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242.- La tinaja, el aceite y el sexo

Solo Palmira

 

Rondaba el año 1978. Yo, Carlota, soy una joven pelirroja de ojos aceituna y recién cumplidos los veintinueve años. Nací rodeada de una pequeña fortaleza de olivos, en un pequeño pueblo de Jaén.

Siempre fui la rara del pueblo por mi color de pelo. Los jienenses rumoreaban que cuando mi madre viajó a Londres para estudiar, regresó embarazada de un inglés, aunque el viejo panadero dijo que los escoceses son pelirrojos, que lo escuchó en la radio mientras encendía el horno del pan. Comenzaron las apuestas; cien pesetas a favor del inglés o cien pesetas a favor del escocés. Hasta ahora nadie ha cobrado esa apuesta.

Pero aún ahora cuando paseo por la calle principal, les oigo murmurar sobre mí, como es el caso de la mujer de Pablo, el dueño del taller de coches:

– ¡Ves! Es igual de inquieta que esos escoceses buscando el monstruo del Lago Ness.

Sinceramente, prefería que hablaran de mí, aunque fuera mal, pero hablaban de mí. Yo soy una chica inquietante y buscadora de aventuras como mi tatarabuelo – me lo decía mi madre. Hermenegildo se llamaba y él era pelirrojo y visionario futurista para este universo de movimientos lentos.

En el colegio me llamaban “Carrie”, la rara, pero me daba exactamente igual; yo me sumergía en mis libros, películas de cine y hacía volar mi imaginación hasta olvidar la realidad.

De Jorge, mi mejor amigo, de treinta años, piel morena del sol y pelo oscuro, yendo al mismo colegio que yo, un curso por encima de mí, también se burlaban, por el hecho de defenderme. Persona honesta, amable y sincera – ups, perdón, me desvío de mi historia… Continúo. Me contrataron de camarera en un bar, aunque yo quería salir del pueblo, viajar y aprender idiomas, culturas, formas de vida, la otra cara del sol y de la luna y… y… ¡Sobre todo escribir! Ser novelista, ir a nueva York, Chicago, pero la cruda realidad era que no podía dejar a mi padre solo. Desde que enviudó hace quince años no ha levantado cabeza y eso que las viudas del pueblo se lo rifan todos los jueves al son del vermut con su aceituna en el bingo. Yo, todos los días miraba desde la terraza del bar la fábrica de aceite, era lo máximo a lo que se podía llegar en el pueblo. Para entrar ahí, primero había que trabajar en la recogida de la aceituna y, posteriormente, se podía cruzar las puertas al cielo. “La fábrica del Oro” (como lo llamaban); si currabas ahí, eras el rey.

Jorge y yo, después de dos años, entramos en “La Fábrica del Oro”. Llevábamos seis meses en el turno de noche. Bueno, hay algo que no os he contado; somos amigos, actualmente con la edad, amigos con derecho a roce. De vez en cuando, cuando nos pica nos lo montamos. A ver, tenéis que entenderlo, en este pueblo ya esta todo acabado – en cuestión de hombres, quiero decir.

Un lunes, a eso de las cuatro de la mañana, después de horas de escuchar música sintonizada en radio española, miro fijamente a Jorge. Fue un largo momento y él se gira y me mira preguntando:

– Carlota, ¿qué piensas?

– Nada – le respondo.

– No me lo creo, te conozco y sé que estas divagando para continuar tu nueva novela.

– Bueno, Jorge, la verdad es que tengo ganas de hacer algo nuevo – mirándole con mi mono de uniforme feo y el gorro en mi cabezota tapando mi pelo. –Estaba preguntándome… El aceite es un producto muy sano y se exporta a nivel mundial.

– Sí, la verdad es que tenemos lo mejor del mundo, el aceite. Aunque los italianos también lo exporten, desde luego el nuestro es mejor, y ya ni qué decirte de los japoneses, les encanta. ¿Sabes Carlota? En Italia, en los restaurantes…

– Sí, sí, sí…  Jorge – le interrumpo, porque si no me soltaría un recital bíblico, – tienes razón, pero el aceite se utiliza para más cosas. Y… ¿El aceite de coco? ¿Cómo se hace?

– Pues… ¡No te lo vas a creer! El otro día escuché un documental en la radio sobre el aceite de coco.

Dos segundos después suena el ruidoso sonido de la campana para el cambio de turno que interrumpe la conversación. ¡Puf!, pensaba yo, menos mal, porque Jorge hubiera estado media hora parloteando sobre ese documental. Saliendo de la fábrica nos despedimos en el parking hasta el día siguiente. Yo, conduciendo mi reliquia de coche de chapa rayada sin dirección asistida, a quince minutos de casa, mi cabeza volátil daba vueltas pensando que Jorge no pillaba mi intención. Entrando de puntillas por la puerta de mi casa y girando el pomo de mi habitación en silencio para no despertar a mi padre, me meto en la cama dándole vueltas a lo que era mi intención hacia Jorge, consultando a mi almohada y a la vez viniéndome imágenes de mi época joven. Ese famoso granero del pueblo donde todos experimentamos nuestras primeras relaciones sexuales, segundas y terceras. Conozco todas las vistas a los olivos desde el granero, es más, a veces había hasta espera, debería llamarse el granero de carretera. ¡Puff Carlota!, pensaba yo visionando esos recuerdos. Pero yo pensaba que había que vivir experiencias para que mis folios en blanco se tintaran de faltas de ortografía y aventuras.

Me quedé dormida pensando en cómo proponer algo nuevo a Jorge. Al día siguiente, a las diez de la noche, ficho en la entrada para la fábrica y voy directa a la sala para ponerme el mono de uniforme feo y ese gorro y me cruzo con Jorge. Miro el planing de trabajo y coincido con mi amigo. Nos toca la sala de las tinajas, controlar el aceite. Jorge me ve y me dice:

– Hola Carlota. ¿Qué tal?, la conversación de ayer estaba interesante, te lo digo porque lo del aceite de coco, cuando lo escuché, me gustó mucho.

– Ya, con el aceite se aliña la ensalada, el tomate con orégano, y se derrama sobre los culturistas, como la película de Rocky… – le dejé caer.

Él mirándome extrañado asiente con la cabeza.

– Mira Jorge, estoy bloqueada en mi novela, me falta algo y necesito que me eches una mano.

– ¡Vale! ¿Qué necesitas?

– Que me eches una mano, literalmente – le digo mirando a la izquierda en dirección a la tinaja.

Me decido y subo lentamente las escaleras de la tinaja gigante de aceite mientras me voy deshaciendo del mono uniforme, yo esta vez no tenía nada debajo. Ya en el último escalón de la tinaja, totalmente desnuda, me giro dejando caer el uniforme, me quito el gorro a la vez que mis cabellos rojizos rozan mi espalda y me dejo caer sumergiéndome en la profundidad del aceite. Desapareciendo en la tinaja, salgo a la superficie cubierta de un chorreo brillante aceitoso. Veo la clavada mirada de Jorge apoyado en el escalón último, poso mis manos pringosas sobre sus hombros y le digo con ojos calenturientos:

–La tinaja, aceite y el sexo.

En ese instante Jorge se va desnudando rápidamente mientras sus ojos me van comiendo con la mirada y su lengua relame sus labios, yo me acerco cubierta de oro líquido bañando mi largo pelo soleado bajando hasta cogerle de los tobillos, a la vez que le hundo en el puro aceite. Mis pechos de pezones erizados rozan su torso húmedo, siento sus suaves manos rozando mis muslos atravesando con sus dedos mi clítoris, al cierre de mis piernas subiendo como una sirena, noto el coger de mi cuello para darme el beso más aceitoso jamás conocido con sus carnosos labios. Siento su tronco mojado rozar mi ombligo bajando hasta el monte del colorado a la vez que le aprieto sus nalgas hacia mí, sintiendo el mojado aceite mezclado con sus fluidos. Doy un grito de placer, él mordiéndome la boca me agarra mis labios inferiores de mi cara pellizcando mis pezones mientras me chupa mi cuello y se regodea en mi canalillo, mi parte de abajo está tan húmeda que mordiendo mis tetas, sus dedos se clavan en mis nalgas a la vez que su tronco vuelve a viajar por mi clítoris. Le cojo su pelo arrastrándolo hacia atrás en placer de mi fin, él sube y, cogiéndome fuertemente mis cabellos, me lame con la punta de su lengua desde el cuello hasta mis labios, besándome. Abriendo sus oscuros ojos a la vez que fija su miraba, sonriendo, me dice:

–Carlota, ya tienes el título de tu primera novela: “La tinaja, el aceite y el sexo”.

Yo, un poco sonrojada, avergonzada quizás por haber llegado a mi clímax, simulo que tengo aceite en el ojo para tapar mis calurosos mofletes.

– ¡Va! Carlota no te adereces como el tomate, es lo que tú querías, y además nos conocemos hace mucho.

Yo me relajo y le sonrío.

 

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