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219.- De nadie

Inma Garrido López

 

«Por San Blas, la cigüeña verás», dicen. En aquella época, nosotros por San Blas no estábamos mirando al cielo buscando pájaros. Estábamos comiendo muertos. Sólo por ese día. Sólo una vez al año. Nos gustaba, además, ir a comerlos al campo, con los amigos. Cada uno se comía el suyo, pero nadie se come un muerto en soledad. Mi muerto favorito era el de chorizo, pero también hay de huevo duro. A mí el de huevo nunca me gustó porque casi siempre lo dejan crudo y me da mucho repelús. Porque comía muertos, sí, pero siempre he sido escrupulosa. En cambio, el de chorizo me gustaba y me daba asco a partes iguales. Cuando la grasita del chorizo impregnaba la torta dulce se formaba un sabor raro, una combinación de dos cosas que separadas me gustaban y juntas, todavía años después, no sé decir si me agradan o no. En otras partes de España a nuestros muertos le llaman hornazo. Aunque cada uno lo hace un poco a su manera, en esencia es una torta dulce, con un huevo o un chorizo dentro. Unos lo comen por Pascua, y otros, como hacíamos nosotros, por San Blas.

Sin embargo, si me gustaba el día de San Blas no era por el muerto. Era por merendar con mis amigas en el campo. Todos los pueblos tienen un merendero o un lugar donde van las cuadrillas a pasar el día, pero mis amigas y yo, no sé cómo, dimos con un lugar que lo tenía todo para nosotras en aquel momento: había sombra y estaba cerca del pueblo, y eso nos venía muy bien porque sólo disponíamos de bicis. Y, a pesar de tener sombra y estar cerca, no era el lugar donde iba todo el mundo a merendar. El sitio, además, se veía desde el balcón de la casa de mis padres, así que mi madre podía vernos llegar y quedarse tranquila.

Este lugar era un pequeño olivar que no sabíamos a quién pertenecía. Nadie iba allí a recoger las aceitunas, que veían cómo el sol las maduraba, el viento las tiraba y el paso del tiempo las dejaba arrugadas, unas veces sobreviviendo agarradas al olivo y otras alimentando la tierra. Exactamente igual que hace el tiempo con nosotros. Nos madura y nos obliga a aferramos con más fuerza a aquello que conocemos por miedo a caer y acabar siendo alimento para la tierra.

Nadie vino nunca a regañarnos por jugar entre aquellos olivos desaliñados. A veces encontrábamos rastro de algún rebaño que había pasado por allí para comerse las hierbas bajas, y otros años, el rastro que encontrábamos era el de quienes se esconden para amarse.

Nuestra infancia y adolescencia la vieron aquellos olivos. Ellos fueron testigos silenciosos de nuestros encuentros infantiles y de los desencuentros airados que teníamos cuando alguien se saltaba alguna regla. Jugábamos hasta agotar nuestras piernas y, entonces, nos sentábamos y llegaba la hora de las confidencias. A veces llevábamos una vieja colcha donde nos tumbábamos a mirar el cielo. Hablábamos del examen de la semana que viene, de qué nos pondríamos el fin de semana siguiente o, aburridas, le dábamos formas imaginarias las ramas y, sin saberlo, también forjábamos nuestra amistad.

Aquellos momentos de descanso se iban disolviendo, las demás volvían a la actividad y al final siempre nos quedábamos ella y yo solas. Ella siempre me hablaba de su deseo de estudiar una carrera de ciencias, de irse lejos del pueblo y de no volver más a este lugar. Y en sus planes nunca había nadie más.

Yo le hablaba de irnos a estudiar juntas, no muy lejos. De enamorarnos de chicos de la misma pandilla para poder quedar los cuatro y tener hijos de la misma edad. Y volver. Siempre volver. Quizá no con mucha frecuencia, pero sí volver a esta tierra de vez en cuando. Ella se reía y me decía que no estaría mal, pero sé que me daba la razón como a los locos.

Ella quería volar lejos. Sola.

Seguimos cumpliendo años y a nuestras bicis las desplazaron los coches destartalados que nuestros padres nos prestaban para ir al campo. Podíamos buscar un rincón más apartado, pero a nosotras nos gustaba seguir yendo a nuestro olivar. A aquel olivar que no era de nadie, pero era nuestro por un día. Comenzó una época en la que ya no queríamos aquel lugar para nosotras solas. Buscábamos la visita de los chicos, pero ellos se iban más lejos, porque allí, lejos, estaban otras chicas mayores. Nosotras comprábamos bebidas pensando en ellos, y fingíamos que ese vino y aquel vodka era todo para nosotras, pero en el fondo, todas sabíamos que nuestra diversión necesitaba la visita compasiva de ellos. Y que aquellas chicas los ignorasen para que entonces viniesen a vernos.

A ella esto la enfadaba. No lo decía, pero cuando nuestras dinámicas empezaron a ser aquellas, a ella le cambiaba el humor. Y nuestra dependencia de aquellas visitas la hizo ser más independiente. Más aún.

La única vez que se pronunció al respecto, fue la última vez que vino con nosotras al olivar:

—No vengo a este olivar a esperar a quienes vuelven porque los han rechazado en otro sitio.

Comenzó a prescindir de nosotras también para otros planes. Y nosotras empezamos a olvidarla a ella y a no llamarla más. Dejamos de echarla de menos con la misma velocidad que nos olvidábamos también de nosotras mismas porque estábamos demasiado ocupadas esperando cosas de los demás. Cada una fue cumpliendo lo que, a veces, queríamos creer que era nuestro plan y no el de otros. Ella, en cambio, hizo lo que había anunciado: se fue lejos, estudió lo que eligió y no volvió.

Me enteré un día por un amigo común de que allí donde estaba ella, lejos, había una niña más. Su hija vino al mundo un 3 de febrero, día de San Blas. Y me hizo gracia la coincidencia porque la imaginé por primera vez en su vida viendo cigüeñas por San Blas. Cuando pregunté por el padre, me dijeron que no, que la niña no era de nadie. La tuvo con alguien que, a falta de pocas semanas del nacimiento, prefirió irse a pasar la Navidad lejos y no volver. Y ella, como solía hacer, siguió adelante.

Después de muchos años, ella volvió al pueblo un día. Quizá estuvo alguno más, pero yo sólo la vi un día. La vi feliz pero no me lo dijo, porque entonces quien estaba rota por dentro era yo. Volvió por mí, para darme un abrazo porque yo acababa de perder a alguien que también había decidido irse lejos, aunque en su caso, eso que llaman ley de vida sentenciaba que no iba a volver más.

Le pedí que me sacara de aquella casa que se me estaba cayendo encima. Así que me vino a recoger en el coche viejo de su madre, el mismo que le robábamos años atrás de madrugada para pasarnos el verano de verbena en verbena. Dimos una vuelta por el campo, dejó el coche en una tierra y cruzamos un barbecho, porque alguien como ella nunca anda por la senda que han marcado otros. Andamos y hablamos durante horas, siempre de mí, de cómo estaba, de qué iba a hacer con mi vida. Ella era quien dirigía la conversación y la caminata. Me hacía preguntas que nunca interpreté como un juicio sino como una conversación de alguien inteligente que toca en la tecla que tiene que tocar para que verbalices algo que está escondido en ti.

Después de kilómetros andados, vi que volvimos al mismo sitio del que partimos y que a su vez era el olivar de nuestras merendolas. No fui consciente hasta que atravesamos aquella linde, de que había dejado el coche a pocos metros de aquel olivar de nuestras vidas.

Volver a aquel lugar con ella me zarandeó y me abrazó al mismo tiempo. Me transportó a unos años felices a los que, sin embargo y a pesar de todo, no quiero volver. Pasaron delante de mí todos los pasos y decisiones que he tomado en mi vida, y mirar de frente a aquel lugar, fue como asomarse a un balcón desde el que ves una calle donde parece que no pasa nada, pero están pasando muchas cosas, muchas pequeñas cosas que cambian muchas vidas. Miré aquellos olivos y vi que mis planes eran unos y mi vida ha acabado siendo otra, pero por primera vez en muchos años, no tuve la sensación de haberme quedado atrás.

Avanzamos juntas hacia el olivar y noté que aquellos olivos habían rejuvenecido.

—Va a ser verdad que el aceite de oliva frena el envejecimiento, malditos, ¡qué bien os conserváis!, pensé.

Alguien había ido a podar aquellos árboles y ya no había aceitunas viejas en el suelo. Sólo había aceitunas verdes, prietas y llenas de vida en la rama, esperando su momento. Ella fue al coche y sacó una colcha vieja, una botella de vino y un bote de aceitunas machacadas. Extendió la tela y nos tumbamos, como cuando éramos pequeñas y estábamos cansadas de jugar.

Ahí fui yo la que me callé y dejé que fuera ella quien hablase de lo que quisiera.

—¡Qué bonito tiene esto Luis! —dijo al fin.

—¿Quién es Luis? —le pregunté.

—El agricultor que me cuida el olivar.

—¿Cómo “que te cuida”? ¿Es tuyo?

—Estos olivos y yo somos lo único que le dejó mi padre a mi madre. ¿Qué te creías, que no eran de nadie?

Quizá si hasta aquel día nunca supimos a quién pertenecía aquel olivar es, precisamente, porque ese olivar era como ella. Y como su hija sin padre. Sólo de ella y a la vez de nadie.

 

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