94. Poesía del olivar

M. Cristina del Tío Olmedo

 

Qué mejor comienzo para adentrarnos en un olivar de esta singular tierra andaluza que traer estos versos de nuestro poeta Antonio Machado, que también son bandera natural del pueblo andaluz: “Campo, campo, campo, entre los olivos, los cortijos blancos”.

Olivos dóciles, hechos a vivir formando hileras que manos curtidas y cuidadosas disponen convenientemente. Las manos y las espaldas de aceituneros altivos. Manos que varean y recogen, espaldas que se inclinan para hacerse con el tesoro de esos pequeños frutos negros, verdes, morados, y reverenciar con su trabajo y sudor a esos olivos fieles a la tierra callada en donde hunden sus raíces. Bien lo sabía Miguel Hernández .

De noche, los hospitalarios olivares cobijan aves nocturnas que reposan, acechan o levantan el vuelo desde sus ramas sin que sus cantos alteren su ancestral paciencia “En el olivar se vio a la lechuza volar y volar”.

De día, dependiendo de la estación del año, el olivar nos enseña la discreta belleza de sus hojas, la humilde pequeñez de sus flores, el hermoso brillo de las aceitunas cuando el sol las acaricia y la fértil convivencia durante siglos de aceituna de olivos y aceituneros. Hay patrones que todavía lo ignoran

Hay algo de sagrado en los olivares cuando envejecen. Sus olivos van perdiendo sus hojas, reduciendo sus copas y engordando sus troncos, los retuercen, dividen y modelan formando misteriosas esculturas. Cuando os encontréis ante ellos, deteneros y dedicarles una respetuosa mirada, os transmitirán a través de su silencio la histórica sabiduría que encierran.