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213.- A la sombra del olivo

Doctor G.

 

Entelequio Secundino Nucete dormía la siesta bajo la sombra del olivo de su huerta. Era el rito sagrado de todas las tardes.

–No hay sombra como la del olivo. –sostenía el hombre.

Antes –años lejanos ya– dormía bajo la sombra del paraíso, un árbol muy sucio, se despertaba y tenía que sacudirse todo el polvillo. Después pasó a probar con un sauce llorón, pero el balanceo de sus ramas caídas lo despertaban a cada rato. Bajo una palmera no duró ni media hora, no cubría nada, se tenía que correr a cada rato. Durmió bajo la sombra de un pino hasta que la caída de una piña le produjo conmoción cerebral. Bajo un mandarino dormitó varias de sus siestas, con la ventaja de comerse sus frutos. Hasta que una sensación de hormigueo, úlceras en la boca y algunas diarreas le confirmaron su alergia a las mandarinas.

Nano Pequeninno le aconsejaba dormir bajo la sombra de cualquier bonsái.

–Ni un dedo me cubren– rezongaba Entelequio.

Hasta que probó bajo un olivo.

Fue tan confortable aquella primera experiencia que la siesta se continuó por la noche hasta despertar el nuevo día. Sin despegar un solo ojo.

–¡Qué maravilla! Por algo Jesucristo predicaba en el huerto de los olivos– afirmó Entelequio (opinión muy extraña, pues se lo sabía ateo).

Aquella tarde llegó más cansado que de costumbre a su cita impostergable. Había sido una mañana de mucho trabajo. Las vacas no querían moverse y los caballos se movían por demás. Las gallinas habían puesto los huevos por cualquier lado y había langostas queriéndose comer la plantación.

Al principio creyó haber perdido el rumbo, pero sabía que no podía estar tan errado.

–Allí está el rancho, allí el molino, allá el chiquero y acá tendría que estar el olivo– dijo señalando a sus pies.

El lugar del olivo ahora lo ocupaba un gran pozo. Ancho y profundo.

Montó su caballo y recorrió el campo.

No encontró ni rastros del olivo.

–Ni una hoja– dijo mascullando bronca.

Se sentó bajo un ombú, molesto por las moscas que cobijaba.

Trató de desenredar semejante misterio.

No tenía a quién consultar. Siempre había sido un hombre solitario.

Podría preguntar a las gallinas, los cerdos, las vacas, los gansos o los loros. Pero dudaba que sus dichos fueran ciertos.

Lo que más le extrañaba es que los perros no hayan ladrado.

–Lo único raro que pasó ayer fueron esos turistas sacando fotos desde afuera del alambrado– recordó.

Volvió a la escena “del crimen”. Buscó alrededor del olivo inexistente y encontró marcas de pisadas.

Encaró hacia el pueblo en busca de alguna pista.

En los pequeños pueblos de la llanura pampeana todo el mundo se conoce. Cuando llega un forastero todos lo siguen con la mirada.

Eso esperanzaba a Entelequio.

–Alguien tiene que haber visto algo– pensó en voz alta.

El primer lugar al que acudió fue la comisaría.

–Vengo a denunciar un robo.

–¿Qué pasó Entelequio? ¿Le robaron otra gallina? –inquirió el oficial.

–Ojalá hubiese sido una gallina.

–¿Y qué fue esta vez?

El Olivo. Me robaron el olivo.-

Entelequio Secundino Nucete era una persona conocida en la localidad, todos sabían de su dedicación al trabajo, su gran conocimiento de los animales, su adicción al cigarro y su gusto por las bebidas alcohólicas. Especialmente la ginebra.

De ahí las dudas que abordaran al uniformado.

–¿Cuándo pasó esto Entelequio? ¿Después de tomarse unos tragos?

De golpe las cabezas de todos los habitantes de Agua Hedionda giraron para el mismo lado. El portazo que pegó Entelequio se escuchó hasta la salida del pueblo.

Pisando fuerte llegó a un lugar impensado, pero creyó que allí alguien podía saber algo.

–Semejante portón y sin timbre– dijo parado frente a las puertas de la iglesia.

A los fuertes golpes acudió el Padre Pelegrino.

–Entelequio. ¿Qué ocurre? Tiene que pasar algo muy grave para que vengas hasta aquí. Entra.

–No, de afuera nomás. Sabe qué pasa Padre, ayer me desapareció el olivo de mi huerto.

¿Nadie vino a confesarle el robo?

–No mi hijo. Pero ¿quién se robaría un árbol sagrado?

–Eso es lo que estoy queriendo saber, precisamente.

A esa altura todos en el pueblo estaban enterados de la desaparición del olivo de Entelequio Secundino Nucete.

–Si estará desesperado que hasta fue a la iglesia a averiguar– chismeó Evangelina Vizcacha.

–Me parece que hay mucha ginebra en esa historia– afirmaba Ginés González García con una botella de grapa en la mano.

En el Club Social y Deportivo Unidos en Agua Hedionda ya se levantaban apuestas.

–Cinco mil a que no lo encuentra.

Entelequio recaló en la Dirección de Parques y Jardines de la Municipalidad.

Lo derivaron a la ventanilla de objetos perdidos.

–Si no lo encuentra acá le podemos ofrecer un cactus.-

–¿Nombre? –fue la primera pregunta.

–Entelequio Secundino Nucete.

–¿Edad?

–¿Qué tiene que ver la edad? – arremetió molesto. Yo vengo porque perdí el olivo.

–¿Tiene idea dónde lo puede haber perdido?

–En mi huerto. Estaba y no está más.

–¿Tiene alguna foto del objeto en cuestión? ¿Alguna seña en particular? ¿Algún número de serie?

De golpe las cabezas de todos los habitantes de Agua Hedionda giraron en dirección a la Municipalidad. Otro portazo de Entelequio.

–¡Y yo sin dormir la siesta! –balbuceaba enfurecido.

Vassiliatikava Dashilevia le chistó desde el portal de su casa.

Vassiliatikava Dashilevia era la pitonisa del pueblo. Sus habilidades eran conocidas en toda la región. Curaba el mal de ojo, la culebrilla, tiraba del cuerito, remediaba el empacho, desataba nudos emocionales. Tenía yuyos para el amor, contra la envidia, para conseguir trabajo (también para no trabajar nunca). Cremas para detener la caída del cabello y betún para lustrar los zapatos (a veces daba uno en vez de otro). Brebajes afrodisíacos y semillas para la eterna juventud (aunque de estas nunca tenía en stock).

Su reputación también incluía profecías. Fue ella quien predijo la aparición de San Eleusipo. A las doce de una noche de luna llena el santo apareció sentado sobre el techo de la fiambrería de Don Zerboni. Todos seguían el relato de Vassiliatikava que era la única que podía verlo. También vaticinó la sequía en la Península de Kamchatka (que ningún habitante de la región sabía dónde quedaba). Y profetizó que en Aguas Hediondas una mujer batirá el récord de cantidad de niños en un parto.

–Nacerán dieciséis niños del mismo vientre, al mismo tiempo– aseguró. –Y serán ocho varones y nueve niñas– precisó, desnudando sus problemas con las matemáticas. –Eso sucederá en el devenir de los tiempos, entre nubes y soles. Algún día.

Luego de semejante afirmación las mujeres, temerosas, trataban de hacer lo imposible para no quedar embarazadas. Mientras tanto todos los hombres se pavoneaban por las calles como portadores de un récord de virilidad.

Vassiliatikava Dashilevia chistó nuevamente.

Entelequio se acercó a la anciana.

–Yo lo vi –dijo Vassiliatikava.

Entelequio se quedó mirando sin emitir palabra.

–Yo lo vi– reiteró Vassiliatikava. –Estaba sentada en este mismo lugar, ya era de noche. Las calles estaban vacías. Yo suelo quedarme hasta tarde porque es en ese momento que me llegan las profecías. Miro al cielo y las estrellas se alinean formando palabras.

Entelequio continuaba mirando sin emitir palabra.

–La primera profecía me llegó a través de las estrellas formando vocablos incomprensibles para mí. Jamás me había ocurrido. Generalmente se presentan en ruso o español, lenguas que domino a la perfección. Pero esta vez…Temo lo peor.

Entelequio comenzaba a sentir la falta de su siesta habitual. Sus bostezos se hacían interminables.

–La segunda profecía vino precedida de un movimiento estelar vertiginoso. Y en el preciso momento en que comenzaban a alinearse las estrellas para conformar los vocablos…yo lo vi. –Allí estaba su olivo. Desplazándose con extrema suavidad. A ritmo lento. ¡Tan lento que no me dejó leer la profecía! – dijo subiendo el tono. –¡No puede ser que cualquier hijo de vecino deje volar a sus árboles por cualquier lugar! Es una irresponsabilidad y una falta de respeto hacia los demás. Las profecías no se repiten. ¡No se repiten! –gritaba enfurecida.

Entelequio emprendió la retirada lamentando estar en la calle sin posibilidad de pegar ningún portazo. Igualmente, ahora también todas las miradas estaban puestas en él.

Cuando se fue del pueblo ya comenzaba a anochecer. Agotado por la siesta no dormida se desplomó en su cama sin probar bocado.

Por la mañana reanudó sus actividades habituales. Laboró entre cerdos, vacas y gallinas.

Curó las plantaciones y árboles frutales. Reparó viejas maquinarias.

A la hora de la siesta se llegó hasta el lugar donde hasta hace poco se alzaba su olivar, hoy convertido en un pozo.

Delimitó una parcela con un alambrado y comenzó a preparar el suelo. Lo niveló corrigiendo las imperfecciones. El trabajo le demandó el tiempo que él ocupaba para su siesta. A partir de ese día Entelequio no durmió más la siesta. Utilizó ese espacio para la plantación de un olivar. Lo favorecía la temporada otoñal.

Con el tiempo fue marcando la línea de árboles. Abrió los hoyos para plantar cada uno de ellos. Usó tutores y protección. Regó lo indispensable.

Sabía que todo era cuestión de trabajo y paciencia.

Entelequio Secundino Nucete ya volvería a recuperar el sueño perdido. Porque como proclamó siempre:

–Para la siesta no hay sombra como la del olivo.

 

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