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227.- Origen

Daniel A. Lon

 

El tridente de Poseidón, dios de los mares y los terremotos, se alzó en el aire y, fieramente, se hundió en el suelo de donde de inmediato brotó un manantial de agua salada. Palas Atenea, la diosa de la sabiduría, no se inmutó, se bajó la visera de su casco de guerra, asió su escudo de oro, empuño con decisión su lanza y la hincó a sus pies creando una profunda grieta. Inmediatamente, una pequeña planta surgió de ella y se desarrolló rápidamente hasta transformarse en el primer olivo. El rey de aquellas tierras y árbitro de la disputa no tuvo dudas y concedió la victoria a la diosa para agradecer el enorme valor del don concedido. En consecuencia y para que quedase constancia hasta el final de los tiempos, decretó que la ciudad por la que las deidades habían porfiado, a partir de ahora se llamaría Atenas.

“Un bonito mito que describía el nacimiento legendario de la milenaria capital griega y por ende de la cultura del olivo, germen de las civilizaciones que surgieron en el Mediterráneo”, se dijo mientras contemplaba la supuesta huella que el tridente del dios del mar había dejado en la acrópolis de Atenas. Dicho vestigio se encontraba en medio de los restos de un templo, cuyas ruinas todavía conservaban la magnificencia y belleza que un día poseyó.

Mientras recorría con la vista los derruidos muros, leyó en la guía turística que aquí yacía el templo más sagrado de Atenas, construido sobre la tumba de su mítico primer rey, aquel que otorgó la victoria a Atenea y en cuyo recinto aún persistían los resultados de aquel combate. Además de la oquedad donde supuestamente brotó el manantial de agua salada, a su lado un olivo había sido plantado en el lugar donde se suponía que había nacido el primero de su especie, el regalo de la divinidad.

Miró a su alrededor; las estilizadas siluetas de las cariátides sostenían grácilmente una cornisa en una esquina del templo y, a poca distancia, se alzaban los restos del Partenón, majestuosos, dignos, desgastados por el peso implacable de la Historia. En uno de sus frontones, ahora en un museo lejano, alguien esculpió pacientemente, con maestría y en detalle el duelo divino. En una escena, sobrecogedora por su realismo, los dos protagonistas se retaban frente a frente, flanqueados por caballos encabritados. Atenea, magnifica con su casco y su peto, alzaba su escudo y su lanza mientras, a su vera, Poseidón se disponía a empuñar el tridente, mostrando todo su poder y majestad. A los lados, multitud de figuras se estremecían ante la batalla y en medio de ellos se alzaba la dádiva otorgada por la triunfadora, el olivo.

Aquel escenario, en la cima de Atenas, era sobrecogedor. Pisaba las mismas piedras por los que antes habían paseado Pericles, Sócrates, Platón, Aristóteles…y tantos otros nombres que aparecían en los libros históricos. Sintió una ligera brisa en la cara, que parecía trasportar los murmullos de ellos, de sus cuitas, de la misma esencia de la Historia. Columnas rotas, aunque orgullosamente erguidas, frisos derrumbados pero conservando su belleza atemporal, muros semiderruidos pero trasmitiendo vigor y fortaleza…allí estaban los cimientos de la civilización occidental.

Volvió sus ojos de nuevo al árbol, cuyas ramas se alzaban orgullosas sobre los restos de un muro. Quizás, las raíces del olivo primigenio estuvieran todavía por las hendiduras de los cimientos, como mudos testigos de los antiguos tiempos. Si no hubiera sido por los avatares de la Historia aún estaría todavía en pie, como una reliquia venerable, ya que era sabido que muchos olivos superaban el milenio de existencia. Había que reconocer que era una bella leyenda para escenificar el nacimiento de la cultura mediterránea. En este lugar sagrado se conjugaban la leyenda y la realidad. Con razón, en la Antigüedad los sacerdotes y reyes eran ungidos con un aceite sagrado, ya que era un don divino.

Rememoró de nuevo su última relación con el mundo de los olivos, hacía solo un par de semanas. El día aquel que decidió evadirse de los nubarrones y tormentas que, últimamente, encontraba con más frecuencia de lo deseable. Notaba que había que dejar atrás los agobios y premuras, los problemas y ansiedades, las desilusiones personales. Tenía ahora la oportunidad inmejorable para disfrutar de unos días de asueto y decidió darse un respiro diferente. Nada menos que toda una señora escapada de oleoturismo, con catas incluidas, al estilo de aquella película tan famosa de hace unos años pero sustituyendo el vino por el aceite.

Los olivares de Jaén era su destino y allí se encontraba, expectante, en un día soleado y agradable. Las hileras de olivos se extendían ordenadas en líneas regulares hacia el horizonte, cubriendo todo el paisaje y allí, entre ellos, empezó a sentir esa paz y tranquilidad que poetas y poetisas de todas las épocas habían cantado y alabado. A tenor de esa calma, no era de extrañar que se dijese que, nada más llegar a tierra después del Diluvio Universal, una paloma llevara en su pico una rama de olivo a Noé. Mares, océanos de olivos se extendían por doquier dando lugar a un paisaje impresionante.

El programa de la jornada era prometedor y empezó con el día a día de una almazara. Primero se digirieron hacia las hileras interminables de olivares para ver y aprender la recogida de las aceitunas en vivo. El primer paso era la recogida del fruto y se les mostraron los métodos más usuales, como el vareo manual o mecánico que agitaba cuidadosamente las ramas hasta que desprendían su preciosa carga, la cual caía en las mallas extendidas al pie de los árboles. Pero aquellos frutos destinados a los aceites más escogidos necesitaban de una recogida especial, a mano, a fin de que las olivas no sufrieran el más mínimo arañazo. Se admiró de cómo un proceso aparentemente tan sencillo podía ser todo un compendio de perfección y arte.

Posteriormente, pasaron a las instalaciones donde se efectuaban los distintos procesos de fabricación del aceite: el molturado y batido de las aceitunas, su centrifugación y posterior decantación. Vieron, aprendieron y sintieron todas las sensaciones de formar parte de una tradición milenaria que, aunque se hubiera modernizado, aún transmitía un aura de venerabilidad y conocimiento enriquecida generación tras generación. Como resultado final, surgía el nacimiento de un torrente de oro líquido, espeso, oloroso, brillante; la esencia vital de toda una tierra.

El programa continuaba con una excursión por la tarde pero antes se ofrecía la participación en un taller de cata, en el que degustaron diversas variedades de aceites, a cada cual más sublime. En paneles de dos fueron descubriendo los diversos matices y aromas. Los atributos afrutados, amargos, picantes, la diferencia entre los aceites buenos, mejores y excelentes. A través de las sucesivas degustaciones, se adentraron en una constelación de sensaciones y sabores que se conjuntaban para crear una obra de arte líquida, un espejo de una forma y un estilo de vida.

Y allí entre los olivares, imbuyéndose por todas las sensaciones que le transmitía ese lugar, se sintió parte de la cultura del olivo, una historia milenaria que se remontaba casi a los albores de la civilización en el Mediterráneo. Una forma de vivir nacida entre leyendas mitológicas de la antigua Grecia, ya que se consideraba un regalo de los mismísimos dioses; una dádiva para la Humanidad. En las charlas de esta visita turística fue donde conoció la leyenda de la creación del olivo, en el suelo sagrado de la Acrópolis, la simiente, el origen de todo. Pero también en esos mares verdes de Jaén se gestó algo más, otro origen, el nacimiento de una nueva ilusión.

Volvió de nuevo al presente y allí estaba, iluminado por la claridad de los rayos del sol poniente, mientras se iban tiñendo de anaranjado las siluetas de las cariátides, recortadas sobre el horizonte, y las ramas del olivo que recordaba aquella disputa, el origen, el regalo de la diosa para la Humanidad. Desde que cambió su vida en los olivares jienenses había tenido la sensación imperiosa de hollar el suelo de la Acrópolis, de viajar desde el presente hacia el sitio donde el mito se confundía con la realidad. Contemplando el ocaso, sintió la mano que apretaba la suya mientras un ligero viento agitaba las ramas del árbol y sonrió.

La puesta de sol sobre Atenas, a la vera del Partenón era magnífica, majestuosa, no sabría decir si mejor que peor que otras sensaciones increíbles que había tenido la fortuna de presenciar. Se vio de nuevo remontando las cataratas del Nilo hasta vislumbrar las pequeñas pero venerables pirámides de Meroe, refulgiendo al sol del desierto. Una vez más, caminaba por Laponia para deleitarse ante el cielo nocturno en llamas más allá del Círculo Polar Ártico. Otra vez estaba en los acantilados de Moher, en Irlanda, mientras las olas rugían y se abalanzaban implacables sobre las rocas.

Pero ninguno de todos aquellos portentos se podía comparar a lo que sintió cuando algo empezó hace dos semanas, otro origen, un comienzo de una nueva e ilusionante vida. Y se recordó allí, mientras la brisa del atardecer agitaba suavemente las ramas de los olivos que, como mudos testigos, parecían dar su aprobación. El sol ya había pasado de su cénit y se encaminaba a su ocaso.

Todas aquellas maravillas que había tenido la suerte de contemplar anteriormente no podían compararse a aquel momento, a aquel instante de ver como la luz del sol poniente caía como oro pálido, como un aceite etéreo, sobre el mar de olivos, reverberando con destellos esmeraldas y reflejándose en aquellos ojos.

 

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