290. Antioxidante
En la sala UCI están en apuros, existe como siempre mucho movimiento, acaba de ingresar una mujer adulta intoxicada por una combinación entre calmantes y cocaína, está inconsciente, debatiendo entre quedarse con en esta vida o marcharse para siempre, en un viaje tal vez interminable. En la sala de espera se encuentra su abuelo, a quién le cuesta caminar pero que tiene una fuerza increíble que lo mantiene en pie, y en la mano una medalla: la de San José, el Santo que siempre lo ha acompañado en su trabajo, en campo, en el olivar, sembrando, cosechando, sacando adelante la hacienda y la familia que se ha dispersado. Y a pesar de todo le queda Elena, una de sus nietas. No comprende aún qué pasó con ella, en qué momento dejó de tener esperanzas, en qué instante se juntó con gente tóxica y adicta, cuando parte de su vida había sido libre.
Elena creció en campo con su abuelo Ezequiel, sus padres se divorciaron y se desentendieron de ella, pero nunca perdió la alegría de niña cuando cultivaba y sentía ese olor a tierra y el rocío del campo. Al vivir con Ezequiel, aprendió a comer todo fresco, nunca faltaba las ensaladas, esas inolvidables con lechuga, tomate rojo, aceitunas verdes y jamón del país, acompañadas de garbanzos y para terminar siempre con el aceite de oliva que le daba esa textura y sabor inolvidable. Creció libre, aunque añoraba ver a sus padres con quienes se comunicaba por internet, no perdía la sonrisa, sin embargo, el tiempo fue pasando, terminaron sus estudios y decidió estudiar medicina, pudo ingresar a la facultad y se mudó a Barcelona.
Ezequiel recuerda que en la valija le puso una botella de aceite, y le recordaba que era un antioxidante único, que la haría recordar siempre sus raíces, a la naturaleza, y que no lo olvidará a él. Elena, estaba entusiasmada con lo nuevo, la ciudad, nuevos amigos, nuevas responsabilidades, el primer año no fue tan duro, pero se lío con un compañero de clase, Martín, y salió embarazada, no comentó a nadie, solo lo sabía ella y su novio, aunque ella estaba decidida a tenerlo, él le decía que no quería un compromiso serio que eso ya lo habían conversado y que si quería lo tenía, pero nada más. Estaba muy desesperada, tenía de recuerdo la imagen de su abuelo que siempre llevaba la medalla de San José, y fue a la Iglesia, de la cual se había alejado, se sentó en una de las bancas, no sabía que hacer, todo estaba en silencio y hacía frío en una tarde de invierno. Trató de mirar al Sagrario, no podía, solo sus lágrimas saltaron de sus ojos café, no sabía que hacer y le pidió ayuda, a Dios que estaba ese silencio indescriptible, pero en silencio le contestó, salió más tranquila.
Al día siguiente había una fiesta de término de semestre y decidió ir, estaba decidida en contarle a su abuelo Ezequiel, que estaba embarazada, y que haría todo lo mejor para tenerlo. Martín, empezó a alejarse de ella, pero le importaba poco, y fue a la fiesta, estaba todo tan animado que se puso a bailar y pensaba que estaba bien todo, que esa incertidumbre iba a pasar y volvería a sentir paz, hasta que sintió que su ropa interior estaba húmeda, no lo entendía. Fue al sanitario, y estaba llena de sangre, salió y se acercó a Martín y le comentó, él la tomó de la mano y la llevó al sanatorio, pesé a todo esfuerzo había perdido al bebé, quedó sola en el lugar con otras mujeres que le decían que en otro momento podría tener otro niño, con otra persona, mejor que Martín, sin embargo, eso nunca pasó.
Nadie cercano se enteró de dicho sucedo, y Elena se quedó callada, llorando su pérdida. Iba a la facultad y cuando salía se sentaba en la acera y las lágrimas se le salían sin más. Incluso un día había soñado que ese bebé era un varoncito que se iba en la sala de operaciones. Luego de lo que pasó nada volvió a la normalidad. Elena se quedó callada, y empezó a salir más con los amigos, a empezar a tomar para olvidarse, a tomar pastillas para estar despierta. Y así transcurrieron tres años más en la facultad, hasta que terminó por dejar la carrera. Empezó a trabajar de todo para olvidar, pero también empezó a cambiar, a dejar a tras lo saludable, la comida sana, a la que se echaba el aceite de oliva en las comidas; para comer comidas rápidas con aceite saturado, sin embargo salía a caminar a pesar de todo, pero si bien es cierto que empezó a dejar la bebida se estaba acostumbrando a tomar pastillas para la depresión, a combinarlas para dejar de recordar la pérdida de su hijo, que aún ni tenía un mes, y aunque no lo había hecho en forma intencional no lo podía olvidar.
El proceso fue muy duro, no comentó a nadie, solo cuando le preguntaban sobre su historia médica, pero era un recuerdo que estaba con ella, y que si bien lo tenía presente la culpa la empezó a consumir con el paso del tiempo. Se distraída de cuando en vez, al visitar al abuelo, y caminar por el olivar, al ver el verdor del campo, sentir el olor del rocío de las hojas del olivar. El aroma del pan horneado, observar el aceite entre las verduras, pero al dejar la casa del abuelo y regresar a la rutina volvía a lo mismo. El trabajo la consumía todo el día, trataba de cansarse para dormir, pero en sus sueños tenía esas pesadillas que la atormentaban hasta que un fin de semana salió nuevamente, iba entre el placer y el pasatiempo, y le dieron un pase de cocaína que lo junto con las pastillas que tomaba, al inicio todo estuvo bien hasta que colapso frente a un hombre que a penas sabía su nombre. El la llevó al hospital y entre los contactos estaba el celular del abuelo que corrió a su encuentro. La situación estaba complicada, había perdido el conocimiento y también el sentido de seguir viviendo.
Los ojos de Elena estaban ya sin luz, en esa cama de UCI, pero, sin embargo, escucha una voz que la llaman, estaba algo gris y se pone a caminar, hasta llegar a un olivo, sus ramas eran verdes y tras del árbol un pequeño le sonríe, y le dice:
“Elena porque sufres si no fue culpa tuya, porque te atormentas y dejas pasar el tiempo en lugar de darle un sentido a tú vida”. Ella no lo entiende y no sabe como hablar porque no puede hablar con los ojos cerrados en esa cama de UCI, sin embargo, exclama:
¿Quién eres tú? – ella tiene la sospecha de que es niño es su pequeño que nunca nació, pero tiene miedo de descubrirlo.
Sin embargo, el pequeño se le adelanta: “Si soy yo, tú hijo, al inició pensé que no me querías, pero luego sí, y estaba contento, pero a veces las cosas suceden sin pensarlo, no es culpa de nadie, son las circunstancias, pasa como cuando las hojas del olivo se caen, muchas veces por el viento. Pero, aunque no haya nacido siempre estoy contigo, ¿no me ves acaso todas las mañanas al final de tú mirada cuando te observas en el espejo?, o ¿no me sientes cuando vas a la casa del abuelo y caminas por el olivar?, yo siempre estoy contigo y quiero que seas feliz porque tienes en esta vida tú oportunidad para vivir bien y hacer el bien”. Elena no sabe qué contestar, no entiende qué pasa, porque externamente siente que los médicos hacen todo por revivirla, pero nada resulta, sin embargo, el corazón aún late, y ella escucha a ese pequeño que le da la paz.
Y regresando a su ser, busca en su interior, y se da cuenta que había aprisionado a Abba, a Dios Padre, lo había dejado encerrado por su soberbia, sus temores, su falta de confianza, y empieza a llorar a pedir que la perdonen, empieza con sus lágrimas internas a limpiar las telarañas de su corazón cansado y harto de la rutina diaria, su corazón se había oxidado, no había recibido el aceite de la vida, ese antioxidante que prolonga el existir; a pesar de haber nacido en un olivar no había entendido que así como las plantas deben tener buenas raíces para dar frutos las personas al igual pasan muchas veces por diversos procesos que pueden ser dolorosos para luego ser podados y florecer. Elena descubre en el silencio de su corazón, que ya casi no palpita un renacer a una nueva vida, descubre que al abrir su corazón encuentra a Dios que siempre está, como lo está también su hijo, aunque nunca nació. Elena quiere permanecer más tiempo en esa paz, en ese entorno de dicha infinita, pero una voz le dice: “Aún no es tiempo de caminar con nosotros, vas a regresar, pero recuerda que depende de ti para que tú corazón siga oxidándose como una grasa saturada o sea un antioxidante que pueda ayudar a otros en este caminar”.



