95. La princesa de Caracas

DChFujishiro

 

Para todo existe una primera vez y, la primera vez, es un recuerdo imperecedero; cada momento, agradable o embarazoso, nos acompaña, desde de la infancia, hasta la adultez. Muchas de las cosas que, por casualidad nos ocurren, son el motor impulsor para avanzar a una nueva etapa en nuestras vidas. Recuerdo los primeros meses, después de mi llegada a Mijalito. Era mi primera vez, becado, en una escuela secundaria al campo, por allá por Yaguaramas, un pueblecito totalmente agrícola. Eso fue en el segundo semestre de séptimo grado, yo era el nuevo de la escuela y, a pesar de ser todavía un crío, por edad y por estatura, muchas de las muchachas, se fijaron en mí. Hasta María Esther, una mulata de mucho cuerpo y estatura, de octavo, me mandó a decir, con una de sus amiguitas, que quería que fuéramos novios. Yo, a decir verdad, no tenía ninguna experiencia en eso de las relaciones amorosas, nunca me había visto involucrado con muchachas, más bien, estaba acostumbrado a la vida aventurera; andaba siempre con los varones de mi barrio, haciendo maldades, tocando a las puertas de las casas, jugando pelota y casi siempre, metido en riñas callejeras y de pandillas de barrio contra barrio. No tenía intenciones de hacerle caso a María Esther, ni a ninguna otra muchacha; opinión que cambié, poco tiempo después, cuando conocí a Andrea, la princesa de Caracas.

La limpieza de las áreas exteriores de la escuela, la guardia vieja, como se le decía entonces, la teníamos que hacer los muchachos varones, por turnos rotativos, antes de irnos a dormir, y las muchachas se encargaban de la limpieza de los pasillos y corredores. La primera vez que me tocó hacer la guardia vieja, después de haber llegado a Mijalito, fue en la parte trasera de la escuela, al fondo de los dormitorios de varones y hembras. Los dormitorios de varones estaban en el ala sur y ocupaban el tercer y cuarto piso, cuatro dormitorios, de dos en dos, uno frente al otro. Debajo de estos, en el segundo piso, estaba la enfermería y, debajo de esta, el teatro de la escuela, donde rodaban películas y se hacían las reuniones de padres. Los dormitorios de las muchachas, estaban en el ala norte y ocupaban los cuatro pisos, uno encima del otro, por lo que, el primer dormitorio, solo estaba separado por unos centímetros del suelo. El área trasera de los albergues era bastante espaciosa y colindaba con las áreas deportivas que estaban conformadas por dos canchas de baloncesto, una de tenis de campo y una pista ovalada, de cuatrocientos metros, donde los estudiantes de todos los años, quemaban la grasa de sus juveniles cuerpos. A continuación, se extendía, hasta donde alcanzaba la vista y el cielo tocaba el horizonte, una alfombra verde, de surcos sembrados de olivos que, a primera vista, daba la sensación de estar mirando un cuaderno escolar de hojas verdes rayados con líneas terracota. Cuando avanzabas por el camino trazado entre los campos de olivo, hacia el edificio que ocupaba la escuela, este parecía un objeto anacrónico en medio de aquel paisaje vegetal, pero era un edificio hermoso y colorido; los profesores, trabajadores y estudiantes, ponían todo su empeño para mantenerlo en ese estado. La limpieza de la escuela comenzaba cuando todos los estudiantes se retiraban a sus dormitorios. Entonces, los encargados de la guardia vieja, bajaban, cada uno, para su parcela y realizaban su labor, recolectando la basura con una vara de madera, con una especie de punta en uno de sus extremos, con el que hincaban los papeles, recolectándolos en un cesto de plástico pequeño, que luego vertían en los latones destinados a ese fin.

Esa noche, cuando comencé con mi tarea, oí voces de muchachas y la curiosidad me llevó a encaramarme en el alero del dormitorio del primer piso, donde dormían las muchachas de noveno grado, incliné cuidadosamente la ventana y miré hacia el interior. Era la primera vez que veía un panorama como ese, eran, al menos, seis o siete muchachas, unas semidesnudas y otras completamente desnudas, de pie o sentadas en las camas, como en el paraíso; así lo vi. Ellas conversaban tranquilamente, mientras masajeaban sus cuerpos, untándose crema elaborada con aceite de oliva que, al perecer, era muy buena para eso de proteger y embellecer la piel y que tan buen aspecto les daba, porque todas estaban que, para qué les cuento, y desprendían un delicioso olor que les duraba casi todo el día ¡Qué maravilloso y delicioso olor! Me encantaba sentirlo. Sin darme cuenta, debajo de mis pantalones, el bultico empezó a crecer, hasta ponerse que podía soportar el peso de un cubo lleno de agua colgado a él, en mi mente, claro. Las muchachas, inocentes, conversando, y yo que no me aguantaba, empecé a desahogarme. Me puse tan rico, que no sentía ni los mosquitos, me quedé en babia y, cuando más inspirado estaba, casi me caigo y me agarré, por instinto, a una persiana, dándoles un susto de muerte a las que conversaban y, también, a las que ya, hacía un rato, estaban listas para caer en los brazos de Morfeo. Salté a tierra y me oculté debajo del edificio, oyendo una serie de oprobios y maldiciones, que salían de las bocas de las muchachas, pidiéndole al intruso, en este caso, a mí, que saliera y diera la cara para discutir lo que había visto, algo que no sucedió, por su puesto; solo a un loco se le ocurriría salir y enfrentar a aquella manada de tigresas enfurecidas. Permanecí oculto debajo del edificio hasta que, al rato, todo quedó en silencio y se apagó la luz del dormitorio, entonces salí a terminar la guardia vieja. Luego, subí a mi dormitorio, me lavé las manos y me acosté a dormir, pero pensando en lo que había visto, poco antes, no lograba conciliar el sueño, no podía ni virarme boca abajo. Me levanté sigilosamente y fui al baño… también fue la primera vez que sentí, que se me aflojaban las piernas y ese rico e inolvidable cosquilleo en el estómago y supe, desde ese momento, que ya no era un niño y que aquello no era solo para hacer pis.

Un tiempo después, conocí a Andrea, la chica más hermosa que había visto en mi vida, no en balde la llamaban la princesa de Caracas, por allá por Lajas, su pueblo natal, la tierra del Benny Moré, el bárbaro del ritmo. Andrea era una muchacha de pelo castaño claro, liso, que le llegaba hasta la cintura; los ojos azules, como dos cuencas pulidas, que le alumbraban su carita angelical; su cuerpo, muy bien formado, como tallado por las diestras manos de un experto ebanista, le hacía parecer mucho mayor de lo que era, le daba un aire de mujer madura. Su piel era blanca, como la masa del coco, y muy cuidada, como un paño de seda, limpio y suave; quizás producto de sus cuidados y tratamiento a base de productos obtenidos del olivo, muy aceptado, tanto por las jóvenes como por las más adultas. Tenía dos años más que yo, aunque estaba en octavo grado, pues había repetido un año por algún motivo que no recuerdo bien. Yo siempre la miré como algo imposible de alcanzar; casi todos los varones, de octavo y noveno, se la pasaban tratando de conquistarla. Una noche de recreación, como se le decía entonces a las noches, con música, en que se podía estar en la plaza de la escuela, juntos, varones y hembras, Andrea se acercó y se sentó a mi lado, en uno de los bancos, y me preguntó repentinamente: ¿Chico, yo no te gusto? Yo no supe que decir, me tomó por sorpresa, y guardé silencio por unos minutos y ella continuó diciendo – Tú eres el único muchacho de la escuela que no me dice nada ¿acaso es porque no te gusto? ¿eres gay? Por supuesto, la respuesta fue rápida y precisa y en breves minutos, ya nos estábamos besando.

Pasamos varios meses de noviazgo, apretando a escondidas, en los rincones de la escuela, como todas las parejitas, sin poder llegar más allá de besos y ¨tocaditas¨ que lo único que lograban era hacernos estallar de ganas. Yo no era muy tranquilo que digamos y muchas veces, me quitaban el pase y tenía que quedarme el fin de semana, en la escuela, sin poder viajar a mi casa. En una de esas ocasiones, ella se las arregló para que también le quitaran el pase y quedarse conmigo y creo que es uno de los mejores recuerdos, quizás el mejor momento vivido en aquella época de estudiante. Fue la primera vez que me quedé a dormir, todo el fin de semana, en su albergue, en su cama. Yo no había pensado en algo así, incluso, estaba un poco nervioso, pero ella, al parecer, lo tenía todo muy bien pensado. Andrea me amaba y estaba convencida de que yo también la amaba. No solo era su belleza; esa noche también me entregó su cuerpo, intacto hasta ese momento, para que la hiciera mujer y yo me sentí el hombre más afortunado del mundo. Fue una noche inolvidable, mágica. El olor de la crema de oliva, que antes solo lo había podido sentir desde lejos, ahora podía recrearlo, sentirlo hasta lo más profundo de mi ser. Todo en ella me sabía delicioso, era una combinación exquisita, surgida al descuido, para los más exigentes gustos; su piel untada y su cuerpo excitado ¡Realmente maravilloso! No quedó un solo palmo de su piel, de su cuerpo, fuera del alcance de mi boca. Era una diosa, hincada sobre mí, gimiendo de infinito placer. Una brisa suave se colaba en el dormitorio y jugueteaba con sus cabellos sueltos, cubriendo y descubriendo sus hermosos senos, a la luz tenue de la luna. No supe en que momento nos quedamos dormidos. Cuando abrí los ojos, el sol se colaba, caprichosamente por entre las persianas, describiendo, sobre su cuerpo desnudo, listas de luces y sombras, cual si fuera una indefensa tigresa dormida. Así la tengo, hasta hoy, en mis recuerdos.