43. Donde nadie mira

José A. Alcalá Martín

 

En el pico de la colina sin nombre, los muertos crujen con esencia a madera. Nadie del pueblo, que duerme a sus pies, se atreve a subir. Una densa incertidumbre blanca oculta los senderos y un gélido viento siempre golpea de cara sin importar la vertiente. Si alguien subiera hasta la cima, encontraría un solitario olivo, más añejo que el mismo tiempo. Mas nadie lo hace por atávica cautela. Su tronco se repliega sobre sí mismo, creando su propia realidad. Mientras, sus ramas y hojas se expanden cual tentáculos en la oscuridad, ansiadas por ir más allá de los dominios de Nyx; pero siempre encuentran un poco más de noche. Las tinieblas envuelven y ocultan las aceitunas que cuelgan. Pero yo sé como son, por desgracia, las he visto. Son de cien matices de verdes, algunas violetas mate, otras negras, las hay marrones pardas, al igual que la tierra atormentada. De constitución picudas, otras más estilizadas, pero la mayoría son rechonchas y jugosas. Todas, sin excepción, se nutren de la vida del pueblo. Todas nacieron en la noche de su tiempo, pero a una eterna serán devueltas.

Cuelgan, exactamente, siete mil siete.

Cuando una cae, su eco rueda ladera abajo y se funde con el tañer de las campanas que despiden y lloran a su vecino muerto.

Entonces, el pueblo cuenta un habitante menos; siete mil seis para ser exactos.

Sin tiempo para lamentaciones, la noche continua y en lo alto de la colina sin nombre, comienzan a nacer tiernos brotes. Pronto, muy pronto, nuevas aceitunas adornarán los tallos del olivo sin tiempo y nuevas gentes poblarán el pueblo trayendo renovadas esperanzas.

Ellos todavía no lo saben, pues nadie se atreve a mirar el futuro; nadie, excepto yo, que ya no tengo.