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66. El pueblo verde

Yassine Mech-Hidan

 

En un lugar del continente europeo, existía un pueblo asentado sobre una colina, denominado Pueblo Verde, donde se consagraba al olivo por cuestiones religiosas e históricas. Consideraban tal árbol de hoja perenne como un dios de la eternidad y la fructividad. Había muchos latifundios plantados únicamente de olivares, gracias a sus beneficios vivían muchas generaciones. De la oliva extraían aceite comestible además de otros productos vinculados a la estética.

Según contaban, y concretamente en aquel pueblo, hacía unos años atrás no había mucha gente debido al miedo, los conflictos y la venganza entre otras cosas. Familias y familias se masacraban entre sí sin saber el quid de ello. El débil no tenía derecho a estar, no podía sobrevivir o, mejor dicho, no debía existir.

Incontables paraísos se convirtieron en infiernos debido a la mala obra del hombre que nada sabía perfeccionar, salvo la destrucción.

Se puede imaginar a un grupo de seres, no importa la forma que puedan tener, viviendo en armonía y paz. Siempre estaban juntos ayudándose unos a otros. Muy a menudo organizaban competiciones para lograr un objetivo determinado, participando así los más fuertes de cada zona para que al final solo uno pudiera lograrlo. Sacaban sus fuerzas cuando ya estaban preparados para ello. Esas competiciones, sin duda, estaban prohibidas para esa gente, pero por haber encontrado la diversión en ello lo hacían sin pensarlo dos veces. El problema era que el ganador desaparecía nada más conseguir la meta, resultando ser la mayoría de las veces el mejor entre los de su comunidad. La gente no sabía el porqué, de la misma manera que no se atrevían a dejar de organizarlas, aunque los buenos iban retirándose uno tras otro y ya no volvían; difícil de creer, pero ocurría cada equis tiempo.

Dejando al pueblo atrás nos dirigimos a ese ganador desaparecido que, en un abrir y cerrar de ojos, se hallaba en un mundo totalmente diferente del suyo. Le anulaban la memoria para no acordarse de su mundo, dejándolo en blanco un tiempo concreto, luego le creaban una memoria nueva que no servía sino para el sufrir. Su bondad se chocaba contra la maldad de unos seres que se le parecían en forma, mas en actitud daban mucho miedo.

Ese individuo empezaba a cuestionarse por qué él era bondadoso con los demás, mientras que estos lo trataban malamente. Muchas veces daba a conocer su nobleza, pero resultaba que lo veían como un ingenuo estúpido que de nada servía. Era muy malo el entorno donde existía.

Debido al contacto diario con ellos lo iban mancillando, queriendo transformarlo en un monstruo parecido a ellos. Pasó mucho tiempo manteniendo esa actitud que le hacía sufrir, hasta que finalmente se convirtió en un ser endiablado cometiendo la peor de las atrocidades, consiguiendo así el respeto de la comunidad de ese mundo raro en el que estaba. Los mejores del primer mundo solían ser los peores en el otro, alimentando así el mal que gobernaba dicho mundo.

En conclusión, el poder del mal esperaba ansioso que la gente cometiera el error de saltarse las reglas y compitiera, trayéndola a su mundo y desafiando así al poder del bien para luego alimentarse de esos seres, aspirando a ser más fuerte que su contrincante. A diferencia de aquellos dos mundos; en el malo todos los seres desaparecían nada más ser alimentados por el poder del mal; mientras que en el bueno solía haber una fuerza de unión y eterna juventud. Esta era la historia de una sustancia conocida bajo el nombre de espermatozoide. Es un conjunto, pero solo uno logra fecundar el óvulo para luego trasladarse a una existencia diferente. De la primera dimensión buena venían los buenos para ser malos en la mala, mas contra su voluntad.

Pasadas más décadas, en el Pueblo Verde, la tasa de la juventud era muy alta, formada por chavales que estudiaban en institutos y escuelas modernas que por ahí había; todos vivían en paz y armonía. Se querían en exceso sin saber la razón, sin saber que detrás de ese amor había un gran sufrimiento a causa de la existencia del mal.

Una tarde, todos los centros educativos anunciaron que el día siguiente sería festivo. Se iba a celebrar el homenaje a un héroe que pertenecía a su pueblo, y que estaba inmortalizado en una figura de bronce en el sitio más emblemático del lugar, comentándoles que debían reunirse en la Plaza de la Resistencia, en cuyo centro había una estatua encima de un alto pedestal, representada por un hombre mayor desconocido con una rama de olivo en la mano, con la intención de dar a alguien o a algo, chirriando los dientes al mismo tiempo; parecía un guerrero. No se sabía nada más sobre la historia de tal personaje, como si todos hubieran colaborado con respecto al silencio que obstruía la facilidad de la información.

—Maestro, pero en el calendario no pone que es un día festivo —dijo un alumno.

—Ya lo sé, hijo —dijo cariñosamente el maestro—. Es que será un día especial para todos nosotros.

—Bien, pero nada nos ha dicho usted sobre ese héroe que vivía antiguamente en nuestro pueblo. —comentó otro alumno curiosamente— ¿Nos puede hablar de él solo un poco?

—Ja ja ja. Prefiero que sea una sorpresa para vosotros, así sabréis mucho mejor su historia más detalladamente —contestó recogiendo sus enseres.

—Si es así esperamos hasta mañana.

—Sí, así que hasta mañana, chicos.

—Hasta mañana, maestro.

El alumno tenía razón, era muy raro el anuncio, puesto que era la primera vez que todos los centros educativos se ponían de acuerdo para algo extraordinario, además por el hecho de que ese día no formaba parte del calendario festivo, ni nacional ni localmente.

¿Quién habrá sido ese fulano que lo van a homenajear? Esta pregunta pasaba de boca en boca por todo el pueblo, esperando con ansia viva la respuesta más esperada en aquel momento. Como es bien sabido, cada cual inventaba una historia justificando lo ambiguo del anuncio. Unos chicos comentaban que iba a ser un señor parecido a Papa Noel, para ofrecerles regalos; otros opinaban que la idea del héroe era solo una excusa para no revelar la fiesta que habría al día siguiente; etc. Los alumnos curiosos no consiguieron pegar ojo en toda la noche, aguardando un nuevo amanecer que seguro traería nuevas noticias.

Al día siguiente, en dicha plaza, asistieron todos los miembros de la educación además de los alumnos y sus tutores. También presenciaron esa reunión los curiosos, los que nada tenían que ver con el mundo de la educación o enseñanza-aprendizaje al ver esa majestuosa concentración. Cernía un silencio increíble, aunque estaba a rebosar de gente. Todos los presentes se veían como aquellos guerreros de terracota de la antigua China, encontrados enterrados muy callados. Las miradas iban dirigidas a los maestros y directores que estaban parados sumisamente mirando al horizonte, esperando alguna que otra reacción, mas estos ni siquiera habían presentado al que iba a dar la palabra, con lo que surgieron aún más ambigüedades.

Enfrente de la estatua había un escenario montado con altavoces por todas partes como si fuera a haber un concierto y, súbitamente, se corrió el telón y un hombre muy mayor que estaba en silla de ruedas, sujetando un bastón con sus manos, aparecía desde el backstage empujado por un joven desconocido hacia el escenario. Este le acercó un micrófono, probándolo antes emitiendo señales acústicas, y lo dejó solo frente a un público que lo miraba expectante. El buen hombre vestía un pantalón de pana de color marrón con una camisa de rayas blancas y negras, y unos zapatos de cuero a juego con el pantalón. Con gran esfuerzo se puso en pie con la ayuda del bastón, metió la mano en su bolsillo y sacó un frasco del que bebió un sorbito. Después dibujó una sonrisa sagaz mirando al público y dijo:

«Todavía sabe igual que desde hace un siglo y medio. ¡Buenos días guerreros!»

Guardó silencio sonriendo, mirando en dirección a esa multitud de gente que solo estaba para saber quién era. Respiró hondamente cerrando los ojos como si hubiera llegado al orgasmo. Al abrirlos otra vez se fijó en la estatua y prosiguió diciendo:

«Sé que la inmensa mayoría no me conoce a mí, ni a la estatua que hay en medio de esta plaza. Mi nombre es Pepe Olivar el Andaluz, y la estatua simboliza a mi bisabuelo, el gran héroe intelectual de este pueblo; Paco.

Como bien sabéis que la naturaleza del hombre suele ser malvada. Digo esto porque en un tiempo remoto, un pueblo vecino envidiaba nuestro progreso debido a un esfuerzo basado en la agricultura, asimismo en el comercio. Tanto en el pasado como en el presente se cultivaba por aquí el olivo en abundancia por ser sagrado, de manera que al haber mucho excedente había plantaciones que no se recogían y se acababan por estropear. Mi bisabuelo fue el promotor de la idea de que el pueblo comercializara con la oliva, promocionando las propiedades del oro líquido en dirección a otros continentes, concretamente en los países donde escaseaba dicho fruto. Empezó a tener muchos contactos de acá y de allá; por consiguiente, gradualmente iba creciendo el capital y nuestro pueblo iba enriqueciéndose poco a poco.

En sus visitas al extranjero y viendo lo avanzados que estaban otros países en cultura y desarrollo humano, pensó en hacer algo similar, luchando de esta manera contra el analfabetismo que en su pueblo pululaba. A mi bisabuelo le surgió la idea de construir escuelas pensando en las generaciones venideras, luego financió con su propio dinero un pequeño hospital cuando el resto de otros pueblos aún estaban sumergidos en el retraso a todos los niveles.

Gracias a los estudios y las investigaciones que se emplearon debido a la inversión, no solo se dedicaron a cultivar el olivo, sino que también estudiaron la manera de regarlo sin gastar mucha agua, recurriendo a diferentes medios económicos en caso de sequía. La idea de la explotación provocó que la demanda del aceite de oliva aumentara, por lo que se tuvieron que modernizar en la producción, consiguiéndolo a través de unas simples máquinas creadas por los estudiantes del pueblo. No conformes con eso, en los laboratorios trataron las semillas para poder también comercializar con ellas, ofreciendo garantía de que saldría un árbol sano.

Por otro lado, el pueblo vecino se dedicaba a cultivar planta de cáñamo. Extensas tierras cultivadas con lo que solo traía el mal agüero. Se cansaban demasiado en cultivarlo, esperando encontrar al menos la comodidad al final y algo con lo que sobrevivir, pero no tenía nada más que conflictos con otros pueblos sabiendo que estaba prohibida su venta. Allí nadie pensaba en el beneficio común, sino en el personal; todos esperaban vender rápidamente la mercancía para disfrutar momentáneamente con los suyos, preparándose para la misma tarea al año siguiente. No tenían objetivo alguno en la vida, asimismo se odiaban recíprocamente sin causa.

Un día, y debido a la envidia de ver a nuestro pueblo progresar, unos irresponsables corruptos del otro pueblo mandaron a un asesino a sueldo con el propósito de acabar con mi bisabuelo, siendo este la cabeza pensadora del lugar. Por las tardes, solía sentarse a la sombra de un olivo milenario, decía que le traía mucha suerte en la vida. Aún sentado oyó un ruido rotundo; una piedra se estrelló contra el tronco del olivo donde estaba. Nada más ver al causante del incidente lo reconoció; por lo tanto supo sus intenciones.

El asesino a sueldo era un hombre cuarentón y tuerto, cuya cicatriz se extendía desde su calva pasando por el ojo hasta la nariz. Era muy, pero que muy feo. Bastaba con verle la cara para que uno pasara un día siniestro y fatal.

Mi bisabuelo, que tenía entonces setenta y tres años, se puso en pie de un salto mientras el otro desenvainó un sable muy descaradamente, elevándolo hacia arriba haciendo que brillara amenazadoramente con la luz del sol. Echó a correr detrás de mi bisabuelo que no había encontrado ni tenido con qué defenderse, excepto una rama que rompió de un olivo. El asesino estaba tan cerca de él, de manera que al romper la rama se dio la vuelta y le pegó fuertemente en la cara con ella, dibujándole otra cicatriz inolvidable al asesino. La pelea injusta del hierro contra la madera, además de la experiencia del asesino, acabó con mi bisabuelo defendiéndose a sí mismo, debido a la popularidad que consiguió gracias a sus ideas y al esfuerzo de todo el pueblo.

Tras correr la noticia los dos pueblos entraron en una guerra atroz y sangrienta durante años, de manera que todos decían que iba a ser inacabable. Falleció mucha gente inocente, también muchas escuelas fueron quemadas, desapareció el amor y en su lugar surgió el odio. La gente buena del Pueblo Verde se convirtió en Satanás, arrasando y reduciendo a cenizas todo lo que encontraban perteneciente a otro pueblo, creyendo que así vengaban la muerte de Paco, mi bisabuelo. ¿De dónde el bueno saca esa maldad?

De todas formas, permanecieron así bajo la maldición de la trama y el tuerto, que fue encontrado y asesinado, hasta que intervinieron otros pueblos remotos. Hicieron las paces bajo un tratado conocido como el «Tratado de Tierra y Hermandad», que hizo volver las aguas a su cauce después de unas enormes pérdidas humanas y materiales.

Como veis, el mal aunque hinche su tamaño queriendo verse grandioso y fuerte nunca gana, solo hace lograr que el individuo viva en un castigo psicológico y duradero.

Esta es la historia que casi todos desconocéis de esa estatua que veis en el centro de esta bonita plaza. ¡Bendiciones, paz y amor a todos!»

Todos lagrimearon al saber el acontecimiento, así como empezaron a aplaudir muy fuertemente la heroicidad de un hombre que hasta entonces desconocían.

Pepe, al acabar su palabra, bebió aceite otra vez de aquel frasco y sonrió. «Esto era el secreto del éxito», dijo señalando el frasco.

Dicho esto, se sentó en la silla de ruedas bajo los aplausos de la multitud. Apareció el mismo joven de antes que estaba ayudándolo, acomodó el bastón encima de sus rodillas y movió la silla hacia atrás, retirándose los dos muy despacio hacia un coche que lo estaba esperando.

Desde aquel entonces el proyecto de Paco nunca paró su funcionamiento, floreciendo con ello muchos sectores, haciendo del Pueblo Verde un pueblo paradisíaco de multicolores.

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