248. Días entre olivos

Ostra Rizada

 

El abuelo dedicó su vida a cultivar los olivos. La abuela también, pero se consideraba que ella ayudaba. Aunque a temporadas, lo hacía de sol a sol. En la década de los años cincuenta, cuando empezaron a crearse puestos de trabajo en las zonas industriales, los trabajadores del campo veían que se les habría una oportunidad, por ahí podrían buscar un rumbo nuevo a sus vidas. Los abuelos tenían unas pequeñas extensiones de olivares y se agarraron a la idea de cultivarlos y esperar a que la producción les permitiera, con mucho sacrificio, criar allí a sus cuatro hijos. El abuelo decía que sus raíces estaban agarradas a la tierra con tanta fuerza como las de los olivos, de allí no se iba a mover, por poco que pudiera.

A pesar de su convencimiento y de su amor a la tierra, eran conscientes de que el trabajo en el olivar daba para vivir, reapretando mucho. Sus hijos eran listos y trabajadores. El maestro les propuso que los llevaran a estudiar al Seminario de  Jaén, si luego querían se podían salir, pero ya habrían hecho el bachiller. Era la forma más barata para estudiar los pobres y casi la única. Ellos trabajaron sin descanso para que sus hijos pudieran ser hombres de provecho.

Ninguno de los descendientes había seguido en la tarea. La siguiente generación se dispersó, pero habían conservado los lazos que unían a la familia. Los hermanos habían trasmitido a sus hijos ese amor a la tierra, alguna de sus raíces estaban enzarzadas en los olivares. Eran los genes de los abuelos. Los primos tiraban unos a otros y sus padres se sentían orgullosos. Se reunían una vez al año, quedaban en entornos andaluces, casi siempre jienenses. Cada año, antes de marcharse, fijaban la fecha y el organizador del próximo encuentro.

Cuando recibían un mensaje con la frase, ¿qué, vamos a mojar aceite? sabían que tocaba reunirse. Ese año irían al pueblo del abuelo, el tercer fin de semana de mayo. Hasta aquí todos de acuerdo. Ya lo esperaban. Llegó el segundo mensaje con el plan previsto y bien detallado.

La quedada era a la hora de la cena del viernes. Habían elegido un hotel dentro de la Sierra, cerca de Cazorla, rodeado de olivos y con unas vistas inabarcables de troncos retorcidos y verdes plateados que cambiaban de color a lo largo del día. Los que llegaron antes, aprovecharon para pasear por la zona de los olivares. La temperatura era agradable, el único pero era el viento, que soplaba como si fuera a barrer todas las impurezas del entorno, si encontraba alguna. Azotaba los olivos y provocaba la caída de la pétalos de las rapas, sembraba el ambiente de diminutas hojillas, la imagen era de unos copos ligeros, pero con una temperatura muy agradable. A la vez que arrancaba las hojas menos firmes, dispersaba también el polen.

Cada año a la reunión acudían más personas. Todos estaban enganchados a la primada. Se sumaban nuevas parejas, es verdad que desaparecían otras; todo muy normal. Para facilitar la movilidad, venían sin niños. Los abuelos los cuidaban ese fin de semana. Estaban felices por disfrutar de los nietos sin papás y de que sus hijos siguieran siendo fieles a su origen y mantuvieran la relación familiar. Se sentían orgullosos de haber trasmitido este mensaje a sus descendientes.

A la hora de cenar, de píe, en torno a la mesa, delante de unos platos de pipirrana, ajoatao, galianos, quesos y embutidos, acompañados de panecillos: ochíos, con un sabor a aceite que resucita a los muertos. Con la copa de vino en la mano, repitieron su eslogan con la ilusión de siempre: «Vamos a mojar aceite» y «A fortalecer nuestras raíces».

Habían programado cenar y desayunar en el hotel, elegirían platos de la zona, cada uno traía de casa aprendido el menú, sus padres les habían hecho un repaso de la gastronomía serrana. La mayoría se repetían. Migas ruleras, andrajos de bacalao, ajo harina con setas, perdiz en escabeche, pollo a la secretaria, remojón de naranja y bacalao, rin ran, algunos de estos platos formaban parte de sus menús en las fiestas familiares. El postre ni se cuestionaba finalizarían las cenas con unos platos de panetes y papajotes. Disfrutaban el buen beber y el buen yantar.

De noche uno de los primos, Juan, se sintió mal, estaba con Eva, su pareja. Sobre las tres de la mañana fueron al servicio de urgencias que les aconsejaron en la recepción del hotel. Era un ataque de asma, ya casi ni se acordaba de sus problemas alérgicos, en la zona del Mediterráneo, los síntomas eran muy leves. Tenía experiencia de episodios de ojos rojos, llorera, estornudos, decaimiento, picor de garganta, pero esta angustia y este ahogo, eran nuevos. Se encontraba mal.

En el centro médico le inyectaron urbason, esperaron para ver la evolución. La sensación de asfixia disminuía muy lenta, eso unido a la hipertensión que presentaba y a la mala oxigenación, determinó que el médico les aconsejara ir con el volante de la atención recibida al hospital de Jaén y que lo valorasen.

Juan sentía que no mejoraba. Eva lo veía con la cara hinchada, los ojos casi cerrados, respiraba con unos ruidos extraños. El efecto del inyectable era mínimo. Notaba que la asfixia iba en aumento.

En el hospital comprobaron sus parámetros, por la dificultad con la que ventilaba y por la subida de la tensión arterial, lo dejaron en observación con ventilación mecánica. A primera hora, el médico de guardia lo trasladó a planta. Los boxes de urgencias no favorecían la relajación. La interconexión entre unos y otros, y el permanente ir y venir de sanitarios no permitían la tranquilidad que el paciente requería.

Eva le comentó que debían avisar a los primos. Estaba ligeramente sedado. No le prestó mucha atención. Para colmo, no encontraron el teléfono de Juan. Él recordaba que puso un mensaje a sus padres al llegar y no lo había vuelto a utilizar, al menos no se acordaba. Ella no tenía en su agenda el teléfono de los primos.

Como lo veía un poco apático, decidió llamar al hotel, para que se lo dijeran al grupo y les facilitaran su número del teléfono; así podrían comunicarse.

Rápido la llamaron y les informó. Ella les sugirió que hicieran lo que estaba previsto, ese día tenían programada una jornada de senderismo al embalse de Aguascebas. Era una marcha circular de unos nueve kilómetros. El recorrido era largo pero sin grandes dificultades. Todos estaban acostumbrados a hacer largas caminatas. Les decía que como tenían la ruta si Juan mejoraba, igual se animaban y se encontraban en el recorrido. De sobra sabía que no iba a ser así.

Una hora más tarde estaban todos en el hospital. Las caras al verlo conectado al ventilador eran un drama. Se miraban unos a otros esperando un gesto, una explicación. Nadie la tenía. Estaban todos con los ojos como platos, grandes, a la expectativa, las bocas entreabiertas, la respiración contenida eran gestos que expresaban incomprensión. Esto olía a algo peor que un brote de asma alérgico. A pesar de los silencios prolongados, la enfermera oyó ruido o vio pasar a demasiada gente; estalló como un polvorín:

—¿Qué hace aquí tanta gente? —Hagan el favor de dejarlo solo.

Salieron al pasillo, entonces si hablaron de la cara desfigurada de Juan, de su mirada perdida, del susto que trasmitía la actitud de Eva. La enfermera se acercó y les pidió que se marcharan y que hubiese con él, solo una persona. Eva estaba desbordada con el tema, pero tenía que armarse de fuerza. La presencia del grupo le había esponjado por un momento, pero no era posible.

Enseguida el médico pasó a verlo. A la salida —no disimulo su  preocupación— le dijo a Eva:

—Oxigena mal. Le cambiaremos el tratamiento. Tiene que relajarse. No puede haber nada que perturbe su descanso. Debe estar a su lado, pero mejor en silencio.

Se estaba complicando. Ella se veía falta de recursos. Pensó que era necesario que los padres de Juan supieran lo que estaba pasando. Igual se alteraba más si se lo proponía, pero ella no iba a llamarlos sin comentarle. Su relación con los primos era mínima, a la mayoría los conoció en la quedada del año anterior, además no podían estar allí. ¡Vaya follón!

La enfermera, que acompañaba al médico, notó la preocupación de Eva, la cogió del brazo y le dijo, que en unas horas, en cuanto el nuevo tratamiento actuara les dirían algo más. Que estaba controlado, lo principal ahora era que estuvieran más tranquilos. Era imprescindible.

—¿Cómo?—Fue la respuesta de Eva, con el gesto congestionado y pidiendo ayuda en silencio—

Mientras hablaba con el médico, la novia de uno de los primos, Olga, pasó detrás de ellos, se acercó a la habitación y la vio desaparecer sin decirle nada a ella. Eva la miró sorprendida. No entendía nada. ¿Para qué volvería? Pasaba de las sugerencias de la enfermera, ¿qué se le habría ocurrido?

Olga salió, cuando ya no oía hablar fuera. La vio desaparecer por el recodo del pasillo. No se dirigió a ella en ningún momento. Muy raro. Con ese primo tenían poco contacto. En todo el año no recordaba haber comentado nada de Olga, era de las más anodinas del grupo. Se quedó mosqueada, ¿a qué había vuelto? Juan no le hizo ninguna mención, cuando pasó a la habitación.

Estaba más animado, comentó algo sobre episodios de alergia estacional, pero hacía años que no le ocurría. De niño lo vacunaban, pero desde que se cambiaron a vivir a la orilla del mar, no le había vuelto a ocurrir. Comió bien. El efecto del tratamiento se le notaba en la mirada, tenía cara de sueño, seguía como si no fuera capaz de mantener los ojos abiertos, influía el que tenía la cara hinchada.

A pesar de la sedación, Eva lo notaba inquieto. Oía la entrada de mensajes en un teléfono que no era el suyo. Le recordaba el sonido del teléfono de Juan, no podía ser, no lo tenía; sería del respirador. Todo muy extraño. Paseaba por la habitación, pendiente del monitor que tenía conectado, veía muchas subidas y bajadas. No estaba tranquilo. Estaba con los ojos cerrados, pero se veía el movimiento de sus ojos.

Esperó a que se durmiera. Se acercó al control, les comentó que iba a bajar a tomar algo. Le dijeron que fuera tranquila, que dormiría un buen rato. Que lo que más le iba a ayudar era eso, el descanso.  Que dejara la puerta entreabierta por si acaso.

Tomó un sándwich. Habló con una de las primas, les explicó que empezaba a respirar un poco más relajado, creía que los  sedantes eran muy fuertes, porque tenía que hacer un sobreesfuerzo para mantenerse con los ojos abiertos, le contestaba con monosílabos. Por otra parte lo notaba alterado y la enfermera lo confirmaba. Esta prima era la hija de un hermano del padre de Juan, que también vivía en Sagunto, opinaba que debían saberlo ya sus tíos, si quería los llamaba ella. Le dijo que no se preocupara, que sería mejor que hablara Juan con ellos para que se asustaran menos. En cuanto se despertara, le diría que los llamara. Ella también era de esa opinión.

Subió rápido.

Al llegar, lo oyó que hablaba animado, le dio un subidón, pensó que sería con la enfermera. La puerta entreabierta le permitió oír el nombre de Olga en un tono muy dulce. Se quedó parada, sorprendida y pudo entender que le pedía mantener el tipo, disimular, que le aseguraba que iban a tomar una decisión más pronto que tardes. De pronto, cortó la llamada al verla entrar.

Atónita,  preguntó:

—¿Dónde estaba tu teléfono? ¿Con quién hablabas?

Juan replicó con una pregunta y un gesto displicente.

—¿Dónde has ido, sin decir nada?

Dudó si contestarle con lo que había oído o sería mejor esperar a que se durmiera y cotillearle el teléfono, así vería los mensajes continuos de antes. Por otra parte, poco había que esperar, la decisión estaba prevista para ser tomada más pronto que tarde.

Esta sorpresa iba a ser peor que la del ataque de asma. ¿Qué pintaba ella en este fregado?

Intentó mantener el tipo. Verlo tan rojo, tan hinchado, alterado, pero sin fuerza para hablar porque se ahogaba, le obligaba a no entrar al trapo que le estaba lanzando. Le tocaba aguantar el chaparrón. Claro que sabía a cambio de qué. Ya llegaría el momento, ahora había que favorecer la calma.

Ella había venido a esta quedada con la ilusión de encontrarse con el resto del grupo, pero también con otro objetivo. Su familia materna procedía del mundo rural, pero no conocía ni la extracción del aceite ni la forma de trabajar los olivares y ese era el objetivo del siguiente día. Visitarían una almazara y un museo del olivo. ¿Por qué se iba a quedar ella sin verlo? ¿A cambio de qué? De alguna bronca, que ya conocía lo que la desencadenaba. Rumiaba sus dudas.

Lo dejó un ratito en silencio y le comentó.

—Me ha llamado Raquel, cree que hay que avisar a tus padres, yo ya lo había pensado. Ahora que ya estás más animado, llámalos tú, seguro que se asustan menos.

—Prefiero llamar a mis padres cuando me parezca oportuno, como lo he hecho siempre. ¿Qué pasa qué prefieres que vengan? ¿Te has cansado?

—El médico recomienda que estés tranquilo. Estás nervioso, no entiendo lo que te está pasando. No quiero que me lo expliques ahora, no es el momento. Debes dormir, es lo que te recomiendan para respirar mejor.

—Yo me duermo y tú te vas a dar una vuelta, ya te vale.

—He ido a tomarme un sándwich y un café. Llevo sin tomar nada desde anoche. Me ha llamado Raquel, me he subido sin tomar el café, para evitar que estuvieras más tiempo solo. La puerta no la he cerrado, lo sabía la enfermera y ella estaba pendiente.

—Por eso quieres que vengan mis padres, te aseguro que ellos no necesitan irse a tomar café. —Pues mira no los voy a llamar y ni tú ni Raquel os tenéis que meter en lo que no os importa. —Por mí, te puedes ir a tomar café o lo que se te ocurra. No te prives de tu café. ¿Me oyes?

—Juan, te estás castigando, yo no voy a colaborar, no es oportuno que te ayude, no quiero tener que arrepentirme de  haberte seguido el juego, si luego empeoras. Vamos a relajarnos.

Todo esto se lo decía Eva desde los pies de la cama, mientras Juan se retiraba la mascarilla de oxígeno y se iba como inflando.

Eva se sentó junto a la cabecera de la cama. Él de modo despectivo se volvió de espalda. Notó que respiraba con dificultad.

—Juan, te estás asfixiando. ¿Llamo a la enfermera?

Por toda respuesta, se tapó la cabeza con el embozo de la sábana.