97. Afortunada

Estrella García Fernández

 

Venía de un país de lejos, donde la tierra no da para quitar el hambre y el agua no da para quitar la sed a la tierra. Metida en mis pensamientos y el traqueteo del tren no me di cuenta que ahora estaba en España hasta que levanté la vista y a través de la ventanilla descubrí filas y filas de olivos, árboles retorcidos y verdes que hacía meses que no veía, allí estaban en extraña formación, dándome la bienvenida. Por el olivar pasaba la calma y el sol se detenía al borde de cada sombra marcando las pequeñas hojas. Recordé que por lejos que vayas los fantasmas vuelan a tu lado, pero fue bonito sentirse de nuevo en casa y pensé en el aceite, ese oro líquido que no había allá, rememoré el olor a pan tostado y saboreé en los sueños propios del cansancio, el chorro brillante derramado por las migas y me sentí feliz como una niña, afortunada por haber nacido en un país donde un pan con aceite puede hacerte la persona más feliz de la Tierra.