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224.- Las ninfas y los olivos

El Cuco

 

Acabando la Pascua del ya lejano año 2000, el pequeño Cuco arrojó una rama seca de olivo a la chimenea. La rama, nudosa y retorcida, al tocar con las ascuas oscuras que se apiñaban en el ennegrecido hueco rectangular, las hizo crepitar y de ellas escaparon algunas centellas anaranjadas y rojizas. Estas ascendieron por el tiro de piedra hasta salir por el tejado de la casa y casi tocar la veleta de hierro negro. Una veleta vieja, con forma de mochuelo, que estaba girada por el viento desde hacía varias horas en dirección sur. Al ver las chispas ascender, el Cuco, de solo once años, dejó escapar un deseo.

Unas horas antes, por la tarde, el Cuco se había sentido extraño y hasta excitado después de ver a un perro y una perra hacer una cosa muy rara e incomprensible para él. Luego, la tía Eulalia le había dicho que los animales “solo estaban copulando”. Así que, el Cuco se fue esa noche a la cama con aquella palabra rondándole la cabeza.

De la luna nueva solo se veía un halo blanquecino, como si fuera una gran medusa, que insinuara toda la belleza del sobrenatural satélite, mientras en el casco viejo de Andújar la oscuridad se iba cerrando más y más en torno a las casas inclinadas, como la de la familia del pequeño Cuco. En las horas más altas de la madrugada, el niño se agitaba en la cama presa de unos sueños muy vívidos.

En el último de ellos, el niño se veía junto a una mujer rubia. Comparada con él ella era alta, pero, sobre todo, muy guapa, y atractiva como un imán. Luego el Cuco se convertía en un chucho y ella en una perra de raza. Y él se acercaba a ella para copularla.

*****

Desayunando toda la familia López García, incluyendo a la octogenaria tía Eulalia, en la mesa redonda de la cocina, no hablaban mucho entre ellos, pero el clima era de complicidad. Si entre los padres del Cuco y con la tía Eulalia había armonía, el Cuco con su hermano mayor tenía una sintonía de una extraña profundidad, incluso para dos hermanos. Carlos y el Cuco, a pesar del abismo de edad que les separaba, eran uña y carne, como la raíz de un olivo centenario con la tierra de Jaén.

Carlos, que estaba estudiando Filología Inglesa en Madrid, era quien le contaba, entre los claroscuros del fuego de la chimenea, historias como la del Beowulf u otras medievales anglosajonas y que al Cuco le fascinaban. Carlos fue también quien le dijo que sus padres, una semana después del deseo del pequeño frente a las centellas anaranjadas y rojizas, habían contratado a una asistenta interna.

La asistenta se presentó en casa de los López García dos días después de la noticia de Carlos. El Cuco se sintió muy decepcionado al verla, era morena y él se esperaba a una rubia como la de su sueño, pero cuando fue bajando con la vista por su cuerpo, al pequeño se le pasó la decepción de inmediato. Nunca había visto nada tan sensual ni electrizante como aquel cuerpo de la asistenta. Se llamaba Karla y era de Toledo capital. Su padre se había dedicado al negocio del aceite de oliva con una finca en la zona de los Montes de Toledo, pero volcó su empresa en el mercado americano y la competencia italiana, de menor calidad, pero con una campaña de imagen de sus aceites muy bien llevada, le hizo quebrar. Los padres de Karla se retiraron a un pequeño cigarral, pero al estar aún endeudados, incluso el cigarral lo podían perder. La situación forzó a su hija a trabajar de asistenta interna en varias casas de La Mancha, hasta que había recalado en la de los López García. Karla tenía veintiocho años y un cuerpo voluptuoso que quitaba el hipo. Cuando su madre terminó de presentarla al pequeño de la casa, la acompañó hasta el segundo piso a enseñarla su habitación. El Cuco se quedó solo junto a la chimenea y a la luz oscilante del fuego el niño comprobó que se le había puesto su colillita tiesa.

Fuera, el sol caía a plomo hacia los olivares, ocultándose entre los montes de Sierra Morena y se llenaron de sombras todos los olivos de formas caprichosas que poblaban la comarca de la Campiña de Jaén. Todos ellos, como un ejército de espectros, desde la ventana de la habitación de Karla, se extendían hasta donde se alcanzaba a ver. Por la noche, esa madrugada, el Cuco subió a la exigua terraza del tejado de la casa de sus padres y con el viento que soplaba de nuevo del sur, se desnudó por completo y se tocó, con la vista clavada en los olivos fantasmagóricos que circundaban Andújar y toda su sierra.

*****

En un año, que el Cuco se tocara la colilla pensando en el cuerpo voluptuoso de la asistenta, se convirtió en lo habitual. Era una rutina como la que de que su padre mandase varear la finca de sus abuelos. Pasado ese tiempo, fue su hermano Carlos, ¿cómo no?, quien le anunció al pequeño que el Ayuntamiento de Andújar había lanzado una campaña para censar y promover a los olivos centenarios de la región. Para ello y paralelamente al estudio técnico del olivar andujareño lanzado por el consistorio del pueblo, se había propuesto un concurso en el que los vecinos o cualquier habitante de la Campiña de Jaén pudiesen identificar y localizar en un mapa municipal todos los olivos centenarios de la Sierra de Andújar y de sus aledaños. Bastaba con que cada uno trajese al Ayuntamiento una muestra analizable de una rama de olivo y diese sus coordenadas geográficas. Se estableció también un premio de tres mil euros para el vecino que encontrase el olivo más longevo de todo el olivar andujareño.

Así, el Cuco, después del colegio, se puso a buscar su olivo centenario por los montes y colinas de la sierra. Muchas veces salía al olivar junto con Carlos, pero otras veces, pese a su edad, lo hacía solo. Un sábado de abril de 2001, el Cuco hizo su incursión en el olivar desde casi antes del alba. Pasando por una estrecha cañada, muy sombría y de cierta longitud, fue a desembocar en una llanura circular encerrada entre dos colinas imponentes de la Sierra Morena. Levantando la vista desde la llanura, en cualquier dirección, todo eran perfiles de olivos viejos con troncos las curvas y los nudos tan peculiares de los olivares giennenses. En el centro mismo del círculo llano, además, había un olivo enorme de aspecto mucho más viejo que todos los demás. El Cuco no se lo podía creer, había encontrado su primer olivo centenario.

Pero fue al acercarse a coger la muestra de una de sus ramas cuando se quedó incrédulo del todo. Descubrió a Karla desayunando detrás del gran tronco anudado. Tenía el cuerpo desnudo y parecía que estaba disfrutando mucho de su desayuno de pan con aceite de oliva. Cuando le vio, Karla le saludó sonriendo:

–¡Hola, Cuco! ¿Quieres un poco?

El Cuco estaba estupefacto y no podía articular palabra. Se limitaba a mirar el culo de la asistenta, del que no podía separar los ojos. Ella se puso de pie y vertió un chorro de aceite por su cuerpo. Luego, cogió un bol de ensalada y la puso debajo de su sexo depilado y con unas marcas del tanga del bikini por el sol. El aceite puro goteó y cayó sobre la lechuga del bol. Así, la asistenta de los López García la aliñó.

–Toma, Cuco. Tu ensalada –le ofreció al niño.

El Cuco la cogió y se la comió. Unos momentos después, se durmió apoyado en el tronco centenario. Cuando se despertó, Karla no estaba. El Cuco cogió una pequeña rama del olivo y se fue para Andújar. Aquel descubrimiento, el del cuerpo desnudo de la asistenta no, sino el del olivo viejo, les supuso a los padres del Cuco ganar los tres mil euros del premio del Ayuntamiento. El olivo del círculo llano tenía más de cuatrocientos años.

*****

El Cuco tenía en su mesilla siempre un ídolo con el que jugaba y que le gustaba mucho, una cajita mágica y algún libro de mayores que le prestaba su hermano Carlos, como fue el caso de “El alquimista impaciente”, que dos años antes había ganado el premio Nadal, y que el Cuco, que ya tenía trece años, se leyó de un tirón en una semana. También, sobre el tablero de su mesilla, solía tener su diario. Era un diario de color verde en el que el adolescente escribía siempre en tercera persona, como si sus aventuras le pasaran a otro. Cuando el Cuco ya dudaba de la veracidad de lo de la ensalada con sabor al cuerpo de la asistenta, más aún cuando ella se comportaba de una manera totalmente normal y hasta un poco distante con el Cuco, sucedió una cosa estando comiendo todos a la mesa redonda de la cocina.

Era el verano de 2002, muy caluroso en Andújar, en la Sierra Morena y en toda la provincia de Jaén. Estaba la familia López García, con la tía Eulalia y Karla comiendo, como digo, en la cocina grande de la casa. Había un recipiente grande de ensalada en medio de la mesa del que estaban pinchando todos. Era una ensalada de lechuga, tomates de la huerta de Andújar y aceitunas oscuras de los montes, toda ella aliñada con el aceite de oliva de la marca que comercializaba la producción de virgen extra de la finca de los abuelos del Cuco.

–Está buenísima la ensalada –dijo la tía Eulalia, pinchando un poco más.

–Sí que está muy buena, sí –corroboró don Anselmo, el padre del Cuco, pinchando cuando retiró la mano la Eulalia.

El adolescente, que se acordó en ese momento de la ensalada del cuerpo desnudo del olivar, miró por un momento a Karla. Ella también le miró y le sonrió abiertamente.

–Está buena, pero le falta un pepino –apuntó con voz muy seria la asistenta.

Se hizo un silencio pesado en la mesa, que luego inundó toda la cocina y que solo rompió la Eulalia, para decir:

–Ha pasado un ángel.

El Cuco que seguía mirando la cara de Karla, vio como la asistenta se metió bajo su atenta mirada toda la cuchara de la sopa del cocido, abruptamente, en su boca. Cuando tragó, Karla le sonrió al adolescente de nuevo de forma descarada. Durante la siesta, cuando todos dormían o reposaban en la casa de los López García, el Cuco subió al segundo piso, a la habitación de Karla, y la asistenta le masturbó.

*****

Desde esa calurosa tarde de julio, que Karla masturbara al Cuco fue igual que si don Anselmo, su padre, fuera a repasar el molido de las olivas a la finca de los abuelos. Algo cotidiano. Pero a los cuatro años de la llegada de la asistenta a la casa, cuando el Cuco acababa de cumplir los quince años, Karla, por una enfermedad sobrevenida de su padre, dejó la casa de los López García, se fue a Toledo y el Cuco ya no la volvió a ver nunca más. Fue entonces, al pasar los meses de ausencia de la asistenta en la rutina diaria de Andújar, cuando el Cuco empezó a pensar que había estado con una ninfa. Una ninfa surgida de los olivos, de la Sierra Morena o de los Montes de Toledo, pero no que no fue nunca una mujer. Y así lo escribió, todo en tercera persona, en su diario del cuaderno verde.

*****

Verano de 2020, (veinte años después de la llegada de Karla a la casa de Andújar).

Si Carlos acabó hace mucho, en la Complutense de Madrid, Filología Inglesa, el Cuco, que siempre siguió mucho la estela de su hermano mayor y que siempre le admiró profundamente, hizo lo propio en la misma universidad y en el mismo campus con Filología Italiana. Ambos volvieron a Jaén y no se dedicaron a los idiomas, sino que montaron un negocio de oleoturismo en la finca de sus difuntos abuelos, muy cerca de Andújar, en los montecillos que se avistaban desde la ventana de la habitación de la que fue su antigua asistenta.

El verano del 2020, acuciado el mundo entero por el coronavirus, el negocio de Carlos y del Cuco se resintió mucho. Solo vinieron a la finca algunos grupos de españoles en junio y en julio, al levantarse el confinamiento en el territorio nacional, y dos grupos de extranjeros a principios de julio, uno de Inglaterra y otro que contrató la estancia en la casa rural con un molino de aceite desde Holanda. Como Carlos, ya cuarentón, recibió y atendió a los ingleses, al Cuco, de treintaiún años de edad ya, le tocó agasajar al grupo de holandeses. Y entre ese grupo, había una rubia holandesa como de veintiocho años, venida de Róterdam y que estaba como un queso Gouda de buena.

La primera vez que la vio, el Cuco casi se cae de espaldas. No solo por lo buena que estaba la holandesa, sino porque en seguida reconoció esa cara y ese cuerpo: ella era la perra de pura raza con la que copulaba en su sueño, el que el Cuco tuvo cuando tenía solo once años. El Cuco, que era creyente, aunque no practicante, empezó a pensar en el posible inmenso poder del demonio, porque su deseo, el de aquella tarde de Pascua del 2000 frente a las centellas anaranjadas y rojizas que volaban por el tiro de la chimenea y por parte del salón, fue que una rubia despampanante viniese a verle y a estar con él a la casa de sus padres, en Andújar.

Anonadado, cuando dejó al grupo de holandeses instalado en la casita de la finca, se fue a su apartamento remodelado en el centro de Andújar, que compartía con su hermano, y se dio una larga ducha para relajarse. Por la tarde salió, él solo, a hacer una excursión por un monte por el que tenía predilección, de la Sierra Morena. Cogió su coche, condujo diez kilómetros y paró en una pequeña plataforma de tierra, desde donde solía empezar siempre esa excursión a los olivares. El Cuco anduvo en soledad durante casi tres cuartos de hora, hasta que llegó a una repisa oculta y hasta ahora para él desconocida, a tan solo diez metros de la cima del monte. La repisa tenía la forma perfecta de un círculo, como el círculo llano donde se encontró el cuerpo desnudo de Karla, pero este mucho más reducido. De modo que en este círculo oculto y en las alturas de la sierra, desde el que se dominaba, mirando hacia el sur, toda la Campiña de Jaén, y que estaba protegido de los vientos por el propio pico del monte, había un único pero gigantesco olivo. Este gran olivo, de un tronco de más de dos metros de diámetro, con nudos y ángulos incontables, había monopolizado toda la llanura circular, aquella magnífica y desconocida terraza al olivar giennense, un mirador privilegiado y escondido, hasta entonces, para el hombre. Además, aquel olivo parecía viejísimo, como si lo hubiese plantado el demonio y llevara ahí desde el albor de los tiempos. Alucinado por su hallazgo, el Cuco fue a coger una muestra de sus ramas para el laboratorio municipal de estudio de olivar. Cuando rodeó el tronco descubrió el cuerpo desnudo e impactante de la joven holandesa de Róterdam, que, por cierto, se llamaba Grendel.

–Hola, señor, he visto como usted me miraba durante la visita a la finca. Y después en su casa. ¿Le gusto? –le dijo la holandesa sonriente.

El Cuco no se explicaba nada, ni de la situación, ni de su sueño hecho realidad, ni tampoco de la rubia espectacular que tenía desnuda delante de él. No supo tampoco cuándo ni de qué manera sucedió todo. En su recuerdo solo está grabado a fuego lo que pasó sexualmente con ella, un fuego anaranjado como que ardía en la chimenea de Andújar a sus once años y cuando él formuló su deseo. Él era un chucho y la holandesa era una perra de pura raza. Y así ocurrió que la joven de Róterdam y el Cuco copularon varias veces como los perros en el interior del círculo.

Al anochecer, los dos se volvieron a Andújar en el coche del Cuco. Ella se quedó en la casita de la finca y él fue a ducharse de nuevo a su apartamento, donde Carlos le preguntó muy intrigado:

–¿Dónde demonios has estado?

–Buscando olivos para el concurso de cuando era pequeño –bromeó el Cuco-. Creo que voy a ganar los tres mil euros otra vez, he encontrado uno milenario.

*****

El Cuco nunca volvió a ver la joven holandesa, después de ese fin de semana de julio, y empezó a preguntarse, como lo hizo con la asistenta, si no habría copulado con una ninfa.

El olivo del círculo, tras analizarlo, resultó tener una edad cercana a los dos mil años. Se barajó la hipótesis de que lo hubieran plantado los romanos trayéndolo del Líbano, de donde son originarios. Sea como fuere, el Cuco nunca reveló su ubicación a nadie, excepto a su hermano Carlos. Solo a veces, lleva a un grupo de turistas del olivar y del aceite a la terraza mirador, les explica el proceso de producción y les enseña las vistas de lo alto a la Campiña y el olivo de los romanos, como este ha pasado a llamarse. Pero lo que el Cuco nunca puede ni podrá enseñarles son los cuerpos de las ninfas de los olivos, ni el de Karla ni el de Grendel, desnudos con el viento del sur y que, por Andújar, solo él pudo ver.

 

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