93. Conexión profunda

DChFujishiro

 

… aquella no fue como otras tantas noches. Tenían muchas cosas en común. Eran jóvenes casi de la misma edad, muy hermosos. Una sana rebeldía mostraba un carácter indomable, pero noble y cautivador en ellos. Compartían los hábitos de lectura, la sed insaciable del conocimiento oculto en los libros que, uno tras otro, leían. Un alma aventurera, casi siempre dispuesta a desafiar lo desconocido, a enfrentar y dominar el peligro, el miedo y mucho más… No los dominaba ningún patético vicio; odiaban el cigarro y el alcohol, pero, sobre todo, gozaban de una excelente salud, razón por la cual nunca estaban enfermos. Ellos se conocían muy bien el uno al otro y se buscaban, se necesitaban. Siempre se echaban miradas de soslayo cuando, alguna que otra vez, se desnudaban alguna parte de sus cuerpos o cuando, por accidente, se sorprendían en plena faena del aseo en los hermosos y pintorescos parajes de la naturaleza que tanto amaban, aquellos parajes dignos de admirar; ricos campos naturales, formados por predominantes olivos, que esparcían su delicioso e inconfundible olor sobre toda aquella foresta.

Disfrutaban, de igual manera, cuando debían rozarse, muy de cerca, para superar un obstáculo o algún espacio reducido. Habían estado juntos muchas noches, incluso, a la intemperie, bajo torrentes aguaceros y tormentas infernales, de esas que comienzan con pequeñas gotas y que, poco a poco, van acelerando y que caen como piedras y castigan el rostro, sin saber cuándo acabará y se despejará el cielo para mostrar la siempre esperada y apacible calma. También habían pasado noches, enteras, en vela, esperando el alumbramiento de una de sus fieles compañeras de viaje; Perla, Bella o Pasita, unas graciosas perritas a quienes habían salvado de una muerte segura, cuando fueron arrojadas y flotaban, dentro de un saco, en un río; por algún fulano asesino. Las tres eran hembras, cosa que les llamó la atención y pensaron ¨Este cobarde solo se deshizo de las hembras para no complicarse la vida con nuevas crías¨ el otro acompañante era Lunares, un macho, a quien habían bautizado con ese nombre, por las manchas que le cubrían gran parte de su perruno cuerpo y que adoptaron luego de encontrarlo abandonado en una de sus acostumbradas excursiones. Estos fieles compañeros jamás los abandonaban en sus continuas aventuras.

Otras noches no estaban tan cerca, porque habían tenido una pelea. Habían reñido porque, cada uno, por su parte, quería cuidar del sueño del otro, mientras dormían, en algún lugar apartado de la civilización, algo que les gustaba mucho, porque de esa manera se alejaban del bullicio, del olor a humo de cigarro o de petróleo de los autos, que tanto detestaban. Transcurría el mes de noviembre y, por esta fecha, se entretenían recolectando los excelentes frutos de aceitunas, para luego procesarlos e incluirlos en su acostumbrada dieta, principal responsable de la buena salud que ambos disfrutaban. Les gustaba cocinar y elaborar todo tipo de platos para llevar a sus excursiones habituales; Arroz frito con aceitunas, tempura de aceitunas verdes y gambas, cazuela de gambas con aceitunas rellenas, Quiche de cebolla y aceitunas partidas y muchos otros preparados que deleitaban su paladar. En las noches frías, prendían una fogata y se sentaban, bien junticos a conversar. Mientras comían sus deliciosos manjares, hablaban sobre libros ya leídos, sobre el futuro que deseaban y las cosas que les gustaría hacer. Siempre llenaban sus pretensiones de increíbles fantasías que, casi siempre, desembocaban en bromas y se reían hasta sentir dolor en sus vientres. Se decía que eran los jóvenes más hermosos y saludables de la provincia de Jaén.

Qué noche… Esa noche, no se parecía a ninguna; no por la exuberante luna que iluminaba todo, haciendo sombras, como si fuera el día, ni por los sonidos místicos de las aves nocturnas, posadas en las ramas de los árboles, ni por la frescura del silencioso viento que traía consigo el delicioso olor de aceituna en maduración y de tierra húmeda. Tampoco la hacía diferente el que estuvieran juntos, bajo aquel techo de estrellas, acompañados de sus peludos amigos, no… nada de eso era diferente. La noche era hermosa. Una dulce melodía se escuchaba a través del suave viento, que se escurría por entre las ramas y las hojas de los árboles y acariciaba sutilmente el oído. Aquellos no eran campos sembrados por el hombre, na en aquel sitio era artificial, como lo son los sembrados, tan comunes, en toda aquella comarca, en aquel terreno, vasto, por demás, aunque predominaban los olivos, podían verse otras especies que, convidadas a permanecer allí por la naturaleza, le daban un toque hermoso y especial, recreando un habiente acogedor. Los dos jóvenes encajaban perfectamente allí, como si formaran parte del paisaje. En otros tiempos, cuando aún eran niños, les gustaba guiar a los visitantes, que realizaban oleoturismo, a hermosos sitios y sentían un orgullo extraordinario de vivir y de conocer, como a la palma de su mano, toda aquella comarca. Les hablaban a los turistas de las bondades de su tierra, de las plantaciones de olivo, de como se recolectan y procesan los frutos para extraer el delicioso aceite y de los infinitos platos que pueden prepararse con ellos y se sentían rey y reina del conocimiento. Pasaron varios años, desde entonces, sin que ninguno de los dos hubiera perdido el interés en todas esas cosas que los unía y que hacía que se necesitaran que se buscaran mutuamente. Habían pasado juntos tantas noches, más de las que pudieran recordar… pero asa noche sí que fue diferente. Ya se conocían demasiado para abrigar dudas, se tenían una confianza pura, celestial. Quizás ni cuenta se dieron del inicio de aquel inaplazable suceso o, tal vez, por esperado y deseado, no quisieron detenerse para, en sus mentes, procesarlo. Se miraron fijamente a los ojos durante algunos instantes, con una mirada llena de pasión. Tal parecía que él le acariciara el alma con la mirada y que ella, a su vez, sin ningún reproche, le correspondía. Se aproximaron hasta juntar suavemente sus cuerpos, como dos fibras de una misma rama. Sus alientos se hicieron uno, mientras, sus salivas brotaban, como un río de miel; como de un volcán, su lava; en un beso que encendió el inicio de una inmensa llamarada. A ese beso, siguió otro y otro y se perdieron las contadas, no se podrían contar tantos besos en una sola madrugada. Él recorría todo el cuerpo de ella con sus labios y su lengua, mientras, ella gemía y se estremecía por las ganas. Bajaba y subía, le besaba los labios, arriba, bajaba hasta sus senos, describiendo círculos con la punta de su lengua alrededor de los pezones, erizados y, luego, bajaba un poco más y lamía su entrepierna como saboreando un exquisito manjar y volvía a lo desandado y otra vez la besaba en la boca una y otra vez… Ella se retorcía, por sus mejillas corrían sutiles lágrimas, provocadas por infinitas e indescriptibles sensaciones añoradas. Le pidió con voz temblorosa, casi como un suspiro, efímero, casi suplicándole, que entrara en ella, con toda su fiebre varonil, hasta rendir sus antojos y aplacar sus incontrolables ganas. Así lo hizo él, demorando unos segundos para destrozar su calma, esa calma que fascina, que endulza y enamora el alma para, después, penetrar con esa furia descontrolada, esa que, solo con un grito de locura, descabellada, pretende regresarlos a la calma. Besos tras besos, los sorprendió la mañana, desnudos y, aunque aún no habían saciado sus ganas, sabían que otras noches más intensas aguardaban. Sus cariñosos amigos, echados, muy de cerca los miraban, sin emitir ni un sonido que al silencio quebrantara. La húmeda hierba, los pequeños y perfumados arbustos, el estrellado cielo, la gigantesca luna, las enigmáticas aves posadas en las ramas de los árboles de olivo y los ocho ojos caninos que observaban; fueron cómplices, testigos de aquella noche, de aquella inolvidable velada, presagiando el futuro que un gran amor sentenciaba. Eran dos almas rebeldes a quienes el amor doblegaba y les daba una lección, de dicha, pasión y ternura, aquella fría madrugada. Permanecieron unidos hasta bien entrado el alba, acariciando sus cuerpos sin apartar la mirada, esa mirada profunda que pretende ver el alma y que dice tantas cosas sin decir una palabra. Ninguno de los dos pretendía salirse, no querían dejar nada, ya habían dejado todo lo que por dentro llevaban; en cada instante un suspiro, en cada beso su alma y en cada gota de sudor que corría, se les derramaba una gana, una gana que volvía, de tan solo imaginarla. Así permanecieron, unidos, hasta que hoy fue mañana. Ella cumplía quince años y en los brazos de él celebraba, le había entregado también, además de su alma, su cuerpo virgen y su inocencia vedada. Él había cumplido dieciséis, la primavera pasada, aún estaba imberbe y no cargaba culpas en su espalda, porque esa noche, también, fue su primera estocada. En aquel Edén de olivos no había hojas de parra, ni serpientes, ni manzanas, pero era su paraíso, solo eso les bastaba. Eran dos jóvenes bellos a quienes Dios observaba, y esa noche los premió bendiciendo su escapada.