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228.- Ven, te invito a mi oleoturismo

Luis Enrique Torres Alicea

 

Así fue: chorreaba laguna primorosa sobre las verduras prontas a triturarse sobre mi lengua…

La única manera de hacerlo con piedad -o elevarlo a sagrado- era regándole aceite de oliva a sus figuras para hacerles bienaventuranza su desventura. No como que solía demoler tales formas habitualmente (aunque ahora más que antes), pero, cuando decidí hacerlo, no hubo arrepentimiento que valiera: todo estaría enchumbado hasta la porosidad. Sobre las redonditas, blanditas y deliciosas amarillentas sin cáscara, sobre las pequeñas blancas o marrones -ociosas- naves aerostáticas, sobre toda la voluptuosidad de volúmenes proteicos sin carne… Y si sobrase un poco de trigo, también lo empavonaría. Y por ahí siguió el encanto.

Cuando me levantaba, todos los días, encerraba la mañana de hambre en la boca de mi estómago con aceitunas aceitadas de nuevas sensaciones. Y es que, al dejar resbalar tanta cadencia de sabores con vaselina licuosa por la enredadera de mi cuello, no necesitaba ni del café para despertar a mis órganos. Me provocó una orquesta dispuesta a resonar hasta el último gorrión que volaba soltando un gran canto dentro de la bacineta.

Me dije, mientras sentado: “¡Ah! ¡Mira! ¡No tenías que consumir otra cosa para ayudarte a vivir más! Estas mejorando tu salud intestinal y hasta la cognitiva -sin mencionar entre once propiedades más- con solo rezumar en tu huerto aceite de oliva (esto último parafraseando, como dicen, mi riserch).”

Al luego andar con mi cuerpo pidiéndome almuerzo, usando mis manos para tal sagrado acto, vertí como lluvia escupida el impacto rural del ritual amaestrado por las gentes de Jaén. Esos sabientes sabios que se colorean en su Provincia con las crayolas que Dios les dio. Un pintar naturaleza en alma. (La única manera de vincularse a la extracción máxima de su provecho es beneficiando al que te beneficia. Y por eso, estos cultivos licuados que hoy me siembro en la lengua -por esos ayeres- son para fortalecer mi constante persuasivo apoyo para las lenguas que aún no te han probado. Que aún no degustan tu principal amor: magnificar nuestra sempiterna alimentación.)

Y qué decirte de cuando se me abrió una montaña de pecho repentina pidiéndome clientela para su cantina, se desbordó un silencio extraño que retumbaba como relámpago insistiendo caer en tierra. Entonces caminé nuevamente a mi cocina, abrí la alacena y ahí te encontré: siempre tú tan siempre, esperándome, sin impaciencia, prometiéndome prolongadamente -mientras no te me acabes- un salto en picada directo al corazón.

A mi perrito, Olivar, le encantó cuando le canté tu canción: “Voy bajando / voy untándote mi piel una y otra vez / acariciando tus costados elevados hacia mi jugoso vaivén / ven, ven, ven, ven, ven / úntame, trágame, aplícame / te sanaré…” Y entonces lo veía saltando de tanta alegría que no me quedaba de otra que ponerle tu beso en su boca para que con tu ternura eliminaras algún parásito -si tenía. (Eres ayurveda en tiempos de medicina equívoca. Hay que tenerte por tal razón orgánica.) Como a Olivar, tú me empujaste, me entusiasmaste, me motivaste a seguir en contra de la nubosidad cuando creí ya pensar que nada camino, nada queda por explorar… contaminaste mis reacciones atópicas con hidratante delirar. (Oh sí, tantas prevenciones me has brindado y no me había tomado el tiempo de agradecerte, Oliva. Olvidaba mencionar tu asombrosa compañía cuando me afeito: me devuelves a instantes luego ya no siendo viscosa placenta, sino suavidad post parto. Pariendo estoy ahora humectante tributo hacia tu esencia.)

Recuerdo, cómo antes no me gustabas, ni te miraba ni nada, me parecías asqueante y ni te usaba. Pero por ti y tu favor al probarte aprendí a utilizar las palabras a mi modo. Me di cuenta de que se puede revestir lo vestido. Que se puede desvestir lo desnudo. Que no hay tal obliteración para ti ni nudo que tu cuerpo no sepa vulnerar. Tú tienes tu léxico, ni tienes que hablar. Pero ¡que te declaren Patrimonio Mundial! ¡Ya!

Y fue en un ayer de hace años, durante la tarde, tomando brisa sobre el techo de la covacha, hablaba con mi amiga Andalucía: me contaba que entre eso y otras bellas consagraciones te merecías. Reflexionábamos sobre tu haldera: concluimos que no importaba tu baja altura, tu alcance de por vida sería altamente eterno. No pude evitar invitarla a mi techo y confesarle un beso en su camada. Caí en cesto agrícola mientras el verdeo de la tarde enveraba en un instante. Fue ahí que conocí tu cultura. Fue ahí, cuando comencé a amarte.

(No hay día que pase sin que rememore tu encuentro. Lo que me enseñaste y dejaste, para luego partir… Allá muy a lo lejos perteneces y, aun así, parte de ti, tu encanto, cristalizado, yace entre el calor de las palmas de mis manos. Todos los días. Y no hay quien me quite este amor. Porque cuando pareces que te me estas esfumando, me largo un rato al colmado y luego aparezco con otro canto de ti.)

Me preparaba más tarde de cena un florido plato licenciado en póstumas plácidas gustaciones. Tenía: Asia Central, Mediterráneo Oriental y Oriente Próximo, sur de la China, Centro de Cordillera Central, Suramérica y América Latina -incluso Europa- en mi tocadiscos gastronómico. (Y antes no me daba cuenta. Eso es lo que pasa cuando la mente procesa la vida como cierta comida Norteamérica.) Te trasplanté tranquilamente a la orquídea de mi mesa y allí te mantuviste durante mi cena, sirviéndome tragos cada vez que me quedaba seco. Sí. Eso hiciste. Te desprendiste y te me diste. Y como instrumento que llama te toqué para saber entender cómo sonabas y cómo sonarte. Y te elevaba como vara al violín para hacer subsistir la melodía de mi tiempo junto a ti. Y me atreví a ser valeroso en tu contra y te leí: supe de qué estabas compuesta por fuera y por dentro, de dónde venías y cómo venías, el para qué, qué te aquejaba o atormentaba el alma, y sobre tus más altos dotes, habilidades y destrezas, manías, sobre la delicadeza de tu baile de vela de barco en botella. Te leía toda. Sin tener que cerrar capítulo y poder visitarte cada vez más, cuándo y cuánto quisiera.

Abrí la nevera de mi costado izquierdo buscando salsa de tomate para acompañarte en la fiesta instrumental de la que protagonista eras.

Por un instante, me reclamaste el supuesto desmérito hacia tu presencia -muy normal reacción para toda creación- y ocultaste tu sabor bajo su pinta labios; por un instante, creyéndote creer ser sondable y reemplazable ante tanta prótesis; solo fue un poco de ese instante para que fugase un reconocimiento de las altas y bajas en el proceso de aprender a tocar, tocarte, y me tocaras. Y me figuré rodearte movimientos por tus sienes y destapar todo el flujo de tu interior y mente. Me rebasaron ríos de tus neuronas que me abrieron al entendimiento de que el alimento no bombea sangre, el alimento, sangra sustentación de planeta. Y me tomaste por sorpresa desde la punta de mi alto músculo más sensible y me lo estiraste muy lejano bien lejos hasta la cima de una caída inversa subiendo hacia mi perforado horizonte, donde me tocaste el timbre y me hiciste abrir la puerta. Y te dije “Hola, bienvenida, Oliva”; dejándome danzar tú en tu ahogamiento temporero. Solo lo suficiente para hacerle cosquillas a mi ser. Y por eso las coloqué -bajo ti- de tal manera que restrellaras sin dolor en mí, para que suavizaras mi piel chayote. Y poder sin roces estar de pronto detrás de un marco parados frente al mar viendo desde atrás cómo nuestros dientes masticaban la marea y creaban olas. Oliva, tu textil me salvó y seguirá salvaguardando y salvando lisiaduras. Sin embargo, todo cuerpo putrefacciona, se obsesiona de raíces como las tuyas, donde en sombra se desarrollan, y te comienzan a imitar: se rompen, se parten, se hacen pedazos, eclosionan o implosionan, de piedra a chicle se reducen, y ven pestañear el tiempo detenido entre oscuridad y luz por estar siendo siluetas de muelas.

(Y desde entonces, salgo para colmados para así reencontrarte; y así rebuscar desde qué otra parte aún no te he probado o leído, y ansiarte en mi regreso al tramo imaginando o pensando desde qué ángulo todavía no te he visto los detalles; o de qué maneras puedo erotizar tu estado celestial a otra dimensión de cielo; y fijarme muy atento a la acción de repetir lo mismo que nunca es igual; y masticar florido plato de póstumas degustaciones del gustar, chupándote con mis abracitos diluidos si te me resbalas.)

Inició entonces el repensarte antes del bocado, porque no habrá nada mejor que untando tu humilde savia sobre todas las redonditas, blanditas y deliciosas amarillentas sin cáscara, sobre todas las pequeñas blancas o marrones -ociosas- naves aerostáticas, sobre toda la voluptuosidad de volúmenes proteicos sin carne… Y si sobrase un poco de trigo, lo empavonaré de ti.

Era la única manera de hacerlo. Así fue. Y así seguirá el encanto. Así fue como fue: chorreaba laguna primorosa sobre las verduras prontas a triturarse sobre mi lengua, cuando…

 

 

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