286. Memorias del olivar

Jorge Pérez Diez

 

El pitido suave de las máquinas marcaba un ritmo extraño, como si el tiempo se hubiera detenido entre aquellas paredes blancas. Carmen abrió los ojos con esfuerzo, y lo primero que vio fue la mirada de su nieta, inclinada sobre ella, apretándole la mano con firmeza.

—¡Abuela, por fin! —Exclamó Lucía, con un suspiro de alivio—. Nos has dado un susto de muerte.

Carmen parpadeó, confundida. La garganta le ardía, y tenía la boca seca. Intentó incorporarse, pero el tirón que el suero la dio en el brazo, la obligó a tumbarse de nuevo.

—¿Qué ha pasado? —murmuró con voz débil.

—Un golpe de calor, ¿Qué hacías metida en el olivar a pleno sol? ¡Abuela, que tienes ochenta y cuatro años! Eso no puede ser, tienes que dejar de trabajar ya.

Carmen cerró los ojos un instante, como si aquellas palabras le doliera mas que el dolor de huesos con el que llevaba luchando hace años.

—¿Dejar de trabajar? —repitió con un hilo de voz—. ¿Y qué voy a hacer yo, Lucía? Toda mi vida he trabajado en ese olivar, desde que era una cría, desde la guerra, cuando casi no había ni pan que llevarse a la boca.

La puerta de la habitación se abrió. Manuel, su hijo, entró preocupado.

—Madre—. Lucía tiene razón, no puedes seguir así, el olivar ya no depende de ti para salir adelante.

—¿Y de quién depende, entonces? —replicó Carmen, alzando la voz

—De todos nosotros —respondió Manuel, sin perder la calma—. Tú lo levantaste, yo lo hice crecer, y ahora seremos nosotros quien lo lleve al futuro. La empresa está en marcha y es reconocida dentro y fuera de España, no hace falta que te dejes la vida entre los olivos.

Carmen suspiró, resignada, y bajó la mirada hacia las sábanas.

—Yo solo sé de aceitunas, de frío en las manos en invierno y de sudor en verano. No sé de papeles ni de máquinas modernas, pero toda mi vida he trabajado para defender lo mío y para sacaros adelante. ¿Qué voy a hacer si no?

—Lo que vas a hacer, madre, es acompañarnos. A mí todavía me queda que aprender de ti, y Lucía… —volvió la vista hacia su hija—, ella tiene el empuje para abrir las puertas del mundo. Tú ya has hecho bastante.

Carmen apretó con fuerza la mano de su nieta. Y por primera vez en mucho tiempo, aceptó la idea de que el olivar estaba en buenas manos y seguiría adelante sin que ella estuviera cada día allí.

*   *   *

Lucía acariciaba la mano de su abuela, y fue entonces cuando esta, con la mirada fija en el techo, comenzó a hablar:

—Lucía, tú no sabes lo que era aquello, ni te lo imaginas.

—¿El qué, abuela?

—La posguerra, fue una época de hambre, de miedo,  y aun así, el olivar nos ayudó, nos dio lo poco que teníamos.

Lucía la animó a seguir con un leve asentimiento, y Carmen cerró los ojos y continuó.

Yo tenía apenas dieciocho años cuando terminó la guerra, y lo poco que nos quedó en pie fueron los olivos de mi padre. Árboles duros como la vida misma, con raíces profundas y ramas que, ajenas a la guerra, seguían dando fruto. Aquellos árboles viejos eran nuestro único pan.

Tu abuelo José, volvió del frente totalmente cambiado, distante, callado, casi sin hablar de lo que había vivido. Recuerdo su mirada, seca y cansada, como si se hubiera quedado atrapado allá en la trinchera. Y volvió con una secuela más grave que cualquier recuerdo, había perdido la pierna derecha.

Así que el peso del trabajo físico recayó en mí. Recogía leña, cargaba sacos, vareaba aceitunas con la ayuda de mi hermano cuando podía, y con vecinos del pueblo que me ayudaban en la época de recogida. José unas veces con sus muletas me acompañaba y hacía lo que podía. Eso le hizo centrarse en trabajo comercial, tanto en lugares cercanos, como telefónicamente con potenciales clientes de otras regiones de España.

El aceite de entonces no era como el de ahora. Se molía en la almazara del tío Julián, con prensa de madera, aplastando aceitunas negras y verdes juntas, sin separar calidades. El resultado era un aceite fuerte, que apenas servía para freír y para mojar pan. Era lo que había en aquella época, y habitualmente lo cambiaba por garbanzos, harina o por tocino en el mercado.

Había días en los que solo había un trozo de pan con un chorro de aceite para toda la familia, y aun así, aquel oro verde nos salvaba. Recuerdo que un invierno a principios de los años cuarenta fue de los más fríos que viví, el agua se helaba en las cántaras, y yo tenía que salir antes del amanecer para aprovechar todas las horas de sol. En ocasiones no sentía los dedos de frio, pero no paré.

Y en medio de todo aquello, estaba Manuel, tu padre, un niño flaco, con los pies descalzos y los ojos grandes. Corría entre los surcos buscando sombra en verano y calor en invierno. Muchas veces lo veía esconderse detrás de un olivo, mirándome con esos ojos que lo preguntaban todo: «¿Por qué trabajas tanto, madre? ¿Por qué no paras?»

Había un motivo oculto, algún día os lo contaré, pero yo le respondía sin palabras, solo apretando más fuerte el saco de aceitunas. Porque sabía que si yo me detenía, se nos venía todo abajo.

Ese fue mi juramento, Lucía: que mi hijo no pasaría el hambre que yo pasé, no quería depender de la caridad. Aquellos olivos de mi padre eran nuestra única esperanza, y yo los defendí con uñas y dientes, aunque me costara la juventud.

—¿Lo ves, Lucía?, yo no trabajaba por gusto, sino porque era la única manera de salir adelante. Si tu abuelo y yo no hubiéramos trabajado duro, ni tú ni tu padre estaríais aquí.

Lucía sintió un nudo en la garganta.

—Lo sé, abuela. Y por eso mismo quiero que me enseñes. Pero no a golpe de calor ni con tus manos heridas. Quiero que me enseñes con tus historias, con tu experiencia. Quiero que todo eso no se pierda.

Carmen sonrió, cansada, pero con un brillo en los ojos.

—Entonces escucha bien, muchacha… porque de aquel pan duro y de aquel aceite amargo nació todo lo que hoy tenemos.

*   *   *

La puerta se abrió y una auxiliar anunció la llegada de la cena. Detrás de ella, entró el médico revisando los papeles con las pruebas de Carmen.

—Doña Carmen —dijo sin levantar demasiado la vista—, ha tenido usted suerte. Los análisis han salido bien y el golpe de calor no ha dejado secuelas. Mañana mismo podrá irse a casa, siempre que guarde reposo y evite esfuerzos.

—Reposo… —murmuré, con ironía, aunque agradecida—. Como si yo supiera lo que es eso.

El médico arqueó una ceja, sonrió levemente y se marchó con la misma prisa con la que había llegado.

Lucía, que ya había colocado la bandeja, acercó una silla y se dispuso a dar a su abuela una sopa que humeaba y olía a poco, a hospital.

—¿Sabes qué, abuela? Dentro de dos semanas presento mi proyecto de oleoturismo a la Junta de Andalucía.

La miré sorprendida, con la cuchara aún en la boca.

—¿Oleoturismo? ¿Y eso qué demonios es?

Lucía rió, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

—Es abrir nuestro olivar al mundo, abuela. Que la gente venga, vea cómo trabajamos, pruebe el aceite, conozca nuestra historia. Que no solo compren una botella, sino que entiendan lo que significa este mar de olivos.

—Oleoturismo… una palabra rara, moderna. Pero algo en su entusiasmo me recordó a mí misma, cuando juré que aquel olivar sacaría a mi familia adelante.

—¿Y para qué necesitas ir la Junta? —pregunté, con cierto recelo.

—Para conseguir una subvención, abuela. Si me la conceden, podremos adaptar la almazara, hacer visitas guiadas, organizar catas, abrir un pequeño museo con nuestras herramientas antiguas. Imagínate a gente de otros países conociendo nuestra historia y dando prestigio a nuestro aceite. Ahora están dando subvenciones para proyectos relacionados con el turismo.

—Prestigio ya tenemos, porque este aceite lleva mi sangre, la de tu abuelo, la de tu padre. No hay premio que valga más que eso.

—Lo sé, abuela, pero quiero que el mundo lo sepa también, y que tu esfuerzo no se quede solo en nosotros.

Yo la miré, y por segunda vez, sentí que el futuro tendría nombre propio: el suyo.

*   *   *

Lucía seguía hablándome con los ojos encendidos, y yo, entre cucharada y cucharada, pensaba en cómo ese brillo ya lo había visto antes, porque cuando me hablaba de proyectos, de futuro y de abrir el olivar al mundo, yo recordaba a su padre.

—Tu padre también fue un soñador, ¿sabes? —le dije, con voz serena.

Lucía me miró con curiosidad.

—¿De verdad, abuela? Siempre lo veo tan serio, tan práctico…

Sonreí con cierta ironía.

—Eso es ahora, niña. Pero en los setenta tu padre era un torbellino. Fue él quien cogió todo lo que yo había mantenido a pulso y decidió que había que renovarlo y actualizarlo.

Yo ya pasaba de los cincuenta y Manuel estaba hecho un mozo. Llevaba en la sangre el olivar, pero tenía ideas nuevas, aprendidas en cursos de agricultura y en charlas con técnicos que venían desde Jaén capital, donde yo veía olivos, él veía futuro.

Fue él quien habló de modernizar la almazara, de comprar maquinaria que separara la aceituna verde de la madura, de no esperar a que se oxidara para molturarla. Al principio me costó aceptar tanto gasto porque me quitaba el sueño tener muchas deudas, ya que  en los años de hambre, devolverlos era complicado.

—Madre —me dijo un día, con la misma seriedad que ahora le conoces—, o damos este paso o siempre nos quedaremos atrás.

Recuerdo perfectamente aquella primera vez que probamos el aceite salido de la nueva prensa. Verde, brillante, con un sabor fresco que jamás habíamos catado. Hasta el aire del molino parecía distinto. Fue como descubrir un tesoro escondido en nuestros propios árboles.

Y no solo eso, Manuel insistió en embotellar, en poner etiqueta, en crear un nombre cosas en las que yo no había pensado. Para mí, el aceite era para el pan y para la cocina, y  él lo convirtió en una marca que empezó a sonar primero en la comarca, luego en toda Andalucía.

Los años setenta y ochenta fueron difíciles, hubo que pedir créditos y arriesgar, pero poco a poco llegaron los premios, las menciones, la gente que preguntaba por nuestro aceite… Y yo descubrí que Manuel había tenido razón, había llevado el olivar un paso más allá.

—Así que ahora que me hablas de oleoturismo, me acuerdo de tu padre. Yo pensé que estaba loco cuando quiso poner etiquetas, y míralo ahora, reconocido en medio mundo. Quizás tú tampoco estés tan equivocada.

Lucía sonrió, orgullosa, y yo sentí cómo tres generaciones se enlazaban en ese instante: el esfuerzo de mi juventud, la visión de Manuel en su madurez, y el empuje de ella, que ya soñaba con abrir caminos que yo apenas podía imaginar.

*   *   *

Cuando salí del hospital no fui a casa, como todos esperaban. Fue idea de mi nuera cuando me recogió. “¿Quieres pasar a ver la almazara, Carmen?”, me susurró en el coche. Y yo asentí enseguida, porque necesitaba volver a sentir el olor del aceite y la aceituna.

Subimos despacio las escaleras que llevaban a las oficinas. Y entonces lo oí.

—¡No, Lucía, no lo entiendes! —la voz de Manuel tronaba desde dentro—. Esto no es un juego. Aquí hablamos de inversiones, de dinero que no sobra.

—¡Claro que lo entiendo, papá! —respondió Lucía, con ese fuego en los ojos que también fue mío—. Pero si seguimos haciendo lo mismo de siempre, nos quedaremos atrás. El mundo está cambiando, y nuestro aceite necesita contarse, no solo venderse.

Mi nuera abrió la puerta en silencio, y allí estaban los dos: Manuel, con las manos apoyadas en la mesa, lleno de papeles y facturas; y Lucía, erguida frente a él, con una carpeta azul en la mano.

—El prestigio se gana con los clientes, en los concursos, en los premios, en mantener la calidad —gruñó Manuel, golpeando la mesa con el dedo—. No con autobuses de turistas paseando entre olivos.

—¡Actualmente el prestigio se gana compartiendo nuestra historia! —contestó Lucía, alzando la voz—. ¿No ves que eso es lo que nos hace únicos? El aceite ya no es solo sabor, se ha transformado en cultura, en experiencia.

Me quedé unos segundos en la puerta, escuchándolos discutir, y fue como si el tiempo retrocediese. Recordé a Manuel, joven, exigiéndome que hipotecara medio futuro para comprar aquellas máquinas en los setenta. Entonces, yo temblaba de miedo y él insistía con la misma pasión con la que ahora discutía Lucía.

Di un paso adelante y tosí suavemente. Ambos se giraron al instante, con los ojos abiertos como platos.

—¿Mamá? —balbuceó Manuel, pálido—. Pensé que irías a casa.

—Yo también lo pensaba —respondí, entrando despacio, apoyada en el brazo de mi nuera—. Pero ya ves, aquí estoy, escuchando cómo os peleáis.

—No es una pelea, madre —dijo él, intentando suavizar la tensión—. Son cosas de gestión.

Lo miré fijamente, con esa mirada que siempre lo ponía en su sitio desde que era niño.

—No me engañes, Manuel. Es la misma pelea que tuve contigo cuando me pediste modernizar la almazara. ¿Te acuerdas de cómo me temblaban las manos al firmar aquel crédito? ¿De cómo casi no dormía pensando que lo perderíamos todo?

Él bajó la vista. Lucía, en cambio, me miraba con los ojos encendidos de emoción.

—Abuela… ¿qué hiciste entonces?

—Arriesgar. Porque entendí que el futuro no se defiende con miedo, sino con valor. Y gracias a eso nos adelantamos a la competencia y nos fue bien. Hoy discutís aquí, en unas oficinas que antes no eran más que un cuarto diminuto.

—Escuchadme bien los dos: un olivo no crece mirando solo al pasado, ni florece si se arranca de raíz. Si queréis que esto siga vivo, tendréis que aprender a caminar juntos.

El silencio llenó la oficina. Ni Manuel ni Lucía respondieron, solo se miraron, como reconociendo en el otro lo que habían heredado de mí, testarudez, orgullo y amor por la tierra.

Y yo, sentada allí, sentí que la discusión no era el fin de nada, sino el principio de lo que estaba por venir.

*   *   *

A los pocos minutos pedí que me llevaran al olivar antes de entrar en casa. No quería paredes, ni médicos, ni ruidos de máquinas, quería sentir otra vez el aire entre los surcos, el murmullo eterno de las ramas de los olivos.

El coche se detuvo junto al olivo más viejo, el que plantó mi padre. Bajé despacio, apoyada en el brazo de Lucía, mientras Manuel y su mujer nos seguían en silencio. El mediodía llenaba en ambiente de luz, y los troncos parecían custodios de piedra que velaban por nosotros desde el siglo pasado.

Una vez allí, me acerqué a uno de los olivos más viejos, puse la mano en su corteza rugosa y cerré los ojos. El tacto áspero me devolvió todos los años de mi vida: el frío de las madrugadas, el dolor en los dedos, el hambre y también la esperanza. Sin poder evitarlo, empecé a llorar.

—¿Qué te pasa, madre? —preguntó Manuel, alarmado, acercándose—. ¿Te encuentras mal?

—Abuela, si quieres nos vamos a casa —añadió Lucía, apretándome la mano.

Negué despacio con la cabeza.

—No es dolor… Es que hay algo que nunca os conté. Algo que me pesa aquí dentro desde hace más de cincuenta años.

Ellos se miraron, sorprendidos. Yo respiré hondo y seguí, mirando al suelo, a esa tierra seca que tantas veces había regado con sudor.

—Cuando tú eras pequeño, Manuel, los tiempos eran muy duros. No llegaba el pan, no alcanzaba el aceite, y yo, sola con tu padre medio inválido, no veía salida. Entonces hice lo único que se me ocurrió, hipotecar el olivar. A escondidas, sin decírselo a nadie.

Manuel abrió la boca, pero no dijo nada. Lucía me miraba con los ojos muy abiertos, brillantes de emoción.

—Firmé con las manos temblando —continué—. Cada noche me acostaba pensando que si fallaba, perderíamos lo único que nos quedaba de tu abuelo. Pero trabajé, Manuel, trabajé como una mula hasta devolver cada céntimo, y gracias a eso, cuando viniste tú con tus sueños de modernizar la almazara, me sentí aterrorizada de nuevo.

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.

—Así que, si hoy podéis discutir sobre cómo llevar esto al futuro, es porque yo puse en juego el pasado entero por vosotros.

Un silencio momentáneo me hizo sentir el movimiento de las ramas sobre nuestras cabezas, como un murmullo cómplice del viento. Entonces Manuel se inclinó, me besó la frente, al instante, Lucía me rodeó con los brazos, con la fuerza y la ternura de quien sabe que está recibiendo un legado.

—Prometo que lo cuidaremos, abuela, pase lo que pase.

Sonreí entre lágrimas y volví a acariciar la corteza del olivo. La vida se parecía mucho al aceite: todo el esfuerzo, el dolor y la ilusión, cuando se prensan juntos, dejan lo mejor de uno mismo.

—Este olivar seguirá hablando cuando yo ya no esté —murmuré—, porque mis raíces son las suyas… y en sus ramas crecerán vuestros sueños.

En aquel instante supe que ya podía comenzar a descansar tranquila ya que el olivar seguiría vivo en ellos.

 

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