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241.- Molienda de recuerdos

Centimillo

 

―Nazario ―pone el hombre la mano sobre el hombro de su hijo―, aquí tenemos que ser como ellos, así que trabaja duro como el que más para que ninguno de los braceros pueda afearte la faena o decirte que eres un señoritingo que no le tiene apego a la tierra.

“¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!”
Miguel Hernández

 

Almazara en las inmediaciones de Marmolejo (Jaén), fin de campaña de recolección de la aceituna, febrero de 2015.

Nazario se jubiló hace años. Pero a pesar de que sus hijos y nietas se enfadan con él ―le dicen que no tiene necesidad de madrugar tanto, ni de pegarse las caminatas que se da al alba―, cada mañana, al clarear, el anciano acude a la almazara de la familia. No se priva a su avanzada edad de dar un largo paseo entre olivos, siempre acompañado por Estrella, su vieja perra de caza, cada dos por tres ambos saliéndose del camino, ella para olfatear el rastro de algún conejo o perdiz, y él para sentir bajo sus pies cómo se desmoronan los terrones de la tierra roja roturada, felicidad que renueva sus energías, aunque él lo achaca también a la bendita agua de Marmolejo. Le encanta inspeccionar de cerca sus olivos, muchos de ellos plantados con sus propias manos siendo joven.

Hoy es un día especial: celebran en las instalaciones de la almazara el remate con todos los trabajadores, una tradición que la familia mantiene viva desde hace décadas. Mientras camina, Nazario repasa el pasado; piensa que las cosas han cambiado bastante en muy poco tiempo.

―Fíjate qué cosas, que sin darnos cuenta, el aceite ha pasado de alimentar las lámparas del alumbrado público y los candiles de las casas más humildes a convertirse en producto estrella en los restaurantes de pitiminí que solo pueden pagarse los ricos. ―Gusta de bromear con su hijo.

Sin duda, muchos de esos cambios han sido para bien. Sobre todo en lo que atañe a las labores de recolección de la aceituna, menos fatigosas para cada manta o cuadrilla de trabajadores al estar muy mecanizadas. Sin embargo, se escapa a sus entendederas (que no son tan limitadas por la avanzada edad como él quiere hacer ver a los demás) todo lo referente al proceso informatizado del uso, manejo y gestión de las tierras, así como de la elaboración de los aceites que desde hace décadas viene extrayendo la tercera generación de aceiteros de su familia, todos ellos siempre con los móviles y las tablet en la mano, ordenadores por todos los rincones de la almazara, páginas web, blogs, redes sociales… No es que quiera que se vuelva a los tiempos de las almazaras de viga, usando el agua caliente para repasar, una segunda extracción, prensas de vapor o a sangre… Tampoco se trata de eso. Porque aquellos eran los tiempos de la cantidad y no de la calidad. Pero tanta modernidad le resulta “Casi una locura para la gente de mi edad…”, protesta Nazario. A veces no comprende lo más mínimo del extraño lenguaje que utilizan sus nietas y los empleados mientras trabajan ―aceite customizado, coupage a la carta, packaging… Parece que hablasen otro idioma distinto al suyo. Aun así, siente el orgullo de ver cómo “sus criaturitas” han cuidado de las tierras donde crecen sus olivos; cómo han mimado las aceitunas cual si fuesen un regalo caído del cielo; cómo han potenciado la marca de su aceite, y de cómo han trabajado codo con codo con otros empresarios del sector para potenciar los productos de la comarca a través de la Asociación para el Desarrollo de la Campiña Norte de Jaén

No acaba de entrarle en la cabeza a Nazario que su nieta mayor, Nazaria (la niña de sus ojos), haya logrado convencer a su padre, Bartolomé ―siempre tan reservado―, para realizar visitas guiadas al olivar y a la almazara, en cuyas instalaciones, y usando cubiletes de cristal azul, organiza catas de aceite como si estuvieran catando los mejores vinos de las bodegas de Lopera, Baños de la Encina o Bailen, entre otras. Y qué decir de su nieta pequeña, Mary, tan emprendedora como su bisabuelo, y que desde que terminó sus estudios de ingeniería agrícola tiene revolucionada no solo la plantación, empeñada en obtener la máxima calidad del aceite, sino toda la empresa con sus novedosas ideas de salud, bienestar y medio ambiente, y ahora obstinada en fabricar productos alternativos derivados del aceite de oliva virgen extra, como jabones, cremas hidratantes, etc., y en poner en marcha una especie de huerto con todas las variedades de olivos, un proyecto asombroso para él. Pero no solo con eso se conforma Mary, sino que además quiere levantar junto al viejo molino una cantina, donde el aceite sea el protagonista indiscutible de la carta, y también abrir un museo, donde se expondría el material y utensilios de trabajo en el olivar, así como la antigua maquinaria de la almazara: el empidedro, las muelas, y las prensas hidráulicas, que fueron sustituidas por el sistema continuo, basado en las centrífugas. Demasiadas modernidades para el viejo Nazario, para quien pensar en semejante ajetreo y en tantas inversiones como harán falta, le hace sentir cierto vértigo.

Sentado en su mecedora frente al gran ventanal, desde el que a través de sus ojos glaucos vigila su olivar como lo haría un centinela veterano, Nazario piensa que los suyos eran otros tiempos; ni mejores ni peores, simplemente distintos. Eso sí: echa en falta algunas cosas, como esa franca familiaridad y esos estrechos lazos de amistad que se trababan en torno a la recolección de la aceituna en unos tiempos que discurrían enlentecidos, como si el paso de una estación a otra fuese una eternidad. Ahora le parece que cada uno va a lo suyo, siempre con prisas, sin tiempo casi ni de echar una ligá en las tabernas del pueblo. También echa de menos las confidencias con los jornaleros, amigos más que empleados, esos ratos en los que compartían las botas de vino de la tierra y el contenido de las barjas a la hora del almuerzo o la comida, en pocas de ellas faltando ochios, tocino, huevos duros, arenques, cascaflote, potaje de berenjenas, y buenos mendrugos de pan y panecillos con leche y canela. Se le escapa una carcajada al recordar el día que un perrillo vagabundo se zampó la comida que contenía la barja de los hermanos Ortega, recios como olivos y más fuertes que un trinquete, dejándolos sin nada que echarse a la boca.

El afable sol de febrero, que se filtra benefactor por los cristales del gran ventanal, le causa un sopor indomable. Se adormila, cayendo en una molienda de recuerdos…

 

Marmolejo (Jaén), invierno de 1953.

Apenas rompe el alba, el manijero de la cuadrilla, acompañado por Bartolomé, el dueño de la finca, se cuida de que todo esté en orden para el inicio de la faena: los lienzos y mantones que han de cubrir la tierra; las varas, garrotes y piquetas para el avareo; los capazos y espuertas de esparto para la recogida del fruto; la criba, donde se separan las aceitunas de las hojas y tallos… Hace un frío de pelar. Mira el cielo, cubierto por una borra de nubes plomizas. Chasca la lengua en señal de disgusto. Sabe que hoy el quehacer será penoso y más lento; la lluvia del día anterior ha enfangado el terreno, muy laboreado, y el barro dificultará los movimientos al adherirse al calzado y a los lienzos. Enciende un pito junto a la hoguera. Sin mayor dilación, reparte órdenes a los jornaleros: los hombres se encargarán de varear y arrastrar los mantos una vez cargados; las mujeres recogerán las aceitunas de los mantones y también las de salteo, que no son sino las que han quedado fuera de los lienzos; los adolescentes abrocharán la corbata, consistente en recubrir la base de los troncos con mantones pequeños, para que no se pierda ni un solo fruto. Sin venir a cuento, le suelta una “regañadera” a los jornaleros, cosa que no agrada mucho a Bartolomé, aunque guarda silencio para no desautorizar al capataz: los apremia para que tengan lo más limpia posible una buena recolecta antes de que lleguen los muleros con las recuas de acémilas y burros para acarrear los serones colmados de frutos hasta la almazara para su molturación.

Cuando Bartolomé entrega la vara larga a su Nazario, al muchacho se le iluminan los ojos.

―Hijo ―pone el hombre la mano sobre el hombro de su hijo―, aquí tenemos que ser como ellos, así que trabaja duro como el que más para que ninguno de los braceros pueda afearte la faena o decirte que eres un señoritingo que no le tiene apego a la tierra. Nunca olvides que con la escritura de propiedad no caen las aceitunas del olivo; cada gota de aceite tenemos que ganárnosla sudándola en la cara.

―Descuide, padre.

El joven, todavía aficionado a los tebeos que se alquilan a perra gorda en el colmado de Carmina, se siente como uno de esos caballeros medievales que, pertrechados con sus brillantes armaduras, se disponen para participar en una justa. Pero él viste pantalón de pana, chaleco de lana, zamarra vieja y alpargatas cuyas suelas ya empiezan a deshilacharse. Porque ahora no toca tirar al adversario del caballo, para así conquistar el amor de una dama, sino bajar la máxima cantidad de aceitunas de los copos de los olivos a los fardos que cubren la tierra, para así asegurar el sustento de la familia durante el año, un trabajo nada baladí y que nadie habrá de vitorearle; si acaso solo recibirá una palmada en la espalda por una jornada de sol a sol.

Siente el padre el orgullo de que el hijo tenga la voluntad y la ilusión de seguir sus pasos. Ante la contemplación de su finquilla, a Bartolomé le aprieta la emoción en la garganta, y la mirada se le enturbia, aguanosa. Sabe que el esfuerzo merecerá la pena. Porque hoy las ramas de sus olivos aparecen dobladas por el peso de tantas aceitunas de la variedad picual como cuelgan de ellas. Atrás quedaron los duros años yendo de un sitio para otro en compañía de su padre y sus hermanos: ahora la vendimia, ahora la siega… Recuerda, con cierta sensación agridulce encharcando su ánimo, cuando cada mes de enero partían hacia territorios toledanos, en viajes que duraban veinticuatro horas, pero que dejaban en sus huesos la sensación de haber durado una semana de tan fatigosos como eran. Iban entonces a trabajar en la poda de los olivos a pueblos como Mora de Toledo, Mascaraque o Manzaneque, faena que los mantenía ocupados hasta bien entrado el mes de mayo, pues la poda de una cabeza o tronco podía llevar a cada “cortaor” un día entero, ellos deseando regresar a Marmolejo, su pueblo natal, deseosos del reencuentro con la familia que dejaron atrás. Aquellos tiempos de deambular solo cesaron cuando, tras sacrificados años de duro trabajo y ahorro, tuvieron la oportunidad de comprar las primeras fanegas de su olivar, cuya extensión ha aumentado conforme fue comprando las partes de sus hermanos y de vecinos. Con sacrificio, trabajando duro de lunes a domingo y soportando las inclemencias del tiempo, ahora siente la satisfacción de dar la alternativa como vareador a su único hijo, Nazario.

***

Un inusual ajetreo espabila a Nazario. Ya está todo preparado en la moderna bodega de la almazara. En el pasillo, entre los enormes depósitos de acero inoxidable, han colocado una mesa larga colmada de platos de picadillo de chorizo, de morcilla de caldera, de bodrio, de migas serranas, de aceitunas aliñadas, de andrajos con bacalao, de hogazas de pan, de ochios, de hornazos, pero también fuentes repletas de roscos de sartén, de flores, de borrachuelos… todo un festival gastronómico para avivar los sentidos. Y todo ello regado con los vinos tintos y blancos que se extraen de los hermosos racimos de las viñas que arraigaron en los pagos de Lopera, y sin que haya de faltar anís y coñac.

Nazario lo ignora, pero hoy sus nietas van a darle una sorpresa que no ha de olvidar, un auténtico regalo. No es ni su santo ni su cumpleaños, pero van a darle un merecido homenaje por los años de esfuerzo, sacrificio y entrega, por toda una vida dedicada a la empresa, a la familia, a la comarca… en definitiva, al aceite y a la tierra. Por eso han decidido ponerle su nombre al último aceite de oliva virgen extra, calidad Premium, que va a lanzar la empresa familiar al mercado, y que va a distribuirse por más de treinta países, una producción limitada y numerada de aceite gourmet en el que se ha cuidado hasta el último detalle, desde la recolección de la aceituna, prácticamente manual, hasta el envasado en una botella diseñada por un reconocido artista de la zona.

Se emociona cuando le entregan una placa conmemorativa; más aún, al ver el estuche de cuero que contiene la botella de vidrio soplado, grabado en el gollete el número 1. Se le enjalbegan los ojos por una borra aguanosa al ver la etiqueta: una foto de su padre junto a él en el olivar donde se originó la gran empresa que ahora poseen. No es capaz de articular palabra. Sus lágrimas se derraman entre los aplausos y besos de la familia y las felicitaciones de los trabajadores del olivar y la almazara. Cierra los ojos. Se deja llevar por las vivas sensaciones que acuden en tropel para avecinarlo al ayer: el olor del campo humedecido, de la quema de los restos de poda, del alpechín; el color grisáceo y melancólico de la atmósfera que envuelve los olivares, y el tono agreste de la tierra en la que prevalecen vigorosos los olivos; el sonido de las ramas, que parecen musitar un lamento al ser mecidas por el viento, o el del crepitar quejoso de los troncos y pestugas que arden en las lumbres que procuran calor a las cuadrillas de jornaleros; el sabor amargo y picante del aceite de la primera molturación, que espabila el paladar y se agarra a la garganta; la textura rugosa de la corteza de los olivos, la aspereza de las manos de los jornaleros, revestidas por los callos, y el dolor fino que se siente en los nudillos y en el borde las orejas cuando afloran los sabañones por culpa del frío… Es entonces cuando le parece estar viendo a su padre, quien se acerca a él para entregarle su primera vara de varear, la misma que él guarda como un tesoro en su casa.

“Y con la rama de un olivo cargada de frutas, el hombre sana y se purifica.”

Virgilio

 

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