252. El exorcista de demonios

Dayamí Pérez Ponce

 

Las luces se reflejan sobre mi rostro y se clavan en mis ojos color turmalina verde, la brisa gélida del ventilador gigante sopla a toda velocidad y se lleva mi cabello rubio hasta mi nariz y boca, es realmente incómodo y desagradable. Voces de todos los colores y sabores me critican, me alaban o simplemente se mantienen en silencio. Ser la modelo estrella de la famosa revista “Naturaleza cruda” es extremadamente agobiante.

El mundo de la fotografía suele ser muy elegante o muy frustrante.

—Tayra, más a la derecha cariño —me ordena con su voz chillona y desesperante.

—¡Cariño!… qué a la derecha—añade sacudiendo la mano.

—Es todo Carlos—concluyo bajando del estudio.

—Escucha Tayra, hoy es 5.

—Sí, sí, ya sé —gruño blanqueando los ojos.

El 5 de noviembre es el peor día marcado en el calendario, debía marchar a “Calabozo” el mayor olivar de California, en esta fecha se cosechan las olivas, que se encuentran en su punto máximo para extraerles el aceite, mis fotografías deben ser precisas, campestres y llenas de elegancia. El marketing le hará muy bien a mi carrera, las fotografías competirán en el ranking mundial a la mejor captura del procesamiento de las olivas, pero está ubicado en lo más recóndito del valle, me causa mareos solo pensar en mis días ahí. Carlos mi agente, no me acompañará, por suerte, es sumamente suspicaz y muy molesto.

Llegadas las tres tomo el vuelo, repaso mentalmente cada pose y cada expresión, todo debe ser perfecto. Desde el avión se vislumbra todo el sembrado, es enorme y hermoso. Cuando aterrizo todo es mejor aún, el amplio paraje es sencillo y muy conservador, los árboles son medianos, con un follaje verde brillante y un tronco de corteza plateada, un precioso río baña las orillas, y una estatua gigantesca de la diosa Atenea se erige entre los árboles de la derecha.

—¡Bienvenidos! —nos saluda una voz ronca y muy fuerte.

—Soy Jacob, el dueño y productor de aceite de olivas del “Calabozo”—agrega amablemente.

Jacob era muy joven para ser dueño del sembrado, sus músculos marcados se ceñían perfectamente a su chaqueta de cuero y sus ojos azules irradiaban una ternura tenue y casi celestial.

—Disculpe la pregunta, pero … ¿por qué apodó así el olivar?

El chico sonríe, rueda sus ojos por mi equipo, y se detiene en mí.

—Dicen que las almas buenas van al cielo, y las malas se quedan atrapadas en el “Calabozo”—me explica con un tono algo siniestro.

Me quedo seria, inmóvil, no hago mucho caso, y nos muestra un poco del campo.

—Tengo el lugar perfecto para tus fotografías, el mejor olivo del valle, lo llamo “el vigía”. —indica mientras nos lleva hacia el misterioso árbol.

El árbol está algo apartado del resto, es muy lóbrego y tiene varias cicatrices sobre el tronco, no es gris como los demás, es de un color negruzco con matices rojos, es hueco al tacto, y siento escalofríos de solo mirarlo.

—No…no estoy muy segura, ¿no hay más? —pregunto retirando la mano del olivo.

—¡Oh vamos! …es perfecto, los dejaré trabajar, Carlos me comentó que estas fotos son muy importantes —alardea y se retira.

Un pánico perturbador recorre mi cuerpo, el corazón se me acelera y las corrientes de aire álgido me tallan los huesos.

—Bueno…si Carlos aconsejó el lugar, pues hagámoslo —anuncio algo asustada pero dispuesta.

Cuando todo está listo, el árbol bate sus ramas al viento, parece que me observa y luce más inclinado. Las olivas son perfectas, pero su color verde se entra mezcla con el amarillo oro característico del avance de la época de recolección, es como si el tiempo lo tratara diferente. Me paro muy cerca de él, coloco mi mano sobre su tronco, y mi pierna, ladeo mi rostro y tomo oxígeno, después de 3 o 4 fotografías, el equipo me pide repetir.

—¿Pero otra vez? —pregunto algo enojada.

—Lo siento Tayra, pero estamos presentando algún problema en los rollos, no sale el árbol —me explica Yoana la fotógrafa.

—¿Cómo?

En efecto, mi silueta difuminada yace sobre un espacio vacío. Después de varios intentos, sin éxito, prosigo a descansar, para ganar tiempo mientras resuelven el percance.

—Tayra, ¿cómo te fue? —indaga Jacob

—Muy mal, el equipo tiene problemas técnicos. —musito afligida.

—No te preocupes, pasen la noche aquí, mañana todo estará bien.

Sin más opción, acepto. La cama es muy cómoda, y solitaria, pero cuando la luna llena brilla en lo más alto del cielo, unas pesadillas horribles no me permiten descansar en paz .Una sombra oscura se asoma desde la puerta, se eleva hasta el techo y converge en un hilo de sangre que se escurre hasta una abertura en la pared .Despierto muy asustada , preocupada, me pongo de pie enseguida y paso mis manos sobre la pared , cuando mis dedos se deslizan sobre la textura áspera se detienen de golpe, se hunden como si tocasen una plastilina seca y pegajosa y me cuesta sacarlos, vislumbro unos pintarrajos torcidos , unas palabras y les tomo una captura con el celular.

Ahí está, la abertura, es increíble, inexplicable. Un sudor indiscreto se escurre por mis sienes, e intento rasgar los ladrillos arenosos a medio pintar. Casi sin éxito, logro alcanzar algo, es una fotografía, es tan antigua que está en blanco y negro, un chico muy atractivo posa en ella, con un hacha en una mano y una rama de olivo en la otra, sus ojos carecen de color, y tiene una sonrisa maliciosa dibujada en su rostro. Llena de miedo suelto la foto, y cuando cae al suelo, algo más horripilante aún, hace que mi corazón ruja bajo mi pecho. En el reverso hay una nota.

“No estoy aquí, Atenea tiene la respuesta, es el aceite, por siempre Jacob”

No comprendo nada, sólo sé que es imposible que Jacob aún esté joven, y que en verdad la diosa de la sabiduría tenga la respuesta, y mucho menos el aceite. Una luz muy intensa se filtra por el enorme ventanal de cristal, proviene del sembrado, para ser exacta la irradia “el vigía”. Sin pensarlo mucho, me coloco el abrigo y salgo. En efecto el olivo irradia una luz casi adictiva, es maligna y muy interesante. Cuando reacciono estoy de rodillas sobre el suelo, mis manos sobre su tronco y mi mente divaga en un mundo de sombras interminables.

—¡Así que eras tú! —susurra una voz a mis espaldas.

Intento voltear, pero no me puedo mover, y de pronto despierto, estoy muy nerviosa y abrumada, pero por suerte fue una pesadilla.

—¡Buenos días Jacob! —grito cuándo llego a la cocina.

—¡Oh! …hola Tayra, escucha tú equipo tuvo que marcharse —me informa cortando un trozo de carne

—¿Cómo?

—La fotógrafa me dijo que te informara, Carlos los llamó por una emergencia en el estudio, luego vendrán por ti.

—Pero los tres, ¿qué emergencia? —balbuceo atónita.

—No lo sé —musita bajando el cuchillo con todas sus fuerzas hasta que la sangre salpica en mi rostro.

—¡Vaya! …lo siento —añade pasando su mano para limpiarla.

Le retiro la mano y salgo echa en rayo, intento marcar a Carlos por el celular, pero no tengo señal, algo no va bien. Jacob tiene unas marcas muy extrañas de lodo seco alrededor de las botas, el mismo de mi sueño, mi corazón late a toda velocidad y unos fuertes mareos me entre cortan la respiración.

—El aceite de olivas no te deja morir.

—¿Qué? —pregunto perpleja.

—El aceite de las olivas, tiene efecto antioxidante, previene el envejecimiento celular y endurece los huesos, en otras palabras ¡no envejeces! …es increíble —celebra alzando las manos.

—¿No envejeces? —tartamudeo y miro a los lados

Jacob camina al frente, cierra la puerta con llaves, las guarda en sus bolsillos y me mira fijamente.

—¿Sabes Tayra? …eres muy hermosa, tú piel pálida y joven luce muy suculenta.

—¿Sucu…? … ¿cómo qué suculenta? —susurro tragando en seco.

—Sí…se vería muy bien en mí.

Al escuchar esto, retrocedo y corro a toda prisa, no tengo idea de dónde ocultarme, así que huyo hacia la cocina y tomo el cuchillo de cortar la carne.

—Ten cuidado Tayra… con ese cuchillo degollé a Marcos, casi ni gritó. —me advierte caminando hacia mí.

—Bestia, ¿qué le hiciste a mis amigos?

—¿O fue Yoana?… cuando le saqué los ojos, o quizás…aaa…no recuerdo.

Las manos me tiemblan, el cuchillo se sacude y Jacob arremete contra mí, me tumba en el suelo e intenta atacarme.

—No te dolerá…el primer corte es el menos doloroso —masculla pegando el cuchillo a mi cuello.

Logro tomar un cuenco de porcelana que adorna el suelo, lo estrello contra su frente y alcanzo a huir, aunque ni siquiera lo lastima, me hará ganar algo de tiempo. Entonces recuerdo la fotografía, subo muy rápido las escaleras y me encierro en la habitación, si la respuesta está en Atenea y el aceite, debo llegar a su estatua. Corro por el techo y me aviento contra el suelo, siento un dolor punzante en el tobillo derecho pero el miedo es mayor, así que continúo. Cuando llego a la estatua, no sé qué debo hacer, he escuchado las leyendas del primer olivo creado por Atenea, pero no estoy en Grecia, es imposible.

Pongo mis manos sobre el mármol magullado por el tiempo de la estatua y lloro, cuando mis lágrimas se escurren por él, mi mente entra en trance. El antiguo dueño del valle, el padre de Jacob, era un campesino pobre lleno de deudas, el negocio lo llenaba de promesas incumplidas y de miserias. Hasta que una tarde cansado de su vida, hizo un pacto con un demonio, le prometió un alma por cosecha al primer olivo que cultivó, “el vigía”. Pero en la quinta cosecha de luna llena, sin almas para apaciguar su hambre, le ofreció la de su hijo Jacob, aprisionó su alma en el árbol y le dio forma de carne y hueso para que sus demonios internos no lo condenaran por semejante acto.

Pero el Jacob de carne reclamaba algo más que almas, exigía carne humana para devorar, pero cómo a su padre, se le terminaron los humanos, así que tuvo que alimentarse de él para continuar con vida, el aceite de olivas detenía el tiempo en su carne consumida y le confería este aspecto joven y sensual para atraer nuevas víctimas. La creación del primer olivo demoníaco desató la furia de Atenea, y le recordó su disputa con Poseidón, por la creación de Atenas, si existía una solución la tenía ella.

De repente salgo del trance, me pongo de pie, y espero a Jacob.

—Siempre cerca de aquí, esa estatua fea, oculta la belleza del precioso “vigía”—me informa con la mirada perdida en la estatua.

Doy un paso atrás, y espero que se acerque, cuando está muy próximo corro hacia el árbol demoníaco y lo espero. Jacob me persigue, mostrando su rostro demoníaco, se deshizo de su piel humana y me muestra un cadáver cubierto de podredumbre, y ojos vacíos, cuando se abalanza contra mí, me deslizo hacia un costado, y cuando el cadáver roza el tronco del árbol, saco unas olivas y las exprimo sobre él, leo minuciosamente las palabras de mi celular y dejo caer unas gotas de sangre para sellar el pacto.

—Ingenua… regresaré…el “Calabozo”, es mío —grita Jacob consumiéndose en una sombra que se disipa sobre el árbol.

—No, no lo es, el aceite frena el envejecimiento, es verdad, pero no el demoníaco, sino el humano, así que el aceite, no es solo aceite, es un exorcista de demonios.

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