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218.- Emilia

Elena Plaes

 

El viento ha susurrado a mis hojas durante más de cien años todo aquello que se escapaba al alcance de mis ramas. Ha traído historias de todos los pueblos de alrededor y más allá, y junto con el canto de los pájaros más viejos, he podido viajar sin tener que arrancar mis raíces de la tierra. Quedándome siempre aquí, impasible al curso del tiempo, pero ávido por descubrir aún cosas sin nombre para mí, he esperado a ciegas lo que mi condición de árbol me roba: la libertad para experimentar la vida, exhalando el suave perfume del soplo humano.

Emilia parece fluir por un oscuro río cuando todas las tardes, desde hace algo más de dos años pasa junto a mí con la comida de camino al cortijo del juez. Mientras, esta tierra que la vio nacer parece detenerse entre el tiempo, el espacio y su piel, recordando que en algún momento fueron una sola cosa, como cuando intentaba cazar ranas en el pantano con su padre durante la guerra para llevar algo que comer a la mesa. Con paso firme pero desganado la veo acercarse desde la carretera, dejando atrás las casas y la gente del pueblo, cargando la cesta con la cena para los hombres que custodian al juez. Uno de ellos es su prometido. Los otros también podrían haberlo sido, pues todos la pretendieron. Prometerse con la hija del alcalde parecía ser algo así como la llave maestra para cada cerradura del pueblo. El cabo Miguel Tabuenca se llevó la baza. Emilia tenía dieciséis años en aquellos días; ahora, cerca de sus diecinueve, él rondaba ya la cuarentena. Él ofreció la carta más alta: apartar la mirada de los artículos intervenidos o sujetos a racionamiento, facilitando el estraperlo en el comercio familiar y hacer la vista gorda en las timbas y apuestas en el bar que administraba su padre por aquel entonces.

Ella adoraba a su padre. De niña, puesto que era la mayor de tres hermanas, se pasaba el día con él. Su oficio de ebanista en el pequeño pueblo de apenas mil habitantes lo mantenía ocupado la mayor parte del tiempo, por lo que ella lo acompañaba día y noche en sus tareas. Tenían sus manos un poder que hacía que a Emilia se le erizase la piel siempre que la rozaba. Y él lo sabía. Acariciaba la madera como un amante entregado al deleite de la piel de la amada. Daba igual si trabajaba el pino, el roble o la haya, él trataba a todas las maderas con el mismo esmero, aunque la de olivo era su favorita. Emilia lo seguía cuando paseaba entre los olivares. Caminaba embelesado admirando cada surco, cada hoja, cada aceituna, cada nueva rama.

–Fíjate, Emilia. El olivo es el más maravilloso de los árboles. Desde hace miles de años se le ha considerado un árbol prácticamente inmortal. Cuando el tronco se enferma, nacen de él nuevos brotes que le permiten seguir resistiendo casi eternamente. Dicen que hay olivos que llevan en la Tierra más de 1500 años. Lo que no hayan visto ellos no lo verá ningún ojo humano… –ella escuchaba atentamente y nos miraba como si de sus palabras emanara algún tipo de magia, capaz de convertirnos a todos los olivos de aquel recóndito rincón de la sierra cordobesa en alguna especie de seres fantásticos de mundos imaginarios. Nosotros nos limitábamos a guardar en la memoria de nuestra savia todo aquello que sucedía alrededor, sin añadir una gota de fantasía, almacenando en ella simplemente la realidad de los acontecimientos.

Su padre solía acercarse a mí poniendo sus curtidas y fuertes manos sobre mi corteza, que se dilataba y contraía por la presión y el calor de su cuerpo. Posaba su mejilla en mí, olisqueando delicadamente mi aroma.

–Ven, acércate. Siente su olor afrutado, Emilia – y Emilia me abrazaba también.

–-Huele a olivo, papá.

–Sí. Huele a olivo… – decía medio extasiado.

De los pueblos vecinos llegaban a diario encargos tanto de las casas más ricas, como de las más humildes. Las primeras solían pedir armarios, sillas o bancos hermosamente tallados y decorados que Emilia se encargaba de barnizar. La gente humilde llegaba principalmente por extrema necesidad: carros de campo con las ruedas rotas, arados partidos y ataúdes. Entonces Emilia ayudaba con los tablones, y si había algo de dinero extra, cosía el forro de tela blanca y acolchaba un poco el interior para mejor reposo del muerto.

Pero todo cambió con la guerra. Tuvieron que salir del pueblo, que quedó dentro de la zona republicana durante el Frente de Córdoba, y eran frecuentes los saqueos. El padre de Emilia fue encarcelado durante una semana por ser considerado aliado del bando nacional, aunque nunca se posicionó abiertamente frente a ninguno de los dos bandos, pues él se consideraba simplemente un artesano, pero sus estrechas relaciones con altos funcionarios y señoritos de la zona no contentaron a los que demandaban explicaciones. Pusieron de arriba abajo la casa y el taller una noche buscando armas o cualquier cosa que lo inculpara. Se llevaron todo lo que encontraron: herramientas, joyas, abrigos, comida… Pero Emilia había escondido la única pistola que tenía su padre cavando un hoyo en el camino hacia los huertos que quedaban cerca del olivar, tal y como le había pedido él una noche al llevarle algo de cenar al calabozo. Se la había regalado un militar por su buen hacer en no sabía muy bien qué.

Aun así, sabiendo que era un hombre llano y trabajador, los amigos y conocidos que tenía entre los republicanos le dejaron huir con toda la familia los escasos kilómetros que separaban una zona de la otra, salvándole de la muerte. El pueblo de al lado estaba apenas a cuarenta y cinco minutos a pie, pero a Emilia le parecieron una eternidad mientras cargaba en brazos a su hermana pequeña. Los protectores de su padre lo hicieron responsable del cuidado del pantano de la zona por un tiempo. Por aquel entonces, Emilia aún seguía a su padre como si fuera su sombra. Su madre se quedaba en el pequeño cuchitril que les habían dejado con sus hermanas pequeñas, y preparaba comidas con lo que las vecinas le daban, o salía a recoger yuyos, frutos o setas al campo entre zurcido y zurcido en las medias de las niñas. Emilia prefería correr descalza a orillas del pantano, entre ranas y libélulas.

Después de perder su adorado taller y pasar aquellos días en el calabozo, el carácter de su padre fue endureciéndose. La mayoría de las noches las pasaba lejos de la familia, supuestamente haciendo pequeños trabajos en casas grandes, y regresaba de madrugada o a la mañana siguiente, desprendiendo un fuerte olor a tabaco, alcohol y exóticos perfumes que hacían que su madre llorara cada vez que lavaba sus camisas. Los trabajos nocturnos se habían convertido en apuestas incontrolables en distintos juegos de azar. Lo cierto es que el dinero iba llegando en medio de aquel caos, también la comida y pequeñas comodidades: zapatos, colchones de lana, ropa para coser vestidos a las niñas… Y llegó un día también el final de la guerra.

Sus hermanas, su madre y ella llevaban ya un largo tiempo en Sevilla. Cuando la situación se volvió insostenible en la zona, su padre las había metido en un tren en dirección a la casa de unos parientes hasta que él considerase que estarían seguras de nuevo. El camino de regreso al pueblo ya no fue a pie y de noche agazapados entre sombras. Tampoco iban descalzas ni ella ni sus hermanas. Volvieron en un carro grande a plena luz del día. A Emilia le temblaban las piernas recordando todo lo que había vivido casi cinco años atrás: la incertidumbre de los primeros días de guerra, luego los saqueos, su padre preso, el miedo al hacerse la noche, los gritos, los disparos, huir al pantano, las bombas, los muertos, el viaje a Sevilla en tren, dejar a su padre… Se hizo corto el trayecto y aunque hacía frío y tenía la nariz helada, estaban todas bien abrigadas. La escarcha mientras tanto cubría con su manto las orillas del camino.

Apenas reconoció nada. Sabía que habían llegado, pues recordaba cada giro en el camino, el olor del campo, el color del cielo… Pero aquello no era su pueblo.

El pueblo no sólo había sobrevivido a tres años de guerra. Desde mi humilde lugar en la tierra vi cómo aquel pequeño rincón de Córdoba se convirtió en el escenario de una de las últimas operaciones militares planificadas por el gobierno de la República. Participaron más de ciento cincuenta mil militantes de ambos bandos hasta que, tras una dura resistencia, la contraofensiva franquista entró en todas las poblaciones. Murieron dos mil franquistas y casi siete mil republicanos. La sierra fue desolada, cayeron en la batalla tantos árboles como combatientes, y los pueblos quedaron devastados. El suyo se convirtió en un campo de concentración donde hacinaron a más de ocho mil personas durante siete meses, un año antes de su regreso.

Su padre había sido nombrado alcalde. Por eso volvían. Ahora tenían una buena casa, un comercio y regentaban el único bar. Sus hermanas eran aún pequeñas, pero ella ya pasaba la quincena. Su padre se había convertido en un extraño. Ahora era distante y soberbio dando órdenes a todo el mundo mientras encendía un puro detrás de otro. Su madre empezó a desaparecer, cada día más ausente en sus pensamientos y atareada con cosas de la casa o los negocios.

El bar tenía un salón de baile en el piso de arriba. Cada dos semanas venía una orquesta y la música sonaba tan alta que yo podía escucharla desde mi resguardo en el campo. A Emilia le gustaban las risas de la gente, pues hacía mucho tiempo que se había apagado la inocente alegría que tenía de niña. No le gustaba nada, sin embargo, cómo su padre la presentaba a los hombres que frecuentaban por allí. Ya no era su amada hija, fiel compañera de largos paseos entre olivos y encinas y horas de artesanía compartida. Ahora la hacía acercarse a la mesa donde jugaba interminables timbas casi cada noche, se levantaba y, sujetándola por los hombros desde detrás, decía en voz alta:

–Esto es lo mejor que tengo hasta ahora. Es un poco pava, ¡pero sin duda la más bonita de la provincia! –entonces se sentaba y le decía– Anda niña, trae otra botella –y Emilia desaparecía entre las carcajadas de la mesa.

En una de esas timbas, Emilia fue prometida con el cabo Miguel Tabuenca, que había llegado unos meses antes al pueblo junto con dos guardias más. Custodiaban al juez, que temía las represalias de los guerrilleros opositores que, ocultos en el monte, solían esconderse entre las sombras por las noches en el olivar, pasando frente a mí y esperando el momento preciso para actuar. Este había sido juzgado y condenado durante la República, pero había conseguido huir con la ayuda de grandes terratenientes afincados en la capital. Años después volvió para ocupar un cargo de poder en el pueblo, como el padre de Emilia. La diferencia de que uno tuviera sobre su cabeza la sombra de la muerte y el otro no, era básicamente cómo habían jugado sus cartas en el asunto y cómo habían llegado hasta sus puestos. El padre de Emilia había sido elegido a dedo por la burguesía agraria de la zona. Pensaron que un hombre llano y trabajador que había vivido de sus propias manos y se había mantenido al margen de la batalla, tendría también la simpatía de los ex militantes republicanos y una mente fácilmente manipulable. El juez se había ganado a pulso su puesto participando de las sacas de presos y liderando el campo de concentración por orden directa de Queipo de Llano, General Jefe del Ejército de Operaciones del Sur. En los pueblos pequeños todo se escucha tras los visillos y yo tenía grandes ventanales al campo.

Emilia ni siquiera pensaba en casarse entonces, pero su padre ya había conseguido un buen trato con el cabo Tabuenca y era una mente que pensaba en su propio beneficio para descontento de quienes le habían colocado como alcalde. Esperarían, eso sí, a que ella cumpliera diecinueve años.

Se iba acercando el momento de la boda y Emilia pasaba por las tardes junto a mí. Pasaba como llevando un infierno dentro del paraíso que algún día yo conocí en su cuerpo alegre e inquieto de niña curiosa y libre. Cada día más melancólica, hacía el camino de ida y vuelta con la cena que había preparado para su prometido y los compañeros que hacían guardia toda la noche en el cortijo.

Una tarde ya de vuelta se sentó junto a mí apoyando la espalda en mi tronco. Hacía demasiadas primaveras que no sentía su calor. Nada más apoyarse, se giró y me abrazó desolada… Sus lágrimas eran como un oleaje que chocaban contra un acantilado. Durante más de quince largos minutos lloró abrazada con el rostro bien pegado a mi corteza sin apenas poder respirar. Poco a poco fue calmándose sin apartarse, con la frente descansando sobre mi áspera piel ahora humedecida por su tristeza, y las manos aun descansando en mí, sujetando mi corteza para no romperse en mil pedazos.

–¡No puedo más! –sollozaba– No soporto la idea de una vida gris junto a un hombre que apenas conozco. El simple roce de sus dedos me hace temblar de miedo. Casi podría ser mi padre… y me mira ¡no sabes cómo me mira! Me da asco… me dan asco él y mi padre… Hace años que no me habla de ti, de tu hojas… Ya nunca paseamos entre tus ramas cubiertas de rapas, repleto de racimos blancos como ahora en primavera. Y mi madre ya no existe. No habla, no opina. Se dedica a vagar por la casa como un fantasma de la mujer que alguna vez fue.

Y rompió a llorar de nuevo, ahora tendida en el manto blanco que las flores le proporcionaban en mi base. Me contó entrecortada y caótica cómo su padre bebía a todas horas, se liaba cigarrillos usando pedazos de billetes, jugaba a las cartas cada noche en el bar y todo el mundo sabía de sus amantes y sus visitas a prostíbulos. Me contó cómo ella lo abordó una noche al volver a casa y le pidió explicaciones, y cómo él le dio la primera y única bofetada de su vida.

Y de repente, dejó de llorar.

–La pistola. ¿Tú crees que la pistola seguirá allí donde la enterré hace tantos años? Tengo algo de dinero ahorrado y la pistola me dará tranquilidad atravesando el campo hasta que llegue a algún pueblo lejos de este… O puedo irme a la sierra, con las mujeres que he visto escondidas entre las sombras cada tarde al volver del cortijo…–Se puso de pie frente a mí y levantando el rostro hacia mi copa me preguntó: –¿Crees que podré escapar de aquí? –Y una fuerte brisa meció mis ramas, dejando caer sobre ella miles de flores blancas que la bañaron con su perfume.

 

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