88. Aceptación

Nieves Poudereux Sánchez

 

Su majestuosidad le daba protagonismo en aquellas áridas tierras. Aunque él no se daba cuenta.

Eran todos iguales y se mostraban ante él ordenadamente.

Le hubiera gustado ser uno de ellos.

— ¡Ojalá tuviera esos grandes y jugosos frutos, los míos son insignificantes!— se quejaba mirando sus ramas.

Pero aquel árbol no sólo se comparaba con los naranjos. Sabía que otros árboles mucho más altos poblaban la tierra. Había oído hablar de la gran secuoya cuyas ramas casi tocaban el cielo. Se alzaba gigantesca, tan grande y magnífica que la luz del sol se quedaba hechizada en sus ramas y las nubes descendían para rozar sus hojas.

También envidiaba el grueso tronco del roble y su fortaleza. Se quejaba de no tener flores tan impresionantes como las de los cerezos que lucían radiantes anunciando la llegada de la primavera. Esas flores perfumadas eran tan hermosas y desprendían un aroma tan embriagador que los pájaros revoloteaban a su alrededor cautivados por su belleza.

Lleno de tristeza y sumido en la queja, había pasado sus días intentando ser más alto, más bello y más poderoso que todos los demás.

Hasta que un día se detuvo a observar lo que a su alrededor acontecía.

Durante aquellas tardes de chicharras, vio cómo una anciana recogía sus hojas y un agricultor se guardaba en su zurrón aquellos minúsculos frutos como si de oro verde se tratase. También muchos animales acudieron a su tupida sombra.

Al sentirse útil, ganó confianza en sí mismo y descubrió que él también era un árbol fuerte porque había resistido innumerables temporales por miles de años.

Poco a poco fue cambiando su mirada hacia los demás árboles admirando cada una de sus particularidades.

Sintiéndose protagonista ante aquel imponente ejército, aquel olivo al fin, pudo descansar en paz.