91. Purificación

Javier Otaduy Otaduy

 

Nos encontrábamos en la cabaña de un gran terreno de Andalucía para conocer de primera mano la producción de olivas y de los aceites de oliva gourmet que confeccionaba el cliente. Nos invitaron a dar un recorrido por sus terrenos al momento de la cosecha de las aceitunas y para observar el proceso de producción de sus aceites de oliva virgen, extra virgen, el de oliva normal y el de orujo de oliva. La cabaña donde nos encontrábamos tenía para la familia que fundó ese imperio de las olivas un significado especial, pues allí había comenzado toda una historia de producción de productos de oliva por generaciones. Nos contaron el origen tanto del aceite de oliva como de toda su familia relacionada con esa fruta tan generosa con propiedades benéficas para la salud y el espíritu.

Apenas llegamos nos acercaron unos platitos de olivas verdes junto a unas canastas con trozos de pan blanco reposado que horneaban artesanalmente en sus terrenos pues contaban con varios hornos de ladrillo. Además, nos llevaron una especie de cazo donde colocaron los diversos tipos de aceite que íbamos a degustar. Primero nos pidieron solo observar el aceite, su textura, su consistencia; acercamos nuestras narices para sentir su aroma y le dimos una sutil probadita así solo.

Después pasamos una rodaja de pan casero reposado y lo mojamos con el primero de los aceites de oliva. Yo no estaba acostumbrado a comerlo así pero si queríamos llevar la cuenta de este gran cliente de aceite de oliva teníamos que hacer una verdadera inmersión a su negocio. La verdad es que el pan remojado no me supo mucho, pero cuando le añadieron apenas unas gotas de vinagre balsámico de Italia tomé apresuradamente otro trozo de pan y le añadí la exacta combinación de aceite de oliva y vinagre balsámico. Esta vez, además nos llevaron un pan ligeramente especiado, más esponjoso y un poco más amarillento, supuse que por el añadido del huevo en el tipo de pan. No era un experto en oliva pero si en panes artesanales y ese estaba buenísimo. Repetimos el proceso para los otros tres aceites que confeccionaban los clientes, y me pareció una delicia, más aún estando en ese lugar, en ese momento. Sin querer se me cayeron unas gotas de aceite sobre la mesa y se me ocurrió pintar un círculo y la letra A, nadie me vió por eso me atreví a hacerlo.

Cuando terminamos de hacer las pruebas, nos regocijamos con unos pimientos de piquillo, una ensalada del huerto del mismo lugar donde abundaban las lechugas de varios tipos, la romana, escarola, rúcula, junto con algo de radicheta, espinaca, y también el kiwi, uvas verdes e higos. Adicionalmente, le habían añadido a la ensalada trozos de nueces de castilla y un queso de cabra de una consistencia suave, estaba exquisito. Al final nos aproximaron un cordero de la región y café acompañado de buñuelos de viento y gachas dulces con una receta especial que no había probado.

Cuando terminamos, nos pusimos de pie y fuimos a dar un paseo por el enorme olivar de esa región. Nuestro cliente directo pertenecía a la tercera generación de una familia que llevaba en esos territorios más de cien años, dedicados al cultivo de los olivares y la producción de sus derivados; él nos fue mostrando los árboles y narrando casi la historia de cada olivar

Nos contó que aproximadamente hacía cincuenta años una parte de los olivos se había quemado en un incendio descontrolado en un inicio. A las pocas horas habían revertido la situación, aunque se había conformado la leyenda de que ese incendio representó una señal de purificación del terreno, que nunca más volvería a ocurrir en tiempos futuros. También una depuración del alma del lugar.

En la primera generación de la familia había nacido un tío que era el único que no contribuía en nada a la producción de olivas del terreno, él se dedicaba a vagabundear por los olivos, y como era mujeriego llevaba  algunas mujeres a ese terreno y se alejaba a lugares inhóspitos del mismo. Sin embargo, el tío era el mejor catador de aceite de oliva que se haya conocido, tenía un paladar muy exquisito para discernir entre un aceite y otro. Por esas fechas, el tío se fue de viaje un par de años hacia tierras americanas y después volvió con una mujer que no era del lugar. Era una brasileña atractiva de pelo largo, muy supersticiosa y seguidora de rituales tipo vudú, por la influencia ancestral de poblaciones africanas en tierras americanas, algo que no se veía en España. Cuando llegaron a Jaén, ella utilizaba parte del aceite de oliva producido allí, junto con otros aceites, ramas, ungüentos y hierbas que nadie sabía de dónde provenían, junto con pelos de animales pequeños, piedras y partes de murciélagos que vivían ahí en el campo para algunos rituales. También construía coronas de ramas de olivo, y dibujaba formas con el aceite de oliva en lienzos o cortezas de árbol. Ella decía que lo que pintaba en dichos materiales no se quitaba jamás, aún cuando los integrantes de la familia ya no veían nada en esas superficies. Además, en ocasiones ofrecía algunos cantos y plegarias  a la comunidad en una lengua que todos desconocían por esas tierras. Pocos asistían a ellas, más por curiosidad.

En el pueblo hablaban de que esta mujer había traído una maldición al lugar, y que el incendio de los olivares había conseguido que se purificaran las tierras donde vivía esta familia de abolengo. Asimismo, curiosamente el día que se provocó el incendio —nadie pudo nunca explicar su origen, unos habían dicho que fue intencional mientras que otros que se trató de un accidente del abuelo que solía salir a fumar puros durante la noche a las afueras del terreno— habían aparecido en otro lado unos cuencos de madera con aceite de oliva desconocidos por los lugareños.

Al poco tiempo de haber llegado a España y después del incendio desaparecieron la mujer brasileña y el tío, y nunca se supo nada más de ellos. Solo una década después alguien les envió una copia del obituario que apareció en un periódico aragonés donde se publicaba el fallecimiento del tío.

Después de haber escuchado esa fascinante historia, yo ya no escribía nada en mi cuaderno, lo solía hacer para ir pensando nuevas ideas de campañas publicitarias para las compañías. Esta empresa ya contaba con sucursales en toda España y algunos países de latinoamérica. Acabó la historia del tío y continuamos el recorrido.

Ya habíamos concluido el largo trayecto del terreno, cuando nos sentamos bajo la enorme sombra de uno de los olivos que habíamos visto anteriormente. En ese momento todos nos mantuvimos un momento en silencio, disfrutando de la sombra ante el día tan caluroso que estábamos viviendo. En eso, Don Paco, el cliente, compartió con nosotros una pequeña botellita de aceite de oliva, le quitó el corcho y le dió un pequeño sorbo. Al mismo tiempo tomó unas hojas de olivo en sus manos y las frotó en sus pies. No nos habíamos percatado de que ya se encontraba descalzo. Don Paco sacó una foto de su antigua esposa que había fallecido años atrás y puso un frasquito de aceite de oliva a un lado de la foto. Sus gestos lo decían todo, parecía que acababa de degustar el mejor champagne del mundo, se encontraba en una especie de éxtasis. Él cerró los ojos y mantuvo una gran sonrisa por algunos minutos. Así se quedó sentado sin más, parecía que se había olvidado que estábamos presentes. En eso vociferó unas palabras en voz alta, ilegibles para nosotros. Nosotros volteamos a vernos las caras tratando de que alguien nos explicara de qué se trataba ese acontecimiento, si era un especie de ritual o algo así, o si el viejo estaba utilizando una lengua similar a la que la mujer americana de la historia del tío. Los otros familiares del abuelo se quedaron perplejos también. Solo uno de ellos, el mayor que era un pariente de mi cliente, nos comunicó que no escuchaba esas lenguas o dialectos desde que la mujer del antiguo tío Pachi había estado en esas tierras.

El abuelo se había quedado paralizado, ya sin moverse y no se escuchaba su respiración por lo que todos nos acercamos tratando de revivirlo mediante diversas formas tradicionales de ayudar a que una persona respire y que su corazón siga en funcionamiento. A uno de los jóvenes de la familia se le ocurrió añadirle un poco de aceite de oliva en los labios del abuelo. Otro poco de aceite mezclado con unas hojas de romero fueron frotados sobre la frente del abuelo; además, se le acercó parte del mismo líquido para que lo pudiera percibir. Ahí fue cuando el abuelo sonrió otra vez, volvió en sí y mostró un estado pleno de conciencia —si es que en algún momento estuvo en un estado de inconsciencia— y nos mencionó a todos: “no se asusten, no hay mal que por oliva no venga”.

Al final del día regresamos los tres a la agencia creativa en que trabajábamos, íbamos a desarrollar la nueva campaña publicitaria de la marca de aceite de oliva en medios masivos, alternativos y digitales, regresamos en el coche del director creativo de la región europea, íbamos comentando nuestra experiencia de aquel día. 

—¿De verdad piensan que lo que ocurrió hoy no fue orquestado? ¿Fue espontáneo? A mi me parece que nos engañaron, que trataron de narrarnos un cuento como los de Disney para sorprendernos y quizá tirarnos una idea de por dónde realizar la campaña que tenemos que desarrollar. Esos trucos ya están muy gastados, aunque la idea se me hace fenomenal.

—¿Cuál idea, qué no fue una historia, una memoria narrada por ellos? ¿Una anécdota?

—Por eso.

—Parece que a veces le vemos pinta de idea publicitaria a un sentimiento, a algo profundo, algo que no proviene de la imaginación sino de la memoria, de la emoción exaltada de un momento que consideramos especial.

—Pues hoy vinimos aquí para vivir una experiencia que nos hiciera parir una gran idea. O eso es lo que ellos esperan.

—No lo creo, aquí estuvimos hoy para escuchar, para ver, para sanar, para purificarnos, para glorificar lo que un día nació. Para homenajear a los que hicieron posible este enigmático lugar, si es que éste fuera un lugar físico y no un espacio intangible, un paseo por la negra espalda del tiempo, como diría Javier Marías.