
Esa mañana, al salir de casa reparó un instante en el espejo de la entrada y el primer golpe de ojo le hizo tambalearse. El reflejo que le devolvió era la viva imagen de su padre ¡Cuánto daría por tenerle hoy a su lado!
-Te echo de menos, padre, pronunció como si entonara una oración y la lanzase al cielo, con el objeto de que aquel al que iba dirigida pudiera escucharla. Se culpó, por ese punto apastelado que parecía habérsele acomodado esos días en el carácter.
De haber compartido la jornada con su progenitor estaba convencido de que le regañaría a cada momento, indicándole que no estaba haciendo las cosas bien, que se le veía desganado y que al campo hay que venir con fuerza de casa, porque hay que entregarle la tuya para que él te devuelva algo a cambio. Levantaría, de punta a punta del bancal, la voz cuando le viera ordeñar, aunque obviamente no lo hiciera con nitidez debido a las cataratas o la presbicia, al considerar que maltrataba las ramas. Al menos estaría con él, escuchándole hablar, respirar y podría volver a mirarle a los ojos, compartir un almuerzo montados en la que siempre fue su camioneta, sin hablar de demasiado, disfrutando de un cómodo silencio entre dos que se respetan y se quieren pero no son de decírselo.
Durmió como un bebe, eso pensaba. Quien compartía su lecho consideró que había rinocerontes que respiraban de una forma más sutil, pero no quiso importunarle así que optó por cambiarse de habitación y dejarlo descansar. Se despertó como un artrítico aquejado de múltiples dolores que apaciguó a base de analgésicos. Los tomó de dos en dos, porque de otro modo no creía que fuera capaz de soportar la dura jornada que tenía por delante.
Esa nueva mañana el frio le entumecía las manos, ya que había decidido comenzar temprano. El corazón se le templó, sin que los rayos solares tuvieran nada que ver en el asunto. Vestido con botas de agua viejas, las suyas más concretamente, una cazadora tricolor y cara de recién levantado, su hijo emitió un:
-¡Qué pasa, papá!, falto de toda energía al apearse de la moto, heredada de tercera mano, pues iba pasando de primo en primo.
-Tú dirás, dejó caer dando a entender que necesitaba un empujón, también llamadas indicaciones para ponerse a hacer aquello que se supone debía hacer.
Trató de contenerse durante las primeras dos horas. Se mordió tan fuerte la lengua para evitar sacarla a pasear que casi se hace sangrar. Pasados ciento veinte minutos raspados comenzó a comportarse del mismo modo que lo haría su padre, tal como se había prometido a sí mismo que no haría, y su hijo le devolvió las mismas miradas de fastidio que él le entregó al suyo entonces. Así que se paró y se echo a reír, justo tras proferir un par de bufidos. Su risa fue poco a poco a más. Su hijo le miraba anonadado hasta que por algún motivo se contagio primero con una sonrisita, luego con una risa por lo bajines hasta que carcajeó con ganas.
-¿Por qué nos reímos?, preguntó al rato sintiéndose un poco bobo.
A su padre le costó un poco más serenarse y poder hablar con normalidad.
-Porque soy feliz. Me alegro de que hayas venido. Sé que tu madre te ha sacado de la cama a trompicones, aun así estoy contento por tenerte aquí. Me juré no decirte justo lo mismo que me diría mi padre, tu abuelo, si estuviera aquí, pero nada, que no he podido contenerme. Ojalá un día cuando seas padre y yo ya no esté, me recuerdes como yo he recordado a tu abuelo y riñas a tu hijo, un poquito, como lo he hecho yo hoy, porque quiero que aprendas bien lo que se ha ido enseñando sobre el olivo, a través de los decenios, en esta familia. Las tradiciones hay que mantenerlas, son parte de nuestra historia y si nos las continuamos morirán, del mismo modo que nuestros recuerdos. Tras decir aquello sintió el respaldo de aquellos que pisaron esas tierras, recogieron esos frutos y entregaron a la tierra tanto como ella les devolvió.
-Pues si que estas trascendental, se mofó su hijo desde el cariño.
-Si se me ocurre no venir mamá me corre a gorrazos. Además no quiero que estés solo. Desde que me fui a la Uni casi nunca estamos juntos, por lo que aunque tenga que sudar la gota gorda es por la familia ¿no? Si eso te importa a ti a mí también. Me encantan las tostadas con aceite así que o recojo aceituna o mamá ha amenazado con que me restringe el suministro.
A pesar de las amenazas y de que no le apeteciera trabajar como un mulo el finde, podría decirse que un palpito interno pudo más que su desgana. Consideraba que se lo debía a su padre y a aquel lugar, que por lo que fuera, tradición o herencia, le pertenecía.



