98. El lago encantado

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Sobre la mesa la vasija de aceite, lista para el viaje. Eran las once de la noche y uno a uno fueron llegando, el frío calaba los huesos. Doce en punto, hora de partida, todos en el bus rumbo a su destino.

Uno tras otro se fueron internando en el bosque hasta encontrar su destino marcado con tiempo.

Era maravilloso ese lugar, quién se iba a imaginar, un lugar lleno de encanto: el musgo como alfombra tapizaba cada milímetro, la cascada al caer desprendía magia de colores, el lago y su misterio que encerraba esa luz de sus adentros y que hasta hoy no se sabe de dónde proviene, una voz que susurra suave y que invita con delicadeza al deleite del lago no cesa.

El lago encantado estaba listo para el ritual de la primera noche, pues quien pisara sus tierras debía ofrecer culto a su llegada.

¿El aceite de olivo? se preguntaban. La vasija no está, se había quedado sobre la mesa.

De inmediato se encaminaron a buscar aceitunas, debían ser extraídas de otro lugar, pues es una ofrenda sagrada.

Al fin llegaron con las aceitunas, de las cuales se hizo el proceso para la elaboración del mejor aceite extra virgen antes elaborado. Se tomó aceite y se colocó en una hoja seca, la cual sola comenzó su recorrido por el lago; poco a poco se fue vaciando, diluyendo, mezclando, llenando de suavidad las aguas.

Descalzos debían andar por el lugar, dejar sonar las dos campanadas, encender el incienso, el cual mantenía la bruma tocando el lago, esparciendo su aroma, dando culto al lugar sagrado.

El colibrí majestuoso salió volando, dando la bienvenida a sus invitados para disfrutar de su estadía. Las aves mostraron su color dejándose escuchar y la cascada llenó de brisa fresca el lugar.