87. Mi primer día de vareo

Trece Ka

¡Dale fuerte, hija! ―me gritó mi madre.

¿¡Y si le hago daño!? ―pregunté, temiendo por el hermoso árbol. Mi madre dejó la larga vara en el suelo, y se acercó hasta mí.

No has de tener ningún miedo ―me calmó, acariciando mis largos y rizados cabellos, cubiertos por una pañuelina amarilla―. Los olivos son árboles muy sabios. Te contaré por qué. —Se sentó en el suelo, a los pies del enorme árbol. Me acomodé a su lado.

¡Mira! —exclamó, volteando a mirarlo—. ¿Ves qué robusto y grueso es su tronco?. ¡Tócalo! Deslicé la yema de mis pequeños dedos por la rugosa corteza. Sus vigorosas raíces, con las que se alimenta, se arraigan con tanta fuerza a la tierra que ni la más fuerte de las tormentas podrían arrancarlo. Miró a lo alto. Yo también alcé la mirada. Observa sus finas y largas ramas. ¿Ves cómo se balancean con el viento?, ¿cómo bailan sus pequeñas y afiladas hojas? Son tan flexibles que ni los más intrépidos vientos podrían arrancarlas. —Se giró hacia mí y añadió—: Dime ahora, hija, ¿todavía crees que podrías hacerle algún daño?

Me levanté. Tomé la larga vara y, con ímpetu, sacudí los cargados tallos.

La lluvia de delicados y verdes frutos que cayeron a mi alrededor me hizo sonreír.