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217.- El olivar de José

Susana Mérida Jiménez

 

José vivía solo. Sus manos, ajadas por la vara y la intemperie, sabían más por apresar el fruto de la oliva que por la labor propia de empuñar un bolígrafo y garabatear cifras y datos. Su soledad transcurría entre olivares seniles -que no viejos- y cada día sentía el abrazo de sus rampallos, que exhibían sus yemas diminutas, casi de oro, a modo de agradecimiento. La vida brotaba a cada paso, al alzar la mano y asir la nuez cetrina y jugosa. Con paso firme y alas en los pies, gustaba apostarse cómplice en cada árbol, tranquilo y satisfecho de haber dado fin a su jornada. Aquel campo había sido toda su vida, su abuelo le había enseñado todo lo que sabía y él había multiplicado por cuatro sus enseñanzas. Sabía a qué hora del día el sol se derramaba perpendicular sobre las ramas más bajas y el instante en que la última lumbre del horizonte se reflejaba en las copas más salientes. La cadencia de la lluvia en los meses de invierno, las heladas implacables, el viento traicionero de poniente, los agostos agonizantes, las plagas, los escarabajos, la mala hierba… Barruntaba los aguaceros y la gota fría, meteoritos suculentos que ayudan al alimento a transformarse en vida.

Nadie le conocía mujer, ni novia, ni amante alguna. De pequeño lo recuerdan con su abuelo dando viajes con el capacho siempre a cuestas, la mirada fija en algún punto entre sus suelas y la pendiente. En las fiestas del pueblo solía asomar tímidamente para saludar a don Ignacio, felicitarlo por su onomástica y de paso darle un trocito de papel con una cifra. Don Ignacio hacía ademán de invitarlo, más con gestos que con palabras, a lo que José respondía siempre con una parca negativa, poniéndose su gorra y haciendo mutis por el foro. Cualquiera hubiera dado su jornal de un día por compartir un vaso de vino con uno de los terratenientes más acaudalados de los alrededores. Todos los domingos de Ramos se presentaba en la Sacristía de la Iglesia donde lo esperaba el padre Isidoro con una sonrisilla codiciosa, que dejaba entrever sus caninos de oro. José no podía evitar mirar aquellos colmillos y evocar la dorada semilla, la simiente que representaba la unión casi ancestral entre los poderes eclesiásticos y sus humildes labores del campo. Una servidumbre que había heredado de sus antepasados, no en vano su humilde familia siempre fue una de las más generosas con la Iglesia del pueblo. Sus aportaciones eran en especie. Lo más florido y vistoso de su cosecha iba en el canasto de mimbre recio y ambarino que entregaba al padre Isidoro, quien tras almacenar el fruto en su despensa, utilizaba como recipiente para otros menesteres.

Visitar al padre Isidoro le traía el recuerdo neto de su madre lavando a mano la lencería de la Eucaristía, remendando la estola profusamente bordada del cura, zurciendo la dalmática, fregando los bancos o sacándole brillo al cáliz y a la candelería. Isabel había transmitido estos valores a su hijo y al faltar ella, el padre Isidoro se vio privado de ayuda doméstica, razón por la cual José se sentía culpable. Y siempre que le llevaba lo más florido de su cosecha en el mejor de los canastos, gustaba echar en el cepillo algún billete, aunque por ello tuviera que privarse de algún capricho. Lo primero es lo primero. Pensaba para sus adentros.

José había guardado fidelidad a su abuelo y a su olivar con una tenacidad a prueba de bombas, resistiéndose a las nuevas tecnologías y a los nuevos métodos de recolección. No se consideraba un olivicultor, sino un olivarero, y su plantación era tradicional. José ordeñaba su olivar con la tenacidad y el tesón del trabajo bien hecho y abominaba del vareo y la vibración. Sus olivos no eran como los otros, éstos eran gentiles, airosos y al mismo tiempo, de una robustez hermosa. Mientras que los olivicultores aventaban las olivas y extendían lonas y plásticos para la posterior recogida del suelo, José tomaba el fruto al vuelo, aunque este menester le tomase el triple de tiempo que a los demás agricultores. De modo que cuando las aceitunas entraban en la almazara para su posterior molturación, éstas no habían tocado el suelo y se encontraban en el estado de madurez óptimo.

Era su constancia y buen hacer consideradas una excentricidad, cualidad que iba de la mano de su carácter huraño y taciturno. No era José muy amigo de las juergas, verbenas y festejos, y frecuentaba la taberna no más que para jugar su mano de dominó con un cortado. Era de hábitos invariables y desde su adolescencia, sus amigos siempre habían sido los mismos. Éstos nunca le hacían preguntas incómodas, ni lo ponían en situaciones comprometidas. Ellos también eran callados y cuando hablaban, lo hacían con interjecciones o monosílabos, y cuando no, del tiempo y de los olivos.

José solía pasar la jornada en el campo con una rama de brea en la boca, la boina a cuadros de su padre y una raída camiseta con algún motivo publicitario, que en invierno cambiaba por una camisa de franela y un chaleco enguatado lleno de bolsillos. Su olivar era su hogar y conocía cada uno de aquellos olivos mejor que a sí mismo. En la plantación el trabajo nunca se acababa, siempre había algo que hacer. Recolectar, acarrear, regar, abonar, podar, quitar la mala hierba y un largo etcétera de tareas que le hacían coger cada noche la cama con entusiasmo.

Pero lo que en un principio fue una excentricidad, fue cobrando un cariz diferente y llegó el día en que había tanta diferencia entre su aceite y el de los demás agricultores, que la gente ya no quería consumir más que el suyo. De modo que empezaron a venir de otros pueblos en busca del aceite de José y pronto se hizo con una clientela fiel, dispuesta a pagar lo que hiciera falta por su oro verde. Por lo que éste se vio en la necesidad de contratar mano de obra. Pronto se halló en una disyuntiva: o bien ahorraba tiempo y gastos adoptando prácticas de la agricultura intensiva, como el uso de plaguicidas y fertilizantes, cambiando los métodos tradicionales de recolección por las técnicas modernas, para poder pagar en condiciones a sus agricultores; o bien seguir como hasta ahora, y encareciendo el producto, puesto que éste era de mayor calidad.

José ni se lo pensó y no dudó en ponerle un precio digno a sus aceitunas y a su aceite, lo que no hizo más que aumentar el valor y el prestigio de su producto, convirtiéndose al poco tiempo en denominación de origen y obteniendo el certificado de cultivo ecológico. Posteriormente, recibió también José suculentas y tentadoras propuestas, como la adquisición de maquinaria de última generación, que aseguraba no dañar el fruto. Del mismo modo, podría ahorrarse un pastizal utilizando un abono químico súper efectivo, que era el mejor del mercado. Sin embargo José, viendo que tenía ingresos suficientes para vivir y pagar dignamente a sus trabajadores, decidió seguir como estaba, hasta que llegó el momento en que tenía la plantilla completa.

Fue ahí que le hicieron la propuesta definitiva: vender la plantación. Puesto que era una perita en dulce para cualquier agricultor o empresario, ya que tenía la ganancia asegurada, al tiempo de que era fácil explotarla y sacarle más beneficio. José se sintió agraviado por la propuesta, al tiempo que se granjeó la enemistad de algunos sectores agrarios.

Los jornaleros de la plantación de José eran los mejor pagados de la comarca y los que mejores condiciones laborales tenían. A saber, tres pagas extraordinarias, cuarenta días de vacaciones al año, jornada a turnos, intensiva y media jornada, según las necesidades del trabajador, retribuyendo a sus empleados por encima del convenio. Gozaban sus jornaleros de un sueldo estable todo el año, independientemente de si había sido mala o buena la cosecha. Todo esto hacía que éstos estuviesen más motivados en su trabajo, lo que se traducía en un mejor ambiente laboral, sin competencias, ni envidias. José no arengaba a sus trabajadores con objetivos de producción desorbitantes, no era necesario, puesto que las ventas estaban más que aseguradas y no había necesidad de incrementar año tras año la producción, ni la ganancia.

José tuvo que perseverar en su empeño y tener sus principios muy claros para no dejarse devorar por la gran máquina que impone la ambición sin límites como única forma de llevar un negocio. Aun yendo contracorriente y constituyendo una excepción, logró ser un magnífico ejemplo de integridad, honestidad y buen hacer, que sería seguido e imitado por otros, que antepondrían los valores verdaderos al beneficio y la ganancia pura y dura, no dejándose arrastrar por la ambición y la codicia.

José murió sin tener descendencia biológica, pero nos dejó algo mucho más importante: su legado. Un innegable ejemplo de éxito en lo profesional y en lo personal, que demuestra que podemos adoptar nuevas formas de vivir más humanas y justas.

 

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