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222.- Ni blanco ni negro, gris marengo

Petirrojo

 

Javier golpea las baquetas con desaforado ímpetu. Se ha refugiado en la música para llenar tantos vacíos que lo asolan. La consume compulsivamente, como un bulímico desesperado. A veces la ansiedad es tal que no es quién de escuchar más allá de los primeros acordes.

No siempre fue así y Javier siente añoranza de aquel tiempo leve, que ahora le parece tan feliz. Días en los que tenía mil proyectos y apenas paraba en casa.

Sale de la cueva, como llaman sus padres con cierto desdén a su habitación, y sigiloso aparece en el salón. Desde hace un tiempo rehúye de sus padres, de sus amigos y de él mismo. Pero esa tarde siente la necesidad de comunicarse.

–Hijo te vas a destrozar los tímpanos. Todo el día con los auriculares no es sano. Y el volumen tan alto, tampoco.

–Papa, sentir la música y decilbelios es todo uno. De lo contrario no llega dentro. Seguro que tú hacías lo propio de joven, pero claro, de eso hace ya tanto que no lo recuerdas.

Las palabras del hijo escuecen un poco. No lleva nada bien el reciente cambio de década. Tampoco las lentes progresivas, a las que no consigue adaptarse. Ni el manto blanco que corona su cabeza. Aunque lo peor, con diferencia, son los controles periódicos para mantener a raya los niveles de glucosa en sangre.

Javier, ajeno a la desazón de su padre, da rienda suelta a su verborrea. Habla de grupos musicales emergentes. De la absurda moda de intercalar palabras o frases en otro idioma en las canciones. De la extravagante mezcolanza de géneros.

– ¡Papá! ¿Me estás escuchando? Luego soy yo el que siempre está en las nubes…

–Perdona hijo ¿Que me decías?

–Por el repullo que has dado estabas muy lejos de aquí.

–Tienes razón, disculpa. Estaba en el concierto de Metálica, en Madrid, en el lejano 1993. ¡Qué tiempos aquellos!

–Eres la repanocha ¡Y tú me hablas de destrozar los tímpanos! Como diría el refranero nacional en boca de la abuela: de tal palo tal astilla.

– Bueno hijo ya me dirás lo que opinas del exceso de decibelios cuando tengas mi edad. Ya sé que los consejos a tu edad valen de poco, menos aun si vienen de los progenitores, pero mi obligación como padre es avisarte de los riesgos. Está comprobado que un volumen tan alto y tan próximo a los conductos auditivo es muy perjudicial. Además la música se puede sentir plenamente en la intimidad y el recogimiento, te lo digo por experiencia. Te propongo un reto. Prueba a buscar sonidos más puros, menos metalizados. Notas sencillas en su complejidad. Párate a escucharlas y te sorprenderás. La naturaleza te las ofrece a miles. El silbar del viento, el roce de las hojas, la caída de un fruto, el correr del agua… –Miguel queda pensativo, como si precisara cincelar las palabras antes de pronunciarlas. –Sabes, creo que sin ser consciente de ello la base de la banda sonora de mi vida se fraguó muy lejos del rock y del heavy metal.

–¿A que te refieres?

–Supongo que has oído que la gente de costa no se habitúa a vivir en el interior y que añoran el mar con todos los sentidos. Yo soy costero y el mar me ha pulido en la superficie, como a un guijarro más, pero también en lo más profundo. Soy costero de un inmenso mar sin olas y sin salitre ¡Un mar de olivos!

–Papá ¿estás desvariando? ¿A qué viene ahora el olivar? Estábamos hablando de bandas sonoras.

–No es que venga, es que siempre ha estado. Eso es lo que te quiero explicar. Cuando escuchaba a Los Suaves, Leño, Barricada o Los Resentidos, de fondo estaba el olivar. Estaba el golpe seco de las varas de avellanos sobre la corteza retorcida de los vetustos olivos. El cimbrar de las varas cortando el aire al tiempo que exhibían su prodigiosa elasticidad. El rugir de las telas con el peso de la aceituna. El zumbido de los insectos. El trino de los zorzales y de la canora curruca. Y el cante. Se cantaba mucho, copla y flamenco principalmente. Bueno, cantaban los que tenían voz, el resto tarareábamos. Lupe era la mejor. “María de la O”, “Ojos verdes”, “A tu vera, Chiclanera” … Su voz rasgada añadía aflicción a unas letras concebidas con drama y tristura. Todos esos sonidos, nacidos entre olivos y cargados de tantos matices llegaban en forma de ondas y en la cóclea de mi oído interno se transformaban en impulsos eléctricos que mi cerebro interpretaba como musicales. Así a través de conexiones sensoriales y neuronales quedaron enlazados el tiempo y ritmo que marcan las baquetas con el pulso que pauta el vareador al blandir madera contra madrea. Hoy día esas conexiones no serían posibles. Ya no queda ritmo, ni compás ni nada. Esos sonidos armoniosos han sido engullidos por los motores de peines, varas mecánicas o brazos articulados que sacuden, con ruidosas vibraciones, troncos y ramas.

El olivar ha sido para mí una escuela de vida. Allí aprendí métrica musical, ecología, solidaridad, compañerismo y también lo que cuesta ganar un jornal. Bueno, pensándolo bien más que una escuela diría que fue una universidad.

Miguel olvida el origen de la conversación y se deja llevar por la pasión que le causa el mundo del olivo, tal y como él lo conoció:

–Entonces en el olivar bullía la vida. Y no me refiero a la época de la recolección, en la que pululaban los jornaleros. Bullía sin interrupción todo el año. Los olivos compartían tierra y nutrientes con plantas arvenses que fertilizaban el suelo y lo protegían de la erosión. Las hierbas llamaban a los insectos que de modo natural abortaban muchas plagas y también eran suculento alimento para los pájaros que anidaban entre el frondoso ramaje. ¡Una perfecta armonía natural! Hoy además se sabe que un suelo cubierto de corteza herbácea absorbe el doble de CO que un suelo desnudo. Pero ya ves, ahora no hay una mísera hierba. ¡Se han cargado el ecosistema a base de herbicidas! Y ya no hablemos de las plantaciones intensivas o en seto, totalmente mecanizadas, que son el equivalente en el sector olivarero a las granjas de engorde de pollos. Se expanden aceleradamente por su alta rentabilidad que por supuesto no contabiliza como coste las pérdidas en biodiversidad.

–Papá ¿te has oído? la arenga que me has largado es propia de un reaccionario. Ya veo tu idea de progreso. Golpear olivos con varas largas como hacían griegos y romanos. Recoger la aceituna encorvado o de rodillas, como se ha hecho desde que a alguien se le pasó por la cabeza que ese pequeño y amargo fruto podía tener algún valor alimenticio o curativo. Y, por último, confiar en que un manto de hierbas y varias familias de insectos y pajaritos mantengan el equilibrio del ecosistema. ¡Por favor! Vivimos en una economía de mercado y un mundo globalizado. Los sectores económicos o se actualizan o mueren. Si no eres competitivo desapareces, esa es la alternativa. Por cierto, es el método usado por la naturaleza para evolucionar, seleccionar las especies más resistentes. Tienes razón en que se prima la productividad, pero el producto es bueno, muy bueno. Producimos un aceite de oliva virgen extra de calidad extraordinaria, con bajas graduaciones en acidez y altas puntuaciones organolépticas. La aceituna es tratada con tal mimo y respeto que se consigue extraer su jugo sin pérdida de su frescor, su aroma y esencia. Y esa profesionalidad y buen hacer es reconocido no sólo aquí sino en medio mundo. Nunca antes habíamos llegado a tantos mercados internacionales. Así que no creo que lo estemos haciendo tan mal. Y sobre lo bien que lo pasabais en la recolección y el buen rollo que os traíais creo que tu memoria es poco objetiva. Además de los cantes, las risas y del trinar de los pájaros había heladas, temperaturas bajo cero, sabañones y entumecimientos. Sé que te pesa la nostalgia, pero no puedes ser tan básico ni maniqueo en tus argumentos. Ni cualquier tiempo pasado fue mejor ni es razonable un análisis tan polarizado. La verdad absoluta no existe, depende de la óptica con la que se mire, y las nuestras parecen divergir bastante. Aun así, me gusta tu lado ecologista, papá.

Javier calla y mira de frente a su padre. Espera unos segundos por si éste decide hacer uso de su derecho de réplica. Pero pasado un tiempo prudencial, y dado que su progenitor sigue en la misma actitud reflexiva, retorna a su gruta.

Miguel queda tocado. Reconoce que su hijo tiene razón y sabe que él no deja de tenerla por ello. ¿Es posible producir un aceite con los estándares de calidad actual y unos métodos productivos un tanto arcaicos? ¿Podría encontrarse un precario equilibrio entre la respetuosa nostalgia y la imparable modernidad? Mientras lo piensa se acerca al equipo de música e introduce una vieja casete.

La rasgada voz de Lupe envuelve las paredes del salón y las de su corazón.

 

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