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223.- Un macaco a mi medida

L. Maro

 

La terraza estaba repleta de gente aprovechando el sol aún cálido de mediados de septiembre. La decoración era bastante linda, bien escogida para una cita. Las plantas colgaban de las paredes blancas y surgían de pequeñas macetas situadas en el centro de cada mesa. Desde dentro, uno podía pensarse en una selva en miniatura, pues para llegar a un asiento libre había que adentrarse en un camino estrecho entre las mesas, zigzagueante y que, dependiendo de la disposición de las mesas, podía requerir pasar justo bajo la planta trepadora. Al zumbido de los insectos lo sustituían las conversaciones de los comensales que ya estaban sentados a nuestro alrededor.

Seguía a un chico de pelo moreno y dientes demasiado blancos para ser reales. Los enseñaba ahora, en su sonrisa, mientras me hacía señas con la mano para acercarme a la mesa que había escogido. Situada en una esquina, nuestros únicos vecinos era una pareja de unos cincuenta años sentada a la derecha de la mesa. A cada lado había una silla, enfrentándose entre sí. A la izquierda de las sillas se situaba un pequeño sofá, pegado a la intrincada valla de madera que separaba la terraza del local de los demás bares.

A juzgar por su elección de mesa, aquel chico era más espabilado de lo que nuestra corta conversación me había llevado a entender. Aunque, a decir verdad, hasta ahora no le había prestado demasiada atención. Eran mis amigas quienes me habían insistido para que saliera con él. «Te vendrá bien para distraerte», decían, «igual incluso te das una alegría». Por alguna razón que desconozco, había seguido su consejo. Quizá era la desesperación por escapar de la monotonía del duelo.

Mi cita elegida era algo mayor que yo. Forastero, apenas había llegado al pueblo hace unos meses, por lo que no nos conocíamos hasta hoy. Tenía maneras agradables y charlaba por los codos, dos cualidades que le habían debido servir para integrarse rápidamente en el lugar, pues en nuestro camino hacia la mesa ya se había parado a saludar en un par de mesas. En cuanto nos sentamos, comenzó a hablar, y apenas un par de preguntas por mi parte bastaron para desatar un monólogo, solo interrumpido por la llegada del camarero. Tanto mejor, no me sentía con fuerzas para iniciar una conversación. Quizá, con suerte, continuaría su monólogo hasta el postre.

Mi atención se despegó de mi acompañante cuando llegaron las aceitunas. Con su visión, recuerdos de mi infancia se agolparon en mi mente, la persona que trataba de olvidar, presente en cada uno de ellos. Acaricié mis mejillas, temerosa de haber comenzado a llorar sin percatarme. Me había habituado de tal modo a las lágrimas que ya no sentía la humedad en mis mejillas.

Asentí a mi cita y traté de prestar atención a sus palabras, pero mi mente seguía en aquel cuenco de aceitunas. Quizá fueran las de nuestro campo, no hacía tanto que habíamos vendido el último cargamento a la cooperativa. Tomé una de esas esferas de verde brillante entre mis dedos temblorosos. Casi se resbaló, pero la atrapé a tiempo y la llevé hasta mis labios entreabiertos. Un familiar sabor amargo recorrió mi boca de inmediato. Cerré los ojos, indagando mis sensaciones. No era nuestra. Su sabor no era tan intenso, el aliño apenas había penetrado en su interior. O quizá fuera nuestra, pero sin el aliño casero del abuelo todas las aceitunas dejaban de ser especiales. Buena materia prima, y poco más.

Cuando abrí los ojos, mi acompañante me lanzó una sonrisa confusa.

—Una apasionada de las aceitunas. —Medité durante unos segundos, luego asentí. Negar implicaría explicar, y explicar implicaría dar voz a mis recuerdos más íntimos. No era apropiado para una primera cita. Por suerte, retomó la conversación. Había hecho bien en escoger a un charlatán, quizá su voz espantaría mis pensamientos por unas horas.

Durante unos minutos, conseguí escucharlo. Me hablaba de uno de sus amigos, una anécdota de cuando empezaron la universidad. A veces interrumpía su historia para reírse por lo que iba a contar y sus ojos brillaban. Me pregunté si así brillaban los míos hace unos días, cuando aún no costaba sonreír.

Llegó el salmorejo que pedimos de entrante. Sobre el rosa intenso flotaban trozos de huevo y jamón, rodeados por un círculo de oro brillante. Seguro que el aceite venía de la cooperativa del pueblo, de las aceitunas prensadas de la zona; en la provincia siempre habíamos promovido el consumo de nuestros productos locales. Aún podía oír el tono orgulloso del abuelo mientras recogíamos las aceitunas en el olivar. «Las mejores de España», proclamaba, y acto seguido se metía una en la boca, sin aliño, sin lavar. Mamá siempre lo reñía, pero mi yo de diez años veía a mi abuelo entre cámaras, sus arrugas más profundas con la sonrisa, sus ojos cerrados, sus dientes masticando la carne verde intensa, un actor anunciando su producto al público. Aquel era uno de mis mejores recuerdos en el olivar.

Aunque, a decir verdad, cuando era niña odiaba ir al olivar. Comenzábamos la recolecta de los frutos más tempranos en septiembre, cuando aún no había iniciado el colegio. Mi madre me despertaba pronto, tan pronto que el sol aún no había tenido tiempo de calentar el coche. A veces aprovechaba para dormir algo más en el camino, consciente de que necesitaría cada segundo de energía.

El olivar era amplio y basto, tan amplio y basto que desde la entrada no alcanzaba a ver el fin. Armados con grandes espuertas y macacos, madre, abuelo y tío salían de sus coches para comenzar la dura jornada. A veces, especialmente los primeros años, yo decidía dormir algo más en el coche. Una hora, dos horas máximo, pues pronto la mezcla de sol intenso y metal creaban un infierno en el interior del vehículo. Después salía a ayudar. Mi abuelo me había hecho un macaco pequeñito, a mi medida. Obediente como era, me lo dejaba colgar, aunque sin olvidar repetir que yo sola podría cargar una espuerta. Mi madre me vigilaba de cerca, asegurándose de que cogía el fruto ya maduro, de que no cargaba más un hombro que otro, de que no me quitaba la gorra aunque picara y molestara, de que vaciaba mi macaco regularmente para mantenerlo siempre ligero.

Pronto, el sol se concentraba en mi espalda y la voz preocupada de mi madre formaba una canción que no podía sacar de mi cabeza. Cuando mi frente comenzaba a sudar, yo iniciaba la cuenta de los minutos que quedaban hasta el descanso para comer. Podía parar en cualquier momento, si quería. Podría haber soltado mi macaco y haber pasado el día allí, esperando, mirando a los adultos trabajar, corriendo por la arena o leyendo alguno de los libros que siempre traía conmigo. Pero cuando comenzaba a ayudar, era una cuestión de principios continuar haciéndolo hasta que los adultos decidieran parar. Ya era testaruda desde mi más temprana edad.

Comenzar el colegio siempre era un alivio, porque entonces solo tenía que pasar los fines de semana en el olivar. Ahora que veo todo con los ojos de una adulta, estoy segura de que mi madre también sentía alivio al no tener que vigilar cada uno de mis pasos. De la comida se encargaba el comedor del colegio, y las extraescolares me mantenían ocupada hasta que ella me recogía.

Contemplando mis recuerdos, todo lo malo parece una nimiedad. ¿Qué importaban el sudor y la arena pegándose a mi frente? Yo alzaba con orgullo mi macaco lleno de verdes esferas. ¿Y qué si al final del día los brazos pesaban y los párpados caían? Más grande era el orgullo al ver el total de los kilos recogidos. No podía ver a mis amigos, pero tenía a mi abuelo, que cuando me notaba cansada se reía y me retaba, y que a veces, en el almuerzo, usaba su panza de tambor. Él nunca se quejaba. Después de los meses de trabajo, de los días bajo el sol, venía la laboriosa tarea de hacer el aliño y preparar las conservas en grandes garrafas. Esa era su tarea exclusiva. Me pregunto si, antes de marchar, le confió a alguien su receta. Me pregunto si me la habría confiado a mí.

En los últimos años siempre hubo algo que me apartaba de ir al olivar. Primero me ocupaban los libros, en la carrera por entrar en la universidad; luego me marché a la ciudad, y cuando volví, una vez graduada, pasaba mis días trabajando entre las cuatro paredes de la oficina. El fin de semana era mío de descanso y no quería pasarlo en el campo. Ahora daría lo que fuera por un día más entre los olivos.

«Quizá vaya mañana», me digo. Mi madre y mi tío han continuado la cosecha a pesar de la pérdida, pues la vida no espera a que pase el dolor. Acaricio otra aceituna, su piel fría me reconforta. Las memorias ya no se agolpan en mi mente y algo se afloja en mi interior. «Iré mañana», me digo, con certeza de que es lo correcto. «En mi cuello colgaré su macaco y a mis pies llenaré su espuerta».

Como si despertara de un sueño, me percaté del silencio de mi cita. ¿Cuánto tiempo hacía que esperaba mi respuesta? Pero cuando alcé la mirada de mi salmorejo, descubrí que no había nadie esperando mi respuesta. Observé a mi alrededor. ¿Habría ido al baño? ¿A responder una llamada?

—No te molestes, cariño. —Masculló la señora sentada en la mesa a mi derecha. —Se cansó de hablar a la nada.

Sabía que debería sentirme culpable por haber ignorado a mi acompañante, pero en aquel momento, con mi pecho respirando en libertad, no era capaz de sentir emociones negativas. Me incliné hacia el centro de la mesa y atrapé otra de las aceitunas. Frente a mí, al lado del salmorejo, dos platos principales, ya fríos, me esperaban. No pude evitar contener la risa. Menos mal que me había vuelto el apetito.

 

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