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209.- La herencia que dejamos

Pinturero

 

De niño vivía junto a la casa de mis abuelos. Mis padres trabajaban hasta tarde, y por eso, la mayoría de los días, cenaba con mi abuela, o con mi abuela y mi abuelo, si este había vuelto del campo; pocos días sucedía eso. Mi abuelo tenía la afición de apurar las tardes en la parcela hasta que se desvanecían tras el telón de la noche. Era entonces, cuando montaba su vieja motillo, o su mula Castaña, y desandaba los dos kilómetros que lo separaban de casa.

Muchos días mi abuela me pedía que saliera a ver si veía venir a mi abuelo. Yo me sentaba en el baluarte frente a la ventana de la cocina, y ella me preguntaba, de vez en cuando, si lo veía venir. Cuando atisbaba a lo lejos su figura, al contraluz de las pocas farolas que iluminaban la calle, iba corriendo a decírselo a ella. Si venía en la mula, mi abuela me daba terrones de azúcar o alguna hortaliza, y yo, esperaba agitado a que llegaran. Mientras mi abuelo amarraba la mula a la argolla que oxidaba nuestra fachada, yo le daba un terroncito de azúcar, que ponía en mi palma, para que ella rebañara con su berfio, llenando de babas mi mano.

No era mucha la distancia que separaba el campo de mi abuelo de su casa, pero era una carretera con mucho tráfico y poca visibilidad. Meses atrás un conductor bebido había atropellado a dos hombres, parientes de mi abuelo, que venían de sus quehaceres. En aquellas parcelas todos eran parientes, pues a la muerte de los padres, los hijos heredaban las parcelas, que cada vez eran más pequeñas y estaban más diseminadas. Uno de los parientes de mi abuelo murió en el atropello, y el otro, quedó algo tullido.

Imagínese, si mi abuela siempre había cambiado el gesto, cada vez que se hacía de noche y mi abuelo no volvía, desde aquel incidente, la desesperación era mayor. Siempre que mi abuelo entraba por la puerta, ella le calentaba la cena mientras lo regañaba por la tardanza, y él siempre le pedía disculpas, volvía un par de días más temprano, y después recuperaba su destiempo habitual.

El nuestro era un pueblo minero, donde casi todo el mundo vivía de la mina, por lo que no mucha gente trabajaba en el campo. La mayoría tenía pequeños minifundios, donde tener una pequeña huerta y contados animales. Mi abuelo, minero jubilado, heredó a la muerte de su padre, una pequeña parcela de algo menos de una hectárea. Estaba conformada por una casilla, un gallinero, una alberca, y 20 olivos de regadío, inmensos, pero poco prácticos; con más de treinta años, y sin apenas poda. Animales tenía pocos, una decena de gallinas, una familia de gatos, y su mula Castaña. Aquella porción de terreno, era el santuario de mi abuelo, pero de vez en cuando se convertía un lugar de encuentro para toda la familia.

Un día mi abuelo bajó a aquel campo y no volvió. Era martes, 13 de abril, de un año bisiesto. Mi padre repite desde entonces que los años bisiestos no traen nada bueno, y este 2020 parece no estar poniendo mucho interés en quitarle la razón. La noche de antes de que muriera mi abuelo, el telediario anunciaba la muerte de Juanito Valderrama, y recuerdo, que mi abuelo recibió la noticia con bastante duelo. Quién iba a imaginar que al siguiente día él correría la misma fortuna.

El día de su muerte, faltaba un mes justo para mi comunión. A él, le hacía mucha ilusión ese día. En los días posteriores a su fallecimiento, mi tía encontró entre sus papeles bocetos y listas de invitados que él había preparado. Había dibujado la disposición de las mesas y repartió los invitados de su lista según el criterio que creyó conveniente, evitando poner juntos a familiares que no se hablaban, o que simplemente, no se caían bien. Curiosamente nunca había hablado de esto.

El día que mi abuelo no volvió del campo se había llevado almuerzo para pasar todo el día en la parcela. Quería quemar los ramones de los olivos, que había arrancado en los días previos. Estuvo arando, y regando, todo a mano, sin maquinaria y sin goteo. A pesar de que mi padre le insistía, se negaba a poner goteo. Regaba por inundación, ayudándose con un azadón, y nunca quiso una mula mecánica, pues tenía a Castaña. Esa tozudez lo llevó a realizar un sobreesfuerzo aquel día, que seguramente fue lo que provocó el infarto, que le arrebató la vida, en aquel lugar tan especial para él.

Uno de los recuerdos más recurrentes que tengo de mi abuelo es su imagen, el invierno previó a su muerte, cogiendo aceitunas. Mi padre y mi abuelo, recogían la aceituna de aquellos imponentes olivos, que vistos desde la alberca, moldeaban el horizonte en cada puesta de sol. Una imagen que me recordaba al skyline de Nueva York, pero eso sí, algo más rural. Yo los acompañaba a la molina de un pueblo cercano, les ayudaba a descargar esos sacos enormes, con una Virgen dibujada, y los vertíamos sobre una rejilla en el suelo. Cuando nos tocaba un remolque grande delante, mi padre se ponía de muy mal humor porque decía que tardaban mucho. Sin embargo, a mí me encantaba ver como aquella tolva devoraba kilos y kilos de aceitunas en apenas pocos minutos. Días después, a cambio de la aceituna, nos daban aceite para casi todo el año.

En lo que a varear se refiere, yo intenté apurar al máximo el ser un niño para no ayudar. No obstante, el año antes de que muriera mi abuelo ya no encontré ninguna excusa. Con 9 añitos, y unas espaldas, que aparentaban más bien la docena de edad, estrené por primera vez la vara. Lo hice de mala gana, aunque, debo reconocer, que le cogí el gusto a golpear las ramas, al menos, hasta que se agotaban y ardían mis brazos; poco tardó mi padre en regañarme por golpear las ramas en lugar de “peinarlas”:

–Como vea tu abuelo la paliza que le estas dando al olivo, te va a dar con la vara él a ti. – Me gritaba desde lejos mi padre.

El caso, es que a él tampoco parecía gustarle mucho varear, porque siempre estaba de mal humor.

Mis padres tenían una tienda, y yo le solía decir a mi padre:

–¿Pero no será mejor que abras la tienda ahora, y con lo que ganes, compremos el aceite, en vez de estar aquí tarde tras tarde, pegándonos la paliza? –

Él parecía no entrar en razón nunca, y mis deducciones prácticas, ponían en riesgo la integridad de mi costado, así que, solía renunciar a mi talento racional y me terminaba callando.

El caso es que tras la muerte de mi abuelo, mi padre, heredó su parcela, y también su destiempo. Empezó a llegar a deshoras, y claro, mi madre se preocupaba. También empezó a hacer pequeñas reformas en el campo, instaló goteo, vendió a Castaña y con el dinero compró una mula mecánica. Un día bajé a la huerta, y había un nuevo olivo. Lo plantó en el lugar donde murió mi abuelo, a modo de, lo que me pareció, un bonito homenaje; de los pocos gestos sensibles que le he visto a mi padre.

Aquel árbol fue creciendo, y pronto se fue viendo acompañado de otros olivos. Mi padre empezó a sembrar olivos. Al principio compraba pequeños olivos en el vivero, luego empezó a plantar estacas de los antiguos olivos de mi abuelo, y de las diferentes variedades que le daban sus amigos: Gordal, Picual, Arbequina… Al cabo de dos años, tenía 84 nuevos olivos, que se sumaban a los 20 grandes que heredó.

Años después, yo me fui a estudiar a Madrid, y mi padre, empezó a coger las aceitunas él solo. Un 16 de diciembre, coincidiendo con el inicio de mis vacaciones de Navidad en el pueblo, mi padre sufrió un infarto. Yo estaba jugando un partido de fútbol con mis amigos y no vi las llamadas. Mi casa estaba junto al pabellón donde jugaba, así que, ni miré el móvil en el trayecto hasta casa. Cuando entré por la puerta, mi hermana me dio la noticia. Claro, yo la única referencia que tenía de un infarto, era que fue que había matado a mi abuelo. Por lo que, a pesar de que todos me decían que mi padre estaba bien, los dos días que pasaron hasta que pude verlo fueron para mí un curso exprés de madurez, en el que me puse en lo peor demasiadas veces. Cuando por fin me dejaron verlo, y vi que estaba bien, la preocupación se me fue un poco, pero el miedo se quedó aún unos meses, trabajando mi pecho como combustible de una ansiedad que brotaría años después.

El infarto le vino a mi padre, tras varios días cogiendo aceitunas. En un principio me sentí culpable, por no haberlo ayudado, posteriormente lo culpé a él, por desoír las recomendaciones que le hacía desde niño, tiempo después, asumí que la culpa no era ni suya ni mía, como mucho, de las grasas saturadas que con tan poca moderación había ingerido. En ese sentido, las aceitunas, que le llevaron al infarto en forma de sobreesfuerzo, podían empezar a ayudarle en su forma líquida, como parte de una saludable dieta. Por suerte, aquel aviso que le dio la vida, hizo que su forma de pensar cambiara, y por fin siguió mis consejos: colgó la vara.

Ahora solo coge unas pocas aceitunas cada año, lo hace a mano, seleccionando las mejores, las aliña, con sosa o vinagre, o las hace machacadas. ¡Están para chuparse los dedos! El resto, las regala a los amigos, con la única condición, de que sean ellos quienes las cojan; y si no, en la mayoría de los casos, sirven como alimento de las mirlas y zorzales.

A mí, nunca me gustaron los olivos, a pesar de la sangre jienense que corre por mis venas. Mi madre, era de Linares, y cada noviembre viajábamos a casa de mis abuelos. El aroma a alpechín en la autovía, me resultaba algo desagradable de niño, y no me gustaban las aceitunas aliñadas, porque me daba asco el hueso. Ahora, desde la madurez de mis sentimientos, añoro y valoro ese aroma, que flota en el ambiente cuando se acaba el año, y sobre todo, devoro los platos de aceitunas ya sean machacadas, en sosa o en vinagre.

He sido padre hace poco, y he tenido la suerte de poder comprar un terreno en la sierra. No sé, si es que me estoy haciendo mayor, o que ser padre me ha cambiado, pero muchos días me quedo mirando a ese horizonte nuevo que se planta ante mí, sin los olivos del campo de mi abuelo pincelando los atardeceres, y siento añoranza. Incluso, me descubro maldiciendo un poco a aquel niño que fui, por no haber disfrutado más aquel paisaje en tonos grises, verdes y blancos, aquellas tardes vareando los olivos, o esos viajes en familia por las carreteras de Jaén. La semana pasada, con media sonrisa en la cara, y casi negando con la cabeza, en la nueva parcela, planté mi primer olivo.

No sé si habrá más olivos que lo acompañen, si mi hijo lo acariciará algún día con la vara, o golpeará enérgicamente sus ramas, si observará las mirlas graznando entre sus hojas, o si probará su fruto aliñado. Quizás desoje margaritas, enamorado junto a su pie, o quizás nunca visite la parcela porque vivamos lejos de aquí. En cualquier caso, nunca le obligaré a seguir mis pasos. Lo que sí haré es contarle la historia que yo he vivido, para que conozca y valore la riqueza que alberga el campo, y no repita los errores que antaño yo cometí.

 

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