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239.- Oliva perfecta

Renzo Franco Carnevale

 

Rara vez llueve en el olivar, pero cuando lo hace, el paisaje en todas sus formas se vuelve supersticioso. Los tallos están separados por formas brillantes. Tallos que se parecen a la vida. Medusas enterradas con sus antiguas y perversas cabezas saliendo. Una montaña de sal, que silenciosamente transforma la tierra en un misterio.

La mirada de Andrés se centra en encontrar la aceituna perfecta. Toda su vida ha trabajado en los olivares de su familia. Su recuerdo más preciado fue el momento en que la mano de una chica que venía con un grupo de oleoturistas tocó la pequeña espalda del fruto preciso.

Allí, en el baúl raído, ella vino a sentarse con él. Le habló y le dijo que la idea de los pantalones de panas verde vino del olivar. Pantalones gigantes. Los arbustos, dispersos como líneas punteadas, parecían pequeñas criaturas de una raza eterna. Él siempre se reía de lo extraño que hablaban los extranjeros.

Entonces ella le dijo que estaba segura que si viviera en ese lugar muy pronto se enamoraría de un hombre como él. “Mentirosa” le dijo Andrés. Entonces ella le contestó que no tenía ningún derecho a mentirle y que seguramente se quedaría con él para siempre, porque si alguna vez sus palabras pasaran a ser traidoras será porque se vieran circundadas de motivos similares venidos de él. Y agregó que después de todo, siempre existe una razón verdadera para buscar la oliva perfecta.

−Vengo de una ciudad ruidosa, −dijo, −pero amo los instantes del silencio. Ya tú me has visto inquieta desesperada entre los otros turistas. Ya tú me has visto como un equipaje bajándome del autobús.

− ¿Por qué no te quedas? −le dijo Andrés

−Sabes bien que no puedo hacerlo. No soy de aquí, Quizás todavía falta un tiempo. Debo terminar mis estudios de filosofía. Me gusta ¿sabes? −Luego ella se quedó mirando el cielo. −Dime algo −le dijo y él sólo consiguió murmurar que nada se compara con una aceituna, le dijo que ni siquiera son comparables a ellas mismas.

−Su color se satura cuando estoy feliz, cuando el encanto de su verde ilumina mi alma y cuando la risa las hace temblar.

− ¿Cómo es eso?

− ¿Te interesa saber? Le preguntó Andrés.

−Claro

−Bueno, las aceitunas pueden ser planetas verdes que no tienen peso, contienen todas las formas de un planeta. Mi gran amor es una pequeña aceituna que ha sido plantada en mi cabeza, que tiene su propio color, su propia manera de hacer germinar su aceite. No puedo decirte lo que es mi gran amor. Yo lo llamo un olivar, pero podría ser un olivar entero. Puede alimentarse a sí mismo. Puede parecer que tengo marcas negras en los ojos. Lo llamo una pequeña aceituna, pero mi gran amor no tiene tamaño. Ni siquiera hay espacio en mi cuerpo para encontrarlo. A menudo mi aceituna no me permite ver el mundo tal como es. Aplica su color a todo e imprime su redondez en todos los lados. No se puede comparar con una sola palabra, ningún argumento es más importante, ningún sonido, ninguna campana. Es tan silencioso y ligero como un globo de ensueño. Pero a veces contiene todas las tormentas. Lleva todos los mares del infierno en su cuerpo de olivo. Estornuda y estornuda fuerte en su cielo y resuena en las cúpulas de todas las iglesias. Es mi única aceituna, mi ganancia de amor, ahora está conmigo, y me permite tocarla como un animal sagrado.

−Estamos entrando en una etapa sublime de la conversación −dijo ella. −Entonces es posible que cada aceituna sea el gran amor de alguien que exista o que haya existido. Ya entiendo por qué buscas la oliva perfecta. Es un procurar de cosas que se ven como esferas difuminadas en el espacio del olivar que es como la existencia humana. Ahora puedo decirte que te siento muy cercano a mí a pesar de nuestras diferencias.

Le preguntó luego su nombre y él no había terminado de decírselo cuando ella se descubrió uno de sus senos y le mostró un pezón muy pálido.

− ¿Podría ser esta una aceituna perfecta? Le preguntó ella. −Es una perfección que no dice nada sin su gemela− continuó. Luego le mostró el otro pezón. Una sigilosa peca negra estaba enlutando su centro.

Los pezones fueron expuestos al sol durante siete segundos. Pero fueron suficientes para impresionar la memoria de Andrés.

Se ha ido para siempre. Se subió a ese autobús turístico con su pelo rubio que intentó usarlo como pantalla de humo hasta que escapó de allí. Luego escogería huir hacia sus días, volver a su centro, dejando a Andrés en el óvido, dejando a Andrés en un hueco, sin compañía ni dueños, pero vivo.

 

II

Estaba tumbado de espaldas, Andrés. Está buscando con sus ojos la aceituna perfecta. Curiosamente, ese año, los árboles habían producido más aceitunas que nunca antes. Andrés miró fijamente una fruta que parecía diferente y luego se levantó para tocarla. Bajo un olivo, siempre parece que las peonzas y las máquinas se detienen para siempre. Estaba Andrés bajo ese árbol donde, en el pasado, se dejaba un cofre de madera para quien quisiera usarlo como asiento. Estaba casi oscuro. En ese momento, pensó que toda la historia humana se derrumbaría si las aceitunas no existieran, empezando por el Monte de los Olivos, el aire circundante y la voz del profeta.

Finalmente, tenía una aceituna perfecta entre sus dedos, tenía la forma de un laúd, que para él era una forma de esperanza, la puso amargamente en su boca. Apenas la masticó porque sabía que el sabor sería demasiado fuerte. No se trataba en absoluto de un sabor agradable. Todo el mundo sabe que las aceitunas sin curar son imposibles para el consumo humano. Para quitarle el amargor a las aceitunas, hay que ponerlas en una solución de soda cáustica y agua durante varias horas.

Es decir que lo que quedaba en su boca era un sabor a tierra dura, y para soportarlo, Andrés guardo silencio mientras pasaba por su garganta. Todo esto puede ser producto de su imaginación, pero aquel sabor amargo evocaba las lejanas brumas y los remotos dolores de la especie humana.

No se arrugó la cara ni endureció los músculos, sólo se recostó en el arcón de madera. Allí estuvo alguna vez el regazo de aquella muchacha extranjera. La sentía como si nunca hubiera dejado de estar allí a la espera de su cabeza. No estaba ni triste ni feliz, pensó que, si hubiera tenido el valor de besarla, ella lo habría dejado.

Habló con ella y nadie lo presenció. Era una mujer del norte, de pelo muy rubio. Tal vez vino del extranjero. En estos programas turísticos Andrés tuvo la oportunidad de conocer a diferentes personas de todo el mundo. A veces la gente llegaba muy temprano en la mañana, y algunos se quedaban hasta el mediodía.

Entrecerró sus ojos. Podía decir que ya el sabor amargo se había ido de su boca. Con ese sacrificio creía Andrés que colaboraba con las curaciones, los milagros, los enamoramientos. Pero no le dijo nada a ella en aquel momento de lo que terminaba haciendo con el fruto perfecto. ¿Por qué?

Había una razón. Pensó que, si revelaba su secreto, su magia desaparecería. Se guardó todas esas supersticiones para sí mismo.

Las palabras manchan las ideas.

Había un pequeño grupo de turistas esperando su turno, y no era bueno que lo vieran de la forma en la que estaba.

Se dio cuenta que estaba su ropa empapada por esa rara lluvia que había caído temprano. Se quedó observando la escena y luego se incorporó. Poco después vino un ventarrón como una explosión y el grupo de turistas reaccionó, desde ellos volaron sombreros y papeles. El ventarrón sopló por unos segundos y desapareció dejando el paisaje quieto como antes.

Andrés tardó milésimas de segundo en darse cuenta de que hasta él había rodado un sobrero. Una mujer muy rubia vino a recogerlo. Era como el guion de una película que se repite o una obra de teatro eterna. La dama tomó su sombrero y le sonrió. Estaba tan cerca de él que no lo podía creer.

La madre de Andrés viene a decirle que necesitan su fuerza, porque es en este momento cuando hay que ejercer una presión mecánica considerable sobre la masa ya batida para sacar el jugo de la aceituna.

−Tengo que irme −dice. −Sólo de este gran hueso del pecho vienen los olores primordiales de la tierra, que huele a una naturalidad calmante. Verás, allí, en el punto donde el mar y el olivar se unen, en esa unión, toda la historia del Mediterráneo se resume.

Algunos cargadores de cuerpos antiguos, pieles de tierra o arena anaranjada, o hechos de tiempo, porque parecen eternos, hombres que nunca mueren porque siempre hay un sustituto, idéntico a ellos, se detienen para ver el momento en que Andrés se levanta del baúl y se aproxima peligrosamente a la dama.

De lejos se ve cuando Andrés la besa, un beso perdido que se eleva en los olivares y se dirige hacia el cementerio. Ella sonríe, está desnuda, no importa, porque sabe que no hay otros destinos entre ellos. Andrés también se desnuda y comienza su largo peregrinaje a través de la piel. Es blanca en contraste con todos los troncos, y entre sus pechos de armiño deja una rama de olivo que salió de la tierra hace cuarenta mil años.

 

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