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211.- Prólogo

Jazzin

 

La última vez que vi a padre, él descansaba en su “lecho para la eternidad”: un robusto ataúd hecho con la madera del árbol que le acompañó durante toda la existencia: el olivo.

Padre era un artista. A él no le gustaba que se lo dijéramos, pero lo era. Transformaba esos árboles macizos con los que otros sólo lograban hacer leña y unos pocos utensilios en los más hermosos y duraderos muebles. Siempre se lamentaba de lo poco que valorábamos lo que teníamos en abundancia.

Ah, la madera. Sus colores, sus olores, el secado interminable, las grietas del tablero y las manos de mi padre. Y sus historias. Había recorrido el mediterráneo entero en una especie de peregrinación para conocer mejor al árbol sagrado. En invierno, al amor de la lumbre, nos contaba historias de la Ilíada y de Egipto, de cómo a lo largos de los años el árbol milenario había simbolizado riqueza, salud, sabiduría, abundancia. “El olivo es como el cerdo, no os olvidéis: de él se puede aprovechar todo. Así lo usaron Cleopatra y Atenea, Hipócrates y Galeno. Es mucho más que el oro líquido que condimenta nuestras vidas. Y lo descubriréis observándolo”. Mamá y nosotras no le prestábamos demasiada atención. Su vida giraba en torno a ese legado, a ese campo que heredó de su padre y que había convertido en una obsesión.

Cuando su vida se apagaba junto al candil de aceite que temblaba frágil, me encomendó dos tareas. La primera, untar su cuerpo en aceite de oliva virgen cuando pereciese, (“no olvidéis, es el elixir para dar la bienvenida a quienes llegan a este mundo, y es también el bálsamo que bañará mi piel antes de que ésta pierda todo sentido”). La segunda, encontrarle un propósito a toda la arboleda que poblaba nuestro campo y que, según él, dotaría de plenitud también a mis años adultos y los de mis descendientes. “Sé bien que tu delicado espíritu no está hecho para aserrar madera y lidiar con los esfuerzos físicos. Sé que no deseas competir con los olivareros de la zona. Pero recuerda la magia: las heridas que el aceite curó en tu piel de niña, recuerda  la paloma sembrando paz con su ramita en el pico. Desde la raíz al fruto y a las hojas, este árbol, capaz de sobrevivir milenios, fuerte como para enfrentarse a los peores cambios climáticos, sabrá guiarte hacia el amor que buscas y que crees no encontrar”.

Por aquel entonces, mi tristeza se paseaba por los campos sin hallar consuelo. Padre, con su ajetreado quehacer diario, lo había llenado todo, y aquel mundo femenino que nos quedaba, repleto de tareas demasiado silenciosas, reclamaba huérfano un nuevo crepitar.

Madre se recluyó en la casona, negándose a que el sol y los aromas de nuestra tierra la despertasen de su letargo. Se refugió en los platos que solía cocinar antes para tantos y que ahora acababan en la basura apenas probados. Mi hermana dejaba caer su apatía entre libros, nutriéndose de palabras que le abriesen de nuevo algún resquicio por el que volver a flotar, y yo recorría sin rumbo los parajes, dejando que mi olfato se recrease con los aromas de las flores que esa primavera había devuelto con una intensidad irresistible. Fue en aquellos días cuando empecé a interesarme por la alquimia de los elementos, y descubrí de manos de los lugareños algunos secretos para que la mezcla de esencias diese lugar a nuevos licores capaces de infiltrarse en la piel, en las papilas, en el alma. Hierbas, flores, alcoholes y todo un mundo de química ancestral se me mostraban con todo su poder de persuasión para que yo descubriese, casi de forma infantil, cómo la caricia frágil de unos pétalos insertados en una urdimbre lenta y oleosa, obraba, renovador, un milagro en aquel desconsuelo que llevaba meses arrastrando.

En esas estaba cuando una mañana vi que madre estaba perdiendo a diario la lozanía de su rostro: semanas y semanas de lágrimas habían hecho estragos en una piel que hasta entonces había tenido bastante con el sol, el viento suave de la zona y el amor incondicional hacia aquel hombre único. Observé su semblante con la mirada impotente de quien ve la belleza descomponerse por algo mucho más profundo que el mero correr de los años. Durante largo rato me pregunté por qué era yo quien sufría aquel deterioro, mientras a ella poco parecía importarle lo que decía su epidermis. Y ahí tuve más presente que nunca a mi padre: aquél era el amor al que se había referido. Por encima de cualquier otra concupiscencia, más allá de deseos carnales u otras necesidades tan humanas, estaba naciendo mi pasión por remediar algunos detalles que, más o menos insignificantes, eran signo inequívoco de que el humano que habitaba aquel cuerpo tenía, sin duda, algo que sanar.

Fue entonces cuando empezaron a concurrir todas aquellas historias de mi padre y la naturaleza sagrada del olivo: su uso como elixir protector, físico y espiritual, su poder antiinflamatorio usado de forma tópica en el cuerpo, todas las leyendas de oriente y también de occidente que no relegaban al árbol y a sus miembros únicamente a glorioso alimento con que coronar las mejores ensaladas y guisos, sino que los reconocían y usaban como medicinas, preciados trofeos, ungüentos rituales y, cómo no, para ensalzar y prolongar eso que todo humano busca en sí mismo y en los otros sin ni siquiera ser consciente de ello: la belleza.

Así empezó mi pequeño laboratorio, como una búsqueda inquieta que trataba de honrar la memoria de mi progenitor, ver renacer el gusto por la vida de madre y desplegar mi recién estrenada y desbordante energía en producir una variedad de pócimas que hicieran las delicias de algunos mortales, exactamente del mismo modo que esos néctares habían revivido a los propios dioses en tiempos de leyenda.

Recuerdo cómo elaboré mi primer “agua de Elisa”, para ella. La decocción de las hojas de olivo sirvió como base para un tónico que enriquecí con unas gotas de lavanda y jazmín. Cada día, mañana y noche, lo extendía sobre su rostro y su pecho, y más tarde elaboré la pomada con su mismo nombre, que combinaba extractos de escualeno del aceite con esencia de neroli. En pocos días, Elisa estaba radiante, y con el tiempo fue entendiendo que había todo un legado por el que sonreír a diario.

El laboratorio fue creciendo, a medida que las tres íbamos poniendo el alma en él. Poco a poco, nos fuimos especializando según nuestros gustos: yo dedicaba toda mi investigación a la cosmética, con aleaciones cada vez más sofisticadas que me deleitaba probar sobre mi propio cuerpo: así, el aceite de oliva y canela con cítricos iban suavizando la incipiente piel de naranja, y el de papaya con esencias de hoja y macerado oleoso lograba un maravilloso blanqueado de dientes. Elisa, nuestra madre, se dedicaba a los perfumes. Le volaban las horas intentando dar con fragancias que recordasen a una infancia, a un ser querido, a un momento irrepetible. Su favorita, a base de maderas de cedro, olivo y ciprés, fue nombrada “sueños de carpintero”. Mi hermana se decidió por el uso terapéutico, creando un sinfín de soluciones para masaje, baños reconstituyentes y lo que ella llamaba “zumos preciosos”, para degustar mientras uno iba adquiriendo la certeza de que aquella bebida de matices infinitos sólo podía hacerle bien.

Así, como un sueño de familia, surgió el “Templo de Atenea”. Cuenta la historia que la ciudad de Atenas lleva su nombre porque ella, la diosa, tuvo el acierto de dar a la ciudad el bien más preciado que podía encontrarse, un árbol de olivo. Nuestro templo se erigió en un espacio donde el aire libre se entremezclaba inexorablemente con los espacios privados, de modo que en el centro un gran árbol presenciaba todo lo que allí se hacía. Hay quien lo llama “salón de belleza”, hasta que lo conoce. Yo lo llamo mi refugio. Muchas veces, cuando nos concentramos un puñado de personas, unas probando los productos, otras imaginando nuevos sueños, que es lo que al final son todos estos pequeños frascos repletos de bondades, otras simplemente contemplando, caemos en la cuenta de que esto no es muy distinto a un Ágora, aquella plaza donde los antiguos reflexionaban, decidían, a veces sentaban las bases de un mundo que todavía hoy es su herencia. Y así, dejando que algo se nos contagie de aquellos sabios, nos congregamos nosotros intercambiando opiniones, miedos, anhelos y entusiasmos, con la idea algo loca de ver renacer antiguas buenas costumbres. Con la idea sensata de que no somos nadie si no probamos a mezclarnos. Y algo nos ha quedado claro: de igual modo que la mixtura de esencias poderosas da lugar a resultados aún mejores, la mezcla insólita de individuos da lugar a espacios en los que vivir es puro goce.

Y, a petición popular, publico hoy este “Recetario secreto del Templo de Atenea”, para goce y disfrute de todos los que creen en el poder infinito de la vida para dar más vida. Advertencia: estas recetas pueden crear adicción. Realizar en principio en pequeñas dosis y, a poder ser, en compañía. Abusar del uso de aceite virgen extra de calidad. Colaborar, en la medida de lo posible, con productores locales. En caso de exceso de entusiasmo por el ingrediente estrella de este recetario, compartir con todo quisqui y dejar que el boca a boca reviva nuestro amor por lo que nos da la tierra. ¡Disfruten de la lectura!

 

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