42. El abuelo y su aceituna

M. Eugenia Arias

 

De camino a la finca, el abuelo le señaló el campo. A Lolita le recordó el paisaje al delantal de Mati, la carnicera, el de lunaritos verdes.

Manuel saludó a Miguel al bajar de la camioneta y le presento a Lolita que se ocultaba tras su pierna sin saber muy bien lo que hacía allí. Miguel le mostró a la pequeña, un extraño árbol.

─¡Oh, pobrecito!, está doblado. ¿Un gigante lo estrujó?

─No mi niña, sólo intenta sobrevivir ─contestó el abuelo. Manuel dudaba. Quería poder contarle su enfermedad.

─¿Le duele estar así?

─Cada vez menos ─añadió Miguel─, este árbol tuvo que adaptarse. El viento le soplaba muy fuerte día y noche… era tanta la corriente que lo azotaba, que para sobrevivir tuvo que deformarse.

─¿Está malito entonces?

Los dos hombres se miraron muy serios.

─Este árbol es muy viejo y el frío le hizo daño ─dijo el abuelo llevándose sus ásperos dedos a las mejillas, en un intento fallido, de parar las lágrimas que comenzaban a brotar de sus ojos sin permiso.

─¡Pero está vivo! ─gritó Miguel contagiándose por la emoción.

─¿Qué te pasa abu?

─Este árbol se parece a mí.

─¿Pero tú no estás doblado abu?

─No por fuera, pero dentro tengo un nudo.

Lolita era el motivo que lo impulsaba a luchar contra su cáncer.

La niña miraba a su abuelo nerviosa. De vez en cuando le besuqueaba la palma y apoyaba su carita en su brazo arrugado. Sonreía y canturreaba una canción que él solía tatarear. Templaba su rostro un tímido rayo de sol cuando dijo:

─Abu, ¡mira el árbol doblado tiene aceitunas gordas en el suelo!

─Así es, pero la más valiosa es la pequeña que él protege en su rama ─dijo sonriendo complacido.