261. Ad eternum

Javier Gutiérrez Guerrero

 

A pesar de que por el horizonte apenas brillaban los primeros rayos, los campesinos llenaban ya las calles. Los miembros de esta hermandad habían abandonado sus moradas vara en ristre y procesionaban en silencio hacia el monte. Escucho la respiración reposada que sale del dormitorio de mis padres. De estar despiertos no osaría siquiera pedir su permiso para juntarme con estas gentes. Salgo tras ellos.

La escarcha cubre las zonas más sombrías. Me duelen las manos. Ha llegado el momento en que los penitentes olivos se conviertan en madera de tormento. Los laicos cofrades la emprenden a golpes. Aunque dicen que la planta no sufre porque su sangre quedó congelada, veo como derrama lágrimas verdes, parduzcas y violetas que los hombres enjugan con paños de esparto.

Se hacen entonces con el fruto de la tierra que apilan en altares de mimbre. Los burros aceptan resignados su carga y, en lento caminar, dirigen sus pasos hasta el templo. El edificio que se sostiene entre pilares de madera y tapiales de barro crudo contempla un trasiego constante de animales y colonos. Veo que salen de allí vacíos los cestos, por lo que debe ser lugar de ofrendas.

Venzo mis reticencias, pues no es lugar para los de mi clase, y decido entrar. En su interior, dos humildes sacerdotes, de ropa raída, dirigen el sacrificio circular del disco de la almazara. Un lugar de devoción donde se cumple con el ciclo infinito en que se derrite el Sol Invictus y es entregado a los hombres.