67. Parte de la familia

Fernando Fontenla Felipetti

***

El hombre pisó el acelerador. El viaje se le hacía monótono, día a día, entre esas filas interminables de olivos. Todo era suyo, pero, ¿podía uno de verdad adueñarse de la tierra? Claro que no. Pensó en cuantos años le quedaban de vida. Veinte, treinta. También podía ser mucho menos. Nunca se sabía. Y cuando ya no estuviera toda esa tierra sería de otros. En realidad, esos otros también morirían y la tierra seguiría allí. La tierra no era de nadie. Los olivos, tampoco.

Aparcó el coche y entró en la almazara. El ruido de las máquinas nunca le había gustado, lo ponía nervioso. La cinta transportadora, la batidora y la centrifugadora vertical. El progreso. Lo que antes se hacía a mano, ahora lo hacían las máquinas. Siempre le había gustado la música y las máquinas ruidosas no permitían oírla. La única máquina que no hacía ruido era la decantadora. Esa era su favorita. Pasó un minuto y todos esos ruidos enmudecieron de golpe y fueron reemplazados por conversaciones. Eran las seis de la tarde. Todos volvían a casa.

—Hasta mañana, tío —le dijo Mercedes—. Ordené tu oficina.

¿Ordenar la oficina? ¿Para qué? Hacía meses que no la usaba.

Los empleados fueron pasando uno a uno frente a él, repitiendo el mismo saludo. Esperó a que salieran todos para cerrar. Cerrar y abrir era lo único que hacía en los últimos tiempos, más por rito que por necesidad. Estaba a punto de salir cuando decidió ir a ver cuál era ese supuesto orden que su sobrina le había impuesto a su oficina.

Abrió la puerta con desconfianza y se sorprendió al ver que todo estaba tal cual lo había dejado. Pero, ¿qué era entonces lo que había ordenado? Estaba a punto de largarse cuando notó la diferencia.

Había un portarretratos en el centro del escritorio.

Fue dando la vuelta, preguntándose qué significaba eso, hasta que vio la imagen. Era de su madre. Tomó el portarretratos y lo lanzó con furia. El objeto fue a dar contra una estantería con muestras de aceite. Una de las botellas cayó al suelo, se rompió y derramó el contenido sobre la foto de su madre. El aceite desdibujaba el rostro y por un segundo estuvo seguro de que los labios de su madre se movían. Incluso le pareció oír un susurro. Ella intentaba decirle algo.

Se agachó y recogió la fotografía. Pasó los dedos sobre la boca para limpiar el aceite y se los lamió. Volvió a hacerlo una segunda vez. Era el sabor de su madre.

«José», oyó en su cabeza.

—¿Mamá?

No hubo respuesta. Claro, eso era lo que sucedía cuando uno no resolvía las cosas cuando la gente estaba viva. Oía las voces. Pero ya no había nada que hacer. Cada error venía del anterior y así hasta remontarse a los años nebulosos de la infancia, en donde la madre de uno es todo.

No. No era así. No se podía echarle la culpa al infinito. Había un punto reconocible en donde había empezado todo, un punto de inflexión, un momento apocalíptico en donde el mundo había cambiado. Tenía que reconocerlo y tenía que contárselo a alguien.

—¡Sí, sí! —le gritó a la pared—. ¡Mi paraíso se acabó cuando mi madre me vio con el cura! ¡No pude mirarla después de ese día, no pude hablarle, no pude contarle!

Te lo contaré ahora, maldita sea. Te lo contaré ahora, mamá —le dijo a la foto cubierta de aceite—. Y te lo contaré a ti porque no sirve que se lo cuente a un psicólogo. Ya se lo conté a cuatro.

Yo lo amaba.

Yo lo amaba, es lo que tenía que decirte. Era todo lo que quería decirte. Quería compartirlo contigo y quería gritarlo.

Y él me amaba a mí. Sí, ya sé, tú dirás que no, y todos dirán que no. Pero sí, me amaba. Lo sé. ¿Y sabes por qué lo sé? Por la música. Oíamos música juntos. Oíamos a Serrat y cantábamos Mediterráneo a voz en grito:

«Soy del mediterrááá-neee-ooo».

Hasta ese momento yo no conocía ese mar ni ningún otro. Fue Gabriel quién me llevó a la cima del monte y allí, mirando el olivar mecido por el viento, me dijo: ¿Ves? El mar es igual, sólo que es azul.

Y te diré más: éramos la pareja ideal: cura y monaguillo. ¿Te ríes? Ves, que al final no era tan grave. Pero tanto mal se hizo. Tanto mal nos hicimos.

Ahora me doy cuenta de que era la envidia. Nos envidiaban porque lo nuestro era real. Y como no lo soportaban me obligaron a irme. Nadie me hablaba. Tú no me hablabas. Si solo tú me hubieras hablado me hubiera quedado.

El pueblo, lleno de música, la almazara, llena de olor a aceituna. De pronto el pueblo era un sepulcro, silencioso. Y la almazara no olía a nada. Había perdido los sentidos. Había perdido el sentido.

Y partí a buscar los colores, los sonidos y los olores del mundo.

Pero el arco iris resultó ser una faz muy fina y detrás de ella encontré la oscuridad. Torremolinos. La Nogalera. El desenfreno vil y vacío. Años complejos en los que no había trabajo y nos lo ofrecieron en el extranjero. En Suiza fuimos esclavos y por la noche el descontrol era más extravagante y las drogas más duras. De allí logré salir por los pelos.

Una mañana en que casi no recordaba ni quién era, llegaron dos cartas. La primera era de Argentina. Al verla se me fue la resaca y di un salto en el aire. ¡Era él! ¡Era él! ¡Gabriel, el cura de Alicún de Ortega! Ver su nombre en el remitente fue volver a la vida. ¡Se acordaba de mí! Al leer sus palabras volví sentir el amor. Con los años me había convencido de que no había sido real, que sólo había sido lujuria y pecado, como decían todos. Pero al leerlo recordé lo que sabía desde siempre: que lo nuestro había sido genuino.

La carta era larga, me contaba todo lo que le había pasado en los quince años que no nos habíamos visto. La leí apresurado. Me comí las palabras para llegar al final, para saber donde estaba, para ir a buscarlo.

Pero me encontré con la muerte.

Me decía que se moría. Me escribía para pedirme que lo recordara. No tenía familia. Había conocido a buena gente en su tierra adoptiva, pero sabía que ninguno de ellos lo recordaría, y que sólo yo podía recordarlo como de verdad era en aquellos momentos de felicidad que pasamos juntos.

Accedí a que la vida sólo tiene un momento o dos de intensidad plena. El resto, son penurias o rutina.

Abrí la segunda carta. Más muerte. Era Julio, mi hermano, tu hijo mayor que había muerto. El heredero del cortijo familiar, el que siempre había hecho las cosas bien. Recto, maduro, inteligente, dotado, trabajador, incansable, incorruptible. Sin vicios. Lo opuesto a mí. ¿Cómo podía un descarrilado como yo competir con él? Él era el preferido de papá y yo era tu preferido, mamá. O por lo menos lo fui hasta el día que entraste a la sacristía y Gabriel (no el ángel, sino el de carne y hueso) estaba arriba mío y se movía con ternura y deseo.

La segunda carta también era larga. Escrita con la caligrafía culta de mi hermano antes de su muerte, ya que todo lo preveía. Lo que no había podido prever —eso me decía en su carta—, era que —según sus palabras— sus hijos eran unos desgraciados. No valoraban el trabajo. Se dedicaban al ocio. Y —por lo tanto—, no eran merecedores de su herencia. Yo tampoco. Pero —según su razonamiento—, los trabajos de baja calaña que yo había tenido en Málaga y en Suiza me harían valorar el negocio, el cortijo, los olivares, la almazara y las casas que la familia poseía en el pueblo, mucho más que sus hijos quienes, al no saber administrar, despilfarrarían todo y terminarían en la ruina. Por lo tanto, me dejaba todo a mí.

Rico.

Rico sin familia fui a partir de ese entonces. Ninguno de los amigos que coseché en los tiempos de Torremolinos me sirvió para trabajar el campo o convertir las aceitunas en aceite.

Me hice duro. Me convertí en mi hermano. Traté a los empleados con rudeza, les pagué lo justo y nada más. Convertí a mis clientes en dioses y a mis proveedores en pordioseros. Pasé al otro lado del mercantilismo. De Esclavo en Suiza a Amo en el norte de Granada.

Solo. De piedra. Sin amor.

Guardé tu foto y te odié. Aunque era un odio artificial, claro. Y ahora, Mercedes, tu nieta, la hija de mi hermano perfecto, se dio cuenta y te dejó aquí.

Ella vino a mí hace dos años. Endeudada, hipotecada, desahuciada, llorando, pidiéndome trabajo. Una pobre hija de un hombre rico. La profecía de mi hermano se había cumplido.

Le di trabajo limpiando lo que otros ensuciaban y con la paga mínima. La envidiaba, sí. ¿Que por qué? Ya lo sabrás. Ella siempre cumplió aguantando mi desprecio. Y ahora te ha dejado a ti aquí, arriba de mi escritorio.

Algo se le escapó a mi hermano que no supo ver en su hija. Ahora yo lo veo. Recién ahora.

José cerró su mano sobre la foto de su madre y se la llevó al pecho. Apoyó la cabeza en el escritorio. Se adormeció y soñó con su pueblo tal cuál era cuando niño. Olió las aceitunas, oyó la música, vio los colores. Vio el rostro de su madre sonreír de nuevo y fundirse con el rostro de La Madre que siempre lo había cuidado desde el altar de la iglesia de Alicún de Ortega.

A la mañana siguiente despertó con el ruido de las máquinas. La cinta transportadora, la batidora y la centrifugadora vertical. Todo se movía de nuevo. Y ya no le molestaba el ruido. Se había reencontrado con su madre. ¿Qué más podía pedir?

Levantó la cabeza y vio a su sobrina Mercedes en el vano de la puerta.

—¿Estás bien, tío?

—Sí, hija —José se levantó de su sillón—. Ven, siéntate aquí.

—¿Cómo?

—Siéntate aquí en mi sillón. Coge el teléfono. Llama a tu marido y a tus hijos, y diles que a partir de hoy todo es vuestro.

Mercedes se sentó.

—¿Qué dices? ¿A qué te refieres?

—A que quiero compartir todo contigo. Cuando murió tu padre eras muy joven, y lo que no sabías en ese entonces ya lo has aprendido. En este momento tu padre hubiera hecho lo mismo que yo. Sólo te pido una cosa a cambio.

A Mercedes le resbalaban las lágrimas por las mejillas. La voz le salió temblorosa.

—¿Qué cosa, tío?

—Que me dejes ser parte de tu familia.