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88. Los crímenes del olivar

Diego Pérez Martínez

—¡Buenos días!

La voz le sobresaltó hasta el punto de golpearse la cabeza con violencia contra la rama que tenía encima de él.

Se acarició la coronilla con su áspera mano y movió los ojos grises bajo las cejas de espeso pelo canoso en busca del origen de la voz. Al fin se detuvieron sobre la figura de un hombre alto, de buen porte y ricos ropajes.

—Buenos días — repitió este al saber que había atraído la atención del labriego — ¿Es usted Francisco?

El labrador lo miró impasible y en silencio. Su rostro, como una máscara marcada por una infinidad de arrugas y una barba rala, descuidada y canosa, no dejaba traslucir los pensamientos que le cruzaban por la mente.

—Debe serlo. En la aldea me dijeron que podría encontrarlo aquí — insistió el hombre.

El desconocido se acarició su largo y puntiagudo bigote, se quitó el sombrero de bombín y lo colocó bajo la axila. Luego dio un paso con intención de adentrarse en la finca.

Al ver aquello, los ojos del aldeano se entrecerraron dejando traslucir cierta furia, pero la acción pareció servir de acicate para que al fin se decidiese a hablar.

—Yo soy Francsico. Francisco Romero para servirle — dijo con su voz ronca — ¿Quién es usted?

La reacción del labriego pareció haber cumplido su objetivo, pues el hombre rico detuvo sus pasos y lo observó con satisfacción.

—Mi nombre es Domingo García y soy comisario de policía en Jaén. Me envían a investigar ciertos crímenes de los que hemos oído hablar.

—¿Se me acusa de algo? — respondió su interlocutor con brusquedad.

—No, no, no… Nada de eso. No pretendo asustarlo. Tan solo estoy indagando. ¿Ha oído usted hablar de los crímenes?

—¿De qué crímenes me habla?

El policía pareció tomar aquello como una invitación para entrar en la parcela y avanzó hacia Francisco con paso decidido.

—No recuerdo haberle invitado a entrar.

—No lo hizo — confirmó el comisario —, pero comprenderá que este es un asunto muy delicado como para hablarlo a voces.

El hombre de ciudad parecía seguro de sí mismo y usaba un tono que destilaba cierta arrogancia y desprecio. Y aquello le gustó aún menos al labriego quien dejó de mirarlo con desconfianza para hacerlo con odio.

—Entonces, ¿ha oído hablar de los crímenes? — insistió el policía.

Ambos se estudiaron con detenimiento sin que ninguna otra palabra surgiese de sus gargantas.

Francisco se quitó el largo sombrero de paja, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y aferró con ambas la larga vara que sostenía con la izquierda.

    —Veo que no es hombre de muchas palabras, ¿eh? — dijo al fin el policía para romper el silencio —. Como he dicho, no debe temer nada, pues no he venido a acusarle, sino a aclarar ciertas cosas… Ciertos eventos de los que he escuchado hablar en la aldea. Pero no se preocupe, soy bien consciente de que no le aprecian demasiado allí y que tal vez mucho de lo que se dice no sean más que habladurías de vecinos resentidos por Dios sabe qué antigua disputa. No es la primera vez que me enfrento a algo así y sé que los odios pasados afilan la lengua más que una piedra de asentar. Estoy seguro de que la mayor parte de lo que he escuchado hablar de usted es pura mentira, pero tan solo podré confirmarlo si lo oigo de sus propios labios, de lo contrario, no estaría haciendo bien mi trabajo, ¿no cree?

—Supongo — respondió secamente el labrador.

—No se inquiete usted — insistió —. Tan solo le haré unas breves preguntas y me iré.

El policía miró en torno suyo y observó el terreno. Se trataba de un huerto poblado de decenas de viejos olivos de gruesos y retorcidos troncos. A sus pies, esparcidos sobre la roja tierra, ramas, hojas y aceitunas sin recoger descansaban, algunas, se diría, que desde hacía tanto tiempo que no quedaba de ellas más que el tito. El lugar estaba tan descuidado que parecía abandonado.

—Lo que sí parece ser cierto es lo que decían sobre su producción de aceitunas: que nadie se la compra.

Se agachó a coger una recién caída y la observó de cerca como si estudiase el arma de un crimen.

—Y eso en qué le incumbe a usted — espetó con violencia el labriego.

—En nada… salvo en medir hasta qué punto podría ser cierto lo que sus estimados vecinos me han dicho de usted.

Le dedicó una breve mirada bajo sus gafas de montura redonda y se metió el fruto en la boca. Lo saboreó con delicadeza y luego dejó caer el tito sobre su mano.

—Y sin embargo, son deliciosas.

—¡Qué sabrá el señorito de la gran ciudad lo que es una buena aceituna y una mala aceituna!

—Da la casualidad, señor Romero, que mi abuelo es un rico hacendado cerca de Jaén y posee numerosos olivos. Desde mi más tierna juventud he sido educado en la degustación de la aceituna, pues tanto mi padre, como mi abuelo, esperaban que un día me dedicase al negocio familiar. Sin embargo, el destino guarda a los hombres tortuosos e imprevisibles caminos…

»Por volver a la aceituna — dijo levantando el tito hasta ponerlo a la altura de sus ojos —, le diré que pocas veces he probado una tan deliciosa. Podría ser mera casualidad. Haber escogido, entre los cientos que se esparcen por el suelo sin recoger, la más sabrosa de todas. Puede suceder. Pero sospecho, y mis instintos no suelen engañarme, que lo que esta tierra produce es de una calidad excepcional. Lo cual explicaría los odios que parece levantar entre sus vecinos.

»Pero eso, sin embargo, no explica por qué usted no vende su aceituna en el mercado. Una cosa es que las gentes que lo conocen no quieran comprarla, pero si usted llevase esto a Jaén…

—No lo vendo porque no me da la gana.

Francisco escupió sus palabras con un desprecio tan evidente que no era difícil adivinar su deseo por terminar con aquella conversación.

—¡Ah! ¿Y eso por qué, si puede saberse?

—Ya se lo he dicho. Porque no me da la gana.

Al policía no se le escapó la fuerza con la que, en aquel instante, las hoscas manos del labrador apretaban la vara que sostenían. Las articulaciones habían palidecido y las palmas enrojecido.

El hombre de ciudad enlazó las manos detrás de él y avanzó despreocupado por el terreno, ofreciendo con ingenuidad la espalda a su interlocutor.

—De modo que tiene usted todos estos olivos — dijo moviendo la mano derecha en un amplio abanico, dando a entender que eran muchos — que dan una aceituna de excepción y usted simplemente la deja pudrirse en el suelo.

Se detuvo y removió el revoltijo de ramas, hojas y frutos con el pie para estudiarlos desde la lejanía de su altura. Luego giró la cabeza y observó al aldeano, estudiando su expresión en busca de algún tipo de reacción a sus palabras. Y allí la encontró: la ira se reflejaba con claridad en el arrugado y tenso rostro que lo miraba. Aunque no había movido ni un solo músculo de su cuerpo, ni aliviado la tensión con la que sujetaba la pértiga, la cara la tenía cada vez más crispada.

—Dígame, ¿en el pasado vendía la producción? Quiero decir… ¿Siempre la guardó para usted o hubo un tiempo de buen entendimiento con los otros aldeanos?

—Váyase de aquí ahora mismo — repuso el otro muy lentamente. Se notaban los esfuerzos que hacía por contener la ira.

—Me iré, me iré, no se preocupe por eso. No deseo molestarle más allá de lo que mi deber me dicta. Pero antes necesito aclarar algunas dudas, porque sus vecinos han sido muy locuaces y no me gustaría que se le acusase injustamente. Supongo que lo entiende.

Por toda respuesta, Francisco le lanzó una fría mirada llena de odio contenido.

—Me contaban, esta misma mañana (usted me dirá si es cierto o no), que hará como unos veinte años que no vende a nadie su producción de aceituna. Desde… la trágica muerte de su esposa (Dios la tenga en su gloria). ¿Es eso cierto?

De nuevo el mudo silencio. Lo único que se pudo escuchar fue el siseo de las ramas de los olivos al ser agitadas por el viento y alguna aceituna caer al suelo.

—Si no lo niega, tendré que deducir que es verdad… También hay quien dice que fue usted quien la mató.

Dejó que sus palabras calaran, que penetrasen hasta lo más hondo del alma del labrador. Luego lo volvió a mirar y escudriñó una vez más su rostro. Si lo que esperaba encontrar era la culpa, no la halló. Tan solo la misma máscara de rabia que arrugaba su semblante hasta deformarlo.

El policía avanzó un poco más en el terreno y volvió a agacharse. Removió las hojas y las ramas y tomó otra aceituna madura, una de gran tamaño. La estudió y añadió:

—Por supuesto, en un crimen de hace veinte años y para el que no hay cuerpo, es muy difícil probar la veracidad de tales afirmaciones. Estoy seguro de que no son más que meras habladurías que no buscan otra cosa que la de hacerle todo el daño posible a usted.

»No le tienen mucho aprecio allí abajo, ¿lo sabía? Diríase que quieren deshacerse de usted y parecen dispuestos a cualquier cosa para lograrlo. No quiero ni imaginar qué es lo que les habrá llevado a tanto odio mutuo… pero no es por eso por lo que he venido hasta aquí.

Volvió a estudiar el fruto que sostenía entre los dedos y abrió la boca, pero antes de que pudiese introducirlo en ella, la voz del aldeano le hizo detenerse:

—Yo que usted no haría eso.

—Ah no ¿Y por qué?

El labriego pareció relajarse de pronto, alivió la presión sobre la vara y se irguió un poco para relajar los músculos.

—Escuche, no quiero problemas. Lo que sucedió con mi mujer fue un desgraciado accidente y pasó hace muchos años… Ella era la hija del alcalde y su muerte le causó un gran impacto… sobre todo porque… — la voz se le quebró por un instante y los ojos se le llenaron de una pena inmensa. Tuvo que hacer una pausa en su relato y tragar saliva antes de poder continuar —. Sobre todo porque ella estaba embarazada de nuestro primer hijo. Debe saber que yo la quería mucho y que teníamos grandes planes de futuro. Pero todo quedó en nada. Los sueños se esfumaron y… El golpe fue muy duro para todos.

»Para él, para don Esteban, que nunca había aprobado que su única hija se casase con un simple labriego, fue particularmente terrible. Me acusó de haberla asesinado y puso a todo el pueblo en mi contra. Todo eso de lo que me acusan…

El policía, que se había puesto de pie para escuchar el relato, lo observó un instante en silencio. Luego se llevó la aceituna a la boca y la saboreó con evidente placer.

Francisco, al verlo, trató de decir algo, pero se contuvo.

—Entiendo muy bien lo que quiere decir. En mis largos años como policía han sido muchos los que han sufrido un acoso como el suyo. Vecinos coléricos que les acusan de falsos crímenes para resolver viejas rencillas.

»No me creerá, pero estoy convencido de que dice la verdad.

Avanzó un poco más y se agachó de nuevo para recuperar otra aceituna madura. Se la introdujo en la boca y emitió un sonido de placer al sentir el jugo del fruto cubrir su lengua.

—Realmente son excepcionales. Jamás en la vida había probado algo semejante. Y sé de lo que hablo, créame.

—Le he dicho que no haga eso — repuso el labrador tensando de nuevo los músculos de la cara.

—Sí, lo ha hecho, pero no me ha dado razón alguna para no hacerlo. ¿Qué es lo que pueden cambiar para usted tres aceitunas? ¡Mire! Tiene el campo lleno de ellas y la mayoría se pudren bajo el sol.

—No son suyas.

La cólera volvía a renacer en sus ojos.

—Pero está claro que usted no les va a sacar provecho alguno – repuso el comisario.

Lo observó unos instantes con una mezcla de curiosidad y diversión. Después volvió a agacharse y tomó una nueva aceituna. La comió sin apartar la vista de su interlocutor y una vez hubo escupido el tito le preguntó:

—¿Le molesta que haga esto?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no son suyas.

—No. Eso es verdad. No son mías… Tal vez le parezca que le estoy… robando ¿Hasta qué punto le molesta?… ¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar para que dejase de robarle?

Ambos hombres se observaron en silencio.

—Creo su historia, la de su mujer. No tenga dudas de ello. Los asuntos familiares pueden derivar con mucha facilidad en odios viscerales. Pero los odios pueden ir en los dos sentidos. Está claro que sus vecinos lo odian y seguramente en el origen de esa aversión se encuentren las falsas acusaciones del alcalde. Pero ¿y usted? ¿No les odia? ¿No les odia por todos los desprecios que le han hecho durante estos veinte años? Las malas palabras, los rumores, los insultos,… Le arruinaron la vida y destruyeron sus sueños, no me cabe duda. Debe ser difícil no odiarlos…

Con cada palabra pronunciada la penetrante mirada del policía lo escrutaba con cuidado. Cada frase fue articulada con especial cuidado, para asegurarse de ser bien entendida.

—Y luego está el asunto de esta excepcional producción de aceituna. Apostaría a que no pocos les gustaría hacerse con tan preciado tesoro. La calidad de la misma debe ser bien conocida por las vecindades y si bien, nadie desea que usted se enriquezca, estoy seguro de que ninguno haría ascos a hacer dinero con lo que cultiva aquí.

Hizo una pausa, se giró hacia su interlocutor y unió las manos en la espalda. Sabía que aquel era el momento de ir despacio y dejar que las palabras calasen. Que hiciesen su despiadado trabajo.

—Hemos hablado de usted y de su huerta, pero aún no hemos dicho ni una palabra de los crímenes que me han traído hasta aquí. No es la lejana muerte de su mujer lo que me ha empujado a hacer tantos kilómetros en carruaje, sino algo mucho más reciente.

»Parece que hubiesen estado muriendo jóvenes en la comarca. Ninguno se conocía entre ellos y no creo que lo conociesen a usted en persona, pero a todos les sucedió lo mismo: salieron de noche y fueron encontrados muertos con un saco vacío en la mano… no muy lejos de aquí.

De nuevo una pausa, pero esta vez sí hubo reacción de Francisco:

—Yo no maté a esas personas — la voz le sonaba tan tensa que apenas movió los labios para pronunciar aquello.

El policía se agachó y tomó una nueva aceituna entre sus dedos. La observó con atención y luego miró al labrador a los ojos. Por último se la introdujo en la boca.

La reacción del labriego ante tal provocación fue instantánea. Levantó la vara por encima de su cabeza con ambas manos y dio un paso hacia delante, amenazante, al tiempo que gritaba:

—¡Le he dicho que no haga eso!

El policía no se movió y, mientras masticaba la aceituna, dijo con una evidente sonrisa de triunfo en el rostro:

—¿O si no qué? ¿Va a matarme como hizo con los otros?

—Yo no…

Francisco no tuvo tiempo de continuar la frase, pues, de pronto, el comisario cambió la expresión de su rostro. Trató de toser, pero ningún sonido escapó de su garganta. Se llevó una mano al cuello y pareció buscar el aire que se negaba a llegar a sus pulmones. Miró al labrador con ojos de pánico y con apresurados gestos le indicó que lo ayudara, pero el otro no hizo nada.

Muy al contrario, Francisco, recuperó la compostura, bajó la vara y se apoyó en ella para observar con paciencia como al policía se le escapaba la vida poco a poco.

Este acabó por vomitar el contenido de su boca, el tito incluido, pero aquello no cambió nada. Inexplicablemente le seguía faltando el aire. El hombre avanzó hasta el labrador y lo tomó por el hombro tratando de obligarlo a ayudarle, pero este se deshizo con facilidad de la mano que lo sujetaba.

Domingo cayó al suelo, se agitó durante unos segundos más y finalmente quedó inmóvil.

Francisco se agachó y le susurró:

—¿Sabe por qué mis aceitunas tienen ese sabor tan excepcional? Porque hice un pacto con el Diablo. Sí, lo que oye. Un pacto con él, con Satanás. Llegamos a un acuerdo: él me daría las mejores aceitunas y yo le entregaría las almas de los ladrones que me robasen.

»Al principio todo fue muy bien y la fama de mi producción creció con rapidez. Pero pronto mi éxito se convirtió en mi pesadilla y fueron muchos los que llegaron para apropiarse de las aceitunas. Tuve que enterrar sus cuerpos para que mi mujer no descubriese nada. Y logré ocultárselo tan bien, que un día decidió, por cuenta propia, tomar algunas aceitunas del huerto sin decirme nada y llevárselas a su padre. Pretendía demostrarle que se había equivocado al juzgarme. Pero al comer la primera de ellas, le sucedió lo mismo que a usted. Murió en brazos de su padre… Luego él me acusó de haberla envenenado y todos le creyeron.

»Desde entonces no pude y no quise vender más mi producción. Pero aún hay algunos que tratan de tomar lo que no es suyo y contra eso, yo nada puedo hacer.

»Ya le dije que no comiese mis aceitunas.

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