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235.- Huesos de aceitunas

El pájaro

 

Elaia había cultivado un vicio exquisito. Más que vicio, una fascinación por salir muy temprano a la terraza de la casa para respirar el primer viento de la mañana. Mientras todos se dedicaban al sueño, ella se escabullía por los pasillos sin hacer ruido. Abría despacito la puerta que conducía a aquel lugar y, una vez ahí, apoyada en el barandal de piedra, respiraba el aroma a tierra mojada y del campo abierto. Desde esa altura, la plantación de olivos parecía una alfombra verde que se extendía hasta desaparecer en el horizonte, pero aquella supuesta infinitud, era pequeña comparada a la labor que la niña le encomendaba: en la media hora en la cual se enfrentaba sola al paisaje, Elaia sacaba a pasear a su imaginación sin que nadie, ni nada, la interrumpiese. La finca se transformaba en un mundo, y aquella alfombra que el bosque regalaba, aparecía como un océano, una ciudad o un reino muy lejano.

Aquel día, se había despertado más temprano de lo normal. Si bien, había decidido esperar a su hora habitual, ganada por la ansiedad y sin poder volver a conciliar el sueño, se levantó para realizar su ritual antes de tiempo. Siguió todos los protocolos que su experiencia le había enseñado para evitar despertar a sus padres, sin embargo, cuando llegó a la puertita que la conducía a su juego secreto, encontró que su puesto había sido robado: ahí, fumando y comiendo aceitunas, se hallaba su padre contemplando el mismo horizonte que a ella la encantaba. Decidió volver a su cama hasta que sea su turno de usar el balcón, pero antes de que pudiera dar la vuelta hacia su cuarto, su padre la descubrió entre la oscuridad.

− ¿No puedes dormir? – preguntó mientras abría amablemente la puerta.

−No – contestó la niña, ocultando su frustración.

La luna iluminaba la alfombra y ésta se hacía más extensa gracias a la noche. Varias diferencias llevaban a Elaia a considerar que aquel paisaje no era el suyo, pero el más obvio era el color: la vegetación tenía de vestido un azul brillante que contrastaba perfectamente con los azulejos morados que adornaban la terraza. Celosa del placentero descubrimiento que aquel “nuevo mundo” entregaba, optó por enfrentarse al ladrón de tan preciado hallazgo. “Has robado mi lugar”, dijo a su padre. El señor Zeyit se sorprendió frente a la acusación de su hija; luego, sonrió. Aquel puesto había sido suyo desde muy joven. Cada día, antes de que la noche terminase, se levantaba para fumar y comer aceitunas. Dicha tradición tenía por objetivo el meditar sobre la vida y los problemas del día a día; el despejar su mente un rato antes de volverse a enfrentar a la rutina. Aquella soledad en la cual se enfrascaba, era tan reconfortante que se mostraba como un alivio del mundo. Libre de todas las obligaciones, podía ver objetivamente la realidad y para cuando regresaba al caos del sol y del trabajo, ya tenía las soluciones preparadas o, por lo menos, pensadas. Pero, la queja de su hija era real, por lo tanto, cayó en cuenta de que, aquel rincón tan suyo, había estado siendo compartido secretamente; padre e hija, se había estado cruzando a diferentes horas de la noche para hacer suyo aquel paisaje.

−¿Quieres unas aceitunas? – propuso a manera de tregua. La niña aceptó inmediatamente.

−Has robado mi lugar – volvió a reclamar mientras alzaba una y la dirigía a su boca. El Señor Zeyit sonrió al reclamo como si fuera un obsequio.

−¿Quieres saber quién fue el primero en plantar un olivo? – preguntó. Aquel pequeño encuentro había sido suficiente para convencerlo de entregar a su hija la historia familiar. Elaia no contestó; buscaba un lugar donde botar la pepa de la aceituna – Toma – dijo, pasándole un envase – Si vas a venir acá a comer aceitunas, tienes que planear donde poner los huesos. – la niña escupió dentro del envase de cristal.

−¿Quién fue? – preguntó Elaia, comprendiendo que había cortado la inspiración de su padre.

−Tu abuelo – mintió el señor Zeyit.

Mintió, no porque quisiera hacerlo, sino porque así siempre fueron las cosas. El padre del señor Zeyit también había dicho que era el abuelo, quien, con el regalo de una semilla, había comenzado la plantación; a él, de la misma manera y así sucesivamente hasta que el origen se hizo difuso e inalcanzable. Por lo tanto, “el abuelo” era una figura sin contornos ni límites. Un ser entre mítico y real. Era una criatura de naturaleza etérea y al mismo tiempo, fundamental para la realidad, porque también era la sangre, aquel primer río o primer caudal; en otras palabras, tenía que haber existido para que ellos existieran. “El abuelo”, como origen de aquel lugar, compartía la capacidad de hacerse infinito; de ser un espacio en donde pudiera habitar cualquier imaginación, sin importar lo grande que ésta fuese.

Cuando el señor Zeyit dio la autoría del origen a su padre, mintió, pero al mismo tiempo, no lo hizo, dado que su misión era la de contar la historia de su familia y, al ubicar aquel primer motor, sabía que también estaba entregando la vida de cuantos humanos habían cuidado y trabajado en aquel terreno. Regalaba, con aquella mentira, una forma de vivir, los valores bajo los cuales su hija debía manejarse en esa tierra y lo sagrado de aquel cultivo. Ahora que el señor Zeyit tenía la responsabilidad de narrar todo aquello, recordaba con precisión las palabras de su padre: “Tu abuelo fue un hombre sencillo. Hablador por naturaleza, con un gusto por el cigarro nunca antes visto. Era humilde en su forma de vestir y no por ello, menos elegante que los príncipes y reyes. Llevaba un sombrero de ala larga para que el sol no le secase los sesos, y siempre cargaba consigo un cuaderno, para que ninguna idea se le fuera a escapar. Gustaba de las aventuras y de los paseos, por ello, nunca se establecía en un solo lugar. Y tan grande fue su peregrinaje que de apodo lo llamaron ‘El viajero’.

Fue en una de aquellas travesías en donde nace nuestra familia. Tu abuelo se encontraba en una tierra desconocida, lejos de los mapas y de los atlas. Había llegado ahí caminando quince días sin dormir o descansar – de ahí que seamos tan resistentes. Hallando una pequeña aldea a las laderas de un río, decidió quedarse en aquel pueblo para reabastecer las fuerzas y las provisiones; porque aquel lugar no era el objetivo de tu abuelo. Él siempre miró las estrellas y las encontró demasiado cercanas. ¿Hasta dónde llegaba su ambición? No sabría decirte, pero sé que en nosotros aún vive mucho de aquello.

Dado que no tenía dinero, acampó en las orillas del río sin escuchar las advertencias de los pobladores. Verás, los habitantes de aquel lugar sabían que el río estaba custodiado por una diosa que había atormentado al pueblo durante siglos y, quien se acercase a su territorio, siempre terminaba ahogado.

Tu abuelo, haciendo oídos sordos – porque hay que reconocer que era terco como una mula – pasó la tarde alistando un lugar donde dormir, y cuando la noche se presentó, se dio al sueño. En cuanto oscureció, empezó a escuchar sonidos extraños y cantos de otro mundo, tu abuelo era un gran soñador, por lo tanto, apenas cerró los ojos, no hubo forma de despertarlo.

Ante el asombro de todos, tu abuelo hizo, con tranquilidad, de ese lugar su lecho durante seis días seguidos. Fue el último de esos días, cuando se le apareció la diosa antes de que empiece a dormir.

Todavía cenaba al borde de la fogata, aunque ya bostezaba, los párpados, a punto de cerrarse, peleando con su hambre; finalmente, al día siguiente volvería a partir en viaje. De repente, del agua salió una hermosa muchacha de bellos y exóticos rasgos; se notaba a primera vista que no pertenecía a este mundo. Tu abuelo, tan propenso a la charla, la invitó a que lo acompañase entregándole mitad del pescado que había atrapado, discutieron y platicaron gran parte de la noche. Cuando la diosa se dio cuenta que vería sus planes nuevamente frustrados y lanzó un hechizo, si tu abuelo no lograba entretenerla lo suficiente para satisfacer una vida, fallecería ahogado en su río. Sin embargo, si lograba aquel cometido, ella le regalaría la semilla de un árbol cuya cosecha daría oro.

Tu abuelo, ingenioso y sabio por los viajes y las aventuras, le hizo una contrapropuesta: le pidió que lo acompañase en su viaje, y si después de la travesía quedaba insatisfecha, con gusto daría su vida al río.

Dado que el hechizo debía cumplirse, a la diosa no le quedó otra que aceptar la propuesta y al día siguiente, ambos partieron en viaje, y el pueblo, agradecido, le regaló un vasto terreno en donde pudiera volver cada vez que necesitase descanso…”

 

El cuento continuaba, pero Elaia no se acordaba del resto. Había pasado un par de años desde la muerte de su padre, y de vez en cuando, el recuerdo de aquella conversación, le quitaba el sueño. Siempre regresaba a él de manera dulce y, por eso, el hecho de que la parte final de la historia se le mostrase borrosa, dolía aún más.

Había heredado del señor Zeyit, el amor por las aceitunas en la madrugada y la capacidad de acabar con dos cajetillas de cigarrillos en un solo día. Durante los últimos años de su padre, lo había acompañado en la cama del hospital y, al final, en su cuarto, dentro de la casa de la finca, siempre con chistes y narraciones fantásticas, tan propias a su naturaleza. Elaia sabía que su padre había sido feliz en vida y que lejos de que ésta le cobrase factura, lo había festejado. Tenía certeza de eso, porque no fue una lesión pulmonar lo que se lo había llevado –tal y como se podría sospechar –, sino fue aquella mala costumbre humana de morir.

Ahora, dos años después del entierro, el olvido de aquel cuento la había llevado al desvelo. ¿Cómo diablos terminaba? Se preguntaba fumando un cigarrillo tras otro en el balcón de la casa antigua. Había regresado a ella poco después de que su padre falleciera. En primer lugar, para encargarse del negocio familiar, y en segundo, para cuidar a su madre quien, con la pena del luto, había decidido envejecer más rápido de lo previsto.

Su madre sufría de aquel mal hábito de los amantes que, al haber compartido una vida, deciden acompañarse en la muerte, y por algún acto misterioso, se les concede el deseo. Por eso, a Elaia no le molestaba la condición de su madre y se dedicaba a contemplarla como quien intenta apresar un momento para siempre. Hacía uso de su memoria, como aparato de conservación, como si fuera una cámara fotográfica con la cual pudiera mantener la imagen de aquella señora dentro de la carne y de los huesos. En otras palabras, Elaia disfrutaba de manera honesta la compañía de su madre, sabiendo de más, que dentro de muy poco la perdería.

Tal vez por eso, ese día le era necesario, hasta casi vital se podría decir, acordarse de la historia de su abuelo y de la diosa; de todas las aventuras que habían pasado juntos hasta el momento en el cual ella decidía enseñarle a crear el oro líquido de la fruta de aquel árbol. Tal vez por eso, mientras contemplaba la noche consumiendo aceitunas y respirando humo, pedía a su mente un último empujón que iluminase aquel recuerdo tan potente de su infancia.

La luna, en un acto nostálgico quizás, volvió a pintar el paisaje con la misma paleta que décadas atrás había usado, cuando conmovida por la reunión de padre e hija, decidió lucir su mejor brillo. La luz volvió a vestir a aquel olivar de azul y el perfume a tierra mojada resurgió para complementar aquel vestuario nocturno y elegante. Entonces, con ternura regresó al paseo de la imaginación por aquellas encantadas tierras; qué lindo era saber que el mundo aún aparecía maravilloso y todavía podía ser amable con ella. Qué hermoso el tener aquel espacio en los pies, y poder meditar, pasear la mente y recordar. Sí, recordar, verbo que, si a uno se le da por ponerse plantónico, está emparentado con el descubrir. Contemplar aquel jardín infinito era volver a descubrirlo, rehacerlo suyo, tan próximo a su alma, pudiendo conmoverla de manera honesta, como cuando de niña, se emocionaba por cualquier nuevo libro. Tal vez por eso, podía inventar en aquel paisaje, historias que complacieran a su espíritu; es decir, podía ser egoísta dentro de aquel azul brillante. Podía inventar, porque aquel verbo es necesariamente y etimológicamente sinónimo al de descubrir, y descubrir era el pariente perfecto del recuerdo.

Todo aquello, quizás de manera inocente, sucedía dentro de la cabeza de Elaia; no por nada había estudiado literatura en la universidad. Un sonido mudo rompió aquella meditación que había consumido tres cigarros al hilo. Olivia, su hija de ocho años, parada detrás de la puerta que llevaba al balcón, la observaba como queriendo llamar su atención solamente con la mirada – talento que se tiene durante la infancia, y que luego se va perdiendo junto con los demás atributos fantásticos de la niñez.

−¿No puedes dormir? – preguntó Elaia abriendo amablemente la puerta.

−No – dijo la niña, saliendo al balcón –; la abuela está tosiendo mucho.

−No te preocupes – consoló la madre. Luego, abrió un espacio dentro de la baranda para que la niña la acompañara en aquella contemplación.

−¿Puedo? – preguntó la nena, observando el pocillo lleno de aceitunas.

−Sírvete. – dijo la madre acercando una a la boca de su hija. Entonces, se abrió cierta claridad en su mente y supo la continuación de la historia de su familia – Acá pon los huesos de la aceituna – dijo mostrando el pequeño recipiente de vidrio – ¿Quieres saber quién fue el primero en plantar un árbol en la finca? – preguntó.

 

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