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234.- Oliva extra virgen (último filtrado)

El tercer Grimm

 

Ser una inspectora suplente de las bodegas le iba a costar la vida.

Doce años de trabajo, la familia bien mantenida y una hija atrevida e inteligente había producido la fábrica de oliva. Por lo general Lucinda solo se hacía cargo de la cosecha, sin embargo, luego de tanto tiempo conocía bien todo su proceso.

Había vivido una vida campestre, los años de estudios avanzados en la ciudad habían sido los peores. Pero ya estaba donde quería, en dirección al galpón donde guardaban los tanques de oliva, tenía que chequear cuáles eran para filtrar el agua y la que ya estaba para embotellar.

Jorge era el dueño y señor de ese lugar, a cargo no solo de las diferentes concentraciones, sino también de las innovaciones en nuevos aceites u aplicaciones en otros productos. Gracias a esos extras, la fábrica había crecido considerablemente y ahora que él había enfermado Lucinda tenía que hacer los chequeos.

La organización en sus papeles había hecho el trabajo bastante rápido y aun así iba a ser la última en retirarse, porque uno de los tanques aún tenía agua que debía ser filtrada. Rápidamente le mando un mensaje al gerente, mientras se cerraba la tapa del tanque, informándole de la última modificación. Una vez bajo de las caleras colocó una cinta de papel que decía “oliva extra virgen (ultimo filtrado)” por si quedaban dudas.

Justo al lado del mismo estaba su último encargo, despidiéndose de Roberto, el capataz, se puso a chequear el “laboratorio”. Este era solo un habitáculo con un único escritorio metálico en el centro y paredes recubiertas de estantes, donde guardaba un gran variopinto de muestras para nuevas compañías.

Un poco preocupada de su soledad en un campo vacío, puso la radio para que le hiciese compañía.

Siguiendo el orden de pedidos, al rimo de la guitarra, bajó al escritorio todas las que iban a enviarse al día siguiente. Una vez con todo ello a la mano tenía que inventariarlo, pero estaba cansada de estar parada. Sus piernas necesitaban relajarse, buscó debajo del escritorio pero lo que encontró era un barril de madera, tiras de metal olor a roble, solo le faltaba el barco. La idea del estoico Jorge como pirata la hacía reír.

Al acercarse sintió un fuerte olor a oliva, pero la combinación con la madera le hizo llorar los ojos. Lucinda asumió que debía tener una mezcla única como para meterla en madera.

Rendida al largo día, empezó a arrastrar el barril fuera, era increíblemente pesado, apenas podía moverlo y cada vez que lo hacía podía sentir algo golpeando con fuerza la madera. Ahora, la curiosidad superó el cansancio, cuando por fin lo sacó, un largo mechón de pelo rubio que asomaba desde la tapa la paralizó.

Brillante cuidado, todos los adjetivos que aparecían en las propagandas de champú estaban presentes como también franjas rojo oscuro.

El miedo movió su cuerpo, sin dejarle a que armase una excusa para Jorge, y menos que todo que abriese la tapa del barril. El mechón rubio estaba bañado en escarlata…

Llevada por el miedo, corrió a la salida, mientras mentalmente ataba hilos sobre Jorge. Siempre fueron amigos desde que comenzaron a trabajar, se llevaron bien por muchos años, hasta el punto de haber sido una pareja un día sí y otro no. Cuando él no apareció en su casamiento.

El terror la estaba llevando a extrañas conclusiones. “No es cierto, solo me lo imagino… solo me lo imagino, SOLO ME LO IMAGINO”, pensaba mientras lágrimas le recorrían el rostro.

Tuvo una risa histérica cuando llegó a la puerta, pero rápido la perdió cuando esta no abrió. Ella no había cerrado nada, estaba segura de pedirle a Roberto que no cerrase. Empezó a hiperventilar desesperada mientras buscaba la llave, abría la cerradura pero la habían trabado con algo. Empezó a empujarla como loca gritando por ayuda.

Hasta que escuchó los portones de carga abriéndose. Sin pensar, se envalentonó, aliviada, gritando por ayuda, al girar a la derecha se encontró con los portones abiertos de par en par, aceleró solo para encontrarse con una barra de metal.

Todo se tiño de negro.

Despertó en el laboratorio atada con sogas al escritorio. Jorge, relajado moviendo su torso al ritmo de la guitarra, sentado sobre el barril, doblando ropa, ¡su ropa!

Lucinda trató de cubrir su desnudez con sus manos haciendo mover las sogas, y el mismo mundo. Con una sonrisa Jorge se le acercó, Lucinda no podía creer nada de su situación.

–Hola querida… perdón por la rudeza, pero no tengo muchas otras opciones…

–Jorge que…

–No, no interrumpas– dijo poniendo su gruesa mano en su boca, Lucinda podía saborear la sangre en su boca– hablas demasiado para mi gusto y sinceramente no lo aguanto más, menos cuando quiero explicar.

Lucinda solo asintió, él retiró la mano limpiando la sangre de la nariz de su prisionera.

– Bien, resumamos. Como ves, estoy sano, queriendo decir que te embosque acá. ¿Para qué? Convertirte en mía –continuó mientras se lamía el dedo ensangrentado como un chupetín – Desde que nos conocimos hubo gran química, y rápido tuvimos un tiempo de idas y vueltas, ¿te acordás? Siendo raro para mí, empecé a sentir ciertas cosas y estaba seguro que era recíproco. Aunque éramos jóvenes y siempre terminaba en la cama. Como me dijiste, tratando de reconfortarme cuando me presentaste a tu futuro marido, Esteban. Luego de tener esa escena traté arduamente en hacer como me enseñaron en el psiquiátrico, soltar todo e irme de acá. Pero por esas casualidades de la vida, a los pocos días conocí a alguien idéntica a vos… No exactamente idéntica, pero se mejoró todo aquello resultando en una calcomanía tuya. Por lo que pude continuar todo este tiempo feliz con ese reemplazo. Obviamente no te la presenté, mostrar mi obsesión así no era inteligente. Pero un día, “Lucinda 2” se cortó el dedo e intentó una estúpida receta casera, poniéndole aceite de oliva a la lastimadura…

Tiró de la soga, levantándose del suelo.

–Te juro que nunca había besado nada como esa mano con ese intoxicante sabor– dijo mientras la presionaba contra la pared manoseando su pecho– qué perfectas proporciones ten…

Un cabezazo de Lucinda cortó su cara. Pero rápido Jorge la dejo sin aire con una piña al estómago.

–Hijo de puta…– insultó desde el suelo, tratando de recuperarse.

–Muy posible. Como decía– continuó limpiándose la cara, estaba totalmente en su propio mundo– el sabor intoxicante me llevó a la experimentación y a este barril.

Tomó su cabello empujándola al lado del barril, abriendo su tapa, su cara pálida y sin vida salió del oscuro líquido, eran parecidas, pero notaba los pómulos y frente modificadas por botox y las raíces castañas. Una muñeca modificada para parecérsele.

Forzándola abrir la boca la forzó a tragar el aceite metiendo una cuchara en su garganta. Tosió y escupió el mismo, tenía arcadas, un cachetazo la forzó a detenerse.

–Exquisito ¿no?

–Desquiciado– decía con lágrimas en la cara

–Perfecto, seguí así, puedo ver tu miedo, sacá más esas hormonas.

Aterrada, preguntó tratando de sonar atrevida, valiente.

–¿Entonces qué? ¿Por qué no estoy en un barril también? ¡¿eh?! ¡¿O me vas a violar para un último éxtasis?!

La risa fue la más fuerte y genuina que las miles que había notado antes que habían compartido.

–Mentiroso.

–Todavía no entiendes. Quiero el sabor puro de tu sangre y nada más– tomó su pelo asegurándose que lo viese a los ojos marrones pudiendo ver la locura en sus ojos cuando dijo– ¡ESE ES MI ÉXTASIS!

No podía hacer nada, se derribó llorando y rogando a lo que Jorge solo interrumpió para mostrarle una hoja y lapicera. Un último mensaje, mientras él le olía el pelo, trataba de escribir algo para Valentina y su marido.

La dejó sola por unos minutos; ella pudo escuchar, no muy lejos, uno de los tanques siendo abiertos. Sintiendo pura frustración al no poder hacer nada ante su inminente muerte, tuvo una última esperanza para por lo menos destruir a Jorge.

Terminó de escribir su mensaje que sabía no llegaría a su familia, dedicándose unas últimas lágrimas, mordió fuertemente al costado de su boca hasta hacerse sangrar, para que el dolor la mantuviese en el ahora, escupió en el piso el coágulo en su nariz, antes de que llegase su asesino.

–Hora de convertirte en algo delicioso– el maldito estaba babeando.

Trató de resistirse cuanto pudo, lastimando sus muñecas con la soga, tropezando contra un tanque, peleó, pero apenas tenía fuerzas para resistir. Poco le importaba el monólogo de Jorge luego de tantos golpes.

Dejándose llevar por el miedo volvió a tironear, caerse, patalear, cada vez más fuerte, cuanto más se iban acercando al tanque. Apenas se liberó se aferró como pudo a su futuro sarcófago, pero solo con tirar de la soga se había zafado arrastrándola al amargo final.

Subieron las escaleras más rápido de lo que Lucinda podría rever su vida. Sin palabras románticas, sin más fanfarroneo, simplemente la cuchilla atravesando su corazón y la oscuridad del fondo del tanque; tosiendo y llorando también reía ahogadamente mientras éste se llenaba de aceite: su maldición estaba completa.

Jorge no había notado la cinta de papel que había sacado.

“Oliva extra virgen (ultimo filtrado)”, la cinta en el costado de su sarcófago era su último mensaje.

 

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