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221.- Ni luz ni túnel

Abel Molina Fernández

 

Cuando las tardes son de julio en Freudenstadt, a las afueras de Loßburg todo se pone verde intenso y el bosque huele más fuerte a abedul y a acacia de flores blancas. Entonces no voy a sentarme a la plaza como siempre. Me pongo algo de ropa, agarro las cosas que necesito y salgo de la casa como empujado por el calor. Llevo poco conmigo: un cuaderno de notas, el jamo para mariposas y una Victorinox vieja con el sacacorchos roto. No la he botado porque todavía me sirve para separar la corteza de las acacias y observar mejor las larvas, y porque tiene mi nombre calado; me da mala espina. Hace dos veranos que ya no necesito del Catálogo de Lepidópteros para identificar las mariposas, por eso, esta vez, tampoco lo traigo.

Hoy me voy a las riveras del Kinzig, a esta hora se las puede ver posadas en la orilla, como si bebieran del río. De las ciento noventa y ocho especies que hay en el país, aquí junto al río he encontrado unas treinta. Todas salen del bosque a beber, apuesto a que allá dentro hay muchas más. Acercárseles allí es más fácil, tienen menos lugar hacia dónde ir, aquí fuera, a la menor vibración del agua o de una rama, se espantan. Voy a entrar. En el cuerpo se siente el cambio al umbral de la Selva Negra, la humedad.

Recuerdo una vieja canción que habla de un hombre perdido en este bosque mientras persigo a un ejemplar macho de lo más raro, lo atrapo y lo examino. Entonces me arrepiento de no haber traído el catálogo, me siento ridículamente ingenuo, no tengo idea de qué especie es. Empiezo a tararear la canción mientras decido qué hacer con la mariposa…no quiero estropearla. No traigo nada en qué llevarla viva a casa, y no soy nadie para cegar la vida de un animal a causa de mi incapacidad de reconocerlo. Llevarla muerta para estudiar su fisionomía, atravesarla luego con un alfiler y ponerla junto a una amplia colección de coloridos cadáveres es un procedimiento que reservo a los entomólogos reales, ellos pueden identificar una mariposa con solo un vistazo, no necesitan ningún catálogo. Anoto lo que puedo en mi cuaderno; colores, forma de las alas, dibujarla ayudaría, pero ni siquiera eso sé hacer bien. Termino por liberarla.

Me pregunto si tiene sentido esto de cazar mariposas, no es que lo haga con ningún fin, solo me divierte, me resulta interesante, pero útil no es. Bueno, al menos no las daño. Soy amante de la naturaleza, y estoy admirándola, admirando su hermoso equilibrio y la belleza de su fragilidad, eso me gusta de las mariposas, su fragilidad. Este último pensamiento y haber descubierto una pequeña grieta en la corteza de un abedul fueron los responsables de que no me volviera inmediatamente a casa después de la mariposa desconocida.

Sí, en la grieta, bajo la corteza hay larvas. Con mi navaja suiza, que ya no sirve para descorchar botellas, trato de abrir suavemente una rendija para verlas mejor. Hay poca claridad, la Selva Negra se gana muy bien su nombre, pero hay luz suficiente para identificar estos gusanillos, sé exactamente a que especie pertenecen, poder reconocerlos me alivia. De no haberlo hecho probablemente habría dejado la libreta de notas, el jamo y la jodida navaja y me habría largado a beber algo a la plaza. En el aire flota un húmedo sopor veraniego, el bosque es bastante silencioso, por eso, si algo se acerca, lo sabes; y algo se acercaba. Yo devolvía al árbol la larva que había tomado para determinar mejor su edad. El sonido era bastante cercano, pero no se veía bien por la falta de luz, quizá sería solo un pájaro, en esta época del año…

De la nada, algo se abalanzó sobre mí, con un susto de muerte solo atiné a voltearme y dar un zarpazo con la navaja. Frente mío había una bola de pelos que, para variar, no tengo idea de qué podría ser, un animal muy grande, todo pasó muy rápido. Aun así, sentí perfectamente cómo se hundió mi cuchilla en el resistente cuero y luego en la fibra de lo que sea que fuera aquella mole. Nunca antes había apuñalado nada, la sensación era terrible.

Oía fuerte y claro el aguacero de latidos que me salían del pecho, sentí cómo la sangre llegaba a cada rincón de mi cuerpo, como inyectada; los pelos se me erizaron en la nuca. En menos de un segundo estaba yo con mi mano en la navaja y la hoja de la navaja dentro del animal, ambos paralizados. Finalmente extraje la navaja. Escuché lo que claramente fue un quejido y de inmediato comenzaron una serie de sacudidas, movimientos fuertes, muy violentos. El animal me atacaba.

Debí haberme marchado con o sin aquella mariposa. ¿Qué hacía yo en esta situación? Yo que podía estar ahora en mi plaza hablando sobre el clima con cualquiera, era movido, como un trapo al viento, por un animal enorme en medio del bosque. Algo traqueó muy fuerte en mi pierna. Estaba en el suelo, no sentía dolor pero veía a la bestia encima de mí, evidentemente estaba mordiendo mi pierna izquierda y sacudiéndola. Iba a morir asesinado por una fiera, ¿pero no haría nada para impedirlo? Bueno, tenía aun la Victorinox en la mano a pesar de las sacudidas. ¿Pero cómo yo podría vencer a esta bestia? Aunque tuviese el coraje de intentarlo jamás podría con la furia de este animal, debía ser una especie de felino grande o un oso, no sé, apenas puedo identificar mariposas. Por otro lado, si lo atacara yo con mi navaja no sería justo. El animal solo se estaba defendiendo de la puñalada que gratuitamente le propicie. Además no soy quién para poner mi vida por sobre la suya. Él actúa acorde al medio en el que vive, no hay otra ley que la del más fuerte para él. Matarlo sería antinatural y si lo intentaba probablemente terminaría yo muerto y solo dejaría al pobre animal malherido en vano. Lo decidí, moriría aquí, en el bosque y asesinado por una bestia que quizá figure en el escudo de mi estado y que soy completamente incapaz de identificar. La verdad es que, sin ser muy exigente, tampoco sonaba tan mal comparado con otras maneras de morir. Además no había en mi vida mucho que fuera a extrañar. Dejé caer la navaja.

Era muy curioso, la fiera ahora estaba sobre mi abdomen, parecía que me mordía. Podía sentir el movimiento pero nada de tacto o dolor, como cuando el dentista anestesia una parte de la boca y hurga en ella. Solo muy de vez en cuando sentía un dolor muy agudo, punzante, a veces aquí, otras allá, otras en la pierna. Ya no había calor pero la humedad había aumentado, me sentía empapado, los dedos comenzaron a ponérseme helados desde las puntas. La sensación era placentera excepto por las ocasionales punzadas. Recordé que hoy específicamente, había quedado en la plaza con un amigo, probablemente ya habría hecho su viaje desde un barrio llamado Veinticinco Granjas y estaría esperando por mí. Sentí pena por él, sonreí levemente. ¿A quién se le ocurre ponerle así a un barrio? Cada vez me era más difícil pensar y ver con claridad, pero estoy seguro de que el animal con su cara ensangrentada y masticando algo mío me miraba fijamente.

–Esto ya no es defenderte– Pensé. –Te estás hartando desgraciado.

Ahora podía sentir un charco frío alrededor mío, y como si mi cuerpo suavemente se hundiera en la tierra. Los pies y las manos como hielo y la cabeza anestesiada por el más intenso de los placeres.

Como precariamente arrastra el viento una hoja sobre la tierra mojada, casi fango, así llegó a mi mente el recuerdo de la famosa lucecita al final del túnel. Algo de mí sabía que cuanto de placentera estaba siendo aquella situación, tanto de cerca debía estar mi final. Y entonces cerré los ojos, quizá para comprobar si había realmente tal luz, estaba convencido de que aquel era mi túnel. Todo era bastante negro, como una cerrada de ojos ordinaria pero más linda, todo era un poco más lindo en ese momento. Entonces de la nada, como mismo había aparecido mi bestia se presentó él.

No sabría decir si era el hijo o el padre, pero me miraba fijamente. Caminó hacia mí rodeado de un gran halo de luz blanca, sin duda esa era la luz de la que hablaban y esta, mi hora. –No poder distinguir entre estos dos sí es el colmo–, pensaba yo. Cuando estuvo a mi lado me tendió la mano suavemente y una vez frente a él me sonrió. Vertió sobre mí aceite de oliva, lo hizo con ansias, como si desde el mismísimo séptimo día hubiera estado esperando este momento, el olor riquísimo del aceite me embriagaba y de nuevo me vertió otro poco encima. Una y otra vez hasta que no hubo una parte de mí que no lavara el finísimo aceite. No comprendía qué pasaba, pero sentía paz y disfrutaba la sensación del aceite en la piel, ya no había frío. Muy sereno, pero también con intensidad, con un aire casi ritual el ser supremo; luego de acariciar mi cabeza me acomodó en el suelo, quedando yo de rodillas, torso hacia delante y con las manos también en el suelo. Se colocó detrás de mí, separó un poco mis piernas y aunque sé que las túnicas no tienen cremalleras…casi puedo asegurar haber escuchado la suya. Tenía ya sus santísimas manos sobre mis aceitadas nalgas cuando al ritmo de lo que hubiera sido su primer golpe, también de golpe abrí los ojos yo.

No sé de dónde había sacado fuerzas, estaba parado, ojos desorbitados, navaja en mano. Yo, el naturalista amante de la fragilidad, el que nunca había matado una mosca, el que acababa de, accidentalmente, acertar su primera puñalada, ahora estaba moribundo, destrozado, tinto en sangre y como un perro rabioso. Ahora éramos dos bestias, cada una luchando por instinto, ganaría la más fuerte, la que más ganas tuviese de estar viva o la que menos las tuviese de estar muerta.

 

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