89. El Signo de los Ocho

Miguel Lomas Rodríguez

 

Los jinetes cruzaron como una comitiva de cuervos el viejo puente de los almohades. Este puente marcaba el límite de Andújar con la oscuridad casi palpable de los campos negros. Unos campos plagados a aquella hora de las fantasmales formas de los olivos y de sus sombras a la luz de la luna hasta la línea de carbón del horizonte.

Aquella mañana de finales de febrero había caído una exigua nevada. El Signo de los Ocho había aparecido bordado con hilo de oro en el pendón de una flecha. La que uno de los jinetes oscuros había clavado en la frente de una desdichada, en el edificio consistorial. Daniel de Huesca, el bardo que había asumido desde el mediodía la investigación de este sangriento crimen, se persignó tres veces al ver impreso también en la nieve la huella característica de los Ocho: una estrella negra enmarcada dentro de un tosco octógono. Cuando Daniel levantó la vista del sello que los cascos de los caballos habían dejado en la nieve, pudo ver que el grupo de los temidos jinetes terminaba de cruzar el puente almohade, o también llamado el Pasaje Maldito.

A pesar de que eso significaba que ya nunca podría darles caza, el viejo bardo se alegró muchísimo cuando el último jinete cortó de un tajo de su daga una de las sogas gruesas que sujetaba el puente voladizo, provocando que este se venciera lateralmente y fuese ya imposible cruzarlo sin precipitarse y caer en las aguas oscuras del río Jándula. El puente sobre el río gozaba de ese nombre desde la maldición que, a raíz de la derrota de los aguerridos bereberes almohades a principios del siglo XIII, fue lanzada sobre él.

Un aroma de savia de olivo y de aceitunas frescas sin varear le llenó los pulmones al investigador, revitalizándole. Corría el año de Cristo de 1333 y ya solo la luna menguante iluminaba pálidamente la Campiña de Jaén.

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            Aunque, la joven giennense luego podaba sus textos de palabras vacías y los encajaba cincelándolos con el teclado de su sobremesa, ella siempre los esbozaba primero a bolígrafo. Y le gustaba mucho meterse en la piel de su relato, aunque fuese mimetizándose con sus tejidos literarios a base de estupideces o, por lo menos, lo que cualquiera consideraría menudencias. Frente al ventanal surcado de gotas de la lluvia gélida que caía sobre Madrid aquella mañana todavía invernal de sábado, Inés dejó su boli verde, que era del tono con que ella se imaginaba el color vivo de las hojas de los olivos y de sus aceitunas, sobre los folios sueltos que acababa de rellenar. Se puso a ultimar la narración, dando forma a su propuesta literaria para un concurso de su Facultad. También, tenía un gran sobre verde oliva preparado para introducir la forma final de su relato en él y entregarlo así al Departamento de Inglés y Francés. Para Inés los detalles no es que fueran muy importantes, es que eran los absolutos e ideales sustitutos de lo esencial.

La tinta le pareció la sangre de un olivo joven o incluso el contorno sinuoso y escultural de un hombre completamente desnudo. Inés Martínez era así de excéntrica e imaginativa en muchos de sus pensamientos. Y también en sus gustos, en la elección de sus ambientes y en sus acciones.

Estaba estudiando Filología Inglesa en la Complutense de Madrid, para lo que se había desplazado a la gran ciudad desde su pueblo natal en Jaén. Y aunque Andújar no era pequeño, todo pueblo implica un poco de dosis de claustrofobia en tu vida y ella estaba encantada paladeando su anonimato en Madrid y, sobre todo, el sabor bohemio de su barrio. Inés, consciente de su excentricidad no había querido compartir su piso con nadie y no se sabe cómo aún había conseguido que sus padres la pagasen el alquiler de un estudio abuhardillado con balcón en pleno corazón de Malasaña, concretamente, en la estrecha y adoquinada calle de la Palma.

Enumerando otras rarezas del carácter de la estudiante giennense, es obligado decir que era una admiradora del cosmos y sus estrellas y, en particular de Plutón y todo lo tocante al último y más enigmático planeta del Sistema Solar. No en vano, se había alzado dos años antes con el Premio Jaén de Novela 2028, siendo la escritora más joven en ganar este galardón de las letras andaluzas. Y lo había hecho con una novela de corte futurista sobre la exploración humana de Plutón y de sus lunas, para una posible colonización. Narrada en primera persona por una astronauta que era ella misma y titulada «Un romance eterno: Estigia y Cerbero». Una segunda desviación de Inés era su adoración obsesiva al sexo, una adoración casi sin barreras de ningún tipo. Por ejemplo, tenía una esfera celeste con el espacio y los planetas del Sistema Solar contra la que le encantaba frotarse su corte vertical, haciendo coincidir la protuberancia que reflejaba en la oscura esfera a Plutón con su clítoris. Así, había alcanzado muchos orgasmos desmedidos.

De tal manera, yo que la conocí, puedo afirmar que Inés tenía pululando por su mente solo tres o cuatro conceptos (Plutón, sexo, relatos breves y Filología Inglesa, principalmente) a los que se volcaba en cuerpo y alma y que constituían su hálito vital. Sosteniéndola estos conceptos o aficiones, como digo, vitales, dentro de una asombrosa simpleza, lo que la proporcionaba una profunda felicidad. Y ahora, ahondaré en el peculiar repertorio sexual de la joven giennense. Bueno, mejor, solo daré dos apuntes de toda la amplitud de su gama de juegos y de mecanismos que ella tenía para alcanzar sus orgasmos: Inés no paraba de sumergirse cada dos o tres días en su bañera llena con aceite de oliva, lo que la perlaba el cuerpo y la purificaba la piel, aunque a veces sintiera un profundo escozor en la raja o en otras zonas sensibles. Lo solía hacer en las puestas de sol, con la bañera orientada a un ventanuco que daba al océano de tejados de Madrid plagado de antenas, pararrayos y veletas rojas por los rayos del sol descendente. El segundo apunte es que tenía un lenguaje sexual establecido con un vecino de enfrente de su buhardilla balconada, un museólogo, de nombre Félix del Cerro del Espino, al que conoció por casualidad en el Café de la Luz, en su propio barrio de Malasaña.

Félix vivía justo al otro lado de la chica de Jaén, pero en un segundo (Inés lo hacía en un tercero abuhardillado). Su lenguaje, todo vinculado al sexo, estaba compuesto por resplandores entrecortados tipo morse, que ella hacía con un flexo de su salón y él con una linterna desde el diminuto balconcito de su piso. Luego, tenían otro medio para transmitir conceptos sexuales de un modo mucho más directo. Este era su principal lenguaje sexual y consistía en mensajes preestablecidos por los dos. Cada uno de estos mensajes tenían asignado un resplandor de un color determinado. Así, el violeta significaba «Estoy desnuda», el amarillo para ambos «He tenido un orgasmo» o, por ejemplo, el celeste «Estoy empapada» y el naranja «Tengo una erección». El intercambio de resplandores de colores había llamado la atención de algún transeúnte de la Palma en alguna ocasión, pero nunca habían llegado a sospechar nada de su significado oculto y verdadero.

Esa mañana, terminó de escribir su relato, con su método de vertebrar el texto con el procedimiento, sumamente artificial, de la arquitectura literaria a lo Poe, es decir, entre otras cosas, empezando por escribir el final. En ese momento, Inés vio que ese mismo sábado se cumplía el plazo su la promesa que se hizo de no follar en doce meses. Inundada por una ola de extraña alegría, se metió la llavecita de plata de la caja esotérica de los preservativos en el bolsillo de sus shorts ajustados a su imponente trasero. Y le dio un título al relato:

“El Signo de los Ocho”.

Para terminar, jugando con su doble apellido Martínez Martínez, decidió firmarlo, de cara al concurso del Departamento de Inglés, con el pseudónimo de Inés Max Mars. Luego, cogió el flexo y le puso el filtro violeta. Félix vio la luz violeta desde su piso de abajo y el contorno del culo de Inés al trasluz de la ventana le corroboró que estaba completamente desnuda andando por su buhardilla.

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            Diríase que Andújar estaba embrujado desde hacía casi un siglo. Los hechos extraños abundaban por todo el pueblo, recordados ya incluso por los más viejos lugareños. Los fantasmas y los trasgos de los olivos eran avistados frecuentemente de noche, sobre todo, por los niños espantados, pero últimamente también ya a la plena luz diurna. Todo era como una plaga sobrenatural, demoníaca e infernal que se abatía sobre la villa bajomedieval.

Y todo esto sin hablar del Pasaje Maldito. Porque las muertes y desapariciones en las aguas insondables y negras del Jándula estaban a la orden del día en Andújar todas las noches de luna nueva, cuando el río parecía el mismo Hades. Cuando la torre antigua del reloj daba las ocho de la tarde, con sus funestas pero firmes campanadas, un olor a putrefacción y a muerte subía desde el lecho oscuro del río. Desde principios del XIV habían muerto ahogadas o simplemente desaparecido, sin el menor rastro de sus cuerpos, trece personas caídas desde las barandas del viejo puente voladizo de los almohades. Sin duda, para todos los andujareños era un horror muy profundo comprobar como el puente tenía vida propia y se retorcía, siempre a partir de las ocho, para arrojar a los transeúntes y más aún a los niños a los remolinos del río.

Pero la guinda que colmaba la hechicería que pesaba sobre Andújar y todo su olivar circundante de la villa, era que, desde hacía cincuenta años, nadie había vuelto a ver a su Corregidor. Y una niebla luminosa envolvía todo el edificio del consistorio desde la fecha de su desaparición. Dándole a la mole imponente un aspecto dorado y sumamente irreal, como el de un palacio musulmán de alguna ciudad de oriente, como de Bagdad o de Samarkanda.

Al sortilegio contribuía la silueta gigantesca y sobrecogedora del olivo milenario que presidía en aquel año del Santísimo Jesucristo  la irregular plaza Mayor. Además de los ruidos, como el de choques de calaveras al moverse dentro del árbol y los gritos humanos que salían del interior hueco de su tronco. No obstante, a todo esto, los bandos municipales seguían emitiéndose y pregonándose por el bardo Daniel, que era el único hombre que entraba y salía del consistorio desde hacía ya décadas. Y eran proclamados y gritados por las calles estrechas con frecuentes recodos y por todas y cada una de las cuestas empinadas de Andújar. Extrañamente, todas las ordenanzas municipales seguían ejecutándose al milímetro.

            La última habladuría que salía de las bocas desdentadas y con muecas grotescas de las viejas del pueblo era que el Corregidor había muerto hacía ya tiempo. Que el puente asesino lo había arrojado al Jándula en una de sus fuertes convulsiones, y que allí se había ahogado. Yendo su cuerpo a parar solo Dios sabe dónde. Y que desde hace ya mucho es una mujer la que, en realidad, mandaba en el municipio y en todas sus tierras y olivares. Hasta los gnomos malvados y duendes traicioneros la obedecían y hacían su voluntad.

            -Desde hace ya cincuenta años, la gobernanta de esta villa es la que vimos una vez como la mujer del Corregidor. ¡Tenedlo en cuenta! -les advierte proféticamente a todos el Elías, el nonagenario del pueblo.

Sin dejar de mascar garbanzos ensalivados, sentado a la sombra nudosa y retorcida del olivo milenario, el Elías amedrentaba así a las viejas y a los zagales hasta el tuétano de sus huesos con sus palabras-. A Andújar lo gobierna una bruja. ¡Y nuestras vidas no son sino solamente los sueños que ella tiene dentro de su cuarto en el consistorio!

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Habían quedado mediante fogonazos morse en el portal oscuro y profundo de Félix. En cuanto se encontraron, Inés le bajó los pantalones y le masturbó. Cuando acabó le metió la llave de su caja esotérica de los condones en el bolsillo a su vecino.

Diez días después, una noche, cuando él había perdió toda esperanza de hacer el amor con ella, la estudiante de Jaén se dio un baño de aceite de oliva y le hizo solo un resplandor de llamada, sin ningún mensaje más. Después, salió al balcón completamente desnuda. A la luz de la farola, Félix vio el curvilíneo cuerpo de la joven andujareña: su pelo moreno y largo le caía en ondas hasta el comienzo de su culo, sus piernas voluminosas y torneadas le impresionaron, vistas desde abajo, mucho más que sus senos redondos. Unos pechos de pezones oscuros y enhiestos. En el centro de aquella figura impresionante, que brillaba toda ella con un fulgor verde cegador por la capa de aceite que la recubría, estaba su raja, depilada y larga. Inés se metió a su estudio y le lanzó a Félix, mediante fogonazos rápidos: “Sube, si puedes, y penétrame”.

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CARTA DESDE LA VILLA DE ANDÚJAR,

DIRIGIDA AL EXCMO. SEÑOR OBISPO DE JAÉN.

 

Solo a Su Santísima Eminencia le revelo, mediante esta misiva, que la muerta por un flechazo, ocurrida esta semana, es la desdichada hija del Corregidor. La muerta no es, por tanto, la mujer de nuestro ilustre Corregidor, como así se ha hecho creer a la población de nuestra egregia villa. Esto contribuye, de forma absoluta y definitiva, a la perpetuación en la Corregiduría de Andújar de mi señora, Inés de Alquézar. Le recuerdo que mi señora fue la esposa de nuestro Corregidor, Juan de Villasirga, malogrado hace ya muchos años al cruzar después de las ocho el Pasaje Maldito. Sintiéndonos honrados y privilegiados de poder contribuir a la mano férrea con que Su Santísima sujeta con la firmeza debida a la provincia de Jaén, a sus olivareros y al resto de sus gentes, se despiden de Su Eminencia tanto mi señora como su humilde siervo.

 

            Nota final: La mujer desdichada fue alcanzada por un dardo salido de la ballesta de uno de los componentes del misterioso grupo de asesinos a sueldo, conocido en toda la Península como los Ocho. El impacto fue en plena frente al salir a uno de los flancos del gran balcón consistorial. En el pendón del dardo negro estaba la rúbrica inequívoca de los Ocho. El dinero pagado por Su Santísima ha merecido la pena. Ahora, que la creen muerta en todo Andújar, a mi Señora, doña Inés de Alquézar, le será más fácil y sencillo ejercer su poder y sus hechizos a su antojo.

 

Siempre suyo,

Daniel de Huesca.

 

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Aquel día lluvioso y gris de principios de febrero en el que Inés Martínez Martínez echó su sobre verde al buzón habilitado por el Departamento de Inglés y Francés, de la Complutense, para el “Décimo premio literario Sir Gawain de Relato Breve”, se escuchó el golpe seco de su texto al depositarse junto a los de los otros concursantes. En ese momento, ella se giró y sonrió a su vecino.

-¿Crees que tengo alguna posibilidad de estar entre los elegidos? -le espetó entre insegura e ilusionada-. Esta historia del Andújar medieval, del embrujamiento de su río y de trasgos y olivos oscuros y nigrománticos reconozco que es un poco estrambótica.

-Toma, Inés Max Mars. Te he comprado este libro -le dijo Félix, tendiéndola un volumen muy voluminoso como única respuesta.

-Es enorme -exclamó ella-. Como algo que yo sé, que me gusta de ti.

-Nunca he sido aficionado a los libros de bolsillo. El tamaño en el sexo, en el arte y en la literatura, sí que importa.

Inés rasgó el envoltorio del libro como un pulpo destrozando a un erizo de mar. Al apartar las tiras del papel roto, al fulgor verde de la tarde que escampaba de la lluvia por la Ciudad Universitaria, brilló un título:

«Grandes Esperanzas».

 

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Parece que, en el hueco del tronco del olivo centenario que hay en el patio de guijarros blancos del edificio del Rectorado de la Complutense, ha resonado un chasquido de cráneos al resbalar y golpearse. Un chasquido tétrico que Inés, Félix y el propio Rector han escuchado claramente. Según la antigua tradición extendida por toda la Campiña de Jaén, tenían solo hasta la ocho en punto de la tarde para cruzar el viejo pasadizo que comunica el final de la biblioteca María Zambrano y las escaleras de Historia con la Facultad de Estadística y la Moncloa.

El máximo mandatario de la Universidad, siguiendo un protocolo rutinario para él en febrero de revisión de expedientes, extrajo dos de ellos del archivador central de su magno despacho. Cuando estaba hojeando el segundo, advirtió una diligencia manuscrita con una fecha en absoluto imposible para ese papel: el año de Cristo de 1333. Bajo ella, apareció un símbolo extraño: una estrella negra inscrita en un octógono.

-Ahora, los documentalistas pierden el tiempo retocando documentos oficiales con bromas absurdas y trasnochadas -pensó don Juan Carlos.

Acto seguido, el Rector cerró el expediente con la supuesta diligencia bajomedieval y se fue a la máquina de su pasillo a por un expreso largo. Cuando volvió a su gran mesa anaranjada de nogal, se puso a copiar unos excel y a rectificar algunas de sus celdas para cuadrarlo todo.

Quizás, a Inés Martínez Martínez y a su vecino sí les dé tiempo a cruzar el oscuro y estrecho pasadizo de Estadística antes de las ocho y de caer para siempre en la negrura y en la muerte, como le sucedía a la gente que cruzaba el Jándula. Cuando regresaron a las aulas, después de los días festivos por los carnavales, se enteraron de la sorpresiva noticia del fallecimiento repentino del Rector de la Universidad.