31. Campos de palpitación

Troia

 

Y mi abuelo cumplió sesenta y cinco años en medio de una animada fiesta de jubilación. Balanceándose en el olivo, las máquinas vibradoras cantaban sin parar, los tractores desafinaban en el karaoke, las sopladoras servían copas a todos los invitados a ritmo de acelerones, las aceitunas, rastrillo de barrer en mano, tocaban las guitarras, los olivos lanzaban piropos a las botellas de AOVE, las varas de varear bailaban ante sus dueños, y así se pasó su día.

Mientras, ante aquel sol de primavera, mi abuelo lloraba desconsolado ante sus campos de olivos, quizás por su retirada de las labores agrícolas, propias de su edad, o quizá, por su diagnóstico: palpitaciones excesivas y arritmias, resultado de un mal de amores no correspondido y llevado al extremo, con su consiguiente tratamiento médico; vacaciones indefinidas en los campos de La Loma, reponiéndose de las secuelas, unido a una exhaustiva rehabilitación con masajes cardiacos para curar moderadas descompensaciones en su corazón.

Quizá, por un amor excesivo e infinito hacia sus olivos, o quizás, por un desamor anclado a su corazón y difícil de olvidar. ¿Qué pasó realmente?, no se sabe, cualquier interpretación por parte de los lectores es válida.