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236.- El loco de la almazara

Javier Almellones

 

Nunca pensó que llegaría hasta ese extremo. Era su marido, el padre de sus dos hijos y aquel profesional del mundo de las finanzas que tanto se esforzó durante dos décadas en labrarse una exitosa carrera profesional. Pero para Alicia, él había sido víctima de un enajenamiento mental por culpa del estrés de la ciudad. Nadie en su sano juicio dejaría un puesto de trabajo tan bien remunerado por aquel cortijo abandonado, lleno de óxido y muros maltrechos.

Ella podía entender que quisiera reconstruir aquel inmueble perdido entre viejos olivos, pero no que abandonara todo por lo que había luchado en la entidad bancaria donde entró siendo un recién licenciado. “Puedes encargarle el proyecto a mi primo, el que vive en Alcalá la Real”, le dijo Alicia cuando le contó su plan. Pero Oliver no quería dejar en manos de otros aquella empresa. Incluso intentó persuadirla para que se implicara con él en la reforma del cortijo y la vetusta almazara que albergaba en su interior.

“No podemos dejar que los niños dejen ese colegio ahora, con el dinero y el trabajo que nos ha costado a los dos”, adujo ella. Oliver la miraba a los ojos y no reconocía a aquella muchacha impulsiva y apasionada que le cautivó en las fiestas de su pueblo en el ecuador de la década de los años noventa.

Todo pasó tan rápido que no tuvo tiempo para reaccionar. Tras ese fin de semana en el que Oliver proyectó una vida en el campo, llegó un lunes gris y lluvioso que sirvió para disimular la contaminación de la gran ciudad. Él madrugó más de lo acostumbrado, pero no para afeitarse. Ni siquiera para elegir traje, corbata y calcetines a juego. Recuperó una vieja maleta que guardaba en el trastero.

− Pero, ¿qué haces, Oliver? − le preguntó ella temiéndose la respuesta.

− Ya lo sabes, cariño −respondió mientras metía varias mudas en su austero equipaje. −Tarde o temprano me entenderás y te vendrás con los niños. Necesito un poco de tiempo para empezar darle forma a esa idea que te he estado contando estos días.

− Pero, ¿qué vas a hacer con el trabajo? ¿Has pedido vacaciones o te vas a pedir una excedencia? No creo que sea el momento de dejar el banco ahora que se acerca la fusión.

− No te preocupes por eso −le dijo mientras le cogía la mano con suavidad y la miraba de modo complaciente−. Hace un rato he mandado mi dimisión por correo electrónico a Juan. No sé si me entenderá ahora y sé que será difícil, pero nadie es insustituible en mi empresa.

− ¿Qué? ¿Te has vuelto loco, Oliver?

En aquel momento no pensó que lo que su marido tenía era locura, pero en la entrada a la consulta médica, casi un mes después de su marcha, pensó que se había enajenado completamente. Antes de entrar, recordó todo lo que había pasado durante esos días.

La noche de aquel lunes él llegó al cortijo que levantó su bisabuelo, en la que echó a andar aquella almazara con un sistema hidráulico poco después. Vio que tenía tanto trabajo por delante que se olvidó de avisar a Alicia. Ella se presentó al día siguiente por la tarde. Lo vio desaliñado, con las manos y la camiseta llenas de grasa, el pelo alborotado y con la mirada algo perdida. Pero, era él.

− ¿Pero, qué estás haciendo aquí, Oliver? Esto va a ser tu ruina. Bueno, nuestra ruina, la de nuestra familia −le advirtió ella−. Esto es un sinsentido. Tú no sabes nada de aceite de oliva ni de cortijos ni mucho menos de maquinarias antiguas.

− Te pido que confíes en mí, cariño. Sé que voy a necesitar ayuda, pero creo que éste va a ser el mejor proyecto que voy a tener nunca entre manos.

Y pasaron los días y para Alicia, aquella aventura fue a peor. En los extractos bancarios vio cómo iban desapareciendo de forma alarmante los euros que tanto trabajo costó juntar para una vida próspera en aquel cómodo barrio de la capital de España. Pasó de llevar aquello en secreto a contarlo a sus amigas de confianza.

− Se le ha ido la olla al pobre, pero eso tiene tratamiento −le dijo Susana, que era casi una hermana para ella.

Tras muchos titubeos y tres viajes al cortijo, Alicia tomó la decisión de pedir su internamiento en un psiquiátrico. Cada vez lo veía en peores condiciones. Higiénicas y mentales. Lo vio absorto leyendo viejos documentos, ensamblando piezas muy rudimentarias y hablando en un dialecto, casi incomprensible para ella, con un vecino octogenario que trabajó a mediados del siglo pasado con su abuelo.

− Doctor, creo que tiene alucinaciones y está obsesionado con el legado de su abuelo −llegó a decir al psiquiatra pocos días después.

− Ya, le entiendo perfectamente, pero comprenda usted que, sin antecedentes médicos, ahora mismo nos toca esperar y ver si va a peor o le da por volver. Le puedo asegurar que he visto de todo en estos casos −argumentó aquel médico experimentado, curtido en muchas disputas familiares.

El día que tuvo que firmar la solicitud de internamiento psiquiátrico, con todo lo que ello suponía para sus hijos y para ella, no le tembló el pulso. Se había hartado de aquella situación y pensó que había que cortar por lo sano. “Con un buen tratamiento y con buenos profesionales, esto se puede sobrellevar”, le aseguró Susana.

Ajeno a todo lo que Alicia urdía, Oliver había hecho grandes progresos en la almazara. Nunca pensó que en tan sólo un mes lograría la implicación de tanta gente a su alrededor. Él era un auténtico desconocido en el pueblo. Lo contrario que su abuelo Matías, el que convenció a su propio padre, Antonio, para montar esa almazara.

Aquel molino, que fue toda una revolución en aquella villa andaluza, consiguió molturar toneladas de aceitunas picuales, hojiblancas e incluso arbequinas en pocas campañas. Poco a poco, el negocio familiar fue creciendo. Comenzaron a vender a granel su propio aceite de oliva. Matías se casó con Luisa y tuvieron un solo hijo, Isidro, que creció sin despegarse de la almazara. Incluso llegó a aportar algunas innovaciones que redundaron en la rentabilidad del negocio familiar.

Eran buenos tiempos para el clan de los Villanueva, apodados “los del Molino”. Pronto la mujer de Isidro, Juana, dio a luz a Oliver. Pero tanta buenaventura sufrió un duro revés el ocho de noviembre de 1974, justo cuando aquel niño iba a cumplir dos años. Aquel fatídico día, un camión descontrolado, sin frenos, se llevó por delante a Isidro en la carretera comarcal por la que se accedía a la finca familiar. A partir de ahí, la familia Villanueva entró en depresión. Antonio, el padre de Isidro, decidió abandonar aquella próspera almazara. Matías, el fundador de aquel negocio, empezó a sufrir los efectos del Alzheimer.

Más de cuatro décadas después, lo único que quería Oliver era poner en marcha aquella almazara que tantas ilusiones generó en su linaje. Con el seguro del accidente y los ahorros familiares, él pudo salir del pueblo, estudiar y formarse. Una licenciatura en Económicas, un máster en Negocios y Finanzas y mucho trabajo lo consiguieron llevar a un puesto de responsabilidad en un prestigioso banco. Pero él nunca perdió de vista sus orígenes.

Es más, cuando más estrés tenía en aquel confortable despacho reo de presiones económicas, más consciente era de que había una forma de retomar aquel negocio familiar. Eso sí, los tiempos habían cambiado. Ahora no se podía vender aceite a granel. “Hay que tratar el ‘oro líquido’ como se merece, ponerlo en valor, mimarlo, vestirlo con un buen envase y sobre todo disfrutarlo”, le dijo un ex compañero de estudios universitarios en el décimo aniversario de su promoción.

Lo que no sabía Oliver es que, poco a poco, se iba a forjar en él un alma de molinero. Con lo poco que encontró de su abuelo Matías, algunas fotos, varios documentos y mucho polvo, y el asesoramiento de algunos contactos, comenzó a fraguarse el retorno de los Villanueva a una almazara.

Cuando se cumplían tan sólo treinta y dos días de su éxodo de la ciudad al campo, el ocho de noviembre de 2019, su fatídica fecha de cumpleaños, a Oliver sólo le faltaban las aceitunas para poder hacer aceite, con un sistema tan rudimentario como sentimental. Ansioso, esperaba que llegara la primera partida de picuales que había pedido a su vecino Ricardo. Pero, antes que su camión llegó allí una furgoneta blanca, de la que salió personal sanitario. Tras ella un vehículo negro del que se bajaron dos hombres jóvenes.

− ¿Oliver Villanueva García? −le preguntó uno de ellos.

− Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?

− Su familia ha solicitado su internamiento en un hospital psiquiátrico por enajenación mental transitoria −afirmó el mismo joven.

Oliver no salió de su asombro, pero quizás algo de locura sí que había en él. Estaba más preocupado por la llegada del camión con aceitunas que de que creyeran que estaba mal de la cabeza. Afortunadamente, el vehículo de Ricardo apareció por allí tan sólo unos segundos después.

− No tengo problema en explicarlo todo, ante un juez o un psiquiatra si hace falta, pero antes dejen que vea como se muelen esas aceitunas en la almazara que tengo detrás −pidió Oliver.

Los funcionarios y el personal sanitario dieron una tregua de unos minutos al presunto loco. Los suficientes para que Ricardo lograra depositar aquellas olivas en envero por la torva, se molturaran y se exprimiera ese zumo de aceitunas con el que Oliver hizo algo más que un sueño realidad. Ese primer chorro turbio de aceite de oliva virgen extra puso luz en las tinieblas del clan de los Villanueva. Ahí se comenzó a fraguar un exitoso proyecto de oleoturismo, en el que ocupa un lugar fundamental una gama de aceites de oliva virgen extra de cosecha temprana, muy exclusivos, que Oliver bautizó como ‘El loco de la almazara’.

 

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