90. La vida sigue

Luna

 

El último trabajo que me encargaron desde la redacción para el suplemento dominical me vendría fenomenal. Un cambio de aires muy oportuno. Las cosas con Fede no marchaban bien.  Nuestra relación se había enredando entre las madejas de la  indiferencia y los reproches por lo que el marcharme fuera un tiempo podría ser como una brisa de aire fresco. Además, el director, en contra de lo acostumbrado, daba tiempo de sobra. Eran primeros  de noviembre y el reportaje no se publicaría hasta  diciembre por lo que podría trabajar sin agobios;  documentarme, tomar buenas fotografías y, sobre todo,  pergeñar la historia de la manera más fiel e interesante posible a los lectores.

El reportaje giraría en torno a una empresa oleícola familiar, Los Carvajal,  que  elaboraba y comercializaba su propio aceite de oliva virgen extra  y que, además, había construido un  museo temático sobre el aceite, con  restaurante y un pequeño hotel. Las inmensas fincas de aquella empresa eran  de una buena tierra  bañada por las aguas del Guadalquivir con la sombra de las montañas   del Parque Natural de Cazorla, Segura y Las Villas.

Cuando llegué a la finca  me  esperaban las tres generaciones que regentaban la empresa oleícola. El abuelo, Don Santiago Carvajal, su hijo, Don Santiago Carvajal y el nieto Don Santiago Carvajal.  Además de compartir nombre y apellido,  eran un calco entre sí.   Un vivo retrato del abuelo solo que éste, por efecto inevitable del  tiempo,  con el rostro  más arrugado  y la nariz y las orejas más grandes.

Me dieron alojamiento en una de las mejores habitaciones  y  después de la comida me recogerían para dar una vuelta por las instalaciones. Cuando iba a por mi equipaje, un joven, de piel oscura y de  una edad  como la mía, a mitad de camino entre la treintena y la cuarentena, se abalanzó sobre el maletero de mi Seat León.

-Señora, yo llevo  maleta- dijo desplegando una sonrisa de dientes  blancos relucientes.

La habitación era muy coqueta. Decorada en un estilo rural, de maderas oscuras,  pero elegante. Tenía una amplia ventana con terraza con vistas a la sierra de Cazorla y una alfombra inmensa de olivos alrededor. Cuando bajé a la recepción, me esperaba el   fundador de la empresa,  Don Santiago Carvajal, el abuelo, que  según me contó después seguía siendo aún el único dueño legítimo de todo aquello hasta que el Altísimo lo llamara. Tenía  ochenta y cinco años.  Alto, enjuto. Amable, pero sin exceso. De movimientos  lentos,  se ayudaba de un bastón para caminar que manejaba con elegancia, pero con una  mente muy lúcida. Sus ojos  se  encendían como ascuas cuando hablaba.     Al día siguiente su hijo me llevaría a recorrer la inmensa finca de varias decenas de miles de  olivos y se ofreció, mientras tanto,  para mostrarme el museo temático sobre la cultura del aceite. El museo era fascinante. Un lugar espacioso, lleno de luz, repleto de paneles explicativos,  aperos de labranza del olivar, capazos, piedras de molino, tolvas, imágenes del siglo XIX con los campesinos  en faena  y poemas de Machado y Hernández.  Me explicaba que con los olivares de la finca se abastecían  de un  aceite de excelente calidad que elaboraban en su propia almazara. Un antiguo molino derruido que  rehabilitó  y para el que  contrató a los  mejores maestros de almazara  en muchos kilómetros a la redonda.  El abuelo hablaba pausado, pero enérgico y me dijo que cuando empezó a comercializar un aceite de oliva de cosecha temprana, cuando nadie lo hacía entonces,  en el pueblo le llamaban loco.

Después de construir la almazara y adquirir más olivos para ampliar la finca pasó por apuros financieros que a punto  estuvieron de llevarle a la ruina, pero los solventó. <<Al final, Mónica, la vida siempre sigue>>, dijo sonriendo.

Don Santiago Carvajal me contaba,  haciendo círculos en el aire con su bastón, que arriesgó mucho al dedicar una parte importante de la producción a un aceite de primera extracción que, al principio, no  era rentable por su alto coste, pero que con determinación –casi obstinación, precisó-  consiguió abrirse camino  en EEUU donde no les importaba pagar más por un aceite de  calidad.

<< La gente te da palmadas cuando el viento te va a favor, pero si se tuercen las cosas, eso ya es otra cuestión. Gracias a Dios  nunca me faltó  valor para hacer las cosas. De no haber sido así  ni mi hijo y, mucho menos, mi nieto  tendrían nada de esto>>, dijo con la mirada puesta al infinito de verde y azul, formado por los  olivos y el cielo  a través del gran ventanal del museo.

Durante aquellos paseos con el abuelo notaba las miradas  del  personal que trabajaba en sus instalaciones. Era la periodista que venía de un periódico  para hablar de la finca  Matabenires y  su aceite. Lo que no sabían  es que el reportaje, por lo que yo tenía entendido,  estaba pagado, al menos en parte, por el propio Carvajal. En realidad, se trataba más bien de un publirreportaje algo camuflado,  pero eso era un secreto entre el dueño de la finca  y los dueños  del periódico que solo pisaban la redacción de higos a brevas cuando decidían  enseñárselas  a los nuevos accionistas más románticos cuando por turbulencias financieras en  bolsa las acciones de la compañía a la que pertenecía el periódico habían experimentado –por decirlo así- un trasiego  de manos.

En cualquier caso, mi cometido como buena profesional era hacer un reportaje elegante  que supiera captar con el texto, las entrevistas y las imágenes aquel mundo rural   de olivos de belleza dura; campañas de recolección, frío, lluvia y barro; la extracción del aceite y su técnica;    los entresijos de la complicada comercialización y, sobre todo, sus ansias poderosas y renovadas  por dejar atrás el ambiente casposo de imágenes en blanco y negro y textura a derrota  de décadas anteriores para convertirse en una actividad agrícola pujante con futuro y presencia nacional e internacional.  Como ejemplo de todo esto,  aquel octogenario de manos huesudas y  pocas palabras que había levantado  un emporio a partir de unas   hectáreas de pedregal y secano con el esfuerzo  de toda una vida, que pese a todas las dificultades, siempre sigue –como le gustaba repetir a él a la menor oportunidad–, adquiriendo hectáreas colindantes; llevando el riego hasta el último plantón  y levantado  una gran almazara sobre el antiguo  molino del cauce seco que atravesaba como una cicatriz antigua el corazón de su finca.

Su hijo, un hombre apuesto de ojos azules como los del padre, de ademanes  educados que había estudiado Económicas me recogió,  al día siguiente, a  las ocho de la mañana con  su Toyota    y me presentó a Ibra. Aquel joven de piel de ébano  que recogió mi equipaje. Ibra era  senegalés, todo fibra y músculo  y unos   ojos de mirada penetrante con la viveza que azuza la necesidad como el aire al fuego.

—Señor Carvayal  ser muy bueno-dijo Ibra sonriendo y mirándole.

Estuvimos toda la mañana subiendo y bajando por vaguadas, cañadas,  laderas escarpadas y grandes llanuras de olivos con algún penacho  residual  de vegetación autóctona de  pinares y encinas  en las partes más escarpadas de algún cerro que otro diseminado por la finca. Aún era otoño, pero el aire era muy frío.  Durante el recorrido observé  a varias cuadrillas de aceituneros  y me llamó la atención  que la mayoría eran  gente de color. Después de visitar  los olivares de la finca  me esperaba para comer  el abuelo, Don Santiago Carvajal.  Vestía unos chinos beige, camisa blanca de lino y un sombrero oscuro a juego con su bastón. Solo pidió  ensalada y yogurt, pero comía tan pausado que, entre bocado y bocado, podía decir muchas frases. Me contaba muy detalladamente   cómo  se originó todo aquello.  Sus padres durante la guerra civil fueron apresados y fusilados por milicias descontroladas del bando republicano y sus tierras confiscadas. En el pelotón de fusilamiento los jóvenes  que le apuntaban, muchos de los cuales habían trabajado para el matrimonio en sus fincas,   decían para justificarse, que lo hacían, aunque no tuvieran nada contra ellos, porque a los suyos –a los rojos– los fusilaban también. Santiago Carvajal quedó huérfano y después de la guerra civil tuvo que lidiar también con el régimen de Franco para recuperar sus tierras. No se las devolvieron todas, porque una parte ya se la habían apropiado  los nuevos salvapatrias de bandera y misa dominical, pero  siguió luchando y consiguió favores del régimen para compensar esas pérdidas de tierras  con mano de obra casi esclava;  jornaleros  que debían de expiar un pecado original de color rojo por haberle cogido la contienda en el bando equivocado. Santiago Carvajal  centró  su atención, como memoria a sus padres, en la finca. Su sangre corría a partes iguales entre sus venas y   aquellas tierras.

Tomaba notas de  cuanto  decía   e  hice  fotografías a la entrada del coqueto restaurante con una mesa y una pareja de turistas al fondo. Después del almuerzo  me acompañaría su nuera y el nieto a visitar la almazara.   Ambos conocían el negocio, pero hablaban  sin la  intensidad  que el abuelo y el hijo. Hablaban de  aquello con la frialdad de quien habla de la pasión que desata  una determinada melodía sin haberla sentido nunca correr por sus venas.

Por la noche  decidí dar una vuelta por el pueblo. Sería bueno  acudir a los bares, los auténticos mentideros  y escuchar por boca de los lugareños la  historia de los Santiago Carvajal, pero desde otras perspectivas y contadas por otras lenguas. No me fue difícil. Una mujer sola, no diré que atractiva, pero tampoco fea que bebe sola, atrae las miradas de los hombres. Me fijé en uno con aire aburrido que bebía solo en una mesa. Tendría  unos cincuenta años o más. Le sonreí y me presenté.  En cuanto mencioné el nombre de Santiago Carvajal, me miró de arriba abajo y dijo entre risas:

—Ah, sí, el durajornales.

—Ese es su mote–pregunté.

—Le llaman así desde hace mucho tiempo. En los años cincuenta y sesenta  su finca no era tan grande como lo es ahora, pero el durajornales ya apuntaba maneras.

—¿Qué maneras? –pregunté intrigada.

—No gastaba ni bromas y de una peseta hacía dos. En el pueblo nadie quería trabajar para él porque los tenía en el campo hasta bien anochecido. Mi padre un día lo mandó a la mismísima puta mierda, usted perdone, cuando llevaba media hora con  las luces encendidas del tractor para que terminasen de varear los olivos de una esquina  aislada de la finca y así no  perder tiempo  al día siguiente y resultó que quien no fue al día síguete fue mi padre. Despedido. Luego, tiempo después, llegaron los moros, pero esos no eran de carácter tan dócil y prefirió contratar a negros. Los negros  aguantan lo que le echen. Es una pena. A saber lo que les pagará.

—En su finca hay un senegalés. Ibra se llama. Dice que el señor Carvajal es muy bueno.

—Qué va a decir la criatura si no tiene donde caerse muerto.

Me invitaba a otra cerveza, pero decliné su ofrecimiento y me marché. Al salir del pueblo con el coche una pareja de la guardia civil me dio el alto.

—Adónde se dirige, señora.

Estuve a punto  de contestarle que a ningún lugar, pero pensé que no sería buena idea meterme en líos así que les dije que estaba alojada en la finca de los Carvajal.

Me dieron las buenas noches, muy cortésmente, sin poder refrenar sus miradas en mi escote mientras se llevaban sus manos a las sienes en forma de saludo y les devolví sus amables deseos.

Al día siguiente  me llevaron a  la planta embotelladora. Trabajaban diez personas en ese momento y organizaron  una cata de aceite a la que asistió el alcalde del pueblo para deshacerse en elogios con la familia Carvajal por el empleo y la riqueza que generaban. Tomé fotografías con aquella gente embotellando un aceite que se vendía en EEUU y Japón y del alcalde que exhibía una magnífica sonrisa de cartón piedra como las que aparecen en las vallas publicitarias  a la entrada de las ciudades. Después de la comida, en el vestíbulo, coincidí con aquel joven senegalés. A pesar de hacer frío llevaba una camiseta corta que dejaba lucir un bonito cuerpo de ébano.

—Adónde vas Ibra–le dije.

Me sonrío, pero no  respondió.  Entonces le invité a un gin tonic y respondió:

—Soy musulmán, no poder tomar alcohol.

—Y no quieres ofender a tu Dios–dije guiñándole el ojo.

—Es sin hacer nada, imagina haciendo.

Pensé que en las  dependencias del señor Santiago Carvajal no podría hablar con libertad y le pedí que me acompañara a dar una vuelta por la finca.  Cuando el sol se iba ocultando y el frío arreciando en las mejillas me contó de qué manera conoció al patriarca. Fue hace más de veinte años. Entonces, él tenía quince y no se hablaba tanto de las pateras. Llegó en una a las costas de Málaga, una tarde de agosto, muerto  de hambre y miedo con la única premisa de correr hacia el interior en cuanto pisara la playa.  Allí estaba el abuelo, Santiago Carvajal, con su familia en su último  día de vacaciones. Ibra, aturdido, en su huida por la playa, tropezó con él  y éste lo calmó. Le ofreció agua, comida y se lo llevó a la finca en su coche  junto a su  mujer que ya falleció y su hijo. Lo alojó en un cuarto medio abandonado en el cortijo  y, desde entones, trabajó para la familia como albañil, como peón de aceituna y de lo que hiciera falta.

Cuando le pregunté por su familia me dijo que ya no le quedaba nadie. Sus padres murieron y de sus dos hermanos, el mayor  murió ahogado al intentar llegar a España en patera siguiendo su ejemplo. Al pequeño le mató la guerrilla en su país.

—Me he fijado que la mayoría de los jornaleros son como tú, de piel oscura, quiero decir.

Ibra hizo una pausa y tragó saliva.

—Por favor, esto no decir. Yo, solo, me encargo  de hablar.  Me entiendo bien con ellos. Aparecer por  plaza del pueblo en  época de  campaña de recogida. Yo  explico lo que hay.

—¿Lo que hay?

—Yo no hablar de pagos, pero decir que trabajar muchas más horas y por mucho menos dinero, pero, por favor, tú no decir nada. Si no querer trabajar, patada en el culo y a tu puto país, decir Don Santiago Carvajal a los que protestan.

Aquello me dio que pensar. Si fuera una periodista de raza  tendría de alguna manera que reflejar esa otra parte oculta de la historia. Dar voz a esos inmigrantes explotados. Hijos del inframundo. De regreso al hotel Ibra rozó sin querer su mano con la mía y sentí  un calambre de excitación. Él debió captar el brillo en mi mirada. Hacía frío y me abracé a él. Me acompañó hasta el vestíbulo y subí a mi habitación con la llama del deseo quemándome debajo de la piel. Encendí el portátil con la duda si entre escribir algo de lo que había dicho Ibra o no. Yo, una europea,  con trabajo,  con  una hipoteca, un coche por terminar de pagar y una vida por delante no podía arriesgarme a perder el trabajo por aquellos paisanos de Ibra que, pese a todo, seguirían acudiendo en patera o como fuera año tras año. Con miedo y con hambre. Yo no iba a arreglar el mundo y  como bien decía Don Santiago Carvajal, al final, la vida  sigue. Lo más cómodo  sería que en aquel reportaje apareciera Ibra y su gente como  señal de respeto  a una cultura diferente  y de integración. Nada más. Pensaba todo esto cuando llamaron a mi puerta.

Era Ibra.

Le dejé pasar. Sabía perfectamente que significaba su presencia en mi habitación. Extendió su mano y puso en la mía una preciosa figura tallada por él mismo en madera de olivo.

—Es un baobag. Un árbol de mi tierra–dijo acariciando mis manos.

No le dije nada. Le abracé y le besé.  Nos acostamos. Tocar su cuerpo fuerte y ágil y oler su piel con la luz blanquecina de la luna recorriendo la habitación fue algo que jamás olvidaré. Ibra era un gran amante.

La siguiente noche volvió a tocar a mi puerta y esa vez me regaló una fabulosa  talla de un elefante y a la siguiente noche la de una tortuga. Eran  unas figuras de madera perfectas y él un amante perfecto.

La última noche cuando abandonó mi habitación antes del amanecer  dijo que quizá él tampoco fuese tan buena persona como creía ser. <<Yo, engañar también a los de mi tierra>>, dijo con aire pensativo.

 

***

 

Un frío domingo de diciembre  apareció en prensa el reportaje y a la tarde recibí una llamada del hijo de Santiago Carvajal. Me daba las gracias  y la enhorabuena por aquel reportaje  en su nombre y en el de su  padre. Decía que había sabido captar a la perfección  el amor a una tierra y el olivar.

Semanas después, una tarde de sábado, llamaron a la puerta. Fede jugaba a la videoconsola, estaría en un punto culminante de la partida y me dijo que abriera yo.

Me encontré con Ibra.

—Cómo me has encontrado. Debes marcharte–dije entre asustada y sorprendida.

—Yo, denunciar  señor Carvayal. Dejado todo y venir a verte.

Desde el fondo del pasillo escuchaba a Fede preguntando que quién era el que estaba en la puerta.

—Lo siento Ibra, no vivo sola, tienes que marcharte.

Como aquellas noches de luna blanca derramada y fuego entre las sábanas me puso entre las manos otra figura tallada en madera de olivo. Era un la imagen de una mujer que juraría podría ser yo. Con  ojos llorosos se dio media vuelta y alejándose, con su figura desapareciendo en la oscuridad, quise pensar, para no atormentar mi conciencia, acordándome de las palabras del abuelo, Santiago Carvajal, que,  al final, la vida sigue.